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ENSXXI Nº 15
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2007

No cabe duda de que entre  las novelas cortas, o entre los cuentos largos pues nunca fue convincente ningún criterio de diferenciación de ambos géneros, hay verdaderas obras maestras, como "El viejo y el mar", fábulas insuperables que tantos quieren imitar y nadie lo consigue como "Historia de una muerte anunciada", y hasta  obras decisivas en la historia del pensamiento de una generación como "El extranjero". Ha habido también autores, como es el caso de Stephen Zweig a los que por razones extraliterarias se ha menospreciado acusándoles de incapacidad para crear entramados hábiles para soportar la complejidad de una fábula intensa con múltiples personajes en vivencias cruzadas, pero a los que, aunque con desgana, ha habido que reconocer talento para analizar y agotar una situación, un personaje o una coyuntura, valgan como ejemplo Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida. No hace mucho destacábamos en estas páginas las dotes para la creación de atmósferas inquietantes erizadas de minucias sensitivas que demostró Sándor Márai en una primorosa obra menor como es "El último encuentro" o Alberto Méndez en las hiperrrealistas historias de Los girasoles ciegos. Obras todas ellas que, aunque respondan a proyectos menos ambiciosas o se ajusten a perspectivas menores, constituyen valores literarios absolutos y por ello resultan memorables.

"En ambas el autor trata de captar y transmitir al lector una sola sensación. Es como si la literatura se hubiera embarcado, al igual que en su día hizo la pintura, en un imparable proceso de abstracción de deconstrucción"

A este mismo género, pero siguiendo un nuevo y sorprendente camino restringido o unilateral,  pertenecen las dos pequeñas obras que hoy presentamos.  En ambas el autor, dejando de lado otros recursos, trata de captar y transmitir al lector una sola sensación.  Es como si la literatura se hubiese embarcado, al igual que en su día hizo la pintura, en un imparable proceso de abstracción o de deconstrucción  como ahora proponen los restauradores. Ya  no se trata de describir personajes, situaciones, historias o pasiones, sino de analizar y agotar un solo elemento, una sola atmósfera, una sola percepción, un solo sentimiento bien que depurados hasta el límite.
En "La nieta del Sr. Linh" Philippe Claudel analiza y agota los entresijos de la  amargura nacida del desarraigo que siente el inmigrante, apurando la tensión que le provoca su incomunicación hasta límites sombríos en la carrera ciega hacia la única tabla de salvación que ha encontrado su soledad.

"En 'La nieta del Sr. Lihn' Philippe Claudel agota los entresijos de la amargura nacida del desarraigo que siente el inmigrante"

En "La crónica de amor de un fabricante de perfumes" Antonio Ferres  pretende  trasladar al lector la atmósfera turbia, dominada por poderes obscuros, que durante la alta posguerra ahogaba Madrid hasta el punto de no dejar florecer ni el amor, ni la libertad, ni siquiera la inocencia.
Nada de original tienen los personajes, tampoco la historia, ni el lenguaje, ni la sintaxis, nada se lee en los intersticios, nada aportan los diálogos.... no se aprecia riqueza psicológica, aunque seguro que tampoco pretendía Antonio Ferres sorprender al lector en esos campos. Sólo el ambiente, visiblemente kafkiano de miedo difuso y opresión que el autor sabe esparcir entre silencios, y que también como en el caso anterior, se apura hasta el límite bien que ahora se brinda a los oprimidos una salida menos ácida a tanta tensión, la huída.

"En 'La crónica de amor de un fabricante de perfumes' Antonio Ferres  pretende  trasladar al lector la atmósfera turbia, dominada por poderes obscuros, que durante la alta posguerra ahogaba Madrid"

Ambos son dos best-seller, de la primera al parecer se han vendido ya más de 200.000 ejemplares en Francia, y se ha traducido a 11 idiomas. Tal vez sea por su indudable emotividad.