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ENSXXI Nº 18
MARZO - ABRIL 2008

Los Libros por José Aristónico García Sánchez

Robin Lane Fox (1946, Eton) es catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Oxford, cargo que ha compaginado con la corresponsalía del  Financial Times durante más de 30 años,  lo  que garantiza un toque de amenidad y ligereza a sus narraciones históricas, sin hacer por ello concesiones al rigor. En su aprendizaje en Oxford C.E. Stevens le enseñó que la historia no tiene que ser aburrida para ser cierta, y él hace verdad esta regla.
Pero Robin Lane Fox es además un apasionado. Sale a la palestra desbordante de fascinación por el mundo clásico, el mundo que marcó los cánones de nuestra civilización, predispuesto a enaltecer sus logros y a ser comprensivo con  sus lacras, ahí está el esclavismo generalizado por ejemplo,   como inevitables consecuencias  de una época.
En 1973, cuando apenas tenía 27 años y después de haber examinado 1472 libros y artículos sobre la materia, escribió una fervorosa biografía de  Alejandro Magno, gran héroe mítico de la Hélade –él nunca dudó de su naturaleza griega-, caballero titánico, casi wagneriano, capaz de dominar todo el mundo conocido lo que probablemente habría intentado de no haber visto  truncada su vida a los 33 años.

"La confluencia del estoicismo moderado de Adriano y Plinio con la nueva doctrina que predicaban los cristianos iba a dar un vuelco al mundo a través de la mayor reorganización de la libertad y la justicia que ha conocido la historia"

Cierto que hay puntos oscuros en su biografía: aunque fuera en  estado de ebriedad mató a su amigo Clito con sus propias manos, tras la victoria de Gránico masacró a 15.000 griegos mercenarios de los persas, arrasó Tebas, Tiro, Halicarnaso, hizo matar a su cronista Calístenes tras la revuelta de los pajes en Persia,  y se le atribuyen, sin constatación fiable, tantas villanías y atrocidades que no nos debe extrañar que desde  los propios griegos, que nunca terminaron de aceptarlo por temor a perder su autonomía democrática como en efecto ocurrió, hasta San Agustín y Dante que le ubicó en el séptimo círculo de su infierno, se haya creado una corriente antihéroe, encabezada en  los tiempos modernos por Ronald  Syme y Ernst Badian que, con una actitud preconcebida de agresividad frente a los prohombres, tachan a Alejandro de pragmático, amoral y despiadado, le inculpan de la muerte de su padre Filipo, y le pintan como un ambicioso incontenible y sin escrúpulos capaz de sacrificar a su propia gloria la vida y el honor de cuanto le rodeaba.
Tal vez ni una ni otra versión estén en lo cierto. Todos los historiadores se quejan de la poca fiabilidad de las fuentes y de la dificultad de encontrar coherencia entre las gestas geniales de un conquistador extraordinario y los excesos intemperados y arrebatos escandalosos de un ególatra. Paul Cartledge, catedrático de Historia Griega en la Universidad de Cambridge,   nos describe en su excelente y ponderada biografía (Ariel, 2008) un Alejandro contradictorio: un pragmático con inclinación a la crueldad pero también un entusiasta tendente al romanticismo apasionado. Es por cierto una pulcra edición dotada de excelentes notas, mapas, planos, índices, reproducciones y tablas cronológicas que amenizan y facilitan la lectura de un texto elegante y reflexivo a un tiempo. El adecuado para quien pretende poner distancias  y equilibrio tanto frente a los críticos como frente a la visión épica de  su rival de Oxford, que vale la pena leer.
No acepta la buena suerte como razón de sus victorias, pues los grandes generales son autores de su propia fortuna propicia, pero se muestra tibio en cuanto a la imputación del asesinato de Filipo, y pone en la balanza del  debe su reacción irracional en la india ante la negativa de su ejército a llegar a lo que se creía el confín del mundo, y su ambición desproporcionada que le hacía  capaz de sacrificar cualquier valor a su gloria y su poder, reservando sus elogios, eso sí sin límite, para su genio militar y su valor temerario.  Alejandro, como ya apuntó Arriano, buscaba la excitación del peligro porque le resultaba irresistible el deleite mismo del combate, lo que tanto le podía acarrear un desastre lo que ocurrió cuando en un arrebato de insensatez táctica, decidió  cruzar el desierto de Makran,  como victorias gloriosas como en el doble oximoron de, sin flota, asaltar Tiro desde el mar haciendo un dique, y derrotar a la poderosa escuadra persa desde tierra cegándole los puertos de aprovisionamiento.

