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ENSXXI Nº 18
MARZO - ABRIL 2008

FERNANDO DE PORRAS-ISLA
Arquitecto, socio fundador de mrio arquitectos, sociedad encargada de ordenar los espacios públicos en los márgenes del Manzanares

 

 

En el año 2006 un equipo fundado por tres estudios de arquitectura, Burgos-Garrido, Porras-La Casta y Rubio-Álvarez-Sala, recibió, en virtud del primer premio obtenido en un Concurso Internacional de Ideas, el encargo de plantear las estrategias de ordenación y reestructuración del entorno del Río Manzanares a su paso por la ciudad de Madrid, un territorio de 8 millones de metros cuadrados en el mismo centro de la ciudad. Este ingente trabajo abordará la redacción de un Plan Especial que deberá desarrollarse durante los próximos quince años, así como una serie de proyectos concretos sobre el espacio público, algunos de los cuales ya están siendo ejecutados. Sin embargo, para la mayoría de los madrileños esta ambiciosa empresa es apenas conocida.

Un río pequeño, una huella profunda
El hilo de agua recorre sesenta y nueve kilómetros hasta su desembocadura. Nace como tantos otros en un lugar incierto, no exacto, a una altitud superior a los dos mil metros, en la sierra de Guadarrama. El término río casi no le corresponde o parece venirle grande, sin embargo no es posible ignorarlo cuando se dibuja el territorio sobre el que se estampa la ciudad.
Sesenta y nueve kilómetros en los que el cauce desciende desde los dos mil doscientos cincuenta y ocho a los quinientos veintisiete metros sobre el nivel del mar. Una distancia en la que se suceden los más diversos acontecimientos. Arroyo de montaña, barranco estacional, canal construido, aliviadero urbano, humedal de vega: estos son algunos de sus rostros, todos concretos, todos distintos.
Una huella que fluye, en la que se diría caben todos los climas de Europa, desde los fríos nórdicos (en la sierra la nieve sobrevive hasta mayo) hasta los vientos cálidos como en los desiertos de Almería (en los campos de yeso, cerca ya de la desembocadura).
Recoge las corrientes de treinta arroyos y se acumula al Norte en los embalses de Santillana y El Pardo. En su cuenca alta afloran las masas de granito entre las que crecen densos pinares. Aguas abajo el paisaje se despoja de vegetación, las riberas quedan yermas hasta llegar al monte de El Pardo en el que se agolpan las tupidas frondas de encinas. Desde aquí los márgenes recobran la vegetación de ribera lineal y espesa. Luego la ciudad. Más tarde los campos yesíferos secos y pedregosos. Tras éstos una cuenca fértil que riega huertas y plantaciones. Al fin, su encuentro con el río Jarama.
Como la del Manzanares, que traza una línea firme de Norte a Sur, otras dos cuencas roturan la geografía en la misma dirección: la del Guadarrama al Oeste y la del Jarama al Este. Las tres son recogidas por el Tajo en su carrera hasta el Atlántico. Tres grietas que descienden desde las montañas, hendidas en la tierra, que dibujan trazas profundas sobre las que el hombre podrá apoyarse. El territorio es pues, por si mismo, la figura que se construye o se cartografía, no es un fondo sobre el que se recortan las siluetas artificiales.

"La ciudad es otro evento más en la cuenca del río. En su origen nunca estuvo atravesada por él sino, más bien, le dio la espalda o se defendió de sus aguas, a veces inexistentes, a veces devastadoras"

En la cuenca se apoya el andar del hombre y de las bestias. La cuenca es un corredor. En estas latitudes no siempre fluye el agua. Sí mana en el deshielo, o con lluvias torrenciales. En época seca, las cuencas del Sur están habitadas. Se convierten en vías, en lo alto de sus márgenes es más fácil salvar los obstáculos. Los pequeños arroyos transversales al río, también conforman corredores de paso que colonizan el territorio. En el Manzanares se apoyan las cañadas y antiguos caminos que encontraron en el río una garantía de continuidad. La Cañada Real Segoviana, la Cañada Real Galiana, los Cordeles o Veredas de Carne, la Senda Real, constituyen un orden que se superpone al mapa natural cincelado con el paso del tiempo y del agua. El río se enriquece con las pisadas de un millar de especies vivas, que descubren los modos más apropiados de salvar accidentes y barreras. Con las cañadas llegan los descansaderos y los puentes. Con las sendas, los miliarios y las ermitas. La red que recorre el territorio se tupe, se completa y se equilibra.

