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ENSXXI Nº 29
ENERO - FEBRERO 2010

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

El Rey don Juan Carlos, queriendo dar testimonio de Su Real aprecio a don Javier Solana Madariaga y a don Víctor García de la Concha, y reconocer públicamente su dedicación al servicio de España, de la Corona y de Europa, en el primer caso, y a la unidad de la lengua, en el segundo; oído el Consejo de Ministros, ha venido en nombrarles Caballeros de la Insigne Orden del Toisón de Oro, según señalan dos Reales Decretos consecutivos, publicados en el Boletín Oficial del Estado del sábado 23 de enero con la firma de Su Majestad y el refrendo del Presidente del Gobierno. Salvo para los connaisseur, que darían cualquier cosa por ser elegidos Caballeros del Toisón, la memoria de su historia y significado está muy perdida entre nosotros. Se trata de una de las llamadas Órdenes capitulaes o de Collar y de Fe. Vale la pena intentar una aproximación por elemental que sea.
Antes, recordemos que la vida en sociedad requiere sacrificios de quienes la integran, pero aquellos que se adelantan a prestarlos esperan legítimamente que les sean reconocidos. No hacerlo así es destructivo porque induce al desentendimiento y a la disolución de la vida en comunidad. Sabemos bien que a partir del momento en que cada uno considera alcanzados los niveles profesionales, sociales o económicos de máxima excelencia, el único premio que se ambiciona, la única compensación que se quiere es la de los honores. Pero sucede con los honores como con las banderas que envuelven a los muertos en combate: que son siempre las de los países a los que se ha servido. Esa situación genera uno de los más graves déficit que lastran por ejemplo a la Unión Europea, incapaz hasta ahora de honrar con una condecoración prestigiosa a quienes hayan puesto su vida en el empeño de construirla y ni tan siquiera de formar una compañía de soldados para presentar armas cuando son recibidos en la sede de sus instituciones los dignatarios que las visitan.
Las distinciones honoríficas, las condecoraciones, las órdenes militares o civiles, se valoran según una escala que tiene muy en cuenta, entre otras variables, su antigüedad y su rareza. En suma, el prestigio de la escasez, al que se refería el presidente del Consejo, Joaquín Francisco Pacheco cuando acometió en 1847 una profunda reforma de las órdenes y condecoraciones españolas. Porque la consideraba un ejemplo de cómo se conserva la estimación de las condecoraciones que no se prodigan. Desde esa perspectiva, la Insigne Orden del Toisón es difícil de superar. Fue fundada el 10 de enero de 1430 por Philippe le Bon, duque de Borgoña, el día de su boda con Isabel de Portugal. Solo la Orden de la Jarretera –Honi soit qui mal y pense-, fundada en 1348 por Eduardo III de Inglaterra, es 82 años anterior. Para recibir el Toisón sólo han sido elegidos por los veintiún Jefes y Soberanos de la Insigne Orden, que se han sucedido a lo largo de los 580 años de su historia, un total de 1199 Caballeros.

"La Unión Europea es incapaz de honrar con una condecoración a quienes hayan puesto su vida en el empeño de construirla y ni tan siquiera de formar una compañía de soldados para presentar armas cuando son recibidos en la sede de sus instituciones los dignatarios que las visitan"

