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ENSXXI Nº 20
JULIO - AGOSTO 2008

JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Notario honorario

LOS LIBROS

No sé si le pasa a todo el mundo pero cuando leo un programa de mano o una reseña escrita de un concierto o de una ópera, salvo en este caso la sinopsis de los libretos que por cierto suelen ser bastante simples,  te encuentras con una jerga enrevesada difícilmente inteligible por los mortales que parece escrita para epatar a otros críticos y que poca ayuda te presta  para introducirte en el universo de sentimientos y emociones al que compositor y director, en maridaje más o menos afortunado, te quieren conducir.
Cierto es que la música, como forma de expresión propia, única,  incluso la más penetrante,  no puede ser explicada ni traducida a palabras. La música es una forma de conocimiento sensorial que carece de texto porque si es buena lo supera siempre y que no se atiene a guiones porque vuela a más altura en busca de una sublimación estética que difícilmente alcanzan las demás formas de expresión. Por eso son de agradecer todos los esfuerzos de estetas, sociólogos y profesores para poner a nuestro alcance claves que nos permitan degustar con mayor intensidad la riqueza sensitiva que los músicos nos proponen.
No hace mucho Galaxia Gutenberg editó un libro de Eugenio Trías, “El canto de las sirenas” en el que se nos presenta con profundidad y acierto una interpretación filosófica de la música como forma de gnosis sensorial, como “un conocimiento sensible y emotivo que puede poseer efectos determinantes en nuestro carácter y destino”. Este catedrático de filosofía de la  Universidad Pompeu Fabra nos brinda en esa obra brillante e ilustrada una serie de estudios coordinados e incluso trabados por una coherente línea narrativa en los que desgrana, en clave filosófica, una ascesis de aproximación al cosmos musical de los 23 mayores genios occidentales de la música desde Monteverdi a Xenakis.   Entre todos conforman una serie de ensayos  que, auque dotados de cierta autonomía funcional que permite concretar la lectura al capitulo del autor preferido,  todos ellos mantienen como lazo de unión claves constantes que dan unidad narrativa a la obra. Es un libro excelente, ya en su día comentado, que ha tenido una magnífica acogida entre los lectores, especialmente los cultos y eruditos, pues para comprender y disfrutar de su contenido es necesario tener a punto y bien engrasadas muchas teclas culturales y filosóficas que nos permitan descubrir las claves del profundo “pensar la música” del autor.

"Alan Bennett, se plantea en una corta narración, “Una lectora nada común” (Anagrama, 2008),  qué pasaría si la reina Isabel de Inglaterra se aficionara a la lectura y terminara siendo una lectora compulsiva"

Lo que constituye una simpática novedad es la aparición de una  de obra de aparente formato infantil que,  a base de ribetes de humor y anécdotas pintorescas, intenta descubrirnos los secretos de los  más grandes genios de la música, los preferidos del autor de esa obra singular. Tiene un titulo jocoso que ya denota su talante, “Por qué Beethoven tiró el estofado” (Musicalia Scherzo 2008). En ella   Steven Isserlis,  que así se llama el autor,  “chelista” de talento,  anglosajón de origen ruso,  mediante un lenguaje primario y sin pretensiones cultistas, nos  propone en un texto ligero con ilustraciones frescas y sugerentes, una fácil aproximación a las figuras de Bach, Mozart, Beethoven, Schuman, Brahms y Stravinsky, sus músicos preferidos. No es una obra técnica ni histórica ni de investigación ni falta que hace. Es una introducción para profanos y cuasi-profanos que se lee sin esfuerzo ni concentración pero que puede despertar la inquietud de los que sientan curiosidad y puede lograr adeptos que abordarán luego otras obras de mayor enjundia, como la de Eugenio Trías antes citada.
Aunque el lenguaje y las historias que cuenta parecen fruto de una festiva despreocupación, el análisis aparentemente ingenuo de las obras y del estilo musical de sus héroes, dejan al lector un poco razonado de mayor enjundia de la que parece, que abrirá horizontes a los neófitos, pero también descubrirá matices que desconocían a los  iniciados. También aprenderemos todos a amar a los protagonistas, los genios musicales, a los que el autor presenta en sus facetas mas humanas, a veces amables a veces airados, pero siempre cercanos, como si protagonizaran guiones infantiles salpicados de un leve humor. Pero sobre todo alejados de cualquier jerigonza impertinente.
Y continuando con el  humor no me resisto a relacionar una obra sagaz,  ingeniosa y al mismo tiempo “maliciosa” que ha causado furor en el Reino Unido y de la que en dos meses se han vendido dos ediciones en España. En ella Alan Bennett, hombre inquieto y de imaginación desbordada que ha brillado en el mundo del teatro, el cine, la televisión y la novela, se plantea en una corta narración,  “Una lectora nada común” (Anagrama, 2008),  qué pasaría si la reina Isabel de Inglaterra se aficionara a la lectura y terminara siendo una lectora compulsiva.  Naturalmente hay una apariencia anecdótica en clave de humor; un vehículo de una biblioteca pública que para en la puerta de servicio de palacio, un cliente asiduo de esa biblioteca que resulta ser un pinche de la cocina real que al cabo de unas cuantas  sugerencias  a la reina se convierte en asesor áulico de lecturas, y siguiendo  una serie de anécdotas derivadas del cambio radical  que esta insólita actividad produce en palacio y en las  costumbres de la reina.

