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ENSXXI Nº 18
MARZO - ABRIL 2008

JOSÉ MARÍA, ALFONSO Y SANTIAGO MADRIDEJOS
Notarios de Madrid y de Buitrago de Lozoya (Madrid) respectivamente

José Madridejos Sarasola nació en San Sebastián el 19 de abril de 1923. Su juventud, como les ocurrió a todos los de su generación, estuvo marcada por la Guerra Civil, de la que no le gustaba hablar, salvo a sus nietos, a pesar de haber vivido alguno de sus momentos históricos, en unos casos como testigo, como ocurrió con el bombardeo de Guernica, en otros como protagonista, o, más bien, como sujeto pasivo, como es el caso de la evacuación de niños a Francia a bordo del yate Goizeko Izarra. Quizás de lo traumático de esa experiencia derivan algunos de los rasgos de su carácter: su independencia, su ponderación y mesura, su visión equilibrada de las cosas, su capacidad para ponerse en la piel del otro, su habilidad para evitar conflictos, su alejamiento de todo extremismo y su voluntad de no alinearse en facción alguna.
Sus estudios de Derecho los realizó por libre examinándose en la Universidad de  Valladolid. La época era difícil y el tiempo apremiaba: por una parte, había que recuperar los años perdidos como consecuencia de los cambios de residencia motivados por la Guerra Española; por otra, la incertidumbre sobre cómo y cuándo acabaría la Guerra Mundial, entonces en pleno apogeo (entre las batallas de El Alamein y Stalingrado), suponían un riesgo de incorporación al Ejercito (como realmente ocurrió en 1944) que truncase los estudios. En tal difíciles circunstancias y estudiando por su cuenta fue capaz de acabar con brillantez la carrera en apenas dos años (septiembre 1942 – octubre 1944) siendo este uno de sus méritos de los que más orgulloso estaba (seguido por el puesto número uno que obtuvo, por encima de ingenieros navales y marinos experimentados, en la primera promoción guipuzcoana de patrones de yates).
Acabada la carrera y finalizado el servicio militar, y aunque carecía de vinculación o relación de ninguna clase con el Notariado, decidió preparar las oposiciones a Notarías que aprobó en La Coruña en 1950, y tuvo la buena fortuna de ingresar por Bande (Orense) ya que allí conoció a Manola, que veraneaba en la cercana Celanova, con la que se casaría en 1957 y con la que sería plenamente feliz durante más de cincuenta años.

"José Madridejos si algún título merece, y de este no le importaría presumir, es el de 'mejor padre del mundo'"

Tras una breve estancia en Escalona (Toledo), obtuvo por Oposición entre Notarios la Plaza de Luarca   (Asturias) y, tras ganar unas segundas restringidas, pasó a Palencia y luego a San Sebastián. Desde 1977 hasta su jubilación en 1993 ocupó una plaza de Madrid, instalando su despacho en el barrio de Chamberí en el que todavía es recordado con agradecimiento y cariño por muchos de sus vecinos.
Su contribución a la literatura jurídica se realizó sobre todo durante los primeros años de su carrera, coincidiendo con la preparación de las oposiciones restringidas, y merecen ser destacados sus trabajos sobre la cesión de créditos, cita obligada en cualquier estudio relativo a la materia; sobre la entonces reciente sociedad de responsabilidad limitada, siendo uno de los primeros autores en destacar cuestiones hoy tan evidentes como el carácter mixto de tales sociedades y la relevancia de los aspectos personalistas en una sociedad de capital; y sobre algo entonces tan extraño para un civilista como la legislación urbanística. En una etapa posterior sus trabajos científicos se orientaron a los Congresos de la Unión Internacional del Notariado Latino, presentando, junto con otros compañeros y amigos, ponencias en Buenos Aires (1974), Lima (1981) y Florencia (1984), la primera distinguida con el Premio Negri.
 A lo largo de toda su carrera una nota destacada ha sido su dedicación a las labores corporativas y estuvo orgulloso de pertenecer al grupo al que entonces llamaban cariñosamente “los conspicuos” y hoy, no tan cariñosamente, “el lobby de Madrid”. Y es que para él, como para muchos de los que ocuparon cargos en esos años dorados del Notariado, y a los que todos deberíamos estar tan agradecidos, la actividad corporativa no satisfacía ninguna pretensión o ambición personal sino que se concebía como un servicio, como una obligación que, desde el anonimato, sin esperar nunca recompensa y ni tan siquiera agradecimiento o reconocimiento, quitando el tiempo al despacho, nunca a la familia, se asumía mientras no apareciese otro igual de abnegado dispuesto a relevar al compañero.
 Como nunca supo decir que no y como siempre hizo lo mejor que pudo, o sea bien, lo que se le encargó, las tareas se fueron sucediendo hasta formar una hoja de servicios impresionante en la que figuran prácticamente todos los cargos menos uno, el de Presidente de la Junta de Decanos, al que nunca aspiró ya que como él decía: para qué si ya había otros candidatos. Destacan (entre otros muchos cargos como, por ejemplo, los de delegado de varios distritos, encargado de archivos en diversas poblaciones, entre ellos, durante mucho tiempo, el de Madrid, fundador y secretario de Notesva, miembro del Jurado de Expropiación, miembro de la primera Junta Directiva de la Asociación Patronal de Madrid, etc.) su pertenencia a nada menos que tres tribunales de oposiciones (dos de ellas con el agravante de tener que dejar su notaría varios meses para trasladarse a la sede de la oposición) su labor en Junta Directiva del Colegio de Pamplona, desde 1967 a 1972, Colegio del que fue Decano, y su cargo de Secretario de la Junta de Decanos de los Colegios Notariales de España, desde 1981 a 1985. En 1973 recibió la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort.

