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ENSXXI Nº 17
ENERO - FEBRERO 2008

En las democracias de tipo partitocrático, como la nuestra, las elecciones generales constituyen prácticamente el único momento en el que los ciudadanos pueden aspirar a ejercer un mínimo control sobre sus gobernantes, la única vía efectiva de rendición de cuentas, de explicitar el juicio que ha merecido la actuación de gobierno del partido en el poder. Pero como las elecciones no sólo cumplen ese cometido de exigencia de responsabilidades (algo que siempre mira hacia el pasado), sino que además sirven para decidir sobre la continuidad o relevo del partido gobernante (que no puede tener en cuenta otra cosa que el futuro), es posible que, sin perjuicio de que la valoración de los ciudadanos sea muy negativa, dicho partido resulte reelegido, simplemente porque la alternativa suscite todavía menos esperanzas. Esta paradójica situación provoca que muchos electores afronten las elecciones, no con la ilusión que sería natural dada su condición de momento sagrado de la democracia, sino más bien con la angustia que implican los sentimientos encontrados.

"Las ofertas motivadas por la urgencia de la presión electoral, desconectadas de una reflexión global que implique al modelo en su conjunto, no solo atentan contra la eficacia del sistema, sino fundamentalmente contra su justicia"

Conscientes de esa situación, los partidos políticos se vuelcan en el ofrecimiento de medidas para el futuro con la intención de neutralizar el juicio que merecen los comportamientos del pasado. Se busca obtener réditos electorales inmediatos sin arriesgarse -evidentemente- a anunciar medidas impopulares, por muy necesarias que puedan ser para el bien común. La panacea suelen ser las rebajas de impuestos. Constituyen una oferta fácilmente comprensible y valorable por el ciudadano (al menos en apariencia) con escaso coste de impopularidad. No es de extrañar la abundancia con la que se nos ofrecen en la actualidad por uno y otro lado. Sin embargo, sería bueno reflexionar sobre la falta de responsabilidad que algo así implica.
Puede que el famoso aserto del juez Holmes -"los impuestos son el precio de la civilización"- merezca muchas matizaciones desde distintos puntos de vista, pero no parece que desde los idearios tradicionales de nuestros dos principales partidos. La defensa del llamado Estado del bienestar, con todas las adaptaciones que se quieran, es la base de sus programas electorales, y no cabe olvidar que esa defensa exige imponer un régimen fiscal eficiente y justo.
Las ofertas motivadas por la urgencia de la presión electoral, desconectadas de una reflexión global que implique al modelo en su conjunto, no solo atentan contra la eficacia del sistema, sino fundamentalmente contra su justicia. Nuestro sistema impositivo descansa sobre unos presupuestos conocidos que hasta ahora han escapado del debate político: los grandes patrimonios encuentran con extraordinaria facilidad instrumentos legales adecuados para escapar casi completamente de la presión fiscal, en consecuencia, esa presión se concentra en tramos de población menos favorecidos, incentivando que los que puedan escapar lo intenten con bastante éxito (a través del fraude fiscal)  y provocando que los que no asuman toda la carga de sostener el sistema (rentas de trabajo, consumo, inmuebles).

"Es posible que, sin perjuicio de que la valoración de los ciudadanos sea muy negativa,  el partido gobernante resulte reelegido, simplemente porque la alternativa suscite todavía menos esperanzas"

No conviene olvidar que es a través de la imposición indirecta como se obtiene una parte fundamental de la recaudación. Y que mucha de esa imposición recae primordialmente sobre rentas medias y bajas (recordemos los crecientes gravámenes autonómicos que recaen sobre la adquisición de viviendas y su financiación) y, desde luego, no las grava de la misma manera que a las altas (el 16% de IVA es el mismo para todos). Esas ofertas electorales vienen a crear un espejismo de reducción impositiva que escamotea el verdadero debate sobre nuestro sistema fiscal, el que cabría esperar en una confrontación electoral tan importante como la que se avecina. Pero, ya se sabe, los presuntos saldos de última hora son el precio de la partitocracia.