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revista12

ENSXXI Nº 12
MARZO - ABRIL 2007

La caída de Constantinopla 1.453 (Sir Steve Runciman)

Se dice de Honoré de Balzac, quien sabiamente cambió la predestinación familiar de ser notario por el oficio de escritor, que antes de ponerse a hacerlo leía algunos artículos del Código napoleónico para impregnarse del estilo directo y desnudo en que suelen estar redactadas las leyes. Esta ausencia de artificios, ornatos o disfraces caracteriza precisamente  la escritura de Sir Steve Runciman quien, probablemente sin pretenderlo y precisamente por ello, nos sorprende con la narración de una historia que es una obra maestra  literaria. Porque lo que llama la atención del libro de Runciman es su prosa simple y elegante a un tiempo, sin artificios ni concesiones, que de pura autenticidad no necesita recurrir a lo que Borges llamaba “tecniquerías” para transmitir al lector la tensión en que vivían los actores mientras se desarrollaba la que se ha calificado como la mayor tragedia de todos los tiempos: la caída de Constantinopla en 1453. No tiene que enturbiar los acontecimientos con digresiones o personajes de ficción como la novela histórica ni tiene que añadir o exagerar nudos dramáticos como suelen hacer cronistas o biógrafos. A Runciman le basta enlazar los hechos históricos con simplicidad y rigor para crear como dice Marías una creación literaria extraordinaria.

"Al fondo, el gran coro del pueblo griego, cercado y sacrificado que, como en la gran tragedia clásica, asume su grandeza, su destino en aquel triste martes 29 de mayo de 1453 en que se consumó la gran tragedia y murió el último emperador cristiano con el Imperio como mortaja"

Nacido en una familia noble y enriquecida, Runciman prefirió cursar estudios clásicos y viajar por Oriente, convirtiéndose en un gentleman cosmopolita e ilustrado. Sus viajes culturales por Oriente y sus tenaces investigaciones sobre las fuentes le terminarían convirtiendo en un experto reconocido como la primera autoridad en la cultura e historia  bizantinas, lo que dejó plasmado en dos obras “La Historia de las Cruzadas” publicada en  1954, y “La caída de Constantinopla 1.453” editada en 1965, ambas tan valiosas desde el punto de vista literario como histórico. La versión actual de Reino de Redonda de esta última obra, prologada por Anthony Beevor y con un apéndice de Javier Marías, magníficamente traducida por cierto, es  edición de referencia.

"Esta ausencia de artificios, ornatos o disfraces caracteriza precisamente la escritura de Sir Steve Runciman quien, probablemente sin pretenderlo y precisamente por ello, nos sorprende con la narración de una historia que es una obra maestra literaria"

No desespere el lector ante la aridez de los tres primeros capítulos, que narran en forma casuística y tal vez prolija el ocaso del imperio bizantino y el auge del sultanato otomano. Es un simple preparativo. El drama empieza a continuación y Runciman no necesita manipularlo. El comienzo del cerco, la frustración del emperador Constantino al comprobar que Occidente escabulle su ayuda, el ultimátum del sultán, los preparativos del asedio, los cañones gigantescos del húngaro Urban de uno de los cuales debían tirar sesenta bueyes y doscientos hombres, los amagos continuos e inquietantes de la armada turca, la angustia de los apenas 7.000 defensores frente a 80.000 otomanos, la toma de  Terapia, el asalto al Cuerno de Oro con el progresivo estrechamiento del cerco, la angustia de la víspera, los signos premonitorios, la arenga de combate, la víspera en Santa Sofía... y, como estaba escrito,  el asalto final. La descripción del asalto a la gran muralla es magistral: primera oleada de las tropas irregulares cercadas por un cordón de policía militar que ejecutaba en el acto a quien desertara, segundo ataque también a lo loco de los regimientos turcos de Anatolia y por fin avance entre pífanos de los jenízaros a paso ligero y en perfecta formación pese a los proyectiles de los sitiados con entrada final por la famosa poterna olvidada. Una narración exacta en cronología, historia y geografía que sin añadidos dramáticos consigue ensimismar al lector como si de una obra de ficción proyectada para ello se tratara.