"Su contribución a la literatura jurídica se realizó sobre todo durante los primeros años de su carrera, coincidiendo con la preparación de las oposiciones restringidas"

Mención aparte merece sus dedicación a la Sección de Internacional del Consejo General del Notariado en la que ocupó cargos de importancia como los de Delegado del Notariado Español en la ONPI, miembro de la Delegación española en la Comisión de Asuntos Europeos de la Unión Internacional del Notariado Latino y ponente en varios Congresos, siendo uno de los escasos responsables de esta Sección de Internacional que piden ser sustituidos por considerar que precisamente en esta sección sí es posible encontrar compañeros más jóvenes dispuestos a tomar el relevo.
Su trabajo al servicio del Notariado no acabó con su jubilación sino que continuó con su dedicación, desde su creación hasta hoy, al Servicio de Ayuda al Usuario del Colegio Notarial de Madrid desde donde, junto con su gran amigo Antonio de la Esperanza, ha resuelto infinidad de problemas y mejorado la imagen que el ciudadano tiene del Notariado.
Pero toda esta labor corporativa no le llevó en ningún momento a descuidar lo que para él era la esencia de su profesión: la atención personal, independiente y honesta, a quien solicitase sus servicios. Para él el estudio permanente del Derecho era, ante todo, una obligación para poder prestar un servicio adecuado; el estricto cumplimiento de la ética notarial, que le fue inculcada desde sus primeras prácticas con su admirado González Palomino, algo tan natural como respirar; y la atención directa y personal, siempre sin prisas, a los clientes de cualquier condición, especialmente a los más humildes, la piedra angular de la actividad notarial. Siempre presumió de haber tenido notarías “medianas”, con una numeración un poco por debajo de la media, y pasó por todos sus destinos en perfecta armonía con sus compañeros, entre los que incluía, por supuesto, a los registradores, sin un solo enemigo y con infinidad de amigos, dejando siempre un recuerdo imborrable entre sus empleados y clientes (uno de los cuales, una importante empresa francesa a la que él asesoró en su desembarco en España en los ochenta, llegó a incluir en su balance, como uno de sus activos, y con una alta valoración, el “asesoramiento profesional del Notario Madridejos”).
Pero su satisfacción por ser notario y su amor por la profesión quedan empequeñecidos por lo que fue su auténtico amor y pasión: su familia: su mujer Manola y sus seis hijos, por los que siempre se desvivió, de los que estaba tan orgulloso que decía que no hablaba de su trayectoria profesional por no parecer que presumía (y no le faltaba razones ya que a la satisfacción natural que a todo notario le da tener tres hijos que sigan sus pasos hay que unir el que no sean los tres notarios, ni mucho menos, los mejor “colocados”). Siempre fue un buen marido y un buen padre, en todo momento pendiente, hasta el más nimio de los detalles, por igual, de sus seis hijos, y de sus once nietos, a los que dejó el mejor de los ejemplos.

