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ENSXXI Nº 20

JUAN CRUZ
Periodista

Esta es una noticia. La escritora Hortensia Campanella, directora del Centro Cultural de España en Montevideo, le entregó el 9 de mayo a mediodía a Mario Benedetti la crónica completa de la vida del escritor, que ahora va a cumplir 88 años. Fue en su casa de 18 de Julio con Zelmar Michelini, y el poeta y novelista recibió el manuscrito, en el que la autora uruguaya lleva trabajando años, con gratitud e ironía. “¿Y quién será este?”, dijo, al tiempo que pasaba las hojas del libro que contiene mucho de lo que hizo en una vida que sigue. El libro se titulará, cuando se publique, Mario Benedetti. Un mito discretísimo. Procede de un verso del mismo poeta.
Nosotros estábamos allí. Nos abrió Ariel Silva, el ayudante literario, profundamente humano, singular de Mario Benedetti; Mario nos había invitado a almorzar, e iban a traer las viandas del restaurante San Rafael, que está a la vuelta, y que el maestro usa siempre como su lugar de comidas, pero esta vez ha querido que comamos en casa.
Allí nos llevó Hortensia Campanella, con su libro. Lo llevaba en el coche, en su regazo, recién hecho; lo aceleró en las últimas semanas: lo llevaba haciendo mucho tiempo, habló “con todo Dios”, y allí, en el libro, hay una lista inmensa, desde Hermenegildo Sabat, el gran dibujante argentino, a Daniel Viglietti, el gran cantante uruguayo, al que por cierto Benedetti dedicó un libro que hace años publicó Júcar y que ahora regresa (en Seix Barral) remodelado.
Viglietti y Benedetti se cruzaron hace años en un aeropuerto; le dijo Daniel a Mario: “Estoy poniéndole música a tus versos”. Y Mario le dijo: “A lo mejor yo le puse letra a tu música”. Y se rieron juntos. Luego Mario lo pensó más y dijo: “Tenemos que hacer algo con esta casualidad”. Y de ese endecasílabo nació una serie de conciertos que les hicieron cabalgar juntos; la gira se llamó A dos voces, y el libro, que evoca la vida y la mirada que sobre Viglietti proyecta Benedetti, se llama Daniel Viglietti, Desalambrando.

"Volvió a su rostro esa melancolía risueña, esa ternura que es la que vive en su mirada y la que está en los versos de Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia. Le dije: ¿y cuándo eres más Hamlet?. 'Y Yo que sé'"

El libro que le llevaba Hortensia a Benedetti dejó el coche, subió al ascensor, y finalmente cayó en manos del poeta; es extraño, quizá ustedes no lo han visto nunca, y de hecho es la primera vez que este periodista asiste a semejante acontecimiento. Mario Orlando Hardy Brenno Benedetti Farrugia –todos esos nombres le dieron su padres, y él los recita riéndose, siempre, de la ocurrencia larguísima de la familia, y evocando cada nombre como si fuera una historia— estaba allí, sentado en su sillón, al lado de un cuaderno donde va anotando sus versos, sus relatos, sus haikús, y de pronto una mujer rubia, alta, sonriente, le hace entrega de un manuscrito en el que está toda su vida.
Anoté minuciosamente el momento, porque instantes así no sólo no los vive cualquiera sino que ni siquiera los vive un editor o un periodista, y en este caso lo estábamos viviendo. La casa estaba tranquila al mediodía; Ariel Silva respondía correos de admiradores (¡pero sobre todo de admiradoras!) que le preguntan a Mario cómo está (triste, cómo va a estar: murió su mujer, Luz, aquello fue una catástrofe, él mismo ha estado enfermo, ahora mejoró, pero esas cosas dejan heridas, cicatrices, cansancio, pero está bien, está mejor), ayudantes de la casa preparan todo para ese almuerzo que íbamos a tener, y eran las doce y ocho minutos de la tarde.
Habíamos quedado a las doce; Mario estudió en un colegio alemán, en alemán ha actuado hasta en el cine, en alemán ha escrito versos, y los alemanes le enseñaron que había que estar a tiempo, puntualmente; él siempre está a tiempo, hace lo posible por salir antes de la hora, y llegar cuando ha dicho que iba a estar. Así pasaba, por ejemplo, en la Feria del Libro de Madrid, a la que, porque desde hace años ha vuelto a vivir a Montevideo, no regresa ya. Percibí cierta nostalgia en el poeta de aquella rutina gloriosa: llegaba a la feria (a las doce en punto, precisamente), se ponía en la caseta, casi siempre de Visor, su editor querido de la poesía, e iba haciendo palotes; cada cinco palotes tachaba, y así sucesivamente; un día yo estaba a su lado y había contado los palotes: 210, el más vendido de la feria. Evocamos juntos ese momento, y le vi en sus ojos marrones, creo que son marrones, la nostalgia que Mario reserva para dentro y que luego está en su poesía y en sus libros. “Ah, pasan los años”.

