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ENSXXI Nº 33
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2010

JUAN CRUZ
Periodista

La primera vez que recuerdo haber hablado a fondo con Antonio Muñoz Molina él era un  muchacho, en 1987 o por ahí. Ya había publicado Beatus ille y andaba cerca, o estaba ya entre nosotros, El invierno en Lisboa. Todavía no era premio Planeta por El jinete polaco, y aún no era el esposo de Elvira Lindo, luego la autora de personajes y libros muy celebrados, hasta este último, Lo que me queda por vivir. Entonces a todos nos quedaba mucho por vivir, y a Antonio, que era un joven tímido anclado aún en la Granada donde estudió y donde se hizo, lejos de los ecos de Mágina, la sierra de Úbeda, aquellos patios y aquella gente que tiempo después, allí estaba yo con él, en ese momento era su editor, le rindió un emocionante homenaje en el que estaban sus padres, dos personas tan entrañadas en la memoria abundante de su vida.

"Autor de vida pero también de lecturas, el escritor de Ardor guerrero, donde ensaya con mucho brío, y con mucha hondura, la mirada autobiográfica, es uno de los personajes con más cultura literaria que he conocido"

Pues aquel día estábamos en La Alhambra, haciendo una entrevista para EL PAÍS Semanal. Él respondía, yo preguntaba. Entonces Muñoz Molina no era tampoco el académico que luego fue, y sigue siendo, porque esa es condición eterna, mientras se vive al menos, ni era el autor de esa obra ingente, controvertida y fértil que se llama La noche de los tiempos, sobre la época más ingrata y extraña de nuestra extraña historia nacional, ni era el autor de Ventanas de Manhattan, no era el habitante cosmopolita de un mundo que ahora le demanda mirada y reflexión, que acomete precisamente desde las ventanas de Manhattan donde habita con Elvira Lindo muchos meses al año.
Era, entonces, un hombre en su tierra, en sus periódicos, en sus museos, en sus calles y callejuelas, y en sus bares. Me llevó a cenar a un pequeño restaurante que para mi sigue siendo inolvidable, el Bar Montecarlo, donde nos comimos unas hamburguesas chiquitas que en mi tierra llaman bistecs rusos y que creo que allí llamaban hamburguesas; luego me estuvo llevando, risueños ambos, por las callejas de esa ciudad que es abierta a mediodía, cuando la gente callejea, y que es cerrada de noche, cerrada a piedra y barro, como decía mi madre, cuando el atardecer ya ha echado el cerrojo de las ventanas provincianas.
La conversación entonces adelantaba quién era y quién iba a ser Antonio Muñoz Molina. Autor de vida pero también de lecturas, el escritor de Ardor guerrero, donde ensaya con mucho brío, y con mucha hondura, la mirada autobiográfica, es uno de los personajes con más cultura literaria que he conocido; una cultura que ya entonces despuntaba como el nítido subrayado de su manera de ser: con él, ni entonces ni después, no iba la frivolidad de considerar la lectura como un accidente del recorrido de un ciudadano que se dedica a la literatura; la lectura era, y es, la vena misma de la escritura; leer es un gesto similar al de escribir, y entonces él no te exhibía ese carnet de lecturas como un carnet de baile, sino como una carta de agradecimientos. Él era gracias a esos escritores que leyó, desde Faulkner a Onetti, y de ninguno se desprendía porque de todos obtuvo un legado que hoy es central en su propia escritura: el ritmo, la música, el tono.

"La facultad de la música, que es central en sus pasiones culturales, regresó después en todas sus obras; y donde era más difícil de mantener, en esa obra fundamental de su bibliografía, La noche de los tiempos, también está, como elemento que la distingue"

Ese tono, fundamental en la obra de Muñoz Molina, estaba en la conversación, en su su fraseo convincente y circular, y está en la escritura narrativa, y no sólo en la que cultiva en sus artículos (que ahora son largos y frecuentes: la escritura de un periodista narrativo algo anglosajón, un poco francés, que tiene además, a veces, la chispa polémica de los italianos; y todo esto añade a la facultad de su mirada hispana), sino en la que surca sus novelas de arriba abajo. Donde esa musicalidad persistente, raveliana, de su fraseo está más presente, me parece, es en aquel memorable Ardor guerreo, que es, de principio a fin, un ensayo insólito de literatura musical, que se lee como si uno estuviera escuchando un bolero melancólico mientras pasea con él por el cuartel de Donosti.
Esa facultad de la música, que es, por otra parte, central en sus pasiones culturales, regresó después en todas sus obras, como parte esencial de su estilo; y donde era más difícil de mantener, en esa obra fundamental ya de su bibliografía, La noche de los tiempos, también está, como elemento que la distingue. Como ese filamento que visto sin mirar el nombre del autor le lleva a uno a decir: "Esto tiene que ser de...." De Muñoz Molina.
Ese Antonio Muñoz Molina musical, envolvente, hijo de la luz y de la sombra de su país y de sus influencias literarias, era ya el que estaba sentado ante mi en aquellos salones claros, luminosos, de La Alhambra granadina, frente a la ciudad luminosa pero también oscura, y no dejó de ser ese tampoco en el paseo nocturno por la ciudad en la que se hizo; era, también, el que me acompañó algunas noches de farra madrileña y que una noche ya cerrada (a piedra y barro) fue conmigo al cuarto en el que yo vivía entonces, ante Torres Blancas, la residencia, por cierto, de Camilo José Cela. Ahí Antonio se despojó de la chaquetilla del verano, se sentó ante una máquina de escribir que entonces era moderna y ahora es arqueología, y se dispuso a escribir, sin levantar la mirada del teclado, sin respirar, un soneto perfecto que quizá se perdió en la noche de los tiempos pero que a mi me sigue pareciendo la expresión más directa, y más improvisada, para entender en la práctica su insólita y fructífera pasión por la escritura y la música.
Ahora siempre que le leo, o que le veo, cuando me hablan de él o cuando lo imagino paseando por Manhattan o por las calles a la que le llevan las agendas literarias, lo recuerdo aquel día en La Alhambra. Un día leí, con gozo, su Pura alegría, el libro que nació de aquella pasión inaplazable y permanente por la lectura. Me parecía estar oyéndolo allí, me sentía escuchándole decir cómo leía en la casa de Úbeda, cómo se hizo leyendo para ser un día escritura y música; él es el eco de ambos ritmos.

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