"Su prosa simple de pura autenticidad no necesita recurrir a lo que Borges llamaba ‘tecniquerías’ para transmitir al lector la tensión en que vivían los actores mientras se desarrollaba la que se ha calificado como la mayor tragedia de todos los tiempos"

También los actores están pergeñados en lo pertinente. Mehmed el Sultán, conquistador y sátrapa, el visir prudente luego ejecutado Jalil Pachá, su opositor palaciego el cruel Zaganos, y del otro lado Constantino Paleólogo, el último emperador romano de Oriente, el megadux Lucas Notarás, Giustiniani el genovés experto en asedios,  el quijotesco castellano Pedro de Toledo venido a morir junto la emperador, las posiciones erráticas de los papas y príncipes de occidente, la pícara cautela de los venecianos, la posición ambigua de los genoveses.... y al fondo el gran coro del pueblo griego, cercado y sacrificado que,  como en la gran tragedia clásica,  asume con grandeza su destino en aquel triste martes 29 de mayo de 1453 --aun los martes son días aciagos para los griegos--,  en que se consumó la gran tragedia de la cristiandad, cuando luchando contra el infiel murió el ultimo emperador cristiano con el imperio como mortaja.
Nada falta en esta obra.  Runciman narra con igual fidelidad y elegancia la toma de la ciudad, el pillaje “coránico” de tres días, el cruel ajuste de cuentas del sultán.... Y no falta la valoración filosófica de la trascendencia de esta catástrofe que tantas cosas arruinó,  aunque venturosamente se salvasen Santa Sofía y los mosaicos y frescos de la magnífica Iglesia de Cora, de tal fuerza, frescura y belleza, dice Runciman, que las obras italianas de la misma época, a su lado, parecen primitivas y burdas.

Dictadores: La Alemania de Hitler y la unión soviética de Stalin (Richard Overy)

Siempre se ha dicho que los extremos del arco se tocan. Y también ha sido una constante la sospecha la de que entre la extrema derecha y la extrema izquierda, fuera ya del arco parlamentario de la democracia, hay más similitudes que discrepancias. Caído el muro y abiertos en parte los archivos del otro lado del telón, nadie pone ya seriamente en duda que entre Stalin y Hitler o entre los campos de exterminio nazis y los gulags hay inquietantes coincidencias. Las revelaciones de la gladnost en Rusia y las autocríticas eruditas en Alemania han demostrado que las prácticas brutales a que recurrieron ambos regímenes no se correspondían con la utopía social y cultural --pureza racial aria en un caso y socialismo integral en el otro-- que ambos sistemas vendían paralelamente como opio o religión cultural.

"No fueron aberraciones históricas inexplicables, sino fruto necesario de una cultura política totalitaria y holística basada en un particular culto a la ciencia"

Richard Overy, profesor de Historia Contemporánea Europea en el Kings’s College analiza con profusión de datos el paralelismo, empezando por el origen extranjero, Austria en un caso y Georgia en otro, y rayano en la marginalidad de ambos monstruos, así como su  ascenso al poder con un importante refrendo popular y apoyándose en valores morales en los dos casos, y, siguiendo las coincidencias, narra cómo luego instauran dos dictaduras brutales similares predicando una utopía calzada en un culto intenso a la personalidad –el superhombre en Alemania y el culto al héroe socialista en el caso de Stalin--, y cómo ambos se mantienen en el poder usando como apoyo el terror más sanguinario y despiadado. Arquitectura ostentosa, lavado masivo de cerebros, represión de Estado como demostración de fuerza omnipotente, desfiles de masas, culto y adulación a la persona... Todo coincide.