"No hace mucho Galaxia Gutenberg editó un libro de Eugenio Trías, “El canto de las sirenas” en el que se nos presenta con profundidad y acierto una interpretación filosófica de la música como forma de gnosis sensorial"

Pero en el trasfondo hay mucho más. Hay, fácil es colegirlo,  una critica velada a la incultura que se traspira en las cúpulas políticas y que trasciende al modo de gobernar. Bennett fuerza la fábula: la coincidencia de que el único  lector de palacio sea un sirviente que al final recomienda libros de autores homosexuales, la consecuencia de que el asesor palaciego de lecturas termina convirtiéndose en confidente de la reina, la casualidad de que algunos de los libros que busca una reina ya convulsa de lecturas solo se encuentren en la por ella ignorada  biblioteca de palacio, la detonación controlada de un libro por los guardaespaldas reales… Son gags explosivos aunque suavizados por el leve humor que trasciende la narración. Al final, como era de esperar,  triunfa el mensaje  de la importancia del libro y de la cultura frente a la hipocresía, la estupidez, la petulancia y la frivolidad. Merece la pena leerlo.
El gran Constantino
Sobre Constantino I el Grande, Caius, Flavius, Valerius,  Constantinus, el ultimo gran emperador ecuménico romano, hijo de Constancio Cloro y de una moza de taberna llamada Elena que llego a ser augusta y la Iglesia declaró santa, mucho se ha escrito, pero no hay entre los historiadores una interpretación  pacifica de su política en relación con el hecho mas relevante de su reinado, la introducción del cristianismo en el imperio de Roma. Hechos, datos y tradiciones se neutralizan, y a los biógrafos les resulta difícil conciliar sus deducciones. La tradicional  conversión  repentina al cristianismo, con mensaje divino incluido choca con las costumbres bárbaras que mantuvo, pues llegó a asesinar a su propio hijo y a segunda esposa.  Tampoco la tesis contraria que le tilda de simple oportunista  encaja bien con el tipo de política realista que un cesar debía desarrollar para sobrevivir entre las diversas tribulaciones que azotaban aquel imperio tambaleante. Parece que van predominando las tesis eclécticas. Emperador astuto, sagaz y ambicioso, probablemente proclive a alguna religión solar monoteísta de contenido  difuso, encontró en la propagación universal del cristianismo, especialmente en Oriente, un caldo de cultivo propicio para, manteniéndose cubierto por el hálito de la divinidad de su parte  y tras refundar Constantinopla en Oriente y contener a francos y alemanes en el Rhin y a godos y sármatas en el Danubio, límites aceptados del imperio y refundar Constantinopla en Oriente, reforzar con un hálito religioso la unidad interna de esta la última reunificación del imperio que él mismo desmanteló a su muerte repartiéndolo entre sus cinco herederos.

"La música es una forma de conocimiento sensorial que carece de texto porque si es buena lo supera siempre y que no se atiene a guiones porque vuela a más altura en busca de una sublimación estética que difícilmente alcanzan las demás formas de expresión"

Bárbara Pastor Artigues, doctora en filología clásica y autora de múltiples publicaciones sobre el mundo clásico, nos ofrece en una edición muy cuidada de Oberon, con un título sugerente como el que más, “Constantino, La invención del Cristianismo”  una nueva biografía del último emperador cesar augusto de Roma que aúna rigor histórico con maestría narrativa, añadiendo con indudable originalidad cierta dosis de picardía y mordacidad sobre algunos hechos cuya interpretación deja al criterio libre del lector. Particularmente sagaz y nunca oído es su análisis de la posición que en la estructura del Imperio y de la Corte romana conversa-- más que conversa tolerante  pues el Edicto de Milán del año  313 como el posterior de Nantes fueron edictos de libertad-- se asigna a obispos y mujeres. Y original y sugerente, pues a la etología apenas han dedicado atención los historiadores hasta ahora, es su descripción de las costumbres de los hombres y mujeres de la Roma de antes y de después de la aparición del cristianismo.