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ENSXXI Nº 14
JULIO - AGOSTO 2007

Aquiles en el Gineceo
Javier Gomá Lanzón - Editorial “Pre-textos”

No hace muchos meses, concretamente en enero, Javier Gomá Lanzón dictó en la Academia Matritense del Notariado una magnífica conferencia que todos recordamos sobre “Ejemplaridad y fe pública”. Terminaba con una aplicación al mundo notarial de sus reflexiones sobre la imitación que, sea de la naturaleza sea de los arquetipos clásicos,  constituye una de las ideas motrices de la cultura occidental,  explicitada ya en la doctrina platónica de las ideas puras.
La idea del prototipo ha sido tan fecunda que incluso tras la crisis de la modernidad,   que pareció arrumbar para siempre la fatídica teoría del súper-hombre arrastrando consigo la utopía de los modelos, renació proponiendo nuevas formas ideales  generadas desde una nueva clase de imitación, la imitación moral de prototipos, campo al que Javier Gomá ha hecho aportaciones tan serias y fundadas que no podrá nadie en el futuro escribir sobre la imitación, la experiencia o el prototipo sin contar con sus propuestas en su conocida obra “Imitación y Experiencia” que fue Premio Nacional de Ensayo 2002. Magistral es su desarrollo del  “universal concreto del ejemplo” y magistral es la  delimitación que hace de lo que debe entenderse por “auténtica imitación” que él aleja tanto de la teoría de las masas o gregarismo,  como de la inquietante por fascistoide teoría de las élites, situándola en algo más centrado, el humilde reconocimiento por el hombre, de su heteronomía inevitable como de su autonomía real para elegir racionalmente el modelo más apropiado en cada circunstancia.

"Javier reflexiona sobre las razones por las que el sujeto acepta el tránsito de la esperanza perteneciente al primer estadio del camino de la vida al segundo en que uno sufre por si mismo la limitación o finitud del ser, es decir la muerte"

Siguiendo su línea de pensamiento, ahora nos llega la segunda parte que no es la final ni siquiera de este bloque doctrinal, pues su proyecto se materializará en una cuatrilogía de la que están por aparecer, según nos tiene prometido, la tercera parte “Ejemplaridad pública” en la que reflexionará sobre la importancia del ejemplo como fuente de moralidad pública rechazando la coacción de las leyes a favor de la persuasión de los ejemplos positivos como forma de integración, y la cuarta bajo el título “Necesario pero imposible, o ¿Qué podemos esperar?” sobre la cuestión religiosa. Hoy, repito, nos brinda la parte segunda de la tetralogía. Y lo hace bajo el título “Aquiles en el gineceo” con el subtítulo “Aprender a ser mortal”
En ella, valiéndose del mito clásico por considerarlo más apto que el razonamiento silogístico para expresar la aporía o el dilema de la experiencia humana, y manteniéndose en el mismo tema de la imitación aunque cambiando de perspectiva, Javier reflexiona sobre las razones por las que el sujeto acepta el tránsito de la esperanza perteneciente al primer estadio del camino de la vida al segundo en que uno sufre por si mismo la limitación o finitud del ser, es decir la muerte.
La experiencia de la propia finitud, según Gomá, no se realiza en el ámbito de la subjetividad autoexaltada, como sostuvieron los epígonos del existencialismo, sino en el ámbito de la “polis”, entendida ésta en su dimensión universal como racionalidad objetiva de lo social que se impone al individuo en todas las épocas, en cuyo ámbito el hombre se reconoce como relativo, sustituible y repetible.
Que el destino del hombre sea individual no significa como han supuesto los existencialistas que ese destino se ejecute en la esfera privada del yo. Muy al contrario el yo encuentra su forma  mortal al integrarse en la polis que es el techo de la finitud, pues es en la relación social en la que el yo adquiere la conciencia de ser total y absolutamente prescindible –-nadie es imprescindible, dice el viejo dicho--,  y es ahí donde el yo aprehende la idea de su propia finitud o mortalidad más eficazmente que mediante elucubraciones solitarias. Y en esta línea, sigue razonando Javier, a Aquiles, el mejor de los aqueos, precisamente por ser el mejor, le corresponde experimentar la suprema negatividad.