"Las prácticas brutales a que recurrieron ambos regímenes no se correspondían con la utopía social y cultural -pureza racial aria en un caso y socialismo integral en el otro- que vendían paralelamente como opio o religión cultural"

Overy repasa al desarrollo histórico de ambas dictaduras parándose especialmente en las incidencias que soportan sus tesis, y se adentra en el análisis filosófico-histórico de ambos regímenes, recordándonos que no fueron aberraciones históricas inexplicables, sino fruto necesario de una cultura política totalitaria u holística basada en un particular culto a la ciencia, socialismo científico en el caso de Stalin por aplicación metódica y sanguinaria del marxismo y utopía biológica en el de Hitler, comportando ambas un autoritarismo implacable con el fin de erradicar las manifestaciones de conciencia “social” falsa en el caso soviético y proponiendo una intervención médica despiadada en el caso nazi para preservar la reserva genética. Esto, unido a un antiliberalismo visceral en ambos casos, metió en la mente de estos orates delirantes ambiciones colectivistas para la transformación revolucionaria a que se creyeron llamados por el destino.
Se trata de una obra de lectura conveniente para preservar la higiene mental de Occidente. Las prácticas aberrantes de estos psicópatas quedan sin duda atrás, pero demasiado cerca todavía como para olvidarlas.

Historia del Imperio Ruso bajo el reinado de Pedro el Grande (Voltaire)

“Mas fehacientemente visionario es el escritor que predijo en 1762, en no se qué contrato social o insocial, que el Imperio de Rusia iba a desmoronarse”. Con este latigazo a su compatriota Rousseau comienza François Marie Aronet, nuestro querido Voltaire, la obra histórica que escribió sobre Pedro el Grande con el material que en Rusia le fue proporcionado y el que él obtuvo en otras fuentes diplomáticas.
Quiere hacer gala de veracidad y por eso denuncia como uno de los vicios más vergonzosos del siglo los panegíricos y libelos difamatorios que abruman al público y que ponen a la imprenta al servicio del más despreciable de los comercios. A partir de ahí, y  citando siempre las fuentes, sin duda limitadas, de que dispuso, comienza un discurso narrativo de la vida y proezas de Pedro I el Grande de Rusia, sin entrar en intimidades según aclara, pues no es en absoluto asunto de un extranjero desvelar los secretos de gabinete de su dormitorio y de su mesa. ¿Por qué se ha de revelar al público el escándalo? Para  complacer la curiosidad de los hombres, decís, para agradar su maldad, para vender un libro que sin eso no sería leído. No sois más que un sátiro, un creador de libelos que vende murmuraciones y no un historiador “Que ninguna verdad sea ocultada” es una máxima que admite excepción, hay otra que no admite excepción alguna: “No trasmitas a la posteridad más que lo que es digno de la posteridad”

"Es difícil leer, en un lenguaje tan incisivo y certero, un libro de historia escrito por quien en ningún momento envaina el látigo para poder fustigar siempre con agudeza e intención"

Sobre estas bases prosigue la narración, ciertamente laudatoria, de las andanzas pacíficas, instructivas, bélicas y conquistadoras de Pedro el Grande. Es una delicia leer, en un lenguaje tan incisivo y certero, un libro de historia escrito por quien en ningún momento envaina el látigo para poder fustigar siempre con agudeza e intención. Veamos algunos ejemplos. Reversión de impuestos: el Zar quitó la recaudación a los boyardos y la encomendó a los burgomaestres que no eran tan poderosos como para arrogarse el derecho de no revertir al tesoro público más de lo que quisieran. Reforma de la Iglesia, de tremendo poder en Rusia,  Pedro el Grande dijo a los clérigos: “Seríamos culpables de ingratitud al Altísimo si, después de la reforma militar y civil, descuidáramos el orden espiritual.... Por eso, siguiendo el ejemplo de los más antiguos reyes, cuya piedad es célebre, he tomado la responsabilidad de dar al clero un nuevo reglamento”.... No tocaba el incensario, apostilla Voltaire, pero dirigía las manos que lo llevaban. Memorable.