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ENSXXI Nº 11

ENERO - FEBRERO 2007

JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Notario y Decano del Colegio de Madrid

Estambul en blanco y negro

Estambul, la capital del imperio otomano, la Sublime Puerta, muestra hoy en forma tan decadente como altiva los restos de tres grandes imperios. Primero fue Bizancio y luego fue Constantinopolis, época de la que aún exhibe con orgullo las muestras más excelsas de su grandeza: Hagia Sophia, el Museo Kariye y la basílica-cisterna Yerebatan de Justiniano. Pero fue a partir de 1453, que para unos representa la caída de Constantinopla y para otros la conquista de Is-tan-polis y el comienzo de una nueva era,  cuando se fue extendiendo sobre las colinas que dan al Bósforo --paisaje de una belleza tan insólita que parece irreal-- el manto policromo de una civilización oriental que las envolvió para siempre en ese halo de misterio que emana del conjunto de torres, cúpulas y minaretes que bordean el canal.
Pamuk, el flamante premio Nóbel que nació en y para la ciudad, se zambulle en esta obra entre las ruinas de los edificios desvencijados y marchitos que aún  recuerdan al caminante un imperio decadente, buscando la melancolía del paraíso perdido, regodeándose en la amargura infinita que se ha apoderado de la ciudad,  y describiéndonos unas estampas en blanco y negro de Estambul, un Estambul decadente, un Estambul al atardecer, sin apartar nunca la vista del recuerdo de los óleos de Melling, de  los dibujos de Le Corbusier, o de los apuntes de Flaubert, de Loti, de Gide o de Gautier, y sintiéndose feliz cuando oye a los demás decir que Estambul es una ciudad melancólica. Porque la sensación que trasmite la ciudad a Pamuk y Pamuk al lector es de  una amargura  infinita nacida de la grandeza perdida.    
Porque con la caída del imperio otomano Estambul perdió sus días de gloria y ostentación y todo empezó a envejecer, también las almas de los estambulíes que hacen suya esa amargura con resignación pero también con orgullo, apropiándose de la melancolía como una sensación y un destino inevitables. La amargura (hüznün),  que en la cultura islámica goza de gran prestigio en razón a que el asceta coránico debe amargarse si advierte dependencia de los placeres y valores materiales que le impiden profundizar lo suficiente en la mística lo que le conduce a que no poder amargarse es una razón para hacerlo, es en Estambul un sentimiento colectivo incomparable que une la ciudad con sus habitantes y que éstos  asumen con orgullo y comparten como comunidad… Ningún placer es tan dulce como la melancolía, los paisajes son hermosos no porque conserven su arquitectura sino lo contrario, por su estado ruinoso… Así lo siente Pamuk y así quiere que el lector lo sienta.  

"Estambul perdió sus días de gloria y todo empezó a envejecer, también las almas de los estambulíes que hacen suya esa amargura con resignación pero también con orgullo, apropiándose de la melancolía como una sensación y un destino inevitables"