Cuando Madrid negó al Manzanares
La ciudad es otro evento más en la cuenca del río. En su origen nunca estuvo atravesada por él sino, más bien, le dio la espalda o se defendió de sus aguas, a veces inexistentes, a veces devastadoras. No se construyeron muchos puentes para vadear el Manzanares. Solo los imprescindibles para alcanzar los caminos de salida hacia Talavera, Toledo, Mérida o Despeñaperros. Los puentes eran a menudo destruidos (nunca fueron ideados para saltar sobre un río potente y caudaloso) por la acción de las aguas, tan variable como inconstante. Se modificaron y reforzaron, se elevaron para evitar ser de nuevo sumergidos de forma súbita. De modo bien distinto se trataron los arroyos transversales al río en los últimos siglos. El arroyo Castellana desde el Norte y el arroyo Abroñigal desde el Este pasaron a ser encauzados bajo las vías de circulación, avenidas o carreteras.
La ciudad desbordó sus fronteras al otro lado del río. Alcanzó las aldeas cercanas y las absorbió en sus límites, pasando de puntillas sobre el Manzanares, segregando una franja de nadie, insalubre y húmeda. El curso fluvial se canalizó para evitar su incontinencia y se represó sucesivamente desde el Norte hasta su salida de la ciudad por el Sur. Las estrechas cintas de terreno libres en los márgenes fueron entonces ocupadas por los carriles de una vía rápida de comunicación, la famosa M-30. Los automóviles ocultaron el río a su paso por la ciudad a partir de la década de los setenta. El Manzanares no era entonces sino un punto negro donde convergían las espaldas de las dos mitades de Madrid y su utilidad mayor, la de recoger las aguas sucias sobrantes de las depuradoras y del sistema de alcantarillado, sobre todo en los días de tormenta.
La ciudad se comunicaba con las provincias circundantes y también con las más lejanas mediante un sistema de carreteras radiales numeradas de la uno a la seis que, ordenadas en sentido de las agujas del reloj, salían o entraban hasta o desde la periferia peninsular. Este sistema radial, apoyado en los elementos geográficos de comunicación más antiguos, (pasos y puertos de montaña, sendas agropecuarias, cauces naturales, ...) fue completado en el último cuarto del siglo XX con una serie de anillos concéntricos M-30, M-40, M-45 y M-50, que, ajenos por completo al soporte territorial y construidos mediante técnicas eficaces con capacidad de superar el medio físico, simplificaron los recorridos evitando el centro urbano.

"La ciudad se comunicaba con las provincias mediante un sistema de carreteras radiales numeradas de la uno a la seis que, ordenadas en sentido de las agujas del reloj, salían o entraban hasta o desde la periferia peninsular"

Surgieron así las infraestructuras que, de un modo rotundo e inapelable, produjeron un doble efecto en los habitantes de la ciudad: Primero, borraron de su memoria la idea de que, a través de los propios medios, (el cuerpo) o de los medios tradicionales usados habitualmente hasta el primer tercio del siglo XX (la tracción animal) era posible un desplazamiento natural que dejara atrás el entorno construido y permitiera alcanzar de modo directo el medio natural, o llegar desde él. Segundo: la distancia entre el adentro y el afuera se hizo físicamente insalvable, mentalmente inconcebible sin acudir a medios ajenos a la naturaleza y a la condición motriz biológica y primaria de cualquier ser vivo.
Con la pérdida de la capacidad autónoma de desplazarse fuera del contexto urbano los habitantes de Madrid han perdido también las referencias más profundas que estructuran el espacio de la ciudad entendido como suma de estratos geológicos, históricos y económicos. Ha quedado casi borrada de las conciencias la idea de la urbe como campo ordenado por una encrucijada de trazas que proceden de accidentes naturales, caminos forjados con las huellas que se suceden en el tiempo, lugares míticos que se apoyan en tradiciones culturales o en conquistas sociales. La orientación de los ciudadanos se cifra  desde entonces en función de los minutos que se permanece en el automóvil, el número de estaciones de metro que se han de recorrer, la distancia a la terminal del aeropuerto o las horas de vuelo hasta el punto de destino u origen.