"No es un libro de investigación crítica, tampoco es una obra de divulgación histórica. Es una obra científica y rigurosa escrita no para epatar a investigadores sino para deleitar a un público culto"

A pesar de esta corriente crítica, la figura de Alejandro emerge entre todas las que componen la galería de prohombres de la historia. Quizá haya que verle, con Claude Mosse, como  un hombre de su tiempo, influido de las contradicciones imperantes, y juzgarle por sus logros y las aportaciones del Imperio que conquistó en sólo una década. No podemos olvidar que griegos, egipcios, indios y persas le veneraron como a un dios. Alejandro murió como el hombre más poderoso de la tierra concentrando su imperio únicamente en su persona pero sagazmente adaptado a cada situación,  “en Egipto un dios y un autócrata, en Persia un autócrata pero no un dios, entre griegos un dios pero no un déspota, y en Macedonia ni un dios ni un déspota, sino un rey casi constitucional”.   Y aunque no pudo ejecutar  sus gigantescos  planes para Arabia y luego para Occidente, ahí quedó la helenización de Oriente,  las 20 Alejandrías que fundó y la expansión de la lengua griega vulgar que, entre otras cosas, hizo posible a través de Pablo la propagación del cristianismo hasta Roma o Alejandría. Impaciente, presuntuoso, intratable, generoso, astuto, colérico, valiente, romántico, contradictorio…, Siempre habría ido mas allá, dijo ya Arriano, y si no hubiera encontrado competidor hubiera competido consigo mismo,  Fomentó que se propagara la creencia de su origen divino, engendrado por Zeus-Amón, y de su invencibilidad garantizada por el Oráculo de Delfos, y consiguió que sus generales le respetaran y sus soldados le veneraran ciegamente.  
Historia, mito y leyenda de una sola vez. No debe extrañarnos que, aunque se le reconozcan las miserias que acompañan también a los grandes hombres, se vaya consolidando la versión de Lane Fox del Alejandro homérico que según el código heroico emula las hazañas de Aquiles y emprende una cruzada contra los persas para vengar los sacrilegios que éstos cometieron en la Acrópolis de Atenas años atrás y liberar a los griegos de oriente que habían quedado bajo su yugo, devolviéndoles la democracia.
Ese es el esqueleto de la versión apasionada de Lane Fox que aparece enriquecida, eso sí, con los detalles que humanizan esa figura y nos permite conocer la historia política, social y civil de la Magna Grecia y de los países que iba conquistando. Sus hijos, tuvo tres o cuatro, sus tres esposas, cuatro amantes, un eunuco, más el amor homo erótico habitual en los gimnasios griegos durante la adolescencia, que él practicó con Hefestion en emulación al que Aquiles sintió por Patroclo. Sus tácticas militares, las sarisas, los escudos hoplitas, el ariete de torsión que ingenió, la lucha contra los elefantes, verdaderos tanques de la antigüedad atacándoles las trompas y los tendones de sus patas. Y junto a esto los “ahuyenta moscas reales” que adoptó de los persas, la boda colectiva de sus oficiales con 90 damas iranias cuyo festejo duró 5  días enteros, o los concursos de beber vino puro cuyo vencedor bebió 14 litros y naturalmente murió. También cuentan para Lane Fox las flaquezas de este héroe mítico.
Con ese mismo entusiasmo, que delata ya en el mismo título de la obra, al calificarla de  epopeya, aborda Lane Fox la Historia de Grecia y Roma en una obra de madurez,  “El mundo clásico” (Crítica, 2007), aunque en España se ha editado con anterioridad a la biografía sobre Alejandro. Es una obra deliciosa que aúna rigor, amenidad y soltura. Abarca la historia de Grecia desde el período arcaico hasta la Roma del Emperador Adriano, en hitos literarios desde Homero hasta Juvenal. No es sólo una historia cono no es sólo una biografía su libro sobre Alejandro. Es sobre todo una elucidación de los avatares del período clásico interpretados desde los ejes historiográficos que los propios clásicos inventaron: la libertad o autonomía, la justicia y la contención del lujo, conceptos que adquirieron su versión más sublime en los períodos del clasicismo depurado, los siglos V y IV a. C. en Atenas y el S. I a. y d.C. en Roma.

