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revista12

ENSXXI Nº 12
MARZO - ABRIL 2007

XAVIER ROCA FERRER
Notario de Barcelona                               

Si hay que hacer caso de las películas, cuando en la América pudibunda de los años cincuenta un chico y una chica tenían mucha prisa por acostarse (juntos, se entiende), se iban a la ciudad de Reno, en Nevada, en donde se les casaba en un periquete. Las leyes permitían obtener la licencia en menos de veinticuatro horas por tres dólares y medio y siempre había un juez de guardia, borracho por regla general (al menos en las películas), que oficiaba la ceremonia a cambio de otro güisqui. Como es natural, todos los bígamos y trígamos de EEUU se habían casado alguna vez en Reno. Y tampoco tiene nada de extraño que el número de divorcios decuplicara en Reno la media del de las demás ciudades de la federación.
He pensado en esas inefables "bodas en Reno" al leer este monumento inconfesado a la prisa que es nuestro flamante nuevo Reglamento Notarial, una prisa que, a mayor "inri", se pretende conjugar (¿la cuadratura del círculo?) con un reforzamiento de las garantías del otorgante, a costa de un "tele-notario" que imagino convertido en una especie de diosa hindú de los mil brazos, de los cuales todos tecletean enloquecidos a expensas de la cabeza, que debería tener calma suficiente para pensar en "jurista", que es lo más importante y para lo que ha opositado.
O lo ha sido hasta hace muy poco, porque parece que ahora se le quiere también liquidador, gestor, registrador y el Padre Santo. Se dirá que para el tecleteo el fedatario puede delegar, pero lo cierto es que, al fin del camino, él responde de todo (¿por culpa "in vigilando"? ¿por culpa "in eligendo"?), según se encarga de subrayar constantemente el nuevo texto. Nada tiene de extraño, pues, que el reglamento insista tanto en el seguro de responsabilidad, pues, habiendo sembrado el camino de trampas "saduceas", da por sentado que los más pintados corren grave peligro de caer en ellas.
Por la misma regla de tres, ¿por qué no se obliga a hacer de procurador al abogado, de aparejador al arquitecto, de anestesista al cirujano, de secretario al juez, de picador al torero, y de sacristán al cura? Siempre "telemáticamente" y "gratis et amore", faltaría más. Todo es cuestión de echarle valor al asunto y contratar ingentes seguros de responsabilidad por lo que pudiere ocurrir. Seguro que la sociedad se ahorraría muchísimo dinero y Adam Smith daría saltos de gozo en su tumba. De quienes tuvieron las felices ideas que impregnan el reglamento notarial, podría afirmarse aquello de Valle-Inclán: "¡Si no fueran españoles, pasmarían al mundo!". El pueblo llano sentencia, en cambio, que "quien mucho abarca, poco aprieta", y uno está, por una vez y sin que sirva de precedente, con el pueblo.

"He pensado en esas inefables "bodas en Reno" al leer este monumento inconfesado a la prisa que es nuestro flamante nuevo Reglamento Notarial"

¡Lástima que esta misma "sed de prisa" que parece abatirse cual maldición bíblica sobre el futuro "supernotario" no se aplique en otros ámbitos de la justicia, donde sería muy bien recibida por el ciudadano! Es evidente que a la gente le importa mucho más cuánto tardará en deshacerse de un inquilino que no paga (o en cobrar lo que se le debe) que lo que tardará en inscribirse su venta o su manifestación de herencia, siempre que se trate de un plazo "razonable". Me consta por experiencia propia.
La cuestión tendría importancia relativa (o no tan relativa), si no se inscribiera en el ámbito de un fenómeno mucho más amplio y preocupante: el de la general obsesión por la velocidad que está marcando (y no precisamente para bien) la sociedad de las nuevas tecnologías. De hecho, nos estamos enfrentando a un gran malentendido. Una cosa es que esas nuevas tecnologías permitan hacer las cosas mucho más rápidamente que antes (lo cual es maravilloso), y otra muy distinta que sea necesario (o simplemente conveniente) hacerlo todo siempre a la mayor velocidad posible. Un coche capaz de circular a trescientos kilómetros por hora resulta formidable, pero ¿es necesario o conveniente que dicho coche circule siempre y por todas partes a dicha velocidad? Pregúntenselo a los responsables de la circulación.        
Y no se trata de la opinión de un retrógrado ignorante. La apuntaba ya, hace algunos años, un prestigioso profesor estadounidense, Jeremy Rifkin, presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas, con sede en Washington DC, en un artículo, reproducido en El País de 4 de agosto de 2001, de título  contundente: La vida a la velocidad de la luz: ¿estamos mejor? Su conclusión era, naturalmente, que no estamos mejor, sino todo lo contrario. Considerar la velocidad, "el tiempo real", como un valor absoluto porque la informática "lo permite", no sólo genera una tensión excesiva sobre el agente que por fuerza acabará repercutiendo negativamente en su salud (así lo confirman informes recientes muy bien hechos de la OIT) sino que conduce fatalmente, en el campo de la economía, a la toma de decisiones erróneas por  apresuradas y, en el del derecho, a sacrificar lo principal a lo accesorio. En este sentido, preveo un alud de crisis depresivas entre el personal de las notarías, y, si no, al tiempo.

"Se dirá que para el tecleteo el fedatario puede delegar, pero lo cierto es que, al fin del camino, él responde de todo (¿por culpa "in vigilando"? ¿por culpa "in eligendo"?), según se encarga de subrayar constantemente el nuevo texto"

En un nuevo envite de rivalidades, el hombre cree (o le hacen creer) que "ha de estar a la altura de la velocidad de la máquina", y el resultado es, fatalmente, no sólo la pérdida de calidad de vida, sino la mayor posibilidad de equivocarse en muchísimas cosas. Rifkin concluye su artículo con un interrogante: "Ahora debemos plantearnos una pregunta más profunda: ¿Cómo podemos crear una visión social que convierta esas tecnologías de "velocidad de la luz" en un poderoso complemento de nuestra vida, sin permitirles que se apoderen de ella?"
La respuesta es, pienso yo, muy sencilla: analizando previamente lo que es de verdad urgente y lo que no lo es tanto, ni mucho menos. Y dejando al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. Recuerdo una pequeña joya del cine mudo aparecida a los pocos años de haberse "popularizado" la electricidad. Se llama "El hotel eléctrico", y supongo que muchos de mis lectores la habrán visto y gozado.
Sus ingeniosos autores (seguramente tildados de retrógrados por sus contemporáneos) "imaginaban" un hotel en el que todo, absolutamente todo, estaba electrificado. Así, era una máquina de largos brazos la que quitaba el sombrero al cliente al entrar en el hall y otra máquina la que le metía en la cama y le arropaba, deseándole dulces sueños. Claro que un día "se le cruzaban lo cables" a la maquinita, y el resultado era una catástrofe total. Lo cierto es que, aunque hoy podamos reservar habitación y pagarla por Internet o echar un vistazo al interior del hotel a través de la Web (y ello está muy bien), en lo fundamental los hoteles siguen funcionando como habían funcionado siempre, y aquel "hotel eléctrico" no pasa de ser una pesadilla de celuloide. Algunos nos alegramos mucho.