Enterrando y desvelando
Nuestra reflexión no queda reducida a constatar una realidad propia de la cultura contemporánea, limitada y dependiente de tecnologías duras y contaminantes. La decisión política (municipal) de basarse en éstas para hacer desaparecer, mejor dicho, enterrar o semienterrar las dos vías rápidas que comprimían ambas márgenes del río a su paso por el centro de la ciudad, ha permitido reformular la importancia del Manzanares como consistente vertebrador de una mancha de aceite aparentemente informe e inabarcable.
Durante poco más de tres años, tuneladoras, pilotadoras y miles de trabajadores han estado al servicio de una obra faraónica: hacer desaparecer los automóviles de las márgenes del río. La huella de la autopista, hoy ya convertida en túnel, tiene una superficie de cincuenta hectáreas. Su zona inmediata de influencia poco más de ciento veinte. La inversión realizada sería suficiente para construir una autovía de mil kilómetros. Como una paradoja se ofrecen ahora a la ciudad, cual  tesoro único, los suelos que, por su condición residual junto al río insalubre, fueron invadidos por el asfalto. La M-30, símbolo máximo de agresión a los paseantes, ha preservado durante décadas este área de la amenaza de ser invadida por construcciones densas que hubieran hecho irreversible su regeneración.

Es oportuno preguntarse si el dinero invertido justifica la recuperación de cincuenta hectáreas de espacios públicos en las riberas del Manzanares (con este monto se hubieran podido urbanizar quinientas en la periferia para convertirlas en parques). Es evidente que la energía, recursos y esfuerzos empleados son prohibitivos si lo que se obtiene a cambio es una zona verde del tamaño de El Retiro. Sin embargo no es esto lo único que ha descubierto la gran obra de infraestructura subterránea.

"Durante poco más de tres años, tuneladoras, pilotadoras y miles de trabajadores han estado al servicio de una obra faraónica: hacer desaparecer los automóviles de las márgenes del río"

La recuperación o el renacimiento del cauce significa mucho más para la ciudad de Madrid. Apunta la posibilidad real de desvelar otra vez las estructuras profundas, sustentadas en la geografía, que sin ninguna duda, pueden volver a hacerse visibles concatenando un sistema de espacios de los que apropiarse colectivamente. Al Norte enlazando eslabones verdes desde la Castellana hasta la Dehesa de la Villa, en el centro recuperando el arroyo Meaques y los corredores peatonales del Madrid Ilustrado como el tridente de la Puerta de Toledo, al Sur  tratando el entorno del arroyo de La Gavia como una nueva Casa de Campo.
Madrid apretaba con sus manos el fino cuello del Manzanares, lo estrangulaba. Ayudada de los cinturones viarios era el tapón que interrumpía el curso del cauce, creando un paréntesis paralizador a medio camino de su recorrido hacia el Tajo. Nuestra declaración preconiza la cualidad del río que se nos aparece ahora como la nueva puerta desde lo consolidado e interior hacia lo abierto y exterior. La promesa de la sierra al Norte, una imagen lejana siempre presente en las retinas de los madrileños o el secreto de los desconocidos páramos al Sur, pueden ser ahora alcanzables y accesibles. Esta es la realidad que queremos anunciar.
Hemos escrutado la naturaleza del cauce a su paso por la ciudad. Sus márgenes son extremadamente diferentes. En la derecha los edificios se agolpan hasta la ribera, dejando una estrecha franja, un corredor estricto que desde el Sur alcanza la Casa de Campo. Este borde es áspero, seco, rígido y lineal. En la izquierda, por el contrario, la ciudad histórica se separa del río, estableciendo una cadena de espacios en ladera más frescos que, con suavidad, trepan hasta la base de las edificaciones. Esta sucesión recorre lugares de profundo significado patrimonial, como los jardines de la ermita de la Virgen del Puerto, el Campo del Moro, las dehesas de la Arganzuela hoy convertidas en parque o el antiguo recinto de los mataderos municipales. El río que, ya por sus nueve presas, ya por las sólidas paredes de su cauce, ha dejado para siempre de sorprender con sus crecidas inesperadas, se ha convertido en un canal domeñado y doméstico.

