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revista10

ENSXXI Nº 10
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2006

JUAN CRUZ
Periodista

Cuando cumplió los ochenta años Pepe Caballero Bonald trató por todos los medios de convencer a los que pretendían festejarlo que esa cosa de la edad no iba con él. Lo tuvo difícil. Le armaron un congreso en Jerez, su tierra, le hicieron (le hicimos) entrevistas en los periódicos, le agasajaron en el Instituto jerezano que lleva su nombre, le elogiaron políticos (que no le han leído, y otros que lo han leído) y le ignoraron algunos que en el pasado le hicieron la pelota.
A él le resbalaron bastante unas cosas y otras; se comportó como un hombre educado, distante y gentil, como los caballeros de antes, estuvo pendiente de los fastos con la atención que merecen las cosas importantes que no van con uno, y se divirtió bastante en algunos de los tramos de ese homenaje, por ejemplo cuando escuchó flamenco en unas bodas de Jerez. El flamenco, eso es lo suyo; y Pepa Ramis, su mujer, y sus hijos, a los que conocí en el evento.
Tenía muchas ganas de conocer a los hijos; Pepa y Pepe forman un matrimonio muy divertido y muy bien avenido del que nacieron –en seguida— cinco chicos, una chica y cuatro chicos, o dos chicas y tres chicos. No importa tanto no saberlo, porque el propio Pepe dice muchas veces que él no recuerda si tiene seis, siete o veintisiete hijos. La hija es como Pepa, y el hijo mayor es como Pepe: la misma sonrisa en un caso, los ojos azules intensos, educados en el mar; la misma socarronería risueña en el otro.

"Tuvo el buen gusto de asistir solo a los recitales de poesía que dieron algunos de los concurrentes; pero no fue, con muy buen criterio, a la retahíla de elogios a su obra y a su persona. A Pepe lo que le baila es el ojo. Le bailó siempre. Y si no, lean sus memorias"

La verdad es que ver a esa familia tan bien avenida y tan divertida fue para mi mucho más instructivo que seguir el ciclo de ponencias más o menos profundas o humorísticas que lanzamos sobre el pobre Pepe durante el simposio sobre su actualidad y sobre su memoria. Él tuvo el buen gusto de asistir tan solo a los recitales de poesía que dieron algunos de los concurrentes; pero no fue, con muy buen criterio, a la retahíla de elogios a su obra y a su persona. Convivió con todos nosotros, rió, bebió, y no bailó porque yo creo que, sabiendo hacerlo muy bien, jamás ha bailado en su vida. A Pepe lo que le baila es el ojo. Le bailó siempre. Y si no, lean sus memorias.
Las memorias de Pepe –Tiempo de guerras perdidas, La costumbre de vivir—son ejemplares, y no porque revelen o realcen una vida ejemplar, que lo ha sido sólo, supongo, en el sentido más estrictamente literario; Pepe pertenece a esa generación de la noche y la bebida que en los años cincuenta se olvidó de Franco gracias a la bebida. Muchos de los integrantes de ese grupo, el del 50, perecieron en el intento en todo caso fructífero de divertirse ejerciendo las amistades nocturnas, pero él se salvó, o como dice: “Me voy salvando”.
Se salvó, en parte, también porque detuvo el alcohol duro en un momento determinado, y se centró en la herencia de Jerez: el vino. El vino y los libros. Dejó el whisky y otras bebidas perversas para el hígado, y así ha llegado a los ochenta pareciendo un hermano suyo mucho más joven. O un lejano antepasado, acaso aquel que hay en un cuadro medieval que él una vez descubrió en Cataluña y que es su vivo retrato, incluyendo una pequeña sombra que desde hace años adorna su frente.
Fueron los de Jerez días gozosos con Pepe. Él ahuyentó los halagos –los de los políticos y los de los compañeros de profesión— exhibiendo esa sobria inteligencia que le hace desplumar con la mirada a los solemnes, a los pelotas y a los estúpidos. Se tomó con mucha filosofía este encuentro con el tiempo, y salió indemne, como si hubiera hecho un viaje en barco a un sitio desconocido.

"Lo suyo era el mar y sigue siendo el mar. Es patrón de barco y eso acaso le ha permitido adornarse de un escepticismo propio del que sabe que jamás se llega al horizonte. Le preguntaron por el Cervantes; claro que querría tenerlo, quién no, pero nunca ha hecho cuestión de los premios"

Durante esos días repitió en muchas charlas periodísticas o íntimas que lo suyo era el mar, y sigue siendo el mar; es patrón de barco, y eso acaso le ha permitido adornarse de un escepticismo propio del que sabe que jamás se llega al horizonte. Le preguntaron por el Cervantes; claro que querría tenerlo, quién no, pero nunca ha hecho cuestión de los premios. De hecho, cuando ganó el Nacional de poesía, con su espléndido Manual de infractores, me dijo que casi era lógico que ahora le dieran algunos premios, “porque ya estoy en el escalafón de los últimos”.
Ese libro lo escribió cabreado, muy cabreado, por la intervención estadounidense en Irak, y por la atolondrada colaboración, totalmente innecesaria, casi vergonzante, del español José María Aznar, en quien ve Pepe a un mediocre; como mediocre le parece el presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el señor Alcaraz. En un momento de la entrevista me dijo: “¿Se llama Alcatraz?” “No, se llama Alcaraz”. “Bueno, pues Alcaraz es un tipo que representa lo gregario, lo que no me gusta de este país; además, está manipulando el dolor de las víctimas”.
Es un hombre independiente, tranquilo, a veces enrabiscado, dotado para el rencor, pero también para el olvido. Perdona pronto, me dijo, pero olvida más lentamente.
No sé si ya habrá olvidado toda esa parafernalia con la que le brindaron en su ochenta cumpleaños.