El Notario del Siglo XXI - Revista 37

FERNANDO OLAIZOLA
Notario de Valencia

¿Debe reescribirse Huckleberry Finn, de modo tal que en ningún momento aparezca el apelativo "negro"? ¿Ha de prohibirse la emisión de aquellas películas en que los personajes aparezcan fumando? ¿Santa Claus debería decir "ha ha ha" en lugar del tradicional "ho ho ho", porque esto último es denigratorio para las mujeres al recordar la palabra en argot para referirse a las prostitutas? Bienvenidos al mundo de lo políticamente correcto.
Nacido en la Alemania en los años veinte en la Escuela de Frankfurt, como una hibridación del marxismo cultural con los planteamientos freudianos, el pensamiento políticamente correcto emigró a Estados Unidos con Marcuse y otros intelectuales fugitivos del nazismo, donde fue adoptado por la nueva izquierda y la contracultura de los años sesenta, y donde se añadieron a la mixtura las aportaciones del estructuralismo, el deconstruccionismo y el relativismo cultural. Su eclosión se produjo a finales de los ochenta, con la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, cuando, definitivamente desacreditado el comunismo como sistema ideológico, la lucha entre clases definidas por criterios económicos dio paso a la oposición entre grupos delimitados por criterios de raza, género o sexualidad. Se ha señalado cómo el pensamiento políticamente correcto entiende la dinámica social como un enfrentamiento maniqueo entre las fuerzas del bien, representadas por las categorías de víctimas que crea, y a las que confiere derechos por su sola pertenencia al grupo delimitado, y las fuerzas del mal, representadas por sus opresores, propiciándose con todo ello un nuevo tribalismo que apela al conformismo y a la mansedumbre gregaria.

"La corrección política está alterando el patrón de nuestras relaciones sociales y familiares y teniendo una repercusión cada vez más profunda y relevante en nuestras vidas y nuestro entorno"

El pensamiento políticamente correcto no se limita a las consabidas torsiones del lenguaje, como el omnipresente "compañeros y compañeras" (o, mejor todavía, "compañeras y compañeros"), o a supuestos eufemismos que, lejos de ser inocentes, no obedecen sino a un propósito con ribetes orwellianos de control de la expresión; ni se queda tampoco en planteamientos desaforados como los citados al comienzo, que de tanto en tanto afloran y que por absurdos o ridículos se descalifican por sí solos. Más allá de todo ello, se ha erigido en un verdadero instrumento de censura del pensamiento y en un freno a las libertades individuales, con su “discriminación positiva” (es decir, discriminación), su “tolerancia cero” (o intolerancia), su pretensión de monopolio de la virtud, su dogmatismo, su rechazo del derecho a disentir, sus anatemas y linchamientos públicos, su aspiración a la clausura del debate público y su paternalismo despótico. No cuenta desde luego con los medios del estado totalitario, pero de manera insidiosa reorienta, reeduca, censura, condena y demoniza.
La corrección política está alterando el patrón de nuestras relaciones sociales y familiares y teniendo una repercusión cada vez más profunda y relevante en nuestras vidas y nuestro entorno. Y ello, fundamentalmente, por dos motivos.
En primer lugar, por la manera en que condiciona y determina la toma de decisiones políticas, propiciando una sustitución de los criterios racionales por emociones, miedos y pulsiones viscerales. La aceptabilidad de un determinado criterio u opinión pasa a depender exclusivamente de su ajuste a los principios que dicta la corrección política. Anthony Browne, autor de The Retreat of Reason, narra su toma de conciencia al respecto, que tuvo lugar a partir de su denuncia de que el incremento de casos de sida en Inglaterra tras la victoria de los laboristas en 1997 obedecía al aumento de la emigración procedente de países africanos, lo que las autoridades sanitarias se negaban a aceptar por considerarlo racista, prefiriendo creer que ello obedecía a que la gente no practicaba sexo seguro, y que todo se arreglaría con una nueva campaña informativa sobre el tema.
Y en segundo lugar porque, dentro de las coordenadas de la corrección política, se potencia el ascenso a puestos de poder y responsabilidad de personas sin la cualificación y competencia necesarias, fenómeno conocido en los países anglosajones como mediocracy o gobierno de los mediocres (aunque el mediocre, claro está, nunca es presentado como tal, sino como una persona "de perfil bajo" o "prudente"). André Lapied apunta cómo en el universo de lo políticamente correcto las diferencias de capacidad son negadas: un discapacitado es tan inteligente como un premio Nobel, solo que de diferente manera. A partir de aquí, todos los méritos devienen iguales, de lo que se sigue que toda desigualdad es injusta, y ello conduce a su vez a la búsqueda de un nivel común que forzosamente será el más bajo.

