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ENSXXI Nº 31
MAYO - JUNIO 2010

JUAN CRUZ
Periodista

En el mejor libro de Jorge Semprún, La escritura o la vida (Tusquets), el escritor rememora un suceso ocurrido en Buchenwald, cuando él era un presidiario en el despiadado campo de concentración de Hitler. Fue el día de la liberación y él busca pájaros alrededor, quiere encontrarlos para mostrárselos a los soldados alemanes que han acudido a darles la noticia de que la guerra está terminando. No hay pájaros en Buchenwald, han sido ahuyentados por el humo horrendo de los hornos crematorios, por la desolación en la que está sumida aquella parte rota del mundo. Muchos años después, 65 años después, estuve con Semprún en Buchenwald, asistiendo cerca de él a la conmemoración de aquel día de abril en el que Semprún y miles de internos más, muchos de ellos españoles también, supieron que la dama negra y horripilante que había asolado Europa con su detritus de muerte estaba a punto de tirar al basurero su guadaña.

"Él está subido en el pedestal de los oradores; narra aquellos sucesos, rescata con su memoria de oro lo que vio entonces"

Volví a leer aquellos días ese libro imponente de Semprún, y comparé su mirada, la que yo imagino que era su mirada, con esta de ahora. Él está subido en el pedestal de los oradores; narra aquellos sucesos, rescata con su memoria de oro lo que vio entonces, y lo ofrece para que los jóvenes (y había muchos jóvenes en aquel auditorio emocionado e imponente) no se olviden de que de aquel horror nació la voluntad (ahora resquebrajada por la crisis) de una Europa en la que ya no fuera posible eso nunca más. Y pensé que de aquella mirada de los años de internamiento, que de manera tan lúcida aparece en aquella autobiografía, a esta en la que ahora Semprún es ya un hombre que pasó de los 85 años sólo han pasado, precisamente, los años.
Cuando lo vi en el hotel Elephant, de Weimar, rodeado de antiguos prisioneros (dos de ellos españoles, uno de Córdoba y otro de Asturias), Semprún era el mismo personaje inquisitivo, curioso, ávido de noticias, que se representa en La escritura o la vida; desde que fue liberado y buscó inútilmente los pájaros de Buchenwald ha hecho de todo en la vida; fue clandestino, guionista célebre, francés, español, consejero, ministro, presidió jurados, escribió en los más variados formatos, hizo novelas y declaraciones, se peinó como un dandy y peinó canas, rebuscó en detalles insólitos de una memoria que está llena de canciones y por tanto de nostalgias, pero siempre ha sido este tipo curioso que entreabre la puerta del hotel para exhibir una risa que no es tan frecuente como lo que dicen las fotos.

"La mirada del curioso que busca hasta el final el detalle que le falta para hacerse su composición de lugar. Su escritura está hecha bajo ese amparo de la vida"

Y la mirada es la misma, es la que se lee en ese libro, y es la que se le ve en persona. La mirada del curioso que busca hasta el final el detalle que le falta para hacerse su composición de lugar. Su escritura está hecha bajo ese amparo de la vida. Por eso ese título emblemático de su producción, La escritura o la vida, le define tanto. Hay gente que escribe para vivir. Fatalmente, y a veces felizmente, Semprún ha vivido y por ello ha escrito; no ha dispuesto los materiales para aprovecharse de ellos, los materiales estaban en el camino y él los ha ido utilizando con el entusiasmo de un colegial que en realidad no esperaba de la vida sino felicidad o canciones. Y resultó que en medio de ese viaje iba a encontrarse con los dramas de la vida, que él ha vivido como quien vive en medio de la hiel, nadando. De aquel encuentro último en Buchenwald, y él ha dicho, en artículos emocionantes y memorables, que ese era de veras el último encuentro en Buchenwald, conservo otro detalle de la curiosidad implacable de su memoria. Uno de aquellos españoles que asistió con él a esta conmemoración cruda en lo que fue el campo de concentración nazi se le acercó para preguntarle si se acordaba de él. Cómo que si se acordaba. Recordaba todos los detalles de su nombre y apellidos, su procedencia, su apodo, el número que tenía adherido al uniforme de presidiario... Los que leen los libros de Semprún tienen la tentación de buscar en los intersticios de esa realidad que él narra en sus memorias algunos elementos de ficción. Puede haberlos, sin duda, porque él esta dotado para inventar, como saben los cineastas que le han pedido historias. Pero esta memoria que exhibe, y sobre la que los años pesan tan sólo para ponerla más de manifiesto, está adscrita a sus libros con pelos y señales, producto sin duda de una mirada que sigue siendo la de un hurón incesante rebuscando siempre en el olor de la tierra para contar lo que vio, lo que vivió y, muchas veces, lo que cantó.