El Notario del Siglo XXI - Revista 1

El Colegio Notarial de Madrid lleva más de un siglo viendo cómo los juristas mas acreditados dictaban  brillantes disertaciones que hoy están incorporadas a las bibliotecas jurídicas. Ha sido también   testigo de fecundos coloquios para desentrañar la esencia de la legislación que hicieron más segura y satisfactoria la convivencia de los ciudadanos, y ha ido presenciando el paso de  generaciones sucesivas de notarios que, en  contacto diario con los ciudadanos en ciudades y aldeas, han contribuido a la divulgación de las leyes  y han  servido de correa de transmisión hacia los poderes públicos de las zozobras que aquejaban a la sociedad.
Del Colegio Notarial de  Madrid han surgido las  fórmulas más imaginativas y novedosas para dar a las lagunas legales una cobertura jurídica tan imaginativa y eficaz que llegaron a admirar al gran maestro De Castro que en su obra magna, Derecho civil de España, escribió que los protocolos notariales constituyen  la fuente más importante de jurisprudencia cautelar.  La  sociedad limitada, la propiedad horizontal, las urbanizaciones, los capítulos matrimoniales, la regulación de parejas no homologadas legalmente, los protocolos familiares y tantas otras instituciones vieron o están viendo la luz en los protocolos notariales antes de recibir la venia legal.   Y con su  hacer minucioso y estricto, largas  generaciones de notarios de este colegio, que en frase de Goethe aprendieron por sí mismos los hábitos que ya habían heredado de sus mayores,  han contribuido a consolidar la marca más acreditada de seguridad y rigor de las que reconoce la sociedad española,  y a consagrar como el  documento de mayor credibilidad  de los que son conocidos en el mundo del derecho, a  la escritura pública.
Este  Colegio de Madrid, que engloba 400 notarios que autorizan  alrededor del  20 % del total de las escrituras y pólizas que se autorizan en todo el país, ha sido desde su fundación  ejemplo admirable de solidaridad  corporativa, asumiendo con orgullo y a título de honor  las cargas de todo el  Notariado.  Sus colegiados han formado  parte de la totalidad de las ponencias, comisiones, delegaciones y encargos de interés general, han coordinado las  publicaciones unitarias y periódicas del Notariado, se han hecho cargo de  sus delegaciones,   han creado y dirigido una excelente academia de preparación, han impulsado las innovaciones y han extendido como ejemplo por el mundo las excelencias de la función notarial en la forma en que se ejerce en nuestro país.   También ha sido pionero en la evolución corporativa adoptando las nuevas tecnologías y haciendo girar en la dirección correcta el timón de la institución.
Pero el Colegio Notarial de Madrid carecía de órgano de expresión. Acostumbrado a ser portavoz de la institución puso generosamente a disposición del colectivo todas sus energías, manidas y utópicas. Y hoy esta obligado a no rechazar  esta quiebra sino a inyectarla de utopismo regenerador. Bifurcar opiniones será fructífero. Hace poco escribía que cuanto mayor y de mas calidad sea el numero de publicaciones  capaces de formar opinión mayor solidez y riqueza tendrán las estructuras de las agrupaciones humanas. Porque ninguna libertad tiene mayor trascendencia que la libertad de expresión que por si sola es capaz de aglutinar opiniones dispersas  y de despertar en la sociedad las energías más poderosas para corregir abusos o desviaciones que puedan romper la armonía de la organización social.

"El notario del siglo XXI debe iniciar un suave pero firme deslizamiento hacia la zona de protección y defensa de los consumidores y usuarios, de modo que el colectivo notarial, además de un cuerpo de funcionarios colaborador del Estado en la aplicación de las leyes, constituya un cuerpo de asesores y asistentes de los ciudadanos en la órbita extrajudicial del Derecho privado. Es el servicio a los ciudadanos lo que debe dar jerarquía a las instituciones"

A lo que nunca puede renunciar una publicación es a su independencia, salvo que abdique de su función y se doblegue para convertirse  en turiferario de patrones o vocero de remitidos. Todavía quedan desgraciadamente en Occidente residuos de sistemas totalitarios en los que, como hace poco escribía Rafael Rojas, el propio ejecutivo se considera portador de la sacra misión de decidir lo que vale la pena publicar  o lo que debe mantenerse reservado por el propio bien de los súbditos, y,  lo que es peor, no faltan nuevas incorporaciones al caudillismo como Venezuela donde la revisión del Código penal en materia de prensa y la entrada en vigor de la ley mordaza han conseguido el efecto de instaurar una descarada e inaceptable censura.
La independencia es consustancial a la opinión y ésta lo es a la naturaleza de todo hombre no avasallado porque la opinión y la crítica son inmanentes a todo ser racional y libre. Los atenienses llamaban idiota -y de ahí el sentido peyorativo del término-  al ciudadano que no se hacia oír  en la vida pública porque cada ateniense, recordaba Jenofonte, es una ley en si mismo. Esa es la verdadera ley de bases de la democracia y el fundamento y piedra angular de la civilización de occidente. 
Esperemos que esta publicación que hoy ve la luz pueda cumplir y cumpla con tan nobles objetivos.

