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ENSXXI Nº 3
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2005

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

Se cumplen veinte años de la incorporación de Portugal y de España a lo que entonces se llamaban las Comunidades Europeas Desde aquel 12 de junio de 1985, fecha de la firma solemne en el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa y en el Palacio Real de Madrid de los Tratados de Adhesión, ha pasado mucha agua bajo los puentes de Bruselas y los observatorios meteorológicos han registrado también muchas pertinaces sequías. La celebración de un aniversario tan redondo es buen momento para compendiar una andadura que ha permitido a portugueses y españoles sumarse, desde junio de 1985, al proyecto iniciado a la altura de 1957 en Roma, a cuyas puertas cubiertas de rocío pasamos portugueses y españoles muchas noches de muy oscuros inviernos políticos, económicos y sociales.
Portugueses y españoles bastante antes de 1985 habían cumplido sus deberes políticos, recuperado las libertades cívicas, establecido las instituciones democráticas y normalizado los procesos electorales. En Portugal, el Movimiento de las Fuerzas Armadas ponía el fulminante el 25 de abril de 1974, con la quiebra del sistema autoritario del postsalazarismo y la apertura de un proceso insospechado que se iniciaba tapando con claveles la boca de los fusiles. Cómo imaginar que iban a ser aquellos militares portugueses, formados en la más estricta sumisión al régimen, los que terminarían adoptando la iniciativa de clausurarlo.
En España, los franquistas extrajeron lecciones opuestas de lo sucedido en su inmediata vecindad. Todos parecían unánimes en la disposición a escarmentar en cabeza portuguesa. Pero a partir de ahí se abría una profunda escisión. Porque mientras un sector optaba por encerrarse en el bunker para defender con uñas y dientes sus ventajas de vencedores, invocando la obligada continuidad del Movimiento Nacional; otro, más perspicaz, se adelantaba a protagonizar la apertura  decidido a congraciarse con el futuro previsible y a evitarse así los padecimientos que se maliciaban hubiera acabado teniendo para ellos la desaparición de un sistema cuya fecha de caducidad parecía ligada a la vida de su generalísimo fundador.
Recordemos que la ruptura portuguesa, producida al modo castrense, dejaba a la sociedad lusa como deudora de la salvífica iniciativa militar y que esa situación iba a arrastrar consecuencias en forma de ensoñaciones, vicisitudes y sobresaltos diversos durante algunos años hasta terminar plasmándose en un sistema constitucional homologable a los europeos.

"La España inválida de Franco no salía en pantalla. Jean Monet, al que es imposible considerar sectario, escribía sus memorias sin mencionar nuestro país. Estábamos fueta de circulación"

Aquí, la transición española, siguió un camino “de la Ley a la Ley pasando por la Ley”, pagó sin regateo alguno los servicios prestados por los franquistas al régimen autoritario que fenecía, amnistió a quienes estuvieron comprometidos en la lucha por la recuperación de las libertades como si hubieran sido reos de delitos por implicarse en aquel combate y describió, en suma, la trayectoria de una peculiar ruptura pactada, basada en la invocación de la concordia. Una transición, la nuestra, convulsa para quienes la vivieron, pero que fue enseguida tomada como inspiración y modelo en muchos otros países, empeñados como estaban en salir de regímenes dictatoriales para instalarse en la democracia. Todo ello sin que el espíritu de reconciliación y la ausencia de cualquier asomo de revancha, que acabaría culminando en la Constitución refrendada por el Rey Juan Carlos I el 27 de diciembre de 1978, ahorrara los embates terroristas y golpistas, entre los cuales cabría mencionar por su especial gravedad el del 23 de febrero de 1981.
La España inválida de Franco no salía en pantalla. Jean Monet, al que es imposible considerar sectario escribía sus memorias sin mencionar a nuestro país. Estábamos fuera de circulación. Pero intentos, los hubo. Por parte española entre los más notables figura el de la participación en el Congreso del Movimiento Europeo celebrado en Munich en 1962 donde socialistas, democristianos y monárquicos liberales se unían en pro de la reconciliación y de la convocatoria de elecciones libres. Semejantes aspiraciones fueron descalificadas por el régimen como el contubernio de Munich mientras las personalidades participantes se veían obligadas a optar entre el exilio o la deportación a las islas Canarias.
En aquellos tiempos los tecnócratas de filiación Opus Dei habían venido a sumarse a la coalición inicial de militares adictos, de falangistas inasequibles al desaliento, de carlistas sin rey indiscutido, de democristianos colaboracionistas y de monárquicos sin prisas para después. Los recién llegados pasaban a constituirse en un nuevo ingrediente fijo de las cuidadosas alquimias con las que se hacían los gobiernos de los vencedores a partir de abril del 39. Quienes les habían precedido en el disfrute de los favores del poder estaban ya sumidos en el desencanto del que se compensaban con crecientes prosperidades personales. Pero sin olvidar los ejercicios de exorcismo mediante los gritos de rigor ni perder la sensación de vértigo abismal al que se habían asomado durante la guerra civil. Los tecnócratas pondrían su sello a los Planes de Desarrollo, a la Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado y antes al Plan de Estabilización y por ahí acabarían llegando otras modernizaciones, cuyos efectos colaterales exacerbarían las contradicciones abiertas entre una economía deseosa de asentarse sobre bases de mercado y unas instituciones políticas cerradas de plano al pluralismo competitivo. Una cerrazón que presagiaba la imposibilidad de que el sistema franquista se prorrogara más allá de la vida física del general en la cúspide.
En todo caso Europa, la Comunidad, se configuraba para todos nosotros como el lugar geométrico de todas las soluciones a los problemas acumulados. Allí habría de cumplirse para nosotros aquel ortegajo de España es el problema; Europa, la solución. Dense a continuación por reproducidas aquí, como dicen los letrados en la vista oral de los casos que defienden, las dificultades sin cuento del proceso negociador con Bruselas desde sus prolegómenos con la llegada a Bruselas el 27 de julio de 1977 de Marcelino Oreja, ministro de Asuntos Exteriores enarbolando la carta del Gobierno Suárez que pedía la apertura de negociaciones para la adhesión, hasta la apertura formal de las conversaciones y la firma del Tratado. Buena idea de ellas dan los 8 años transcurridos y las cautelas y periodos transitorios que nos serían impuestos en materias muy diversas para atemperar la temida competencia que las producciones ibéricas españolas o la mano de obra de ese origen pudiera significar para otros países ya miembros de la Comunidad.

