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revista12

ENSXXI Nº 12
MARZO - ABRIL 2007

JUAN CRUZ
Periodista

Una de las anécdotas más misteriosas que tengo con Gabriel García Márquez ocurrió una mañana nítida de Madrid, rumbo a la sierra.
Le recogí en el Hotel Ritz, donde se aloja cuando viene a la capital de España, y fuimos juntos a Miraflores de la Sierra, a un curso de periodismo que se impartía entonces allí; ahora no recuerdo la fecha, pero debía ser a mediados de los años noventa, cuando aún a Gabo no se le había manifestado de manera aviesa el cáncer que luego combatió con bravura y con éxito.
Gabo acababa de terminar su libro Noticia de un secuestro, y esa mañana se disponía a leerlo entre los alumnos de aquel curso periodístico. Nada más subir al coche, Gabo me explicó que estaba cansado, un poco aturdido por las reuniones implacables y por el horario cambiado. Así que me preguntó si no le importaba que echara una cabezada en el coche, mientras hacíamos el largo viaje mañanero.
Llevaba botines negros, una chaqueta ligera, de pata de gallo, que es una forma muy habitual en su vestimenta, y un suéter de cuello alto, de color blanco, u oscuro, ahora se me va de la cabeza ese color en concreto. Echó la cabeza hacia atrás, y en efecto parecía fatigado, e incluso melancólico, como si estuviera sorprendiéndose ante un vendaval y se protegiera de él con el silencio del sueño.

"Con los materiales de la realidad, Gabo había construido un libro que se escuchaba como una novela, pero que dentro de ese aire novelesco de que son capaces las palabras estaba, también, trasladando una metáfora del drama cotidiano de su pueblo"

Le estuve observando; siempre imaginé sus manos, que uno imaginaría, en un hombre de su complexión, robustas, contundentes, fuertes, y sin embargo eran manos, ya manchadas por las melancolías del tiempo –mi madre llamaba a las manchas de las manos “manchas de melancolía”-, finísimas, de pianista, o por lo menos de persona que a lo largo de la vida ha procurado siempre abstenerse de dañarlas sometiéndolas a sacrificios que las manos no pueden resistir sin resquebrajarse. Dice Raimon, en una de sus canciones, que del hombre mira siempre las manos, y si uno mira las manos de Gabo encontrará en ellas, quizá, un trasunto de su espíritu y de su actitud, como si las tuviera en guardia, como si supiera –y ellas, las manos, supieran también- que, junto con la mente para imaginar, eso es lo más preciado del espíritu y del cuerpo.
Durante un largo rato esas manos cayeron, reposando como el sueño y como la cabeza, sobre el asiento grisáceo del automóvil, y estuvieron ahí como un símbolo mayor de Gabo. Algunos años después, en el periódico, me pidieron que buscara las manos de Gabo, que alguien las fotografiara para que ese retrato acompañara una de las piezas con las que EL PAIS iba a celebrar los ochenta años del Nobel colombiano. Carmen Balcells, su agente, nos hizo la gestión, y al cabo de unas horas, por correo electrónico, llegaron esas manos escribiendo la respuesta a una felicitación. “Muchas gracias”.
Eran, otra vez, las manos manchadas de melancolía, suaves, aligeradas por las flacuras de la enfermedad y del tiempo; con ellas, si uno hace caso de las noticias, el hijo del telegrafista de Aracataca acababa de terminar las correcciones de Cien años de soledad, para una edición especial, y había empezado la continuación de sus memorias. Esto último se lo dijo a Jacobo Zabulodvsky en un almuerzo que tuvo con el icono de la televisión mexicana; no salió al aire, pero se lo dijo: estaba escribiendo sus memorias, y no iban a ser unas memorias sincopadas, como se temía, sino unas memorias todas seguidas, que partirían del día mismo en que Mercedes, su mujer, y él renunciaron a un viaje a Acapulco, se dieron la vuelta y él empezó a escribir la más conocida -¿y la mejor?- de su fascinante colección de novelas. Cuando vi las manos, y escuché esas noticias, regresé mentalmente a aquel viaje del Ritz a Miraflores, y lo volví a ver, fatigado y silencioso, arrellanado en el asiento trasero del coche, dormitando; luego, al llegar, escuchó con atención las presentaciones, se puso la mano en la frente como en alguna de las fotos célebres de los años 60, cuando aún era un chiquillo famoso, y luego se dispuso a leer unas cuartillas del primer capítulo, directo, periodismo integrado en la literatura, con el que se abre Noticia de un secuestro.

"Si uno mira las manos de Gabo encontrará en ellas, quizá, un trasunto de su espíritu y de su actitud, como si las tuviera en guardia, como si supiera –y ellas, las manos, supieran también– que, junto con la mente para imaginar, eso es lo más preciado del espíritu y del cuerpo"

Como decía Pepe Hierro, sin vuelo en el verso: directamente, con los materiales de la realidad, Gabo había construido un libro que se escuchaba como una novela, pero que dentro de ese aire novelesco de que son capaces las palabras estaba, también, trasladando una metáfora del drama cotidiano de su pueblo. Luego le he visto varias veces en su tierra, y fuera de ella: en Oviedo, en México, en Guadalajara, en Bogotá, en Cartagena de Indias… En todas partes pueden decir que es distante, que trata con cierta displicencia lo que son las relaciones públicas, que en público sólo responde lo que es muy urgente o ditirámbico… Puede ser. Pero para todas esas suposiciones yo tengo una respuesta íntima casi secreta: este hombre es un solitario que padece la soledad desde que era un niño, y esa soledad se le ha metido en la cabeza y en los huesos, y en su timidez verdadera y también legendaria.
Una vez, cuando le conocí, en Barcelona, en 1970, me recibió con una carcajada en la puerta; había situado, acoplado al timbre, un chisme que reproducía una carcajada. Luego le pregunté qué era: “como no sé recibir riendo, se ríe el muñeco, y ya la gente entra contenta”.
Aquel día, viajando, sentí que a Gabo le faltaban ganas de reír; y cuando pasó un tiempo ya supe por qué; esa fatiga que tenía Gabo aquel día la he visto en otros rostros, y ya sé que proviene de la misma herida.