El libro –Memoria y recuerdos lo subtitula-- no es una guía de viaje aunque acaricie soñadoramente sus inigualables monumentos. Tampoco es una obra de historia aunque los hitos históricos que marcó esta ciudad sin par floten obsesivamente entre sus páginas. Es un viaje autobiográfico o una historia sentimental. Es un canto a la ciudad y un diario o  libro de recuerdos a un tiempo. La fusión de Pamuk con la ciudad es de tal intensidad que, como él dice, cuando habla de sí realmente intenta hablar de Estambul y cuando lo hace de Estambul intenta hacerlo de si mismo, porque las sensaciones que le transmite Estambul son algo que no se consigue solo contemplándola, sino aglutinando dentro de uno su mundo espiritual con las estampas de la ciudad, cuyas calles oscuras, atractivas, sucias y malignas llegaron a ocupar íntegramente ese segundo mundo de Pamuk que le permitía refugiarse y escapar de todo lo demás Hasta tal punto que, abandonando la pintura y la arquitectura que antes le sirvieron de albergue de su ansia, ellas solas le condujeron  inevitablemente a abrazar la profesión de escritor. Por ellas decidió descubrir y pintar con palabras los olores, los colores y los sonidos de Estambul.
Pamuk, al igual que la ciudad que canta, se siente atrapado en esa tremenda paradoja o contradicción que supone el hecho de que surgieran simultáneamente el nacionalismo turco, heredero de la insigne historia de los otomanos cuyas victorias estudian todavía con orgullo los niños en los libros de historia con la devoción turca por Occidente que se inició en el siglo XIX y germinó con la sustitución del alfabeto árabe por el latino que junto con la creación de un estado laico impuso Ataturk a principios del siglo XX. Pamuk no termina de deglutir la opresión teñida de culpa que le embarga por desear que desaparezcan cuanto antes los últimos restos de una gloriosa civilización en su afán de crear en Estambul una imitación –que inevitablemente sería pálida y de segunda-- de la civilización occidental, y termina por vivir atormentado aunque enriquecido con un pie en una cultura que siente y otro en un universo completamente distinto que espera. Y en esa extraña encrucijada tanto necesita de  un extraño que de sentido a su contradicción que cuando le faltan los criterios  occidentales él  mismo se convierte en su propio occidental.
Estambul, seis siglos a las puertas de Europa, oriente y occidente a un tiempo, atrapada entre la modernidad y la civilización otomana, que derrocha extrañeza, confusión y anarquía y se resiste a cualquier clasificación o disciplina, es una ciudad  que conserva el misterio de su silueta sin par y el embrujo de su cultura del claro de luna que libra a la noche de convertirse en oscuridad ciega y alumbra la misteriosa fuerza de la penumbra como fuente del mal. Estambul no existiría sin el Bósforo.  Estambul toma su espíritu y su  fuerza del Bósforo, mar con corriente, con viento y con olas, mar profundo y oscuro, que en el silencio de la noche y aunque no sople la menor brisa forma reflejos brillantes en sus aguas como si sintiera un escalofrío interior. No hay ojos que puedan captar ni manos que puedan pintar los triunfantes colores del pasado que surgen del interior de la ciudad o esos colores rojos del cielo cuando se unen a la oscuridad misteriosa del estrecho o ese “negro sol de la melancolía” que envuelve la ciudad y a su través el libro de Pamuk.
Así es esta magnífica obra del primer turco que recibe el Nóbel de literatura. El autor no mantiene un estilo definido sino ecléctico y variado, fruto de influencias distintas, pero se sirve de una sintaxis eficaz y utiliza un montaje y estructura modernos que conducen de forma experta al lector por los entresijos del mundo enigmático y lleno de colorido de Estambul. Pamuk sabe narrar, como lo demuestra el capitulo donde describe su primer amor, pero sobre todo sabe descubrir y transmitir sentimientos. La obra es magnifica. Por si sola, como ocurrió con el Dublín de Joyce, hubiera inmortalizado, si no lo fuera ya por triple partida, a este hermoso Estambul decadente del atardecer.

Jürgen Habermas

De sumo interés es la ultima publicación de este filosofo “Entre naturalismo y religión” (Paidos Básica, 2006) cuyo original alemán se edito en 2005 y que reúne varios de los últimos ensayos del filósofo que él mismo reúne, edita e intenta interrelacionar mediante un prólogo de su propio puño. Habermas, que cada día crece tanto en perspicacia como en complejidad, reflexiona sobre las relaciones entre el inquietante progreso del naturalismo cientificista a partir de los recientes éxitos de la bioquímica y la robótica, y la tendencia expansiva y dominadora de las tradiciones y fundamentalismos religiosos, probablemente estimulados por ese fenómeno de racionalización cultural que surge inevitablemente como reacción al naturalismo científico.
Esta tendencia heredera de la fe en la omnipotencia de la razón que predicó el siglo de las luces y que termino consagrando al hombre como dueño de la historia y genial creador de las realizaciones artísticas ha derivado en una racionalización laica de todos los fenómenos humanos, lo que ha provocado la potenciación de los movimientos religiosos que tratan de abrir brecha en  los principios liberales que consagró la Ilustración.  