"Un paseante podrá por primera vez en la historia, recorrer en poco más de una hora, sin que ningún obstáculo se lo impida, el surco que el Manzanares roturó en la ciudad"

Después de los túneles. El Salón de Pinos
En la lucha de la Naturaleza contra las infraestructuras debiera siempre vencer la Naturaleza. Mejor sería que no se desencadenase la lucha, que Naturaleza e infraestructuras fuesen escalones complementarios de un mismo cosmos. En la margen derecha del río, la presionada por los nuevos barrios, la rígida y áspera, experimentamos hoy una topografía nueva, llamativa. Los túneles que han venido a sustituir la antigua autopista, no están exactamente enterrados. Sus lomos asoman de vez en cuando, como el torso de un saurio marino que acompaña al canal en su longitud. Se hace así, visible ante nosotros, un corredor artificial de geometría veloz, en el que descubrimos la capacidad de enlazar, a todo lo largo, los tejidos de la ciudad.
El río, que no es solo el hilo de agua contenido, sino toda la franja subvertida que lo flanquea, traza el camino que los cinturones transversales de asfalto han velado en los últimos tiempos. Abre las puertas de la ciudad-tapón. Invita a salir y entrar. Se agacha o estrecha para sortear y superar viaductos, estructuras y puentes. Es el camino a través del que permitir que la vegetación enlace la ciudad con su medio más próximo. La forma por la que recuperar la conciencia de escape, de infinitud.
En esta ribera derecha planteamos, como gran operación de continuidad dentro de la ciudad, pero con ambición de traspasar sus límites y saltar algún día hacia el territorio, una nueva estructura vegetal que ya ha sido bautizada como “Salón de Pinos” y que va a recorrer más de seis kilómetros junto al río. Enlaza como el hilo de un collar, distintos acontecimientos colectivos. Levantaremos la más artificial de las construcciones, apoyada en una losa de hormigón (la cubierta de un túnel) con materiales vivos: árboles que han de crecer y convertirse en un sorprendente tapiz verde y denso que se eleva sobre nuestras cabezas. Una estructura vegetal, nacida de la noche a la mañana, de especies seleccionadas para resistir el ambiente urbano, capaces de crecer hasta convertirse en un bosque lineal, una columnata azarosa de troncos y copas entre las que encontrarse y pasear, pero también bajo la que hacer deporte, pedalear, descansar, comer, asomarse al río... Un paseante podrá por primera vez en la historia, recorrer en poco más de una hora, sin que ningún obstáculo se lo impida, el surco que el Manzanares roturó en la ciudad. Iniciará su camino en el puente de los Franceses, al Norte, atravesará los ojos del Puente de Segovia y tocará sus sillares (los más antiguos de la ciudad), alcanzará poco después el barroco puente de Toledo pasando bajo sus imponentes arcos, tras él, alcanzará el Puente de Praga y al fin, perderá sus pasos más allá del Nudo Sur. Para materializar este sueño, llevamos buscando más de dos años plantaciones en las montañas de Cataluña, Valencia, Cuenca, Madrid, Toledo... Las plantas, sacadas de su foresta originaria (el destino de estos ejemplares en otras circunstancias, hubiera sido convertirse en tablones) se trasladan a un vivero, en el que durante un año son cuidadas y preparadas para el gran viaje. Construiremos pues, una avenida arbolada, formada, no por los árboles “disciplinados” que un jardinero quisiera plantar, sino salvajes y montaraces. Pasear entre su frondosidad será una experiencia extraña. Estamos en la ciudad, los edificios nos flanquean, próximos. Al otro lado el río nos acompaña, constante. Y nuestro deambular se produce entre fustes sinuosos, quebrados, danzantes y silvestres. Madrid no se lo espera.