Su actual Jefe y Soberano, don Juan Carlos I, que lo es por su condición de duque de Borgoña, sólo ha nombrado 22 Caballeros en los 33 años transcurridos desde que sucedió el 14 de mayo de 1977 en esa dignidad a su padre don Juan de Borbón, Conde de Barcelona. En nuestros días el número de Caballeros de la Orden es de dieciocho. Dos de ellos perviven de los nombramientos de Don Juan Carlos de Borbón-Dos Sicilias, Infante de España y Duque de Calabria y Constantino II, de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glüksburg- y los otros dieciséis vienen de los elegidos por el Rey, a saber: Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias, Carlos XVI Gustavo, Rey de Suecia; Juan I, Gran Duque de Luxemburgo; Aki Hito, Emperador del Japón; Beatriz I, Reina de los Países Bajos; Margarita II, Reina de Dinamarca; Isabel II, Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte; Alberto II, Rey de los Belgas; Harald V, Rey de Noruega; Simeón II de Sajonia-Coburgo-Gotha; Bhumibol Adulyadej, Rey de Tailandia; Enrique I de Nassau-Weilburg, Gran Duque de Luxemburgo; Adolfo Suárez González, Duque de Suárez; Abdalá Bin Abdelaziz Al-Saud, Rey de Arabia Saudita y Guardián de los Santos Lugares; Javier Solana Madariaga y Víctor García de la Concha. Los collares de los otros seis Caballeros que restan para completar los 22 elegidos por el Rey debieron ser reintegrados por sus deudos a  la Insigne Orden, conforme a la norma que así lo exige. Se trata de Torcuato Fernández Miranda, Duque de Fernández Miranda; Nicolás Cotoner, Marqués de Mondéjar, José María Pemán; Olav V de Noruega; Al Hussein bin Talaf, Rey de Jordania, y Beltrán Osorio, Duque de Alburquerque.
Con 580 años por detrás, los avatares de la historia zarandearon a la Insigne Orden. La primera crisis se produjo enseguida a la muerte de Charles le Téméraire, hijo del fundador, Philippe le Bon, el cual pereció en 1477 a los 44 años de edad en la batalla de Nancy. Al extinguirse con él la rama masculina de los Valois de Borgoña este feudo retornó a la corona de Francia. La única hija del Temerario, María de Borgoña, si pudo heredar el resto de los dominios, que correspondía a los territorios actuales de Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo y Lille, y mantenerlos unidos, gracias a su matrimonio con el archiduque Maximiliano de Austria, que andando el tiempo sería rey y emperador electo del Sacro Imperio romano. A su hijo Felipe el Hermoso, correspondería heredar el título de duque de Borgoña y la jefatura y soberanía de la Insigne Orden.  
Aclaremos que este Felipe es el Felipe I, Rey de Castilla, del que trae causa nuestro Felipe II, el de El Escorial. Cómo es que siendo doña Juan la Reina, su consorte ocupaba plaza también de Rey, con su ordinal, primero, incluido, es cuestión que requeriría aclaraciones para las que deberíamos remontarnos a la Concordia de Villafáfila, convenida entre Fernando el Católico y su yerno Felipe de Borgoña. Nuestra perplejidad inicial deriva de que la monarquía como la propia etimología de la palabra señala es el gobierno de uno, nunca de dos o más. Y el caso es que aquí cada uno de los dos cónyuges tuvo simultáneamente al otro la condición de monarca del mismo reino de Castilla. Luego, Carlos de Gante, que como heredero de don Felipe el Hermoso recaerían en él los estados de Flandes y el ducado Borgoña inseparable de la dignidad de Jefe y Soberano de la Insigne Orden de que tomó posesión en Bruselas a 25 de octubre de 1516. Carlos sucedería también a su madre Juana en la corona de Castilla y a su abuelo Fernando en la de Aragón. Uniría así en su persona todos los reinos peninsulares y sería considerado eslabón principal de la dinastía de los Austrias españoles. Entre nosotros reinaría como Carlos I pero, además, sería coronado Emperador como Carlos V.  

"El origen de la Orden del Toisón de Oro permanece ligado a la leyenda troyana del vellocino de Oro y de su recuperación a cargo de Jasón y los argonautas"