"Aúna rigor, amenidad y soltura. Abarca la historia de Grecia desde el período arcaico hasta la Roma de Adriano, en hitos literarios, de Homero a Juvenal. No es sólo una historia como no es sólo una biografía su libro sobre Alejandro. Es sobre todo una elucidación de los avatares del período clásico"

El libro es seductor. Resulta apasionante ir reconstruyendo con deleite la instauración de la democracia en Grecia, los pasos dados por los atenienses, primero por Solon, luego en forma decisiva por Clístenes --éste estimulando la férrea voluntad soberana de los atenienses que consideraban la  participación en las instituciones como un valor en sí mismo--,  y por último por Pericles quien consolidó un sistema prototipo que los griegos mantuvieron incólume hasta la llegada en el año 322 de Alejandro,  quien, como Platón, no creía en la democracia aunque la utilizara para liberar a los griegos del yugo persa y luego atraerlos de su lado. Fue una democracia imperfecta, es cierto,  sólo votaban los varones y había esclavos, y pecó de intolerancia, casos de Sócrates y Antígona, pero iba encontrando en el ostracismo y en las asambleas populares mecanismos virtuales para mantener la soberanía lejos de autócratas y tiranos.
No es un libro de investigación crítica, tampoco es una obra de divulgación histórica. Es una obra científica y rigurosa escrita no para epatar a investigadores sino para deleitar a un público culto al que brinda la oportunidad de recrear su admiración ante aquellos genios que pusieron a nuestro alcance cuantos conceptos e ideas manejamos ahora. Nadie puede rechazar la oferta de rememorar a los prototipos universales: Pericles, de cuya calva se mofaban los poetas satíricos, pero cuya visión y no la de éstos es la que ha sobrevivido; Platón, el mejor prosista de la literatura universal, que detestó la democracia  como “una organización política agradable, anárquica y policroma que asigna igualdad a los que son iguales y a los que no lo son”, Aristóteles, la inteligencia más asombrosa de la historia, Tucídides cumbre de la historiografía, que por primera vez eliminó dioses y oráculos como explicación del curso de los acontecimientos,  buscando sólo explicaciones políticas y que desgranando una crudeza realista, inspiró un cínico maquiavelismo cuando definía la justicia en las relaciones interestatales como el pretexto que ponen los débiles cuando carecen de fuerza para hacer ver sus intereses, o Demóstones que se atrevió a enfrentarse a Filipo de Macedonia armado solo con su oratoria, venció Filipo, pero en la antigüedad dice Lane Fox nadie escribió su biografía y en cambio durante más de mil años los discursos de Demóstenes serían copiados, imitados y aprendidos de memoria por los hombres... Las aportaciones son infinitas. Y no sólo de historia. También la etología y la vida ciudadana reciben aportaciones infrecuentes: la explicación del homo erotismo moderado heleno, el  “batallón sagrado de Tebas”  formado por 150 parejas de homo eróticos, la compra por varios hombres de participaciones de una hétera que les permitía utilizarla por turnos, las costumbres domésticas... Todo es objeto del análisis y la narración de Lane Fox. Y siempre con entusiasmo y admiración desbordantes....

"La figura de Alejandro emerge entre todas las que componen la galería de prohombres. No podemos olvidar que griegos, egipcios, indios y persas le veneraron como a un dios. Murió como el hombre más poderoso de la tierra concentrando su imperio únicamente en su persona pero sagazmente adaptado a cada situación"

Con el mismo apasionamiento aborda la epopeya romana de la que destacan el análisis pleno de sutileza y  sofismas de los romanos sobre la “guerra justa”  ---como ahora ocurre en otros lares decían luchar solo en defensa propia---, las influencias helenísticas anteriores incluso a la época etrusca, la invitación  a acercarnos a  Cicerón, a Julio César, a Augusto, a Tácito, a  Plinio, a Adriano... Y no falta ni el sentido del humor ni la minucia o detalle significativo en la descripción de la vida doméstica, de la vida militar, de la impudicia de Julia que, como dijo Séneca, superó la ignominia de esta palabra..Ni tampoco  los elementos integrantes de la pasta dentífrica de la emperatriz Livia: resina de lentisco de Quios, sal de África y cuerno de ciervo pulverizado....
En el siglo IV, concluye Lane Fox,  la justicia estaba corrompida, la libertad había desaparecido con el Imperio y el abuso del lujo se había convertido en causa de un  desastre generalizado... Pero su apasionamiento le impide terminar sin un mensaje positivo: la confluencia del estoicismo moderado de Adriano y Plinio con la nueva doctrina que predicaban los cristianos iba a dar un vuelco al mundo a través de la mayor reorganización de la libertad y la justicia que ha conocido la historia.