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ciclo de conferencias
REVISTA78-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 78
MARZO - ABRIL 2018



El día 26 de octubre, en el Salón de Actos del Colegio Notarial de Madrid y ante numeroso público tuvo lugar el acto solemne de inauguración del curso académico 2017/2018 de la Academia Matritense del Notariado. No hubo disertación ni acto lectivo. Por consenso unánime de todos los académicos la sesión se dedicó a rememorar la figura de D. Antonio Rodríguez Adrados, puntal y epígono de la Academia durante décadas. Presidió el acto el Decano y Presidente de la Academia D. José Ángel Martínez Sanchiz acompañado del Director General de los Registros y del Notariado D. Javier Gómez Gálligo, del Secretario de la Academia D. José Aristónico García Sánchez, y de los académicos intervinientes D. José Luis Martínez Gil y D. Antonio Pérez Sanz. También asistieron familiares de Rodríguez Adrados, entregándose por el Decano al final del acto a la hija del fallecido, también notario, una placa conmemorativa del acto. A continuación se transcribe un resumen de las intervenciones.

JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Notario honorario y Secretario de la Academia Matritense del Notariado

Hoy inauguramos el curso 2017/2018 de la Academia Matritense del Notariado. Sería el curso nº 159 desde su fundación. Y sería solo motivo de orgullo y satisfacción, si no lo enturbiara la triste circunstancia del fallecimiento, en junio de este mismo año, de uno de los puntales, un epígono luminoso y señero de esta institución. Antonio Rodríguez Adrados ha sido un exponente eximio en todas las facetas intelectuales y humanas, singularmente en la docente. Fue un maestro en la Universidad, en la notaría, en la Comisión General de Codificación y en las instituciones culturales en las que participó. En todas su labor fue decisiva para promover un Derecho evolucionado, siempre ortodoxo y coherente, y además iluminado por una sagacidad y un ingenio que le permitía abrir caminos jurídicos despejados en las junglas más escabrosas que la nueva realidad social iba planteando.
Adrados fue un jurista total, un creador clarividente del derecho, dominador de todas sus sutilezas. Y ello aunque al final terminara por centrar sus pesquisas en la elaboración de un Derecho instrumental, engañosamente solo formal, pero de tremendo calado, que se ha convertido en el entramado del Derecho Notarial, disciplina que con él adquirió jerarquía como auténtica rama del Derecho privado.
Había investigado concienzudamente el nacimiento, la evolución y la transformación del notariado, la influencia de la Suma totius artis Notariae y de la Aurora de Rolandino, investigó a los glosadores, a su mejor compilador, Salatiel, y a los posglosadores. También se preocupó del origen y desarrollo del notariado de nuestro país. Investigó las Partidas, el Fuero Real, la célebre Pragmática que la Reina Isabel dio en Alcalá en 1503, participó en la Notaría de Escribanos de Matilla, indagó los avatares de la época de bronce de las Escribanías Madrileñas, las peripecias de la fundación del primer Colegio de Escribanos Reales de Madrid el 3 de febrero de 1777.
Había investigado y lo conocía todo. Y todo le sirvió para desentrañar la virtualidad de la función encomendada a los notarios y subsumir sus inducciones, pues como decía Paulo -y Adrados recuerda en sus Principios- non ex regula ius sumatur, sed ex iure; quod est, regula fiat. El consagró la definición hoy comúnmente aceptada del notario como simbiosis de funcionario público y profesional del Derecho.
También se interesó por los orígenes y el proceso de fundación de esta Academia a la que tantos desvelos dedicó. Adrados siguió los pasos de aquellos notarios pioneros, que en 1858 irrumpieron en el mundo jurídico con una Academia que en poco tiempo se situó en el pelotón de cabeza de las instituciones doctrinales de este país. Son ya 159 años. Y son ya 57 los voluminosos Tomos de Anales que recogen su actividad investigadora y docente.
Y justo es reconocer que esta Academia se ha mantenido viva y dinámica por las extraordinarias generaciones de académicos y conferenciantes que, en fecunda emulación, han llevado a veces a este instituto a cotas inusitadas de calidad. Precisamente entre estas nuevas oleadas, ya desde el inicio destacó Rodríguez Adrados que, con la fuerza de su entusiasmo y su talento, contribuyó como el que más a su esplendor. Y no solo con sus aportaciones doctrinales, siempre luminosas y originales, en forma de conferencias, comunicaciones o debates. También con sus continuas iniciativas y propuestas a las Juntas de Gobierno, de las que siempre formó parte, aportando la poderosa luz que emanaba de su perspicacia y autoridad.
En 1967 debutó con una disertación sobre la Donación con reserva de la facultad de disponer, recogida en el Tomo 16 de los Anales. Pero sobre todo a Adrados se le reservaba para las grandes gestas, el pavoroso problema de la situación de los terceros frente a las escrituras a las que se les sustrae parte del negocio por una contre-lettre, la adecuación de nuestro Derecho Mercantil a las Directivas de la CEE en 1989, la naturaleza de la póliza intervenida en 2000, o cuando la ley introdujo en la práctica notarial la cibernética y la técnica digital, las ideas más luminosas y esclarecedoras aparecieron en la conferencia que dio en esta Academia el 14 de noviembre de 2002. Porque aunque ya estaba jubilado, mantuvo hasta el final su extraordinaria lucidez. Hombre prolífico, humanista y polígrafo, ha aportado al notariado una luz fulgurante, y a ella debemos acercarnos siempre. Pero, como sugirió Nietzsche, no como se agolpa la gente a la luz para que la vean o para brillar más, sino solo para ver mejor.
Justo es que ensalcemos y reconozcamos la labor de este notario prócer sin igual. Y justo es que sea dedicado a su memoria todo el curso 2017-2018, que hoy inauguramos, en esta Academia. Ni con ello, ni con todo lo que nuestro esfuerzo y devoción sea capaz de imaginar, podremos compensar la formidable aportación de Adrados al acervo cultural y humano de esta Academia, del Notariado y de toda la comunidad jurídica. Siempre estaremos en deuda con él.