Un viaje a Portugal
La Avenida de Portugal era uno de los pocos caminos de salida de la ciudad que desde el centro, a través de la Calle de Segovia, atravesaba el río Manzanares. Su construcción tardía supuso una significativa merma del borde Sur de la Casa de Campo que quedó comprimido por una vía de seis carriles de circulación rodada, ruidosa, agobiante. El barrio de Puerta del Ángel, a menos de 50 metros del parque, se veía separado de él por una muralla mortal e infranqueable. La construcción de un túnel de casi dos kilómetros ha borrado del mapa los cincuenta mil vehículos que, todos los días, entraban o salían de la ciudad por esta vía.
Cuando comenzamos a pensar qué hacer sobre un espacio con la proporción de una larga avenida, pero libre de automóviles, miramos hacia el Oeste. Este nuevo bulevar nos conduce al Atlántico y como un camino hacia Portugal, podría ofrecernos imágenes intensas del viajero que atraviesa uno y otro paraje, conservándolas en la retina para siempre. La nueva Avenida de Portugal, finalizada ya en su primera fase, se presenta como una alegoría sucesiva que, como el agua del Manzanares, vincula  Madrid con Lisboa. El pavimento del bulevar está ejecutado al modo portugués, con pequeñas piezas de piedra que dibujan las siluetas de la flor del cerezo, el mítico árbol del Valle del Jerte a Medio a Camino de la singladura hacia el océano. Y este valle también está presente a lo largo de todo el paseo, formado por una suma de bosquetes que se elevan del suelo formando islas de bordes mórbidos, que recuerdan al corcho de los alcornocales de la frontera. Los cerezos seleccionados, por ser de cuatro especies distintas, prolongarán su floración ofreciendo un espectáculo inédito a la ciudad. Al mismo tiempo el bulevar se ha convertido en un gran filtro de entrada en la casa de campo, devolviendo a los barrios su derecho a invadirla. La pacífica conquista ya está en marcha.

El salto de Felipe. La casa de Campo a pie
Cuando en 1562 Felipe II compró la casa de Campo a Don Fadrique de Vargas, esta propiedad forestal quedó virtualmente vinculada con el Alcázar de Madrid, como magnífica reserva de caza al exclusivo servicio del Rey. El Monarca frecuentaba a menudo este paraje, al que llegaba a caballo en cinco minutos desde sus aposentos, atravesando el río para adentrarse en él. El salto sobre el Manzanares era fugaz, casi con los ojos cerrados, ya que las tierras que bañaban sus aguas eran insalubres y en sus orillas se reunían las lavanderas del arrabal o se resguardaban los menesterosos. Felipe vadeaba el lugar negándose a sí mismo la presencia del cauce. A pesar de su proximidad, la antigua ciudadela y el parque de caza se encontraban muy lejos, separados por esa banda insegura y movediza, de aguas cambiantes.
Esta situación se perpetuó durante siglos, hasta que, en 1811, bajo el reinado de José Bonaparte se construyó un pasadizo que comunicaba directamente el río con los jardines del Palacio Real (Campo del Moro) y sobre un pontón de madera, enlazaba el gran parque. Este pontón fue sustituido poco más tarde por un puente de piedra que se llamó Puente del Rey, en honor a Fernando VII su comitente. Así quedaron encadenadas dos propiedades reales con un paréntesis fluvial que las separaba y que era ya inaccesible para los ciudadanos de la villa. La Casa de Campo pasó a ser patrimonio del pueblo español en 1931 y el puente del Rey su punto de unión con la ciudad. Poco duró este vínculo, cuando la construcción de la M-30 aprovechó la infraestructura para apoyar uno de los principales nudos de alta velocidad al servicio del automóvil. De este modo quedaba clausurada toda posibilidad de alcanzar el parque a pie. La Casa de Campo se cerraba al caminante y al ciclista. ¿Para siempre?
Una vez que contamos otra vez con un puente limpio, al haberse soterrado el nudo de la autopista, nuestra intervención pretende instaurar a modo de manifiesto, una nueva forma de relación entre los ciudadanos y el antiguo coto real. A través de la rehabilitación del túnel, del puente y de la subida hasta la Puerta de San Vicente, el centro histórico, ingresará milagrosamente en la Casa de Campo a través de la huerta de la partida, intervención ya finalizada en 2007 bajo nuestra dirección y construida con doce diferentes especies de frutales -del granado a la morera, dispuestos sobre una trama regular que remeda una sagrada sala hipóstila. Hemos proyectado una sucesión de espacios que escalonadamente transitan de lo lleno a lo vacío, del tejido consolidado al parque abierto y que constituyen un novísimo eje que llegará a unir la gran vía con el lago de la Casa de Campo y que un niño podrá recorrer sin peligro. Mejor que el rey.