EL NOTARIO DEL SIGLO XXI
Todas las instituciones, no lo olvidemos, por acreditadas y fundadas que parezcan, son coyunturales y sustituibles. Todas están sujetas   a una justificación continuada   y solo mientras den respuesta satisfactoria y actualizada a las necesidades que le dieron causa y razón,  tendrán el fundamento racional que la sociedad exige para entenderla acreditada.       
Precisamente ahora estamos en uno de esos momentos de la historia en que parece que van a chocar de frente de forma inevitable la continuidad de la tradición y  una arrolladora  innovación en progresión  incesante. La irrupción de la sociedad de la información y el conocimiento con sus pasmosas innovaciones, y la globalización de ideas y mercados que ineludiblemente conlleva,  están sacudiendo a todas las instituciones obligándolas a buscar un encaje racional en los nuevos parámetros culturales y técnicos que propone  nuestra civilización.

"La revolución digital, que está cambiando los métodos, los instrumentos y los sistemas, no va a cambiar la naturaleza del hombre ni eliminará su ansiedad. El hombre sigue viviendo rodeado de incertidumbres que le inducen a fijar su ideal de vida en la verdad y en la seguridad"

Pero esta  revolución digital,  que está cambiando  los métodos, los instrumentos y  los sistemas, no va a cambiar la naturaleza del hombre, ni eliminará su ansiedad, ni aportará nuevas recetas eficaces  para saciarla. El hombre sigue viviendo fatalmente rodeado de incertidumbre y cercado por realidades latentes que le angustian y le inducen a fijar su ideal de vida en la verdad y en la seguridad. Por eso este notario del siglo XXI, envuelto en estas asombrosas herramientas digitales, no debe desviarse un ápice de la fe de su nacimiento, pues también en los nuevos parámetros su  racionalidad y su utilidad social subsistirán si satisface realmente de forma ventajosa ese afán de seguridad. 
Muy al contrario debe depurar los fundamentos de su función, seguridad mediante  asesoramiento y legalidad, para mantenerlos incólumes en el nuevo escenario tecnológico, y debe hacerlo con el inconformismo de quien, fascinado por la innovación pero obsesionado con la seguridad, se fija como meta irrenunciable conseguir la escritura digital, pero tiene decidido claramente que no le dará curso mientras el  soporte magnético no  alcance la cota de seguridad que corresponde al actual. Porque sólo entonces se podrán vincular a los documentos electrónicos la eficacia y los privilegios que la ley atribuye a la escritura convencional.   El notario podrá ceder en plazo, en forma o en lugar pero nunca en seguridad porque es la razón de su ser.
Debe por ello, frente al avance avasallador  de la técnica,  potenciar y dar protagonismo al factor humano en la prestación del servicio notarial, evitando su dilución en el virtuosismo de la técnica o en las demandas de la globalización. La angustia tecnológica hace más necesaria que nunca la recuperación de la naturaleza propia de esta institución que tanto contribuyó a forjar la trama de la civilización humanista de Occidente. O,  dicho con otras palabras, la ascesis de esta crisis obliga al notario del siglo XXI a iniciar un suave pero firme deslizamiento hacia la zona de protección y defensa de los consumidores y usuarios de este servicio público, de modo que el colectivo notarial además de un cuerpo de funcionarios colaborador del Estado en la aplicación de las leyes, constituya, como siempre ha sido en sus raíces en pueblos y ciudades, un cuerpo de asesores y asistentes de los ciudadanos en la órbita extrajudicial del Derecho Privado.
Una buena institución, dice Payne, será siempre  aquella que atienda con eficiencia y transparencia las necesidades de la comunidad, porque es el servicio a los ciudadanos lo que  debe dar jerarquía a las instituciones y al que deben subyugarse las nomenclaturas integradas por tecnócratas distanciados de los ciudadanos, y aquellas  instituciones que carezcan  de mecanismos internos que expulsen a los que no lleguen a los niveles de civismo y atención congruentes con una convivencia igualitaria.  
Esta afirmación, que prima a las instituciones que dan  asistencia personal a los ciudadanos, es en realidad una consecuencia natural de la convivencia en democracia,  pues  la eficiencia y  jerarquía de cada institución no se miden por baremos internos sino por el  apoyo o el rechazo que reciba de los ciudadanos.  En el fondo es  un simple correlato del principio de que la  democracia, además de poseer valor legitimador, debe desempeñar de forma continuada un valor catalizador de cada institución en la gobernanza, principio que a su vez es mero trasunto del  rudimento democrático que no permite reducir la participación cívica al acto de la votación tras una contienda electoral, sino que reconoce  a los ciudadanos un derecho continuado a la cooperación y a la resistencia.
Esto es poner en primer plano a la razón,  para exigir que quienes presten los servicios públicos lo hagan de forma eficiente y ajustada en cada caso a las necesidades de la comunidad. a los ciudadanos pueda prestarse de forma satisfactoria y eficaz.
Este debe ser el objetivo del notario del siglo XXI y este es desde luego el programa de esta publicación.