"Estaba allí, sentado en su sillón, al lado de un cuaderno donde va anotando sus versos, sus relatos sus haikús, y de pronto una mujer rubia, alta, sonriente, le hace entrega de un manuscrito en el que está toda su vida"

Pues Hortensia iba con ese manuscrito; sabía que le iba a hacer ilusión tocarlo, entreverarlo un poco, y eso hizo Mario, ella se lo alargó, él lo recogió en su regazo y lo primero que hizo fue leer el título grande: Un mito discretísimo. Esbozó la sonrisa de coña que se gasta para decir lo contrario de lo que quiere expresar, y dijo: “¿Y este quién será?”.
Luego fue repasando las páginas, y contó algunos números de la paginación, hasta que llegó al 250, la página final de esta biografía. Entonces le dijo a Hortensia: “Cuidado que te he dado trabajo”. Le traía la vida en realidad. Él mismo ahora parece que la está reescribiendo, en sus versos, y ahora la verá, contada por otros, por muchísimos (“pero con qué cantidad de gente has hablado”), en este libro que recibía como un regalo y a la vez como la posibilidad de un espejo. Finalmente, Mario dejó sobre una mesilla el manuscrito, Hortensia vivió el momento con una emoción que reprodujo su silencio, y Mario abrió una botella de vino que le habíamos llevado como regalo, y brindamos por el libro y por la vida.
Pero también brindamos por el partido del domingo, el Nacional-Peñarol que a Mario Benedetti lo tiene a mal traer. El Peñarol está fuerte, pero no es su equipo (¡es el equipo de la biógrafa!), y el Nacional está como el Barça, y como el tango, fané y descangayao, y Mario es del Nacional hasta las últimas consecuencias. Una vez un editor despistado puso en la portada de un libro suyo una bandera del Peñarol, ¡era como insultarle en la cara! Ahora el Nacional está en horas muy bajas, “vete a saber lo que puede pasar”. Lo vive como una tragedia, o por lo menos como una melancolía, que es el grado de pesadumbre que más se acompasa con el carácter de los uruguayos.

"Mario estudió en un colegio alemán, en alemán ha actuado hasta en el cine, ha escrito versos, y los alemanes le enseñaron que había que estar a tiempo, puntualmente; él siempre está a tiempo"

Benedetti no para de escribir; la salud se le quebrantó y ahora se le adecentó otra vez, aunque queda ahí la oscuridad que le vino cuando murió su mujer, y aquella figura central de su vida y de sus sentimientos dejó la casa pero mantuvo ahí su presencia, como el alma que se juntó con Benedetti. Ahora ha salido en España, en Alfaguara, Vivir adrede, un conjunto de relatos breves en los que pone de manifiesto esa ironía con la que sigue mostrando la perplejidad y la rabia de los adolescentes que pregunan cualquier cosa en clase; el libro ya lo había publicado Seix Barral en Argentina; él está encantado con el ejemplar que le traigo, que indica que en casi nada ya se han venido en España dos ediciones; en la portada hay un pájaro que canta desde lo alto de una silla de jardín, ante un árbol que reproduce una luz indecisa, la luz de los árboles, y el poeta se queda mirando esa cubierta como si mereciera un relato más, “a lo mejor lo hago”.
Y escribe poesía. En julio saldrá Testigo de uno mismo, que publicará Visor, y tiene en una de esas carpetas azules con elástico que son tan propias de Mario 66 poemas (“y serán setenta, Mario quiere que sean setenta”, dice Ariel) de un libro que me parece que me dijo que se titulará Biografía para encontrarme.
Y nos sentamos a la mesa. Mario está recién afeitado, y muy bien afeitado. Le recordé una anécdota. Hace años, cuando vivió en Madrid su primera operación, yo mismo era el encargado de llevarle los periódicos al hospital, para que muy de mañana cumpliera su rito de leer la prensa al despertar. Esa vez le dije: “Mario, los hombres convalecientes se tienen que afeitar; te tienes que afeitar; así pareces más enfermo”. Al día siguiente volví a llevarle los periódicos, estaba muy bien afeitado, no le dije nada, y al cabo de media hora llamó mi atención y me dijo: “¿No viste que hoy me he afeitado?” Cuando terminé de recordarle la broma volvió a su rostro esa melancolía risueña, esa ternura que es la que vive en su mirada y la que está en los versos de Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia. Un mito discretísimo.
Por cierto, le dije: ¿y cuándo eres más Hamlet? “Y yo qué sé”.