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revista12

ENSXXI Nº 12
MARZO - ABRIL 2007

LAS PAPARRUCHAS DE TRIBONIANO

Hoy no solo ya por mandato constitucional sino por simple racionalidad los esquemas democráticos constituyen el único soporte aceptable de la convivencia.  Hoy los procesos de sociabilidad sostenible no encuentran justificación en líneas descendentes sino en líneas ascendentes ancladas fuertemente en el sentir ciudadano. Y esta afirmación no rige solo en el ámbito político, sino también en el social,  el vecinal, el familiar y por supuesto en el corporativo. Ni siquiera en función de suplir una –hoy sería insultante- presunta incapacidad del ciudadano para decidir lo que mas le conviene pueden transgredirse esos cimientos de la sociabilidad.
No estamos en tiempos de autoritarismo sino de control y dispersión de poder,  y la participación es condición esencial de una buena gobernanza. Solo las decisiones que aparecen cargadas de savia participativa alcanzan validez real y son homologables. Carece pues de fundamento esa pretensión de la autoridad de ser acatada por el simple hecho de ser autoridad. El acatamiento no es un termino que deba formar parte del léxico democrático y solo representa épocas de la historia ya superadas.  

"Para las personas solo vale el acatamiento en su versión voluntaria o discrecional. Unamuno ya anunció que por la fuerza le vencerían pero no le convencerían, y es un estereotipo la imagen de dictadorcillos y mandones de barrio exigiendo acatamiento con puñetazos sobre una mesa"

Acatar, en efecto,  procede de la fusión del verbo antiguo “catar” equivalente a ver o mirar, con el prefijo  “a”  que en etimografia suele tener valor privativo, lo que denota que el significado literal etimológico de acatar sería “no mirar” o “sin mirar”, de donde nace la palabra recato o la acepción del acatamiento como la inspección por las comadres de los “pudores violati”, y avanzando hacia lo que debemos tener por su entraña el acatamiento consistiría esencialmente en no mirar al acatado o mirarlo con “recato y cuidado de no ofenderlo ni aun con la vista” (Covarrubias), lo que equivale a mirar al suelo cuando el acatado pasa, como ocurría con el viático cuyo paso obligaba a ponerse de hinojos a los circunstantes. Esto explica fácilmente que, una vez que se considera lejos de la dignidad humana la obligación de bajar la vista cuando nadie pase, esta palabra acatar haya encontrado en los diccionarios en versión mayoritaria otra traducción o acepción más suave, la  equivalente a tributar homenaje de sumisión y respeto, que por cierto queda demasiado cerca del “rispetto” que es debido a los “honoreboli” u hombres de honor.
En sus orígenes se acataba a hechiceros y jefes tribales, quienes por cierto habían conseguido el acatamiento a base de blandir el garrote más poderoso. Se acataba luego a jefes, señores, maestres...y, aunque ya en la Crónica General se decía que solo merecían el acatamiento las personas que por su dignidad, virtud o prendas fuesen dignas de esa demostración, la realidad es que la han exigido incluso a voces destempladas sátrapas, caudillos o dictadores de cualquier laya, autócratas, tiranos, duces o jalifas de toda clase y ralea, y cuantos déspotas se han considerado en situación de poder exigir sumisión por la fuerza de las armas o por poder cobrar atroces venganzas por la violencia.  
Hoy el principio de igualdad entre los hombres, tras un largo y espinoso proceso de ascesis con innumerables mártires, del que forma etapa la prohibición de este Gobierno de usar títulos y dignidades salvo el Don, naturalmente con ene, ha hecho incompatible el acatamiento en su versión impuesta con cualesquiera cualidades personales, natas o heredadas, sean las que sean de las personas, y en consecuencia  el acatamiento se ha objetivado y ha quedado reservado para las leyes y las resoluciones judiciales

"Ya en la Crónica General se decía que solo merecían el acatamiento las personas que por su dignidad, virtud o prendas fuesen dignas de esa demostración, pero la realidad es que la han exigido cuantos déspotas se han considerado en situación de poder exigir sumisión por la fuerza"

Ya antes el acatamiento había atravesado su edad de hierro cuando aquellos a los que se demandaba lo habían ido vaciando de contenido. Prescott nos cuenta como Cortes y sus seguidores acataban, pero sin cumplirlas, las ordenes de los Corregidores, y antes en el Siglo XIV las Cortes de Burgos y Briviesca acreditaron la fórmula  “obedézcase pero no se cumpla”  expresión que terminó pasando a muchas leyes de Castilla hasta la Nueva Recopilación, lo que equivalía a decir, acatamos al  Rey nuestro Señor y a su autoridad regia, pero sin obedecer o someternos al contenido de su mandato, es decir se trataba de un acatamiento inane o vacío de contenido.
Hoy, en las estructuras republicanas, es indudable que leyes y sentencias han de ser acatadas en plenitud, es decir han de ser obedecidas y cumplidas. Pero para las personas solo vale el acatamiento en su versión voluntaria o discrecional.  Unamuno, que ya anunció que por la fuerza le vencerían pero no le convencerían, se marcho a Hendaya según dejó escrito porque no acataba al dictador, y ya es un estereotipo cultural la imagen de dictadorcillos y mandones de barrio exigiendo acatamiento con puñetazos sobre una mesa u otras razones de similar peso y contundencia, que parecen alimentarse solo del terror y de las venganzas que  anuncian con sus gritos desaforados. Ya decía Covarrubias que solo se acataba a las personas que por su virtud y prendas se hacen dignas de esa demostración, lo que equivale a reconocer que el acatamiento no le es debido a nadie per se sino al que lo gana y lo merece. Como dijo Saim Naïr la grandeza no necesita imponerse por la fuerza, porque entonces seria despotismo.