"Una transición, la nuestra, convulsa para quienes la vivieron, pero que fue enseguida tomada como inspiración y modelo en muchos otros países empeñados en salir de dictaduras e instalarse en la democracia"

Nada nos fue ahorrado ni a portugueses ni a españoles porque cumplidos los deberes con nosotros mismos en el plano político los asuntos de todas las demás índoles debían acordarse con meticulosidad desesperante. Llegados a este punto, recuérdese que al índice de temas de discusión reconocida se añadían otros, nunca anotados explícitamente, que se consideraban condiciones sine qua non. El primero, el afán de los países decisivos en la CEE de que España continuara siendo parte de la Alianza Atlántica. Continuidad que los socialistas, ganadores de las elecciones de octubre de 1982, habían prometido en su programa revisar mediante el recurso a un referéndum que tres años más tarde seguía pendiente. También cabe recordar la impaciencia subterránea que mostraban los negociadores comunitarios porque España estableciera relaciones diplomáticas con el Estado de Israel. Ambos asuntos se saldaban sin problemas en el primer semestre de 1986 nada más suceder nuestro estreno como país miembro de la Comunidad Europea.
La incorporación a la Comunidad Europea de España y Portugal representaba aportes muy relevantes en el área de las relaciones exteriores por sus vínculos con Iberoamericana, con el Mediterráneo, con los países árabes y con África. Así se vio en la Conferencia de Madrid para la Paz en Oriente Medio en 1991; en la Conferencia Euromediterránea de Barcelona inaugurada el 27 de noviembre de 1995, donde se encontraron el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yaser Arafat, y el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Ehud Barak; en las sucesivas Conferencias de San José mediante las que la UE impulsaba la  desactivación de las guerrillas centroamericanas o en las Cumbres UE-América Latina, la última de las cuales se celebró en Madrid a mediados de mayo de 2002. En el ámbito de Iberoámerica, en especial en cuanto se refiere al área de MERCOSUR liderada por Brasil, y también de África, a Portugal ha correspondido un destacado protagonismo, así como en la cumbre que bajo su presidencia acordó la denominada “Estrategia de Lisboa”, cuya agenda sigue marcando la referencia fundamental en la dinámica de la UE.
El caso es que portugueses y españoles se implicaban en las  tareas europeas con fervor inesperado para los veteranos euroescépticos. Frente al cheque por cheque de la primera ministra británica, Margarita Thatcher, empeñada de modo obsesivo en recuperar el suyo, el presidente del Gobierno español, Felipe González, prefería hacer planteamientos europeos en los que encontraran soluciones favorables los problemas de nuestro país.