Volviendo a la Insigne Orden, la segunda y más grave crisis le sobrevino a raíz de la Guerra de Sucesión tras la muerte sin descendencia de Carlos II, el último de los Austrias españoles. El caso es que, designado sucesor, el duque de Anjou accedió al trono con el nombre de Felipe V y desde 1701 pasó a ser Jefe y Soberano de la Insigne Orden. Pero el derrotado archiduque, que ceñiría la corona imperial como Carlos VI, pese al veredicto de las armas se consideró a partir de 1712 también titular del ducado de Borgoña y, por tanto, con la condición añadida de ser Jefe y Soberano del Toisón. El tratado de Utrech, que tantas disputas resolvió, no logró zanjar esta de manera definitiva. Así que desde entonces han convivido dos ramas del Toisón de Oro, la española y la austriaca, las cuales en paralelo, cada una por su cuenta, han procedido a elegir sus Caballeros.
El cisma ha llegado hasta nuestros días, cuando el archiduque de Austria Otto, decimosexto jefe y soberano de la casa de Habsburgo-Lorena desde 1922 se siguió considerando Jefe y Soberano del Toisón y que a fecha de 1961, en sus primeros 39 años llevaba elegidos 59 caballeros. Tras su renuncia en enero de 2007 le ha sucedido su hijo Carlos Habsburgo-Lorena, quien recibió el último Toisón de los que se tiene constancia entre los concedidos por su padre el mismo día de su bautismo en 1961. Desde entonces la rama austriaca ha mostrado escasa actividad aunque quiera seguir exhibiendo en su favor la ventaja de estar en posesión de los más antiguos archivos, insignias -entre ellas la Cruz del Juramento que se remonta al primer Soberano de la Orden- y demás piezas del Tesoro Profano, que fue trasladado a Viena en 1794, cuando las tropas francesas penetraron en los Países Bajos austriacos. Pero de la menor consideración que esos collares merecen puede dar idea el hecho de que entre los nombrados por el Rey Juan Carlos figuren dos, Juan I, Gran Duque de Luxemburgo, y Alberto II, Rey de los Belgas, que ya poseían el Collar austriaco.
Siempre en pugna por la legitimidad, los austracistas aducen en su favor que la rama Habsbúrgica se atiene hasta nuestros días a la observancia de los antiguos estatutos de 1431, mientras que en su opinión la Orden española se ha convertido a partir del siglo XIX en una simple condecoración de Estado, que para su atribución necesita el acuerdo del Consejo de Ministros. Frente a la Orden austriaca, que está ligada a la fe católica, la Orden española ha sido concedida a personalidades sin tener en cuenta su religión, a partir de Fernando VII. Fecha desde la que tampoco hay exigencia de linaje alguno como se hizo por las Cortes de Cádiz en relación con las restantes Órdenes. También el Rey Juan Carlos a partir de 1985 ha incluido por primera vez en la historia de la orden a mujeres, al imponer el Collar a las reinas Beatriz, Margarita e Isabel. El único antecedente femenino era el de la Reina Doña Isabel II de Borbón, quien a partir de 1883 había tenido el Collar como Jefa y Soberana de la Orden.
En cuanto al origen de la Orden del Toisón de Oro, recordemos que permanece ligado a la leyenda troyana del vellocino de Oro y de su recuperación a cargo de Jasón y los argonautas. Enseguida la Iglesia quiso reconducir su significado a la memoria de la victoria lograda por Gedeón contra los Madianitas, que refiere el libro de Los Jueces en la Biblia. El Toisón tiene el aroma de las órdenes medievales de caballería, vinculadas a la lucha contra el Islam en el Sur de Europa y a las Cruzadas que intentaban la recuperación para la Cristiandad de Jerusalén y los Santos Lugares. Por eso aparece rodeada del apoyo y los privilegios de los Papas. A ellos han acudido a lo largo de los siglos los Jefes y Soberanos de la Insigne Orden en solicitud de distintas bulas y autorizaciones.

"Que entre 1199 Caballeros elegidos apenas hayan llegado a sesenta los que salieron traidores representa una proporción mínima, es decir, que la historia del Toisón en cuanto a lealtad probada es una historia de éxito excepcional"

El Rey Felipe II acudió a la autoridad de la Santa Sede para obtener la potestad de elegir por si mismo los Caballeros sin necesidad de reunir el Capítulo de la Orden, después de que en 1559 celebrara en Gante el vigésimo tercer capítulo con asistencia de quince caballeros. Tras el acostumbrado examen de la conducta de los caballeros con apercibimientos a los condes de Meghem y de Mansfeld, se procedió a la elección de nueve caballeros: seis flamencos, dos italianos y un alemán. Allí, contra la voluntad explícita del Rey fue elegido Floris de Montmorency, señor de Montigny, de dudosa lealtad, el cual sería encarcelado en el Alcázar de Segovia en 1566 y ejecutado por traición en Simancas en 1570.
Los Caballeros proporcionaron ejemplos admirables en la guerra y en la paz, pero también de sus traiciones, a veces pagadas con sangre, podría escribirse un interesante resumen. Empezaron muy temprano porque ya en 1481 con ocasión del XIV Capítulo de la Orden celebrado en la ciudad de Bois-le-Duc (s’Hertogenbosch) bajo la presidencia del archiduque Maximiliano se procedió a expulsar por acreditada traición y felonía a los Caballeros Jean de Neufchâtel, Philippe Pot, Philippe de Crèvecoer y Jacques de Luxembourg. Más de ochenta años después, siendo Felipe II Soberano de la Orden, otros dos Caballeros del Toisón, los condes de Hornes y de Egmont, acusados de conspiración y ejecutados en la Grand Place de Bruselas el 5 de junio de 1568. Fue el duque de Alba quien hubo de hacer cumplir ese castigo. Recuerdo en conversación con Jesús Aguirre, que fue duque consorte de ese título, haberle señalado que en ese caso se le había ido la mano a su “antepasado”. No tuvimos más remedio, me dijo en su réplica, porque siendo ambos caballeros del Toison estaban ligados a su Soberano por un solemnísimo juramento de fidelidad ilimitada y las penas y castigos por quebrantarlo eran extremadamente duras. Que los sucesores en los títulos de Hornes y de Egmont fueran elegidos caballeros.