ANTONIO PÉREZ SANZ
Notario honorario

De Antonio Rodríguez Adrados yo destacaría su magisterio. Maestro de notarios y, fundamentalmente, Maestro del Derecho Notarial, título que con especial aprecio aplico a quien ha sido un eficaz enseñante de ciencia y práctica jurídicas, proyectadas al conocimiento y aplicación diarias del Derecho y a su expresión en el documento notarial.
Supo combinar la atención y el servicio a su Notaría con la investigación y el estudio.
Pero, sobre todo, ha sido el mejor ejemplo de dedicación y entrega al Notariado, en su vida y en sus obras, en las que nos ofrece un auténtico Derecho documental formal, un verdadero curso de ciencia notarial.
Pero a mi juicio la especialidad o mejor dicho la excelencia de su obra se encuentra en los trabajos que dedica al instrumento público, precisando con lucidez que su valor probatorio no se agota en el proceso pues la prueba actúa también en la esfera extrajudicial y aclarando que, en cuanto es expresión de la voluntad negocial, conlleva un superior valor sustantivo, dispositivo y constitutivo del negocio mismo.
La capacidad de trabajo de Antonio Rodríguez Adrados no se agotó durante toda su vida y su mente conservó siempre la claridad de sus mejores momentos.
A lo largo de mi intervención he recordado la obra de un jurista excelente, un profesional riguroso y un notario ejemplar. Pero es justo subrayar que es también la obra de un trabajador inteligente e infatigable y, sobre todo, de un hombre bueno.