"La corrección política potencia el ascenso a puestos de poder y responsabilidad de personas sin la cualificación y competencia necesarias, fenómeno conocido en los países anglosajones como mediocracy o gobierno de los mediocres"

Que ese predominio de la medianía se dé en los Gobiernos, Parlamentos y demás instituciones públicas no debe resultar ninguna sorpresa, dada la índole, los objetivos y la manera de actuar del pensamiento políticamente correcto. Esta situación se da además de una manera especialmente sañuda en una democracia de baja calidad como la nuestra, alumbrada durante la Transición con toda suerte de recelos y sujeta a excesivas cautelas y contrapesos que una oligarquía partitocrática se niega a replantear. Xavier Roig, en La Dictadura de la Incompetencia, denuncia que el sistema de listas cerradas y grandes circunscripciones lleva a que los políticos no deban ganarse la simpatía de un elector que no los puede elegir, sino la del partido que los incluye en las listas: “como los candidatos no se deben a los clientes, la calidad de estos candidatos va disminuyendo progresivamente. Como no tienen que ganar en una competición abierta –las elecciones- sino en una conjura interna, oscura, pringosa y gris –los pasadizos del partido- pasan a ser vacas” (Roig aprovecha para recordarnos que las especies rumiantes tienden a una inteligencia más bien escasa). La mediocracy es explicable por iguales razones en los sindicatos o en los órganos de gobierno de la judicatura, dada su politización cuasiabsoluta; y, hasta cierto punto, también en las universidades, siendo éstas como fueron el epicentro del movimiento de la corrección política y otro de sus principales campos de batalla.
Pero donde el fenómeno del ascenso de los incompetentes puede estudiarse en estado puro es en el seno de aquellas corporaciones y entidades que suponen ámbitos socioeconómicos mucho más acotados y que están orientadas a la consecución y defensa de concretos fines e intereses. Existen varios estudios al respecto en relación a las organizaciones empresariales. Cyril Northcote Parkinson fue el pionero en identificar y describir la enfermedad de inferioridad inducida en las organizaciones que denominó incelositis. Tenemos también los diversos trabajos de Howard Schwartz sobre el declive de las corporaciones en relación con la psicodinámica de la corrección política dentro de las empresas. Y en el marco del coaching y la consultoría organizacional se estudia el narcisismo en la dirección empresarial y la psicología de los directivos narcisistas.
Nos dice Parkinson que “constituye el primer signo de peligro la aparición en la jerarquía de la organización de un individuo que aporta una gran dosis concentrada de incompetencia y envidia” surgiendo con él la incelositis (o injealousity, contracción de incompetence y jealousity). Cuando este individuo obtiene un control total o parcial de la organización, comienza una segunda fase del mal caracterizada “por la insistencia con que lucha por expulsar a todos los que son más capaces que él, y también por su oposición a que se nombre o ascienda a cualquiera que pueda llegar a demostrar una mayor capacidad que él”.
El experto en desarrollo organizacional José Medina habla de la “gestión mediocre del talento: tanto en organizaciones como en políticas se cumple la ley de que los número uno se rodean de números uno, y los número dos, de números tres y cuatro. El líder mediocre se rodea de profesionales mediocres, generando bolsas de mediocridad. Practica un darwinismo selectivo que elimina o invita a marcharse a los mejores, pues constituyen potenciales amenazas”. El psicólogo Iñaki Piñuel también coincide en que “una vez que un mediocre alcanza el poder se rodea de subordinados que no le amenacen, es decir, de personas aún más torpes que él. Por eso, los directivos mediocres extienden la mediocridad por toda la organización”.

"El ascenso de los incompetentes puede estudiarse en estado puro en el seno de aquellas corporaciones y entidades que suponen ámbitos socioeconómicos mucho más acotados y que están orientadas a la consecución y defensa de concretos fines e intereses"

