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ENSXXI Nº 21
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2008

JUAN CRUZ
Periodista 


La primera vez que supe de Javier Marías fue en torno a 1970 y estábamos en el bar que había frente al diario Madrid, luego dinamitado. El bar se llamaba Dickens, y a él acudían, entonces y más tarde, los amigos de Juan Benet. Alguien citó a Javier, que era habitual, pero no había ido esa noche, estaba en París. Había ido a ver películas.
Eso es mentira. Yo no estaba en Dickens entonces, ni escuché hablar de Javier Marías en ese lugar en ese momento que además fue inexistente. Por entonces conocí, eso sí, a Juan Benet, que estaba con algunos amigos en ese sitio, pero ni estaba Marías ni yo sabía demasiado de lo que estaban hablando aquellas personas que rodeaban al maestro. Hablaban riendo, y de vez en cuando daban grandes voces, que en la distancia en la que yo estaba me resultaban sarcásticas pero inaudibles. En uno de esos instantes, Benet se levantó y dijo, a voz en grito:
--¡Pues yo no le abono!
Muchos años después, cuando ya conocí más de cerca a Juan Benet, cuando pude ser amigo suyo, le pedí que rememorara aquel momento, y me lo explicó. El camarero se había insolentado con un mendigo, y a él le pareció esa actitud cruel y desconsiderada, y por eso le gritó eso:
--¡Pues yo no le abono!
¿Y por qué, no estando allí Marías, me inventé la historia del principio, esa que afirma que Javier estaba en París viendo películas y que por esa razón estaba ausente de la famosa tertulia de Benet?
Es por una razón que tiene que ver con las novelas de Marías, con su estilo, y con mi manera de verlo, que comienza con un malentendido.

"Moderé un coloquio en el que él estaba, puse mal un micrófono y él alargó su brazo y lo puso en su sitio. Sentí ese gesto tan íntimo y tan oportuno, ayudar a alguien que en ese momento lo necesita y me dije: 'Un día tendré que escribir que este tipo que parece arisco, siempre se está fijando, y se fija siempre para hacer el bien'"

Hace muchos años leí en un artículo de Cuadernos para el Diálogo, revista extinta desde hace tantos años, que Javier Marías estaba pasando una temporada en París, viendo películas. El artículo lo firmaba Javier Marías, y por esa fijación que a la letra le da el tiempo se me quedó la impresión de que el escritor de Los dominios del lobo (yo creo que ya había publicado Los dominios del lobo) se pasaba la vida en París, viendo películas.
Cuando ya conocí a Javier Marías le referí este recuerdo, que él desmontó por completo. Y lo desmontó como él desmonta, en sus libros y en sus artículos, todas aquellas cosas aprendidas con alfileres con las que la gente hace artículos, opiniones o política. Me dijo (eso creo recordar, y probablemente esto es mentira, también) que jamás había escrito en Cuadernos, o que en todo caso jamás había escrito un artículo contando confidencias de sus por otra parte hipotéticos viajes a París a ver cine.
¿Y de dónde me lo había sacado yo? A veces uno sueña cosas que anticipan el conocimiento de las personas, o uno adivina cosas; de hecho, en la última trilogía de Javier Marías (que es una novela sola, de casi dos mil páginas) un personaje adivina el rostro que tendrá mañana la gente que conoce de primeras. Yo no conocía a Marías, y lo identificaba con un recorte que jamás tuve porque él jamás lo produjo.
Pero así es la vida, como la literatura, y sobre todo (en el ámbito de la construcción de la soledad que son los libros) en las novelas de Javier Marías, que es un adivino y un arquitecto, que construye constantemente para darse el placer de reconstruir. Y esa anécdota nunca ocurrida (Javier no escribió en Cuadernos, no estuvo en París para ver cine…, etcétera) sigue presente en mi memoria y surge cuando digo “Marías” o cuando le veo y le abrazo, y me voy sentando ante la mesa del restaurante donde hemos quedado.
¿Y por qué no me quito de la cabeza ese detalle insignificante que no tiene otro valor que el valor de un recuerdo equivocado? Imposible saberlo. Lo que sé ahora es que me he fabricado un artilugio mental para darle carta de naturaleza a la memoria de ese instante falso y es el que aparece en el frontispicio de este texto sobre el hombre, ya famoso, genial autor de Tu rostro mañana.