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ GIL
Notario honorario

Antonio Rodríguez Adrados fue un jurista completo que siempre tuvo el reconocimiento de todos los notarios, y muy especialmente, de los que tuvimos el privilegio de estar muchos años cerca de él viendo su entrega al Notariado y la agudeza de sus planteamientos y soluciones.
Su colaboración en la vida corporativa fue total, tesorero del Colegio Notarial de Madrid, vicedecano, decano y presidente del Consejo General del Notariado. Fue el alma de la Revista de Derecho Notarial durante muchos años, su director, y después presidente del consejo de redacción. Fue presidente de la Academia Matritense del Notariado y también de la Fundación, y siempre miembro de la Junta de Gobierno.
Aquí, en la Academia, pronunció muchas conferencias magistrales que aparecen en los seis volúmenes de sus obras completas, publicados con motivo de su jubilación en el año 1995, y la publicación se hizo el año siguiente.
Igualmente pronunció un buen número de conferencias en otros colegios notariales, como en Sevilla y Granada, tanto antes como después de su jubilación. Precisamente, una conferencia en el Colegio de Granada "El notario, función privada y función pública. Su inescindibilidad", publicada en separata por la Academia Matritense, se repartió durante mi decanato -y no sé hasta cuánto tiempo después- a todos los nuevos notarios que aprobaban las oposiciones para que tuvieran un cabal conocimiento de la esencia del oficio que iban a ejercer.
Quisiera resaltar su esencial intervención en el simposio celebrado en Barcelona en el año 1983. En su fondo latía una idea de reforma, de revulsivo, propiciada por la profunda transformación que supuso la Constitución de 1978. Se trataba de una reflexión colectiva sobre el notario y la sociedad de su tiempo. El simposio tuvo una compleja y extensa estructura para llegar a todos los notarios, y realmente fue un éxito de compromiso y de participación. Antonio fue, con Vicente Font Boix, director del simposio, por el que llevó a cabo un trabajo intenso, real y ejecutivo, no meramente honorífico. Su papel fue muy relevante, de auténtico protagonista.
Fue también ponente en congresos notariales nacionales y mucho más, en los congresos de la Unión Internacional del Notariado Latino. Una de esas ponencias, "Naturaleza jurídica del documento auténtico notarial", fue mi primera lectura de Antonio y fue para mí algo deslumbrante que me abrió los ojos a conceptos que hasta entonces desconocía o nunca había visto expuestos de manera tan clarificadora.
Se ha dicho en múltiples ocasiones que Antonio Rodríguez Adrados era un hombre modesto, y es verdad, era el polo opuesto a la vanidad. En el año 1981 Antonio estaba ya en la cumbre de su magisterio y prestigio en el Notariado y, a pesar de ello, no tuvo el más mínimo inconveniente en aceptar ser vicedecano conmigo. Para mí fue una auténtica lotería trabajar al lado de un hombre que conocía como nadie todo los aspectos y problemas del Notariado, y los conocía desde su origen y a lo largo de toda su evolución. Y también como nadie, tenía los conocimientos y la prudencia necesarios para orientar las soluciones. Tengo con Antonio una enorme deuda de gratitud. Es cierto que era un hombre modesto, pero al mismo tiempo era apabullante en sus argumentaciones y muy firme en defender aquello en lo que creía.
Se ha recordado últimamente la importancia que tuvo en su momento la Resolución de 8 de febrero de 1977, que reconocía por primera vez la capacidad jurídica de la mujer casada para realizar compras sin intervención del marido.
El recurso de Antonio fue exhaustivo y muy brillante, haciendo una interpretación del Código Civil conforme a la nueva concepción de mayor independencia jurídica de la mujer casada. El mérito del reconocimiento de la capacidad jurídica de la mujer casada fue de Antonio Rodríguez Adrados. Y yo tuve la suerte y la satisfacción de firmar esa Resolución.
Antonio Rodríguez Adrados fue una figura señera del Notariado, un jurista excepcional, un notario ejemplar, un amigo entrañable. Y como ha dicho Antonio Pérez Sanz, sobre todo un hombre bueno.

