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ENSXXI Nº 15
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2007

JUAN CRUZ
Periodista

Tengo muy nítidos aquel primer día sin Manolo Vázquez Montalbán. Y después ya han pasado muchos días sin Manolo y durante todos ellos él se ha hecho presente de alguna manera, por su ausencia tan onerosa para nuestra libertad y para nuestra cultura política, y porque un espacio como el que él ocupaba no lo puede ocupar sino otra persona como Manolo Vázquez Montalbán, y esta estirpe ya se sabe que es de las que rompe el molde.
Manolo Vázquez Montalbán. Cuando se supo que había muerto en Bangkok, los que tenemos con las coincidencias un  largo acuerdo de complicidad nos subimos a los símbolos que nos traía ese fallecimiento alejado y trágico, en la soledad de un aeropuerto, más allá de la posibilidad más simple de una mano que le ayudara.
Hablamos, en seguida, de los pájaros de Bangkok, que fueron compañía de ficción de Pepe Carvalho, de las travesías hacia los mares del Sur, y rebuscamos así en la esencia de su ficción y también en las aristas más peligrosas de su afición a viajar sin límite, a riesgo de poner en peligro su corazón debilitado…
Ese mismo día, que era un domingo que ya sería terrible de octubre, recibí el encargo de sustituir en la última página de El País la columna que él venía haciendo desde hacía muchos años… Sustituir, aunque fuera por un día, a Manuel Vázquez Montalbán hubiera sido una tarea casi administrativa porque en los diarios las sustituciones se tienen que hacer y yo las he hecho cientos de veces… De hecho, alguna vez sustituí al propio Manolo en esa misma columna. Fue algo insólito: enmarañado en alguno de aquellos viajes –éste fue, si mi memoria no me engaña, uno de los que hizo para estar con el subcomandante Marcos, en Chiapas--, el periodista más cumplidor de la prensa española no pudo enviar su columna de los lunes a El País y alguien del periódico me pidió al atardecer que cubriera su hueco…
Cómo iba a fallar Manuel Vázquez Montalbán… Nada más llegar, su prurito profesional aclaró el descalabro: las líneas no las había enmarañado él, las había enmarañado algunas de esas torpezas que cometemos en las redacciones y que luego se pierden en el baúl de la torpeza universal…
Él jamás fallaba… Cuenta Eduardo Haro Tecglen, que le tuvo como redactor en los mejores años de la revista Triunfo, que enviaba sus artículos casi al tiempo que se los pedían, y a veces eran artículos voluminosos, que escribía con una velocidad endiablada e insuperable… Durante años combinó esas colaboraciones con otros trabajos alimenticios y perentorios, y esa circunstancia le acentuó la costumbre de cumplir… De hecho, en esa etapa, que coincidió con el inicio de su trabajo en Triunfo, Manolo hizo algunos de los trabajos periodísticos que marcaron la pauta de lo que habría ser su marca en el periodismo cultural español… Su inimitable Crónica sentimental de España, que luego tantos trataron de imitar, era un ejemplo de nuevo periodismo antes de que ese signo de novedad se adscribiera en España al sustantivo del periodismo propiamente dicho…

"En periodismo hay que hacer las cosas tal como vienen y no puedes negarte a ningún encargo. Manolo escribió en cualquier circunstancia, placentera o dolorosa, incluso escribía –cuenta Manuel Vicent– mientras hacía una paella y cuidaba, al tiempo, a su hijo Daniel…"

