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ENSXXI Nº 30
MARZO - ABRIL 2010

JUAN CRUZ
Periodista

Ernesto Sábato, el autor de El túnel, era entonces, cuando le vi por primera vez en Madrid, acaso en 1988, un hombre acosado por las sombras que seguían andando por las calles oscuras de la historia de su país, Argentina.
Tuve siempre la impresión, mientras duraba aquel viaje que nos llevó desde el aeropuerto de Barajas hasta la embajada, ya democrática, que Sábato no iba a perder jamás la suspicacia que en gran parte de los argentinos levantó aquel muro de metralla y salvajismo con que la dictadura militar marcó a fuego la vida de los argentinos.
Por razones que sólo conoce la metáfora de la literatura, de pronto los títulos de Sábato –ese mismo, El túnel, y Sobre héroes y tumbas—configuraban ellos mismos una geografía humana escrita con sangre.
Argentina estaba pisando la luz del túnel, y esa luz parecía ser ya la salida, pero atrás quedaban héroes anónimos y tumbas de desconocidos. El dramatismo de la situación se añadía a la propia cara de Sábato, que entonces era, es evidente, un hombre más joven. Él viajó agarrado al soporte de la puerta del taxi, muy interesado entonces en este país, cómo habíamos superado la dictadura, de qué manera nos acostumbrábamos a la novedad del socialismo entonces triunfal, si se iba a repetir la triste historia de nuestra triste guerra.

"Un hombre grande a pesar de su apariencia enjuta, como cansada, un hombre que parecía detestar lo que le sobraba al aire"

Claro que tuvo tiempo también para preocuparse de otras cosas menos terrenales (o igualmente terrenales), referidas a la pequeña historia literaria. Quién está publicando, cómo está el mundo editorial, quiénes son los críticos ahora, por qué no me quiere tal crítico. Entonces yo no sabía que él había tenido tanta relación con Óscar Domínguez, mi paisano canario con el que tantas diatribas mantuvo, y algunas de ellas verdaderas reyertas, en el París de la posguerra, cuando París era en sí misma la ciudad de la escritura, la pintura y la bohemia.
Fue mucho tiempo después, en el bar del hotel Quinta Real, en Guadalajara, México, cuando el pintor peruano Fernando de Szyslo, me contó como al pasar esas reyertas de los surrealistas y Sábato, con ataque violento incluido por parte de Bruckner, un colega de Óscar, que quedó inmortalizado en Sobre héroes y tumbas, esa suma narrativa que resume como con pincel de distintos matices, casi todos ellos ocres, el genio narrativo del escritor de Santos Lugares.
Yo no sabía todo eso entonces, pero igualmente miraba a Sábato como un genio de la literatura, como un hombre grande a pesar de su apariencia enjuta, como cansada, un hombre que parecía detestar lo que le sobraba al aire. En ese entonces Sábato aún veía bien, o parecía que sus ojos todavía le respondían como si le devolvieran de veras la pintura del día o de la noche; pero tenía el aspecto de estar decepcionado del mundo, conocedor de que esa luz también era un engaño; pero de ese engaño de la luz él hizo los libros, a partir de esa luminosidad dudosa los escribió, y esa misma luz del día (que era también luz de la noche) hizo su pintura.
En aquel momento aún no me lo dijo, porque estaba preocupado por otras contingencias, pero luego sí puso mucho énfasis en que le conectara con gente que divulgara su pintura, que era, y es, como la prolongación de los colores de su pesimismo. Como si esa pintura saliera de El túnel y pisara, y este es un verso de Cela, la dudosa luz del día.

"Su semblante, bajo el aire de Madrid, era el de un hombre con la mirada herida, extrañado de ser hombre, como aquel Neruda roto pero enamorado"

Cuando llegamos a la embajada Madrid tenía un cielo gris como la oscura tumba de las mañanas del Madrid entristecido de Goya, y Sábato quiso pasear, tomar el fresco en el jardín, y ahí aprovechó para hacerme algunas preguntas sobre el mercado español e hispanoamericano de las vanidades. Su semblante, bajo el aire de Madrid, era el de un hombre con la mirada herida, extrañado de ser hombre, como aquel Neruda roto pero enamorado.
Mucho más tarde lo vi llegar solo, enjuto, aun enhiesto, fuerte (a él le gustaba estar fuerte, lo imagino ahora, postrado, y rabioso por estarlo), al recinto de la Feria del Libro de Buenos Aires, cuando esta feria regresaba a sus vuelos, después de los años del ostracismo. Un aplauso cerrado lo acogió, y él levantó levemente la mirada como si celebrara haber llegado del otro mundo.
Ahora siempre que recuerdo a Sábato lo veo alzar esa mirada, y también lo veo bajar del avión que le traía de Murcia. Es más, a pesar de que luego tomamos huevos estrellados en Casa Lucio, con Elvira González Fraga, su mujer, de esas otras visitas siempre me queda el mismo recuerdo, como si en mi memoria Ernesto Sábato esté entrando a un sitio donde recibe un sonoro aplauso que él acoge como si lo estuviera recibiendo otro. Y otro es él, el que pinta al que va andando, rompiendo con su escritura el tormento de mirar para llegar al fondo de un misterio donde de nuevo encuentra preguntas.

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