"La interpretación que Gomá hace del compromiso de Aquiles, que sacrifica una vida cómoda y larga en el gineceo por una vida heroica aunque efímera, nos sume en la tensión generada por el dilema entre la subjetividad autocomplaciente del yo egocéntrico y la respuesta generosa a las demandas sociales asumiendo compromisos políticos o públicos en beneficio de la sociedad"

Tiene razón Gomá cuando dice que el recurso al mito clásico permita exponer con elegancia y amenidad sus reflexiones tan profundas como sólidas. En cualquier caso su pensamiento, enmarcado en el punto de arranque de una probable nueva etapa de la historia de la cultura, anuncia un nihilismo suave que permite que tanto el yo como la polis hayan dimitido de sus pretensiones totalizadoras, incompatibles entre sí desde luego.
En este momento crítico en que vivimos, con la irrupción del terrorismo, con las grandes migraciones y la delincuencia organizada, encontrará la humanidad el punto de equilibrio de las exigencias que la polis puede imponer al yo sin alienarlo ... ¿Podrá el actual pluralismo y relativismo axiológico asentarse sólidamente sobre la sola humanidad y la dignidad del hombre?
La interpretación que Gomá hace del compromiso de Aquiles, que sacrifica una vida cómoda y larga en el gineceo por una vida heroica aunque efímera, --no es un  mito y quizá le falte la dimensión ética que en torno a éstos se forma pero alguna similitud puede encontrarse con el reciente regreso a los ruedos de un insigne matador--,  nos sume en la tensión generada por el dilema entre la subjetividad autocomplaciente del yo egocéntrico y la respuesta generosa a las demandas sociales asumiendo compromisos políticos o públicos en beneficio de la sociedad.  
Javier Gomá Lanzón, no lo olvidemos, está ya incluido en la Enciclopedia “Hombres y documentos de la filosofía de España”. Merece la pena leerlo.

Pelando la cebolla
Günter Grass - Editorial Alfaguara

La polvareda que levanto hace meses en España la publicación en Alemania de esta obra que por primera vez desvelaba a la opinión pública que Günter Grass, epígono de la izquierda crítica europea había militado en su infancia en las Wafen SS de Himmler, ha venido a demostrar dos cosas. Una que en España se lee menos de lo que se dice y se critica, pues la polvareda española se levantó antes de que se leyera la obra, entonces sólo conocida en un idioma, el alemán, que no es precisamente de uso corriente en nuestro país, y segundo que esa polvareda prematura lo que realmente ha oscurecido ha sido su posterior publicación de las memorias en España que ha pasado casi desapercibida para público y crítica importándole a muy pocos analizar la justificación alegada a las criticas apriorísticas que vertieron.
Sabido es que se trata de un libro de memorias que se detiene con delectación y casi con morbosidad en la adolescencia y la juventud de este “icono” de la intelectualidad antibelicista alemana que adquirió dimensión internacional a raíz de la publicación en los años sesenta en toda Europa de su mejor novela, “El tambor de hojalata”. El título de la obra evoca la similitud del recuerdo con la cebolla; el recuerdo, como la cebolla, tiene muchas capas, apenas peladas las pieles se renuevan, cortándolas hacen saltar las lágrimas y sólo al pelarla dice la verdad.

"Exigir más al que como tantos adolescentes fue seducido por cantos épicos y sones arrebatadores en una propuesta goebelsiana imposible de rechazar a esa edad, pero que luego gallardamente confiesa dando durante décadas muestras indubitadas de un arrepentimiento lacerante, equivaldría a abrir las puertas del reino de la hipocresía más inicua"

El punto central de la obra, su pasado nazi –fue seducido y se dejó seducir nos dice-- nunca antes confesado y su silencio, su corrosivo silencio, es ahora tortura constante y obsesiva del autor. Lo que “había aceptado por el tonto orgullo de la juventud quiso ocultárselo a sí mismo después de la guerra por una vergüenza que a la postre surgirá después. No obstante la carga subsistía y nadie podía aligerarla”, confiesa. La afirmación de su ignorancia de los hechos no pudo nunca disimular su conciencia de haber estado integrado en un sistema que planificó, organizó y llevó a cabo el exterminio de millones de personas. Aunque hubiera podido llegar a convencerse de que él no tuvo culpa activa, siempre le hubiera atormentado, según se deduce, ese resto que nunca se borró, el reato,  la llamada responsabilidad compartida, que le acompañó indefectiblemente durante todos los años de su vida. Aunque su nazismo juvenil pareció quedar completamente eliminado con el sudor padecido durante los años que el autor pasó en las minas de Silesia, en realidad no fue así, siempre supo que “sin saber, o mejor sin querer saber, había participado en un crimen que con los años no disminuía, que no quería prescribir y que padecería siempre...,  era algo que corroía, que corroía incesantemente”.  Aquel conformarse con no saber nada o con saber cosas falsas, aquel silencio culpable, le atronaba persistentemente  los oídos.

