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REVISTA74-PRINCIPAL

ENSXXI Nº 74
JULIO - AGOSTO 2017



Por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario y Presidente de EL NOTARIO DEL SIGLO XXI

Ha muerto un maestro inolvidable

Sutil, profundo, magistral, a veces socarrón, siempre incontestable. Notario ejemplar recto-probo-y-pensador como pedía De las Casas, académico brillante, publicista asombroso… No son elogios para una laudatio funebris, aunque a veces sea la muerte lo único que aviva el reconocimiento y despierta la vena laudatoria de los humanos. Son justos epítetos de un hombre señero y ejemplar, prototipo irrepetible del profesor humanista y erudito, icono del ingenio jurídico, oráculo y creador de una nueva ciencia, el Derecho Documental.
Se trata -todos lo han adivinado- de Antonio Rodríguez Adrados, fallecido el día de su última onomástica, el 13 de junio pasado, cuyo perfil para conocimiento de las futuras generaciones, si queremos acercarnos a la verdad, tan difícil es trazar, pues son tantos y tan eminentes sus méritos que los que no le conocieron pensarán que mi relación, aunque la resuma y abrevie, es exagerada, y los que le conocieron que se ha quedado corta y no le hace la justicia debida.

Treinta años ejerció en Madrid como notario, desde 1965 en que ganó con el número uno aquella memorable oposición restringida, hasta 1995 en que se jubiló. Treinta años practicando con maestría y acierto el arte de la notaría. Y haciéndolo por el camino que él mismo iba diseñando y practicaba bajo los principios de arraigo y cercanía y el axioma de Salatiel de madurar en el corazón las propuestas y consejos antes de hacerlos, prius teneat in corde quam in ore. Camino que más tarde describió magistralmente en sus escritos adaptándolo a las exigencias de la modernidad y renovándolo por la vía de la racionalidad, para ejemplo y modelo de las generaciones futuras.
Y más de treinta años, toda una vida, enseñándonos a todos aun sin pretenderlo. Porque Adrados irradiaba magisterio. Incluso sin saberlo. Pudo incubarlo en el seno familiar, su padre era Catedrático y Rector de la Normal de Magisterio y su madre Inspectora de Enseñanza. Y pudo desarrollarlo en la Universidad de su Salamanca natal -Salmantica docet es su lema- en cuya Facultad de Derecho se licenció con Premio Extraordinario y Premio fin de carrera, y donde recién licenciado y sin solución de continuidad le encomendaron impartir, como Profesor Ayudante de la Cátedra de Derecho Civil, nada menos que lecciones de Derecho Hipotecario.

"Son tantos y tan eminentes los méritos de Adrados que los que no le conocieron pensarán que mi relación, aunque la resuma, es exagerada y los que le conocieron que se ha quedado corta"

Adrados era un humanista y un jurista total. Un creador clarividente de derecho sustantivo, perspicaz conocedor de todas las subtilidades del derecho como pedía Salatiel. Yo lo vi improvisar directamente sobre una Olivetti soluciones sutiles a problemas oscuros para todos insolubles. Supe de la imponente carga de autoridad de sus recursos ante la Dirección General que con frecuencia terminaban en resoluciones rompedoras, como la que reconoció por primera vez en nuestro Derecho la capacidad civil de la mujer casada. Leí sus escritos, oí sus conferencias, recibí sus enseñanzas. Siempre clarividente, original y creativo, y siempre -desterradas las rutinas y poseído de raciocinio y sensibilidad propias como demandaba De las Casas- lejos de los terrenos trillados y de las soluciones eclécticas o manidas.
Y cuando se le presionó desde instancias corporativas para que pospusiese sus análisis de Derecho sustantivo y se centrara en un tema considerado menor, el Derecho formal, lo aceptó con resignación y generosidad. Y con aquella su sorna castiza, se consolaba del aparente descenso de nivel presumiendo de que el Derecho formal, aunque se le tenga por un arte menor, tiene créditos inadvertidos, me decía, es menos cambiante, por ejemplo, y además tiene superior vigencia y mayor universalidad.
Y tuvo razón. En sus manos esta materia, hasta entonces compuesta casi solo por formularios, manuales practicones, escasos preceptos legales y menor metodología, se convirtió en un cuerpo doctrinal compacto y coherente. De un conjunto de reglas de escasa o nula conexión pasó a ser una rama más del Derecho. Y pronto, en 1978 y por primera vez, tuvo en la Universidad Complutense una cátedra que él regentó hasta 1983. En frase de Vallet de Goytisolo se había creado un auténtico Derecho Documental formal del que Adrados era máxima autoridad y primera referencia mundial.

"Era un humanista y un jurista total. Un creador clarividente de derecho sustantivo, perspicaz conocedor de todas las subtilidades del derecho como pedía Salatiel"

