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ENSXXI Nº 11

ENERO - FEBRERO 2007

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, sostiene uno de esos dictámenes apodícticos de la sabiduría popular. Una sapiencia que acaba por condensarse en el refranero, ese que apuesta por lo peor del ser humano, y adelanta el pronóstico del “piensa mal y acertarás”. Pero volvamos a la sentencia con la que comienzan estas líneas para advertir que también parece impregnada de pesimismo antropológico. Vencida hacia la asunción de pronósticos negativos, como corresponde al estado de naturaleza caída en que nos encontramos, por decirlo con la expresión de nuestros mejores teólogos tridentinos. Porque quien se atenga a ese juicio sumarísimo de “dime con quien andas y te diré quien eres” está partiendo de un prejuicio fatalista y queriendo forzar un paso lógico según el cual la verdadera naturaleza de un individuo sería una deducción mecánica a partir del conocimiento de quienes componen su entorno inmediato elegido con algún grado de libertad. De modo que, conocidos los compañeros de andanzas de alguien, podríamos deducir sin más, con plena garantía de acierto, la naturaleza de la personalidad circundada.

"Mientras a determinadas gentes puede cumplirles aquello de que por sus amigos les conoceréis, a otras con madera de líderes les sucede que concentran sus máximos esfuerzos en la elección de los enemigos, como si fuera precisamente en ese envite donde vinieran a dar su verdadera talla"

Además el dicho popular que encabeza esta columna, el del “dime con quien andas y te diré quien eres” resulta incompatible con el principio de la reciprocidad de las influencias, que como se sabe es un enunciado básico de la física newtoniana a propósito de la fuerza: el de la acción y la reacción. Todo esto de las relaciones biunívocas, de las interacciones, se comprendería mejor si recordáramos las explicaciones de Gila en los micrófonos de Radio Madrid cuando escenificaba su comparecencia en un colegio de enseñanza media para discutir como padre el recibo mensual correspondiente a su niño. Gila, hacía algunas concesiones pero al llegar a la partida anotada como “desgaste de patio”, reclamaba con lógica impecable que debía compensarse mediante otra partida reintegrable del mismo importe bajo la denominación provisional de “desgaste de niño”. Porque a su entender lo mismo que su niño desgastaba el patio, también el patio desgastaba a su niño.  
Queda pues impugnada la idea de que la fuerza se ejerza sólo en un sentido y de que el individuo termine siempre de modo inevitable arrastrado por su acompañamiento, sin posibilidad alguna de imponerse sobre el ambiente por virtud de la fuerza o de la seducción. Los hechos de experiencia al alcance de cualquiera desmienten la prevalencia universal del unilateralismo. Las relaciones entre el individuo y el entorno con el que anda son de doble sentido, responden a una reciprocidad modulada sin que rija un determinismo ciego y sordo. Si así no fuera, nunca hubiéramos tenido la figura admirable del flautista de Hamelin y habríamos quedado además obligados a invalidar todas las observaciones empíricas que van en esa misma pendiente, al igual que todas las elaboraciones teóricas ensayadas para dar cuenta del fenómeno del liderazgo en el ámbito psicológico y en el de la sociología.

"La experiencia desmiente la prevalencia universal del unilateralismo. Las relaciones entre el individuo y el entorno son de doble sentido. Si así no fuera, nunca hubiéramos tenido la figura admirable del flautista de Hamelin"

O sea, que basta de actitudes entreguistas, incubadas al calor del pesimismo antropológico, y ensayemos la averiguación de qué pueda dar de sí la hipótesis inversa, la que se  basa en la capacidad del individuo de contagiar o de regenerar a los de su entorno. Porque sucede además que pensar, lo que se dice pensar, siempre es una acción individual que, además, nunca se produce en el vacío ingrávido y aséptico del laboratorio sino bajo unas determinadas condiciones ambientales de presión y temperatura y en presencia de los agentes de la erosión. Otra cosa es que, quienquiera que sea el pensador que lo formule, para que un enunciado adquiera la condición de ley de la naturaleza o de la historia su cumplimiento deba ser independiente de las condiciones particulares del observador, según sostenía Einstein y acaba de recordarnos Jorge Wagesnberg.
Por todo lo anterior, convendría atender cuando alguien nos convoca en favor de una gran causa. Así, cuando Franco el 10 de mayo de 1939 tras el desfile de la Victoria, reunido en el Banco de España, uno de los pocos edificios sin daños, con los generales, jefes y oficiales participantes en la parada militar, les señaló un nuevo y más ambicioso objetivo: el de combatir el perverso espíritu del enciclopedismo. Al día siguiente, cuando el Generalísimo en la Iglesia de Santa Bárbara entregaba la espada de la Cruzada, el Cardenal Primado se situaba en el mismo andén de la estación de “metro” de Banco y citaba entre las hazañas de ese hombre enviado por Dios llamado Francisco la de “haber terminado para siempre en España con el pensamiento de Kant”. En todo caso, es fácil de imaginar el entusiasmo que la aniquilación de todo rastro kantiano produciría en el Madrid destrozado de aquellos días triunfales y hambrientos.   
Otro llamamiento para que nos alistemos en el combate a una gran causa, la de la lucha contra el nihilismo, acaba de formularlo a mediados de este mes de enero el expresidente José María Aznar cuando recibía el doctorado honoris causa por la Universidad Católica de Milán. De manera que también con este caso vendría a confirmarse cómo mientras a determinadas gentes puede cumplirles aquello de que por sus amigos les conoceréis -y en esa línea se encuentra toda la literatura de las amistades peligrosas- a otras con madera de líderes les sucede que concentran sus máximos esfuerzos en la elección de los enemigos, como si fuera precisamente en ese envite donde vinieran a dar su verdadera talla. Aceptemos, en todo caso, que la elección de grandes causas, aquellas con capacidad para suscitar grandes compromisos, es siempre signo de distinción, marca indeleble, de la aristocracia de la inteligencia.