"Habermas reflexiona sobre las relaciones entre el inquietante progreso del naturalismo cientificista a partir de los recientes éxitos de la bioquímica y la robótica, y la tendencia expansiva de las tradiciones y fundamentalismos  religiosos, estimulados por esa racionalización cultural que surge  como reacción al naturalismo científico"

Uno y otro movimiento devienen inquietantes cuando se convierten en poder político,  amenazando con lo que se ha conocido como choque de civilizaciones. Esta polarización bifronte entre una cosmovisión religiosa y otra cientifista o laica, en cuanto divide a la sociedad,  importa –vaya que importa-- a la teoría política, y así lo razona y analiza el autor en los diversos ensayos que componen la obra. Habermas desde el propio prólogo define ya su posición, una posición integradora hegeliana, según la cual las grandes religiones pertenecen a la historia de la razón misma, aunque no mantenga esa tesis a lo largo de todos los trabajos recopilados.  
De sumo interés son los ensayos de la segunda parte de la obra que analizan el papel político de la religión, las consecuencias previsiblemente positivas de una necesaria racionalización cultural progresiva o la posibilidad de convivencia pacifica del pluralismo religioso. No son de igual densidad y facundia sus discursos de desarrollo del cientifismo. Y desde luego, diga lo que diga el  prólogo, no hay unidad ni tesis explícita y uniforme en la obra. Aún con ello, la profundidad, siempre compleja y en ocasiones enmarañada de su análisis, y las coordenadas constantes que constituyen el leit-motiv del autor aconsejan su lectura, al menos una lectura parcial.

La impaciencia del corazón

Pero si la última obra de Habermas puede resultar árida y agobiante, lo que en la mayoría de los casos no seria de extrañar, retornemos al extremo opuesto de la estantería. He aquí una de las obras mejor escritas y una de las historias lineales de amor mejor contadas de la literatura universal. Se debe a la pluma de aquel austriaco, judío, humanista, escritor y pacifista como se autodefinía en sus “Memorias de ayer”, otrora postergado y hoy venturosamente recuperado para deleite general de los lectores de cualquier condición que se denomina Stephen Zweig. La obra, fantásticamente traducida y editada también, se titula “La impaciencia del corazón”.  

"Esta  historia simple de un amor intenso que solo es correspondido  por la compasión, sin la nobleza de sentimientos de los personajes, el lenguaje preciso y eficaz y la técnica narrativa insuperable, podría haber ingresado en el género del folletín sentimental o postromántico, máxime si se tiene en cuenta el final trágico de la historia"

Difícil será encontrar un hilo narrativo mas lineal y seductor a un tiempo de una breve historia de amor en la que la acción parece no avanzar sin que sin embargo ello   importe al lector,  absorto como necesariamente está en el saboreo deleitoso de cada uno de los sentimientos y recovecos del corazón que el autor, cual cicerone sutil y depurado de la naturaleza humana, le ha querido descubrir.
Esta  historia simple de un amor intenso que solo es correspondido por la compasión –en su día fue también traducida esta novela con el titulo igualmente certero de “La piedad peligrosa”--, sin la nobleza de sentimientos de los escasos personajes que componen la trama, sin el lenguaje preciso y eficaz y la técnica narrativa insuperable de que es objeto, podría haber ingresado tranquilamente en el género del folletín sentimental o postromántico, máxime si se tiene en cuenta el final trágico de la historia. Pero no es así ni puede ser así. La obra se mantiene siempre a flote de cualquier riesgo. Zweig, en tiempos postergado por su condición judía, utiliza con elegancia máxima la sintaxis y el lenguaje, enriquece el espíritu del lector con el análisis hasta el agotamiento --escuela Stendhal o Dostoyewski-- cada emoción o reacción de sus personajes, mantiene el ritmo perfecto y optimiza magistralmente la dosificación dramática salvo tal vez al final en que acelera, todo lo cual demuestra que Zweig es un narrador fascinante y un escritor que seduce al lector para llevarlo y mantenerlo durante toda la obra en vilo a merced de sus palabras que parecen tocadas de dotes hipnóticas.
Cierto que Zweig no ha alcanzado nunca a diseñar una trama narrativa compleja como la comedia humana, el tiempo perdido o las grandes sagas. Cierto  que se siente más a gusto describiendo trances de corta duración y menor envergadura,  lo que le ha impedido entrar en la galería de los mas grandes de la literatura universal. Pero quizás no haya una sola vara de medir. Porque Zweig supera a todos en intensidad. Cuando Zweig desata ese su torrente narrativo profundo y cauteloso, sin desvíos ni distracciones, cuando aplica al hilo conductor de la historia un ritmo trepidante que no concede descanso ni respiro, nadie como él para embaucar y arrastrar al lector en la corriente impetuosa de las emociones que despierta hasta llevarle al final épico o trágico de la historia conmoviéndole en la dirección que pretende. Y pocos como él son capaces de guiarnos por el museo de los matices de las emociones y sentimientos  del corazón humano. Compruébenlo.