"En la línea de renuncias sorprende que algunos Caballeros se sintieran obligados a presentarla al tomar estado eclesiástico mientras que otros dignatarios de la Iglesia aceptaron sin reparos su elección para esa misma Orden"

El primero de los Borbones Felipe V, el 29 de octubre de 1704 expulsó de la Insigne Orden a 37 Caballeros de los elegidos por el Rey Carlos II acusados de traición al haber tomado partido por el archiduque Carlos, quien le disputaba la sucesión a la Corona de España. A otro más, Charles Louis de Hénin-Liétard d’Alsace, XII Principe de Chimay, le borró post mortem de la nómina de Caballeros por haber legado su collar a la archiduquesa María Teresa, Reina de Hungría y Bohemia. Años después al emperador Napoleón (que acarició el proyecto de crear una Orden de los Tres Toisones para cuyas insignias encargó diseños a famosos orfebres) y a cinco más de esa familia, elegidos en su día Caballeros por Carlos IV, les fue anulado el Toisón el 18 de octubre de 1814, al regreso de Fernando VII a España. Este mismo rey separó de la Orden a otros ocho Caballeros por seguir el partido carlista, incluido entre ellos su hermano el jefe del alzamiento, Carlos María Isidro.
Que entre 1199 Caballeros elegidos apenas hayan llegado a sesenta los que salieron traidores representa una proporción mínima, es decir, que la historia del Toisón en cuanto a lealtad probada es una historia de éxito excepcional. Considerar sólo historiables las anomalías, fijarse de modo exclusivo en los conflictos distorsiona la imagen de las instituciones. De modo que se ruega a los lectores aplicarse al repaso de las biografías de los Caballeros, especialmente de los que fueron elegidos en atención a sus méritos en el campo de batalla o en el del servicio público, más allá de razones de linaje, de compromiso dinástico o de equilibrio internacional. Se han producido muy pocas renuncias. La primera la del duque de Nevers que devolvió el Collar durante el XI Capítulo de la Orden celebrado en la Iglesia de Nôtre Dame de Brujas en 1468 alegando el maltrato que recibía del Soberano Carlos el Temerario. Ya casi en nuestros días fue notable el caso de Juan Bravo Murillo, elegido por la Reina Isabel II que hubo de anular la elección a ruegos del interesado al día siguiente.
En la línea de renuncias sorprende que algunos Caballeros se sintieran obligados a presentarla al tomar estado eclesiástico mientras que otros dignatarios de la Iglesia aceptaron sin reparos su elección para esa misma Orden. Se dieron también otros casos de renuncia por parte de algunos caballeros que ya lo eran de otras órdenes, porque las primitivas constituciones del Toisón establecían la incompatibilidad con todas las demás y las Órdenes de Santiago, Alcántara o Calatrava, pese a su rango inferior llevaban aparejadas lucrativas encomiendas de las que la Insigne Orden carecía. Esta característica original de la Insigne Orden anticipaba el proceder que siglos después en 1715 Luis XIV aconsejaba a su nieto Felipe V según el cual debía “dejar a los Grandes todas su prerrogativas exteriores y de su dignidad y al mismo tiempo excluirles de todos los negocios que podrían –si los conocieran- aumentar su influencia”. O como repetía Felipe II a este respecto, del aire todo de la tierra lo menos.      
La Santa Capilla ducal de Dijon era la sede originaria pero en 1755 la Junta de Caballeros reunida por el Rey Fernando VI acordó que la sede canónica de la Orden se estableciese en el templo madrileño de San Jerónimo el Real y que se construyesen allí los bancos de los Caballeros, cada uno con sus armerías pintadas en los respaldos.