"La obra narra cómo se fue fraguando la vocación de este extraordinario escritor a través de una vida intensa que las distintas capas de la cebolla van desvelando y cuyos hitos van marcados por su adolescencia militar, su juventud bohemia en un hogar de Cáritas, su trabajo en las minas de la posguerra, el triunfo de su antihéroe, Adenauer"

Exigir más al que como tantos adolescentes fue seducido por cantos épicos y sones arrebatadores en una propuesta goebelsiana imposible de rechazar a esa edad, pero que luego gallardamente confiesa dando durante décadas muestras indubitadas de un arrepentimiento lacerante, equivaldría a abrir las puertas del reino de la hipocresía más inicua. Es suficiente.
El resto de la obra es una narración descarnada, y por otro lado profunda y magistral, de las vivencias de su infancia, de su adolescencia y de su juventud, ésta en la posguerra alemana realizada con apasionamiento y con una sinceridad casi ofensiva. Excitante resulta su descripción del miedo que conoció en su abandono errático de las armas y que, aún acabada la guerra,  se apoderó de su sueño y se instaló en él como huésped permanente. O del hambre cuya ansia no conseguiría calmar, nada era suficiente para saciarla, siempre estaba ansioso de más: hambre ordinaria que todos conocemos la mas fácil de mitigar, hambre de amor carnal siempre jadeante, pero sobre todo hambre de arte, la necesidad de hacer una imagen de todo lo que existía, inmóvil o en movimiento, de todo objeto que arrojara sombra, también de lo invisible, por ejemplo del Espíritu Santo y su enemigo íntimo,  el capital siempre fugitivo –-aunque fuera adornando con estatuas la institución bancaria del Banco di Santo Espíritu, como templo de lo obsceno--,  esa ansia de tomar posesión gráfica no podía saciarse, estaba despierta el día entero y solo se alimentaba con promesas cuando lo que él quería era “aprehender el arte o lo que en mi estrechez de miras consideraba arte...”
La obra narra cómo se fue fraguando la vocación de este extraordinario escritor a través de una vida intensa que las distintas capas de la cebolla van desvelando y cuyos hitos van marcados por su adolescencia militar, su juventud bohemia en un hogar de Cáritas, su trabajo en las minas de la posguerra, el triunfo de su antihéroe, Adenauer, –-máscara tras la que se escondía todo lo que Grass odiaba, la hipocresía que se las daba de cristiana, el estribillo de mentirosas aseveraciones de inocencia, la exhibida rectitud moral de una pandilla de criminales disfrazados--, que provocó su exilio a París donde, en medio de penurias sin fin y chapoteando en el credo y en los tópicos poco convincentes del existencialismo, pasando de Kierkegard a Heidegger y de los dos a Sartre, optando al fin  con vehemencia por Camus, “alguien que nunca se da por vencido”... Y en medio de ansiedades, hambres insaciadas y fobias psicóticas, a los 32 años, en 1959, publicó su obra maestra “El tambor de hojalata” que marcó al menos a toda una generación.   

"En medio de penurias sin fin y chapoteando en el credo y en los tópicos poco convincentes del existencialismo, pasando de Kierkegard a Heidegger y de los dos a Sartre, optando al fin  con vehemencia por Camus, 'alguien que nunca se da por vencido'... Y en medio de ansiedades, hambres insaciadas y fobias psicóticas, a los 32 años, en 1959, publicó su obra maestra 'El tambor de hojalata' que marcó al menos a toda una generación"

A su regreso a Alemania, y para escapar del aire asfixiante de Düsseldorf, marchó a Berlín con poco equipaje, rico en palabras, a la búsqueda de un “maestro absoluto” que fuera capaz de disciplinar sus talentos vagabundos”... siempre --lejos de ordenadores y artilugios eléctricos-- acompañado de su vieja “lettera”, a la que termina por dedicar un canto maravillosamente romántico.
Son  unas confesiones frescas y cautivadoras....