Sigue diciéndonos Parkinson que el nivel de eficacia que se marcan los incelosíticos es muy bajo. “Solo se admite un nivel bajo y resulta aceptable un nivel aún más bajo. Las directrices que emite un jefe de segunda fila, dirigidas a sus ejecutivos de tercera fila, solo hablan de objetivos mínimos y de medios ineficaces. No es deseable un nivel mayor de eficacia porque el jefe sería incapaz de controlar una organización más eficaz”. A ello le siguen la petulancia y la fatuidad. “La organización se ha marcado unos objetivos muy bajos y en consecuencia ha logrado alcanzarlos sobradamente. Los directivos han hecho lo que se proponían hacer. Esto les llena de satisfacción. Pronto olvidan que era un pequeño esfuerzo para obtener un pequeño resultado. Solo se fijan en que han triunfado, y se vuelven cada vez más presuntuosos”.
Iñaki Piñuel señala, entre otras, las siguientes características del directivo narcisista: posee una idea grandiosa de su propia importancia, le absorben fantasías de éxito ilimitado y tiene una necesidad excesiva de ser admirado. En el seno de su organización ello se traduce en la autoatribución de una gran visión estratégica, la utilización de los demás como espejo o auditorio, el desprecio a sus colegas y subordinados y la violación de los códigos éticos de la organización. El consultor en desarrollo de directivos y profesionales José Enebral apunta también cómo el directivo narcisista tiene alterada su visión de la realidad y se sitúa por encima del bien y del mal, no es consciente de sus errores, no rectifica y no aprende, y suele huir hacia delante en caso de dificultad, alardeando de logros futuros que nunca llegan.
Esa huída de la realidad es considerada por Howard Schwartz como una de las causas clave de la corrosión del funcionamiento de las organizaciones por la sumisión a los dictados de la corrección política, que lleva a que se rechace la propia noción de logro, se borre la distinción entre buen y mal trabajo, se devalúe la relación entre estímulo y contribución, se abandone una aproximación racional a los problemas, y todo ello conduce a su vez a que se reformulen los objetivos a alcanzar por la empresa. En una suerte de psicosis, la organización ya no se ve como yuxtapuesta a un mundo real en el que tiene que actuar, sino que el mundo circundante es concebido tan solo como existente para soporte de la organización. En Narcissism Project and Corporate Decay: the Case of General Motors, Schwartz, centrándose en el caso de esta compañía, apunta cómo los criterios de promoción dentro de la misma dejaron de girar en torno a logros y resultados y pasaron a depender de ideologías y políticas, y sobre todo de la lealtad personal a aquel de quien dependía el ascenso. Los así nombrados sabían que no eran sus habilidades de gestión lo que había motivado el ascenso, y ello los situaba en una posición de inseguridad, que les llevaba a buscar métodos y mecanismos de defensa para prevenir y rechazar amenazas a su posición: se convertían en pensadores verticales, que tomaban decisiones verticales, pensando en lo bueno para sí mismos, y no decisiones horizontales, pensando en lo bueno para la compañía. Mal ubicados, mal formados, o simple y llanamente incompetentes, perdían el tiempo en reuniones y comités sobre minucias y cuestiones secundarias, en trabajos pequeños y rutinarios, que deberían haber sido decididos mucho más abajo en el organigrama de la empresa. Los managers quedaban aislados de la crítica, y solo oían lo que querían oír, con lo que tendían a creerse más capaces que nadie de dar respuesta a cualquier cuestión que se plantease. El enfrentamiento continuado con una realidad adversa acababa llevando a los directivos al autoengaño y la negación, cuando no a la decepción y al cinismo.

"Una vez que un mediocre alcanza el poder se rodea de subordinados que no le amenacen, es decir, de personas aún más torpes que él. Por eso, los directivos mediocres extienden la mediocridad por toda la organización"

Concluye Parkinson señalando que la etapa terminal de la enfermedad se alcanza “cuando no queda ya ni una chispa de inteligencia en toda la organización, de arriba abajo”. La apatía sustituye a la petulancia. Ya no hay entonces solución: “cuando ha llegado a esta etapa, la institución está muerta, a todos los efectos prácticos”. En sus etapas primarias, la enfermedad puede tratarse mediante la ironía, si bien “el individuo incelosítico desarrolla una gruesa piel protectora que le hace insensible al ridículo”. En estadios más avanzados, aún cabría una intervención quirúrgica para extirpar las partes infectadas. Parkinson, de todas maneras, no se muestra optimista acerca del resultado de este drástico método, ya que la conmoción consecuente puede resultar fatal.
Y es que en lo único que los mediocres parecen alcanzar la excelencia es en el despliegue de tácticas y la realización de maniobras para conservar el poder. Aunque solo sea para acabar sentados sobre una montaña de escombros.

Abstract

Political correctness is altering the model of our social and family relations and is having a growing impact on our lives and environment. This is due, among other things, to the fact that being politically correct fosters the ascent to power and posts of responsibility of persons lacking the necessary qualification and proficiency. It is therefore not surprising that governments, parliaments and other public institutions exalt incompetents. But the phenomenon can be analyzed in all its purity in the case of those corporations and entities operating in the socioeconomic sphere and aiming at the achievement and defense of specific ends and interests. In this article diverse studies are mentioned in relation to business organizations.