"El secreto de Marías ha sido el trabajo; conozco pocas voluntades más férreas, y mentes más voluntariosas; de su disciplina se contagia su conversación, y esa disciplina no le ha dejado (nunca) aceptar la frívola propuesta de una conversación menor o casual"

Me lo imagino escribiendo, claro, porque lo he visto escribiendo, físicamente, con su mano zurda, suavemente, con su pluma azul más bien oscuro, sobre las páginas rugosas de sus libros; le he visto escoger, luego, sus portadas; lo he visto ser escritor, editor, columnista, porque para cada una de esas facetas, que son suyas, y de pleno derecho, Javier Marías mantiene el rigor de la especialidad, y no es que sea un especialista sino que pone la actitud del que sabe, de aquel a quien nadie se la va a dar con queso: porque entiende la materia de la que está hablando, y porque nadie sabe más que él (lo mismo, acaso, pero más…) de aquello en lo que decide entrar…
Su carrera ha sido la de un meteoro; lo tuvo claro desde muy joven, y de hecho fue el joven Marías hasta hace poco, cuando, en su ingreso en la Academia, su ya colega (y personaje de ficción) Francisco Rico le dijo, entre carrasperas, que el joven Marías “ya no es joven, Marías”.
El secreto de Marías, me parece, ha sido el trabajo; conozco pocas voluntades más férreas, y mentes más voluntariosas; de su disciplina se contagia su conversación, y esa disciplina no le ha dejado (nunca) aceptar la frívola propuesta de una conversación menor o casual; y aunque esta lo sea, menor y casual, él le siempre le da, con las ganas de un intelectual de mano suave pero de mente implacable, la altura necesaria para que sea inquietante, una experiencia inolvidable para el interlocutor habitual o casual.
Esa disciplina es filosófica, y no sé si es porque Javier es hijo de Julián, el filósofo mayor de este país, el discípulo bien querido de Ortega. Es filosófica, dubitativa a veces, pero siempre limpia: no acepta, cuando no debe aceptar, y acepta siempre razonando. Es un radical de lo dicho y de lo escrito: ni en su voz ni en su pluma verás a Javier Marías aceptar nada que no sea adecuado para el marco de su entendimiento. Nunca te dará la razón por dártela. Eso lo sé desde hace muchos años: en lugar de aceptar como buena (o como regular) mi memoria de un texto que nunca escribió, desmontó pieza a pieza los supuestos de mi recuerdo y me dejó allí, con el papel mojado, buscando donde secar mi extraña insistencia en el descuido.

"Así es la vida, como la literatura, y sobre todo (en el ámbito de la construcción de la soledad que son los libros) en las novelas de Javier Marías, que es un adivino y un arquitecto, que construye constantemente para darse el placer de reconstruir"

Últimamente lo vi rodeado de gente que sabía mucho de él, unos especialistas; por la tarde de aquellas jornadas (en Santillana del Mar), se unió a otros apasionados futboleros y estuvimos viendo el Francia-Italia del campeonato europeo. Él iba por Italia, Mario Vargas Llosa iba por Francia. En un momento determinado se hizo un silencio en la sala, en la que no todos eran amigos íntimos ni siquiera cercanos de Marías, pero éste se vio en la obligación (como decía Cortázar que había que hacer con los silencios) de rellenar esa almohada vacía preguntándole a alguien que no me parecía de su inmediata predilección una pregunta que recuerdo:
--¿Y tú por quién vas?
Al día siguiente yo moderé un coloquio en el que él estaba (con Vargas Llosa, con Arturo Pérez-Reverte), y yo creo que puse mal un micrófono, y él, que estaba a mi lado, pero a cierta distancia, alargó su brazo y lo puso en su sitio, como si sintiera él en ese momento la necesidad de sentir que yo me sintiera culpable por desubicar aquel útil de trabajo. Yo sentí ese gesto, tan mínimo, pero tan íntimo y tan oportuno, ayudar a alguien que en ese momento lo necesita, como si fuera un silencioso abrazo.
Luego me quedé pensando en eso, y me dije: “Un día tendré que escribir que este tipo que parece arisco, o elusivo, o ajeno a la contingencia de los demás, siempre se está fijando, y se fija siempre para hacer el bien”.
Por eso he escrito hoy de él, para decir eso.