"Acabada la carrera y finalizado el servicio militar, y aunque carecía de vinculación o relación de ninguna clase con el Notariado, decidió preparar las oposiciones a Notarías"

Ciertamente José Madridejos merece figurar en esta galería de Grandes del Notariado porque  ha sido un Notario grande y porque si el Notariado es grande es debido a que han existido notarios como él, pero si algún título merece, y de este no le importaría presumir, es el de “mejor padre del mundo”.

Desde hace más de cincuenta años, José Madridejos y Antonio de la Esperanza han sido amigos tan inseparables que alguien en los salones del Colegio Notarial de Madrid los calificó de “amigos gemelos”.
Pepe y Antonio compartieron muchas cosas, entre ellas un sentido de humor que hacía las delicias de todos los que los conocían. Durante muchos años disfrutaron preparando todas las Navidades una inocentada relacionada con temas de actualidad con incidencia en la actividad notarial, consistente en algún documento con apariencia oficial (circulares, ordenes, oficios, etc.), preparado con minuciosidad propia de profesiones menos oficiales, que enviaban a su circulo de amigos, que la esperaban con simpatía año tras año, y a algún incauto que no estuviese en el ajo.
Algunas de las inocentadas fueron sonadas, como cuando comunicaron la adjudicación por turno oficial de la autorización de las escrituras de entrega de los F-18 adquiridos por el ejército español, lo que originó por parte de un conocido notario, que no había recibido tal comunicación pero al que se la enseñó alguno de sus destinatarios, una encendida protesta porque “las cosas buenas del turno siempre les tocaban a los mismos” y la llamada de otro ilustre compañero al Colegio preguntando: “¿esto como se cobra?”; o como cuando requirieron a un notario para que se personase en día y hora determinadas en la Embajada Soviética y levantase acta de la devolución del “oro de Moscú”, lo que no engañó al destinatario pero si a su mujer que al leer la comunicación, especialmente las indicaciones sobre la cuantía del documento, le insistió durante varios días para que “por si acaso fuese”; o cuando requirieron a un notario para otorgar las capitulaciones matrimoniales de una de las infantas y su mujer se apresuró a comprar, en la tienda más cara de Madrid, la camisa y corbata “que tan solemne ocasión requerían”.
Mención aparte merece la concesión oficial, con toda la pomposidad que el caso reclamaba, a varios compañeros, de la Cruz de San Raimundo de “Roquefort”, concesión a la que, como manifestó públicamente el Alcalde de la localidad al conocer la noticia, “no había sido ajeno ese Ayuntamiento” (aunque se trata de una inocentada de la que sus autores, durante muchos años, preferían no hablar para no ser descubierto por una de sus víctimas que, al parecer, llegó a recibir una comida de homenaje y durante muchos años tuvo en sus despacho el documento que acreditaba su pertenencia a la orden de Roquefort).
Otras veces, aunque ningún incauto picase, conseguían reflejar las preocupaciones de los notarios e, incluso, adelantar, con lo que entonces no eran más que parodias, lo que estaba por llegar, como ocurrió con la circular liberalizando la propaganda notarial, con ofertas que entonces parecían extravagantes y hoy inocentes, o con la minuciosa elaboración y difusión, ante la inminencia de la entrada del IVA, de un modelo de libro y unas kafkianas instrucciones para su llevanza, cuya complejidad y esoterismo no se han visto superados hasta la aparición del Índice Único Informatizado.
Pero, en todos los casos, lo más destacable era la ilusión que siempre ponían en su preparación, ilusión solo comparable con el cariño con el que las supuestas víctimas recibían las bromas; buena prueba todo ello de la bondad y sentido de humor de un grupo, en el que se incluían algunas de las grandes cabezas de la época dorada del Notariado, cuyas principales virtudes era el compañerismo, la camaradería y, sobre todo, la amistad.