Lo que inventó Vázquez Montalbán en aquel momento rasgó las costuras estrechísimas de la actitud periodística de la izquierda, acostumbrada a mirarse al espejo como si estuviera siempre acosada por un drama que le impedía reírse… Él introdujo el humor, lo espolvoreó sobre la realidad, y ya dejamos de ver lo que sucedía con las orejeras que tuvimos…
Ese artículo, que fue decisivo en la historia periodística de Vázquez Montalbán, en la historia de la revista Triunfo y en la propia historia del periodismo español, nació en unas circunstancias que se hicieron legendarias… Él había ofrecido el texto a la revista, ésta lo fue dilatando del modo bastante perverso con que los medios dilatamos a veces el conocimiento público de lo que nos llega y es bueno, y finalmente decidió rescatarlo un verano en el que la principal revista progresista de los tiempos de Franco tenía poco material para dar a la imprenta…
Él sacó del cajón el viejo reportaje y lo convirtió en un ejemplo de periodismo, de cultura y de sentido del humor, los ingredientes que ya iban a ser habituales en su manera de comunicar lo que sabía, lo que intuía y lo que era.
Era muy difícil sustituirle, también, porque jamás fallaba… Cuando escribí mis memorias de los veinte años del periódico El País titulé así la entrada en la que me refería a él: Pues mándame dos. Era lo que te provocaba su disponibilidad: al contrario de lo que ocurre con tantos escritores, jóvenes, de mediana edad o mediopensionistas, que antes de aceptar un encargo te preguntan, con razón, eso es aparte, cuánto van a cobrar, quién va a escribir a su lado, para decirte luego lo ocupados que están con su última obra y lo oneroso que les resultan los encargos periodísticos…, Manolo siempre preguntaba, simplemente:
--¿Cuánto? ¿Para cuándo?
Y era posible que el artículo, el comentario, el editorial o la columna llegaran a tu redacción, a tu fax, o a tu correo electrónico antes de colgar. Por eso te sentías tentado a decirle: “Hombre, pues mándame dos…”
En las circunstancias excepcionales que le sustituí alguna vez hice la faena como pude, consciente de que me estarían mirando, y quizá leyendo, al día siguiente numerosos lectores que querían ver allí el artículo de Manolo y no cualquier imitación de baratillo…

"Jamás fallaba… Cuenta Eduardo Haro Tecglen, que le tuvo como redactor en los mejores años de la revista Triunfo, que enviaba sus artículos casi al tiempo que se los pedían, y a veces eran artículos voluminosos, que escribía con una velocidad endiablada e insuperable… "

Pero este encargo de aquel domingo era uno de los más comprometidos y graves de mi vida como periodista y como sustituto… Las circunstancias en las que había muerto Manolo habían dejado en todos nosotros el aire terrible de una premonición que él mismo había señalado, en sus libros, en sus versos, hasta en aquel semblante con el que lo había visto meses atrás en el bar más ruidoso y más caluroso –caluroso, no cálido—que podamos imaginar, el bar de la Feria del Libro, en Guadalajara, México…
En periodismo hay que hacer las cosas tal como vienen, y no puedes negarte  –él no se negaba nunca— a ningún encargo, por ninguna razón, ni por las que invocan los jóvenes escritores, los de edad mediana o los medio pensionistas, ni por razones sentimentales, de salud, etcétera: Manolo escribió en cualquier circunstancia, placentera o dolorosa, incluso escribía –cuenta Manuel Vicent— mientras hacía una paella y cuidaba, al tiempo, a su hijo Daniel…
Se me ocurrió que la columna debía ser hecha con palabras de Manuel, con versos suyos, y me metí en todos sus libros de poemas… Él dijo siempre que en realidad era un poeta, y si hoy entramos en su poesía vemos que ahí está el melancólico, asustado niño que se asombró de nacer en un país despiadado que le robó el pan y la sal tanto a sus padres como al futuro…
Buscando en esos versos con los que iba a ir construyendo las 350 palabras que forman la columna de última página de El País hallé un poema que superaba cualquier ambición premonitoria propia de la poesía… Era el titulado El cartero ha traído el Bangkok Post, en el que Manolo contaba “la muerte de un ser querido”… Un poema escalofriante que heló en mis manos la percepción que nos deja la coincidencia cuando esta es más íntima que literaria, como una herida que viniera en la imposible correspondencia del destino…
En el funeral se leyó ese poema, y allí estaba su mujer, Anna Sellés, con la entereza con la que ha sobrellevado también tantos días ya sin Manolo. Miré a mi lado. Lloraba Joan Manuel Serrat. Después me fui a casa de Carmen Balcells. En su salón había una enorme fotografía de Manuel subido a una escalera. En un momento determinado, aquella mujer que alterna su mirada tierna e implacable con las lágrimas del alma levantó la mano, le saludó como si aún estuviera ahí, y los dos guardamos el silencio que con tanta eficacia sustituye las palabras.
Mi columna, por cierto, se llamó Antología.