"Portugueses y españoles se implicaban en las tareas europeas con fervor inesperado para los veteranos euroescépticos. Lisboa y Madrid aparecían entre los fundadores de la moneda única el 1 de enero de 2001"

Ese esquema permitía en Edimburgo en 1992 la puesta en marcha de los fondos de cohesión, que tanto han beneficiado en particular a Portugal y a España entre otros. España encontraba en la Unión Europea un ámbito de cooperación de máxima relevancia para la lucha contra la banda terrorista ETA mediante la comunitarización de las políticas de Justicia e Interior y por ejemplo la adopción y puesta en marcha de la euroorden que da respuesta eficaz a problemas siempre aplazados en provecho de quienes delinquen. Otra iniciativa del presidente González se plasmó en la ciudadanía europea que se añadía a la propia de los naturales de cada país miembro. Ahí está también la agenda de Lisboa, adoptada durante una de las presidencias portuguesas de la UE para dejar constancia del empeño de nuestros vecinos ibéricos.
En estos veinte años cambiaban, no sin dificultades para unos y ventajas para otros, los parámetros de la agricultura portuguesa y española bajo el paraguas de la Política Agraria Común (PAC), surgían beneficiarios dispuestos a sembrar subvenciones pero también se alzaban quejas por la cuota lechera o el olivar.
La pesca quedaba incluida en la Europa Azul, finalizaba sin prórroga el acuerdo pesquero con Marruecos y se hacía sentir el daño emergente para las flotas habituadas a faenar en esas aguas, el fletán nos enfrentaba al Canadá con la escuadra de por medio, nos ponían cuotas a la captura de las merluzas aunque en Bruselas terminaban por reconocer que consumíamos aún mayor proporción de las que capturábamos ya que nuestra dieta es la más rica en pescado después de la de los japoneses y venía a triplicar el promedio de la comunitaria. Aprendíamos a observar las obligadas paradas biológicas sin las cuales acabaríamos esquilmando los caladeros y ensayábamos el juego limpio con las artes de pesca. Se reparaba nuestro déficit en infraestructuras viarias, en ferrocarriles de alta velocidad, en dotaciones municipales en Investigación y Desarrollo.
Desmantelábamos industrias sólo perdurables con la inyección de subsidios públicos en siderurgia o construcción naval. Se internacionalizaba la empresa española en proporciones impensables. Atraíamos la inversión extranjera y nos lanzábamos a invertir fuera sin limitarnos a Iberoamérica. Se difundía la enseñanza de idiomas. El programa Erasmus hacía salir a nuestros universitarios y venir a Portugal y a España los de otros países. Cambiaba la piel y el nervio de los países de la Península, que se embarcaban en los proyectos más ambiciosos en el área de la Política Exterior y de la Defensa con sus compromisos en la Fuerza de Intervención Rápida o en el Eurocuerpo, o con su participación en las empresas aeronaúticas para competir en la aviación comercial, de transporte o militar con el Eurofighter o el Eurocopter.
Lisboa y Madrid aparecían entre los fundadores de la moneda única el 1 de enero de 2001. La moneda, considerada atributo básico de la soberanía, era cedida al Banco Central Europeo y los gobiernos renunciaban al control de cambios, a las devaluaciones que se utilizaban para frenar el consumo y fomentar las exportaciones y a fijar los tipos de interés. Parecía una pérdida pero se comprobaba que merced al euro podían adoptarse decisiones como la retirada de las fuerzas militares enviadas a Irak sin padecimientos monetarios inaceptables.
Aquellas Comunidades, a las que nos adherimos se han convertido en la Unión Europea de nuestros días. En ese periodo de veinte años de los doce países miembros se pasó primero a quince, con la llegada de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, y después a veinticinco cuando el 30 de abril de 2004, se sumaban Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Letonia, Lituania, Estonia, Chipre, Malta y Eslovenia, a los que enseguida van a añadirse Bulgaria y Rumania, además de Turquía y Croacia que ya tienen turno fijado.
En el plano institucional, la firma del Acta Única creaba el  mercado interior, surgía con el Tratado de Maastrich la Unión Económica y Monetaria, que nos supuso la acuñación de una moneda única para los países del eurogrupo y se sucedían los Tratados de Ámsterdam, de Niza y de Roma. Este último se firmaba en el Palacio del Capitolio el 29 de octubre de 2004, después de haber sido negociado en la Convención y en la Conferencia Intergubernamental con el ambicioso propósito de establecer una Constitución para Europa. Su ratificación ha sido acordada ya por 13 de los 25 países miembros. En España se hacía mediante referéndum el domingo 20 de febrero de 2005 mientras que Portugal preparaba su consulta popular para octubre de 2005. Sin embargo, el rechazo de franceses y holandeses al texto nos ha instalado en un periodo controvertido sobre la forma de culminar el proceso.