JOSÉ ÁNGEL MARTÍNEZ SANCHIZ
Decano del Colegio Notarial de Madrid

El Notariado algo tiene. Tiene un carisma que nos atrapa, nos sumimos en la fe que impartimos, porque creemos en ella, la profesamos obligados por nuestro juramento o promesa; gracias a ese compromiso devenimos creíbles como reconociera la Decretal Scripta Authentica, aunque esa credibilidad, no sea instantánea, pues la heredamos de nuestros predecesores: por la fe recibida, damos fe.
La fe necesita del ejemplo humano y, en ocasiones, hasta de mártires que empedren el camino. Al final, ese algo al que aludía se resuelve en alguien. La historia de una institución la hacen las personas y el recuerdo, gratitud y lealtad de quienes les suceden.
Las instituciones son duraderas, suelen sobrevivir a sus integrantes, pero no sin pena ni quebranto cuando quien falta es una personalidad tan descollante como Antonio Rodríguez Adrados, cuya perdida ha provocado en todos nosotros un sentimiento de orfandad.
Corría el año 1983, Simposio de Barcelona, el ambiente enrarecido por negros presagios, Antonio Rodríguez Adrados ante el Ministro de Justicia, Fernando Ledesma. El silencio sepulcral, el de las grandes ocasiones. Allí estaba él, pequeño en apariencia, pero tan alto de miras, con los ojos chispeando inteligencia, la voz suave, serena, mientras impartía doctrina; doctrina de futuro acerca de la imparcialidad del notario, que no debe abandonarse a la neutralidad, sino ser proactivo en defensa del más débil. Nos abrió los ojos y trazó el sendero que culminaría en la nueva redacción del artículo 147 del Reglamento Notarial.
No se trata de los recuerdos de un joven impresionable, recién llegado a Madrid. Años después, Antonio ya jubilado, lideraría una comisión para estudiar el anteproyecto de la Ley de Enjuiciamiento Civil, que me permitió admirar una vez más sus planteamientos siempre acertados, gracias a los cuales se preservaron los artículos 1216 y siguientes del Código Civil.
Antonio Rodríguez Adrados ha sido, en efecto, el maestro de todos nosotros. Para recibir su consejo bastaba con una llamada, no era en absoluto celoso de su saber, siempre dispuesto a compartirlo con los demás. Quienes tuvimos el privilegio de concurrir con él en la plaza nos hemos enriquecido con su buen hacer. Fue, desde luego, un notario intachable, un grandísimo notario, porque era una bellísima persona, provisto de una inteligencia solo comparable con su humildad.
Humildad y entrega, amor al Notariado, por el que sacrificó en buena medida otras inquietudes científicas de mayor reconocimiento, para dedicar sus horas al Derecho Notarial, que gracias a sus trabajos, tras los primeros pasos de Rafael Núñez Lagos, goza hoy de una dignidad doctrinal, antaño impensable.
No cejó nunca en su contribución, ni siquiera tras su jubilación, a principios de 1995. Es sumamente aleccionador revisar sus escritos posteriores sobre la prueba o la firma electrónica, que son, en mi opinión, lo mejor que se ha escrito sobre la materia.
Pero quisiera recordar su discurso de ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación: “La persistencia histórica de la oralidad en la escritura pública”. Se trata de una monografía que enlaza con el discurso por el que ingresó en esa misma Casa quien fuera su maestro Rafael Núñez Lagos acerca de “La estipulación en las Partidas”. La escritura pública -demostraba Antonio- no es una formalidad añadida a la declaración de voluntad sino la declaración misma.
Antonio Rodríguez Adrados, nos ha dejado ciertamente un sentimiento de orfandad, echaremos en falta su infatigable búsqueda de la verdad y su penetrante inteligencia para brindar soluciones a los nuevos problemas y situaciones que el devenir presenta. Pero nos queda el consuelo de que su espíritu está con nosotros, como las estrellas, que, no por desaparecidas dejan de iluminar nuestra noche, su obra, su ejemplo y su estela, a fin de cuentas, han de alumbrar por siempre nuestro camino.