"La nueva Avenida de Portugal, finalizada ya en su primera fase, se presenta como una alegoría sucesiva que, como el agua del Manzanares, vincula  Madrid con Lisboa"

Arganzuela. El agua vuelve a la dehesa
El parque de la Arganzuela ha sido un área de barrio muy populosa (sobre todo los días de fiesta), plena de vecinos que se esparcían dentro de sus límites, ocupando las instalaciones de ocio. (pistas de deporte, juegos de niños, zonas de petanca, avenidas de sombra...). El espacio verde se cerraba en sí mismo y permanentemente se contagiaba del ruidoso paso de los vehículos por la autopista de cuatro carriles que lo bordeaba en su límite Oeste. El parque se construyó en la década de los años sesenta, después de que el Manzanares se canalizara para garantizar su estabilidad. Arganzuela había sido una dehesa, en la que hasta después de la guerra civil, pastaba el ganado que era sacrificado en los mataderos próximos. Ahora está devastado por las obras de los túneles.
Hemos proyectado un nuevo entorno que amplia su gran superficie integrando las instalaciones de los mataderos al Sur y el monumental Puente de Toledo al Norte. Tanto los Mataderos, valiosísima instalación postindustrial que se dedicará a la creación artística, como el puente, ejemplo del arte churrigueresco, formarán parte de la nueva estructura verde, que pasará a tener una dimensión urbana y será una nueva referencia que visitar y experimentar. Emplearemos, como no, elementos vegetales para dar forma al nuevo espacio, pero será el agua la materia fundamental que moldeará y esculpirá cada lugar. En el parque se creará un cauce paralelo al Manzanares, memoria rescatada de la cuenca de un río mediterráneo, un río que no siempre es una banda que fluye, sino que a veces se retira, dejando rastros, canales remansados, surcos de piedras y plantas de ribera, sendas secas, trazas o hilos de agua que remiten o se evaporan. Con el agua, o con su ausencia o su huella, se han planteado trazas que se encuentran y se cruzan, que componen recintos, que limitan las nuevas actividades que se ofrecen a la ciudad.

La promesa del río
Las intervenciones antes descritas son las cuatro primeras de una serie de trabajos que confían en el Manzanares como accidente aparentemente insignificante pero cargado de potencia transformadora. Nuestro trabajo se extenderá mas allá de los bordes del cauce para invadir el tejido urbano que, como no puede ser de otro modo, habrá de mutar y abrirse, se enriquecerá progresivamente.
Estamos convencidos de que el río volverá a asumir su valor como eje de penetración sobre un territorio cambiante. Que su paso por la serie de retazos distintos -rocas, páramos, dehesas, ciudad, vergeles, desiertos-, potenciará cada uno de ellos según su naturaleza, pero también establecerá vínculos indelebles, recuperando los arcaicos e inventando los futuros. El río en Madrid habrá de adquirir nuevas capacidades introduciendo hasta el centro mismo una naturaleza tan cercana, que hasta ahora nos ha sido negada. Con su activación se activa la historia de la ciudad, empujando su centro hacia una nueva dimensión que en pocas décadas hará irreconocibles los suelos influidos por él. Confiamos en que esta nueva situación que anticipamos, cambie sobre todo las condiciones de vida de quienes más lo necesitan.