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ENSXXI Nº 18
MARZO - ABRIL 2008

JUAN CRUZ
Periodista

Nunca he conocido un poeta tan certero como José Manuel Caballero Bonald. Él dice que no está dotado para escribir mal, es cierto, pero el don para el adjetivo, para la palabra justa, le mot juste que dicen los cursis, para la rabia en su sitio, ese don se lo dio la vida.
Estaba hecho para ser marinero, o señorito, y no ha sido ni lo uno ni lo otro, ha sido, es, un poeta. Nostálgico, rabioso. Sus materiales están hechos de lo que ve, del alma, de la política, de la estupidez de los hombres, del mar, son los materiales de un hombre al que la vida arrancó del mar, pero él se resiste a renunciar a esa raíz de agua.
De marinero tiene la nostalgia del mar y una barca, y una casa en Sanlúcar de Barrameda, y de señorito tiene el gusto por la manzanilla, y por el descanso. Por él hubiera estado acostado toda su vida, como algunos de sus parientes, pero ha tenido que hacer cosas. Primero que nada, para ligar con su mujer, Pepa, que muchos años después de aquel enamoramiento balear sigue siendo su mujer y sigue siendo tan guapa. Pero el ligue fue un trabajo, la verdad; él lo cuenta en uno de sus dos célebres libros de memorias, me parece que en el último, La costumbre de vivir. Pepa era una campeona de natación, una mujer muy bien puesta, a la que él quería atraer con cualquier arma, incluida las armas de la gimnasia, que en un momento de la vida son tan adecuadas para atraer a las damas, o a los hombres. Ambos estaban en la orilla del mar de Palma de Mallorca y Pepe creyó que tenía que demostrarle el orgullo de su fortaleza nadando, es decir, adentrándose en el terreno de Pepa, y se dispuso a meterse en el mar para hacer una travesía, desde donde estaban los dos hasta un islote. Quería hacer una machada, deslumbrarla, crearle la impresión de que no sólo era un poeta sino que también era un superhombre. A la mitad de la travesía, el poeta pidió auxilio, y fue arrastrado, mil veces avergonzado, por la mujer a la que quería seducir. Ante ella se quedó el poeta, un hombre en tierra a la que ella, en el mar también, le daba veinte vueltas.
 Luego Pepe tuvo otro naufragio. Dicen que quien sobrevive a tres desastres en el mar ya es inmortal para siempre, pero a él no le interesa la perspectiva, de modo que prefiere zozobrar en tierra firme, y ha dejado para nunca la tercera oportunidad de hacerse vivo para siempre.
En esos dos libros de memorias, el otro es Tiempo de guerras perdidas, Caballero Bonald cuenta la vida de España, de una cierta España, como si él hubiera sido una invención de la época, un ectoplama silencioso que escuchara y apuntara todo lo que ocurría alrededor para decirlo luego como si fuera parte de una novela o de una película. Entran personajes de su época, fatuos o humildes, poetas o administrativos, seres de carne y hueso que a veces parecen surcos de una leyenda. Hay momentos fascinantes, hay otros dramáticos, pero siempre está ahí su estilo, certero, profundo, divertido; su manera de ver, que es su manera de recordar.

"Sus tertulias, a las que muchas veces le acompañé, con Juan García Hortelano y con Ángel González, eran las de un silencioso que se lo sabe todo, la del que espera para atender sin hablar aquello que tengan que decir los que vienen con noticias"

Siempre pensé que ese escritor tan minucioso, y tan sabio, llevaba consigo una libretita donde iba apuntando, a hurtadillas, los sucesos de sus viajes o de sus encuentros, en España, en Colombia, donde vivió algún tiempo, en México, en tantos lugares por los que transitó; pero, no. La que viaja con Pepe es su memoria; luego, en el silencio de su cuarto, rodeado de miles de libros y de multitud de recuerdos, este apasionado del flamenco, del vino y de la vida reinventa sus encuentros, sus conversaciones y sus viajes, y convierte lo que en efecto ocurrió en nuevas invenciones en las que entra con el bisturí más precioso, el bisturí del poeta; es novelista porque le gusta contar, pero cuando escribe poesía me parece que es Pepe en estado puro, donde cumple ese dictado feliz de su vida: no está hecho para escribir mal. Y esa excelencia de la escritura le viene de la poesía, ahí se consolida. Ahí es lo que quiso ser ante Pepa, un superhombre, pero lo suyo no era la natación.
He tenido el privilegio de verle en acción. Un día, en Oviedo, fue acuciado para intervenir en un jurado literario, primero lo aprisionaron en un ascensor y luego lo obligaron a oficiar en un cementerio; arrostró ambas aventuras con la paciencia de un sacerdote medieval, y al cabo de los meses me llamó por teléfono, para hacerme tan solo una pregunta. “Juan, ¿recuerdas por qué llovía tanto?” Seguramente, estaría describiendo el episodio para algunas de las memorias que dice que ya no escribirá nunca y le sobraban los datos, lo que quería era la lluvia. Es un poeta, y aunque es un poeta a veces rabioso y muchas veces hondo (lean Laberinto de fortuna, lean Manual de infractores), es sobre todo un escritor, es decir, alguien que está dotado para decir con hondura y con rabia, y con un enorme sentido del humor, lo que le pasó con otros. Sus tertulias, a las que muchas veces le acompañé, con Juan García Hortelano y con Ángel González (ay, los dos ya no están, y los dos nos hacen una falta sin fondo), eran las tertulias de un silencioso que se lo sabe todo; a veces pregunta tan solo para verificar, pero su posición es la del silencio, su postura es la del que espera, aquel que preferiría ser mudo, o simularlo, para atender sin hablar aquello que tengan que decir los que vienen con noticias.
A veces le veo reír, a solas, como si tuviera alguna ocurrencia que pugna por salir y se queda, como una sonrisa o como una ironía, en la comisura de los labios. Dice que hay un cuadro medieval en el que hay un tipo que es como él, en una esquina, mirando. No sé si es ese hombre, todavía, el que está mirando por él cuando va a los sitios. Lo cierto es que cuando le ves mirar es como si te miraran varios siglos. Y cuando escribe es como si le llevaran la mano varios genios que le marcan por dentro la rabia y la nostalgia, a partes iguales.