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ENSXXI Nº 13
MAYO - JUNIO 2007

JUAN CRUZ
Periodista

Él no sabía que nosotros estábamos allí, cómo lo iba a saber. Estaba inconsciente, recién operado de un cáncer en la Clínica Ruber de Madrid. Numerosos amigos, su familia, y en medio de nosotros había un hombre huesudo y noble, esencial, contándonos el avatar de salvarle la vida a Juan García Hortelano.
No supimos en ese momento si lo que decía era o no optimista, pero José Toledo, aquel cirujano que le había intervenido, explicaba el lance quirúrgico como si estuviera evocando un abrazo para detener la enfermedad de Juan. Le escuchaban Sofía, su hija, tan prudente siempre, tan atenta, y María, su mujer, en aquel momento pendiente de la salud del hombre como siempre lo estuvo, y pendiente de los amigos, como si fueran parte de su salud.

Nos fuimos de allí con la duda de si nos había dicho una mentira piadosa o de si José Toledo había puesto a su esperanza las palabras de la ciencia, para que nadie se hiciera más conjeturas que las propias de un diagnóstico.
 Algunas semanas después, Juan, bien rasurado, algo pálido aún por la convalecencia, recibía a sus amigos en casa, les daba de beber vino y gin tonics y whiskies, llamaba por teléfono a amigos lejanos que ya se habían interesado por él como si no pudieran vivir sin su aliento amistoso, y departía con las bromas de siempre con todos los que acudían a visitarle.

"Fue un hombre de antologías porque era un hombre que quería a la gente, y no estaba dotado para las artes de la envidia y de la intriga; por eso hizo que muchos de sus libros fueran para recopilar lo que hacían otros, y en sus reuniones convocaba a todo el mundo, y él iba a todas partes, a querer y a ser muy querido"

Le recuerdo llamando a Carmen Balcells, a Jaime Salinas, a Juan Benet, a José María Guelbenzu, a Antonio Martínez Sarrión el moderno… A Ángel González, a Carlos Barral… Decía Hortelano siempre que cuando aparecía por Madrid Ángel González, que vivía y vive en Albuquerque y en la plaza de San Juan de la Cruz, encima de la Kontiki, los camareros sonríen.
Es cierto: sonreían más antes, porque les sonreían más a los dos. Y un día, cuando ya se murió Juan, Ángel me dijo en un aparte nocturno su famosa frase:
-Juan, se me adelgaza el futuro.
El poeta había metido su mano en el bolsillo de atrás del pantalón y había sacado su agenda de teléfonos, pequeña pero nutrida en tiempos, y ahora llena de las tachaduras que le dejaron solo en Madrid…, solo por un tiempo porque luego la vida le multiplicó nuevos amigos pero no le relevó de las nostalgias de los que ya perdió.
Así que Juan salió de aquel lance de salud recuperado y vital, dispuesto a ser otra vez quien fue, presto a retomar sus libros y sus artículos; se había jubilado ya, y la cornada del cáncer le vino cuando estaba en el mejor tiempo de su vida, dedicado a editar libros de arquitectura y urbanismo, dedicado a escribir sus propios libros, a divertirse con ellos y a divertirse de noche y siempre con sus amigos inseparables.
Hizo viajes imborrables –con Manuel Vicent, con Luis Carandell, con Juan Benet—en los que confundió a los auditorios con sus historias fantásticas que nadie llegó a creerse del todo; inventó rumores –y creó una empresa ficticia, Rumor SA, que fue la que difundió la noticia de que su amigo Jesús Aguirre iba a ser duque de Alba— y desparramó en bares y cafés la esencia íntima de la amistad.
Ángel Sánchez Harguindey lo convenció para que asistiera a las reuniones editoriales de El País, y en ellas espolvoreó su legendaria sensatez, que el periódico premió con la fidelidad perenne a un hombre que siempre estuvo cerca de quienes lo hicieron, con Javier Pradera y Harguindey en la primera línea de sus querencias.

"Siempre contaba. A veces le pedíamos artículos sobre la vida o sobre los viajes, y cuentos, y los enviaba al periódico en unos folios inmaculados, perfectos. Su respeto por la gente se manifestaba de todas las maneras, y siempre pensé que esos folios impolutos eran una manera suya de exponer la consideración que le merecían los primeros lectores de sus textos"

Lo recuerdo de muchas formas, riendo casi siempre, y casi siempre contando; contaba con el detalle del gran narrador que fue un suceso que le tuvo como protagonista después de la guerra civil, cuando un compañero suyo de correrías le dio una patada a lo que todos suponían que era un balón y en realidad era una bomba sobrante de la terrible contienda…
Siempre contaba; a veces le pedíamos artículos sobre la vida o sobre los viajes, y cuentos, y los enviaba al periódico en unos folios inmaculados, perfectos, con una perfección que reflejaban también la pulcritud con la que atendía las obligaciones de su trabajo. Su respeto por la gente se manifestaba de todas las maneras, y siempre pensé que esos folios impolutos eran una manera suya de exponer la consideración que le merecían los primeros lectores de sus textos.
Una vez le vi con una de esas carpetas suyas, azules, de tirantes, esperando un autobús, junto al Ministerio de Obras Públicas, donde fue funcionario, como Ángel González. Con Ángel protagonizó allí –en tiempos del reinado militar— algunas aventuras antifranquistas, pero ni alardeó de eso ni alardeó nunca de nada; si acaso, alardeó de la amistad. En la vía, con su carpeta azul, enhiesto, bajo el sol del verano, Hortelano parecía el héroe cansado pero feliz de algunos de los lances de El gran momento de Mary Tribune.
Después de aquella operación tuvo que reducir vinos y gin tonics, y eso le daba rabia; a nadie he visto yo ponderar cómo él cómo se debía beber un buen gin tonic, y a nadie lo vi beber y vivir con más pasión y delicadeza.
Fue un hombre de antologías –autor de antologías— porque era un hombre que quería a la gente, y no estaba dotado para las artes de la envidia y de la intriga; por eso hizo que muchos de sus libros fueran para recopilar lo que hacían otros, y sus reuniones o las presentaciones de sus libros, e incluso sus propias novelas, estaban llenas de gente; como Shakespeare, convocaba a todo el mundo, y él iba con gusto a todas partes, a querer y a ser muy querido.
Instituyó una comida anual que duró pocos años, desgraciadamente, para agradecer al doctor Toledo el esfuerzo que había hecho para salvarle la vida, para prolongársela; acudía a esos almuerzos feliz, dicharachero, vestido siempre con la elegancia de los caballeros. Le recuerdo así también, y siempre le recuerdo feliz. Inmensamente feliz Juan García Hortelano, radicalmente bueno, rodeado de amigos buenos, a los que él hacía mejores.