Había desentrañado la virtualidad de la función encomendada al notario en todo su recorrido milenario, desde que nació como mecanismo de seguridad del mercado incipiente en el siglo XII y salvaguarda en el ámbito privado del ideal de vida del hombre, hasta su consagración como resorte consustancial a las sociedades liberales democráticas para garantizar el ejercicio de las libertades individuales incluso frente a los abusos de los poderes públicos. Y subsumió sus inducciones en un prototipo híbrido e inescindible de notario como funcionario-profesional del derecho, que se ha consagrado luego como definición concluyente del notario, aceptada de forma casi universal.
También dejó fijado el gálibo a que se habría de sujetar el notario del futuro cuando actúe entre coordenadas digitales y electrónicas, incluso en competencia con la inteligencia artificial. Del mismo modo elaboró la doctrina del documento público y su eficacia, esclareciendo con agudeza los artículos 1218 y concordantes del Código Civil. Y convenció a todos después -suyo fue el mérito- de que esos preceptos milenarios no podían quedar arrasados por las últimas reformas de la Ley Procesal. Fue clarividente hasta el final. Suyas fueron también, ya jubilado, las ideas más luminosas sobre el documento negocial electrónico y la firma digital.
Probablemente ahora deba pedir disculpas por mi profusión. Si siguiera el guión usual de una laudatio funebris tal vez debería acabar aquí este memorandum. Pero no sería justo.
Porque no habría recordado su ejemplaridad en el ámbito corporativo, donde ha ocupado todos los cargos, desde Censor hasta Decano y Presidente de la Junta de Decanos y del Consejo General del Notariado. Habría omitido su faceta internacional, tan universal como lo es su Derecho Documental, sus ponencias en Congresos, Simposios o Jornadas, también en la Unión Internacional del Notariado donde ha ostentado todos los cargos. Su presencia siempre se hacía indispensable.

"El Derecho formal, hasta entonces compuesto casi solo por formularios, escasos preceptos legales y menos metodología, se convirtió en un cuerpo doctrinal compacto y coherente"

Tampoco habría recordado en su magnitud su labor en la Universidad, en la Academia de Jurisprudencia y Legislación, en la Comisión General de Codificación de las que fue miembro activo desde los años ochenta. O en múltiples centros culturales en los que desarrolló siempre una labor decisiva para promover un Derecho evolucionado con intervenciones rebosantes de sagacidad e ingenio, también a veces de sorna inteligente, y siempre plenas de ortodoxia y coherencia.
Habría obviado sus publicaciones, tan numerosas como importantes, sus monografías, sus conferencias... a las que solo podemos hacer esta alusión. Como a sus diplomas, premios y honores, entre ellos la Cruz de Honor y la Gran Cruz de San Raimundo. Grande del Notariado para la Revista del Colegio de Madrid EL NOTARIO DEL SIGLO XXI, Decano Honorario de este Colegio, Director y alma de la Revista de Derecho Notarial durante décadas.

"Antonio era ante todo un profesor, un maestro, una persona que incluso inconscientemente irradiaba magisterio"

Y con ser tanto y tan valioso, no es esto lo mejor. O mejor, no es solo esto. Quizá lo más asombroso es que su actividad intelectual y su magisterio, por muy elevado que discurriera como solía, ha estado siempre impregnado de una modestia tan natural y cercana que en lugar de encubrir la altura de su discurso como pretendía, producía el efecto contrario de engrandecerlo revelándonos su verdadera dimensión. Es un axioma que ya Sófocles había puesto en boca del Edipo destronado, solo con la humildad cuando no eres nada alcanzas la sagrada dimensión del auténtico vidente, la verdad última que el soberbio nunca podrá ver. La ejemplaridad corporativa de Antonio se engrandecía por su sencillez y disponibilidad incondicional para ayudar y aconsejar a cualquiera que se lo pidiera. La importancia de sus escritos se acrecentaba porque él nunca la reconocía y, como pasó en su día con la Librería de José Febrero, solo por el empeño de los demás y el tesón del entonces Presidente Antonio Pérez Sanz y para complacerlos, consintió en que se recopilaran y se editaran a partir de 1995 por el Consejo sus obras completas, seis tomos entonces, hoy bien podrían ser dos tomos más, pues mantuvo su mente lúcida como se ha dicho hasta el final. Ahí están para probarlo esos, en terminología kantiana, juicios sintéticos extensivos que constituyen los Principios Notariales que fue escribiendo periódicamente para EL NOTARIO DEL SIGLO XXI y que han sido editados no hace más de tres años.
Y algo más. No se puede poner con justicia la cubierta final a este Recordatorio, sin rememorar otra vez lo que se anunció en la Portada: que el magisterio fue -y es- el elemento predominante y definitorio de su personalidad. Antonio era ante todo un profesor, un maestro, una persona que incluso inconscientemente, se diría que a su pesar o malgré lui, irradiaba magisterio. Los que departían con él, adquirían automáticamente, también a veces sin advertirlo, el status de alumnos. Tal era la carga de convicción que se esperaba o intuía de sus argumentos que sus interlocutores enseguida quedaban predispuestos a una rendición intelectual. Y lo más asombroso, todo ocurría, como ya se ha dicho, de forma tan natural que ni el interlocutor se sentía humillado ni el profesor se engreía. A contrario del viejo brocardo Initium omnis peccati superbia, su modestia congénita mantenía a Antonio en una virtuosa y siempre creciente ascesis intelectual.

"Era la sencillez machadiana de un hombre en el buen sentido de la palabra bueno lo que le ensalzaba en la consideración de los demás hasta esa grandeza que solo alcanzan los humildes"

Se puede dudar de si en su obra escrita es más digna de admiración la sencilla originalidad de sus planteamientos o la poderosa profundidad de su disquisición. De su talante humano, en cambio, nadie pudo nunca dudar. Era la sencillez machadiana de un hombre en el buen sentido de la palabra bueno lo que le ensalzaba en la consideración de los demás hasta esa grandeza que solo alcanzan los humildes.
Ya se ha ido. Pero siempre nos quedará su estela, su ejemplo y su legado. En vida, el Colegio Notarial de Madrid le dedicó justamente y puso su efigie en la sala que alberga las aulas de ingreso al Notariado para memoria y ejemplo imperecedero de las nuevas generaciones de aspirantes. A ellos -y vale para todos- dedicó como consejo final lo que fue lema de su vida: amad la verdad y la justicia.