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ENSXXI Nº 34
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2010

JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Decano honorario

Nobel Vargas Llosa

Nunca pudo sospechar Leopoldo II de Bélgica que la colonización o mejor devastación del Congo, de la que se ufanaba ante las cortes europeas por las ganancias que proporcionaban las acciones de las sociedades explotadoras, cuya subida vertiginosa era proporcional a la brutalidad con que sus esbirros explotaban a los nativos, iba a dar lugar a dos novelas excepcionales que, por sus méritos literarios extenderían a los cuatro vientos su infamia mejor que lo hubiera hecho el historiador más afamado.
Fue primero Joseph Conrad, novelista polaco que adoptó el inglés como lengua literaria, quien tras presenciar en el Congo las atrocidades que cometían aquellos forajidos reales publicó por entregas en 1899 y en forma de libro en 1902, una novela corta El corazón de las tinieblas que contiene, además de una investigación sobre la locura, una denuncia del imperialismo occidental sobre África, centrada en la salvaje explotación de los nativos. La novela tuvo un extraordinario impacto. También lo ha tenido Vargas Llosa que, como dejó escrito en La verdad de las mentiras, se sintió fascinado por la novela y por las contradicciones imposibles de un personaje que en ella aparece y que iba a ser el protagonista de su nueva novela, Roger Casement, héroe y villano, filántropo y traidor, noble y rastrero, refinado y disoluto, capaz de las mayores grandezas y de los peores desvaríos, en el que confluían pacíficamente una serie de personalidades sucesivas que, como dice el exergo inicial de José Enrique Rodó, emergen las unas de las otras y suelen ofrecer entre sí los mas raros y asombrosos contrastes.

"El sueño del celta es la turbia hagiografía de un aventurero-poeta, Roger Casement, que como cónsul británico conoció y denunció primero la brutal colonización del Congo Belga a fines del siglo XIX"

Esta segunda obra que pregonará de forma concluyente a todo el planeta los oprobiosos sistemas de colonización del imperialismo occidental y cubrirá de infamia eterna a quienes practicaron estos métodos, es la última novela de Mario Vargas Llosa, El sueño del celta, (Alfaguara, 2010) cuya primera tirada ha alcanzado los 500.000 ejemplares, 250.000 destinados al mercado nacional.
No nos puede extrañar esta cifra de vértigo. Mario Vargas Llosa lleva décadas en la cima de la literatura mundial y estaría sin discusión entre los tres mejores escritores vivos en lengua castellana. Incomprensibles razones políticas y de gabinete habían demorado injustamente la concesión del Nobel y no ha sido hasta este año, 2010, que le ha llegado el reconocimiento de la Academia sueca con este galardón que no descubre, sólo ratifica su talento. Un talento que ya demostró en 1962 con La ciudad y los perros que obtuvo el Premio Biblioteca Breve y el Premio de la Crítica pero que sobre todo roturó nuevos caminos para la narrativa, y confirmó en 1965 con La casa verde, nuevo Premio de la Crítica y Premio Internacional Rómulo Gallegos, y en 1969 con Conversación en la catedral, trilogía ejemplar de su admirable producción literaria. En España, cuya nacionalidad, sin perder la peruana, adoptó en 1993, ya nos había asombrado con sus novelas y así se había reconocido públicamente con la concesión de los más altos galardones de nuestras letras, el Príncipe de Asturias en 1986 y el Cervantes en 1994.

"Fue el nacionalismo extremista, esa ideología teñida de violencia que el romanticismo justificaba y que a principio del siglo XX adquirió tanto prestigio y la que iba larvando en el Casement aventurero de África y Amazonía y justifica los desmanes y desvaríos posteriores de un bajo muchos aspectos idealista Casement"

No vamos a hacer crítica de ésta su última obra, esta reseña sólo puede valer de homenaje a quien acaba de recibir el Nobel y que tal vez más que encomios merezca ser desagraviado por las intrigas y mezquindades que se han cruzado para tanta demora en concedérselo.
Su nueva obra se inscribe en la senda de la novela histórica que inició en 1981 con La guerra del fin del mundo, y continuó en 2000 con La fiesta del chivo sobre la despótica dictadura de Trujillo en Sto. Domingo, y en 2003 con El Paraíso en la otra esquina sobre Gauguin. El sueño del celta es la turbia hagiografía de un aventurero-poeta, Roger Casement, que como cónsul británico conoció y denunció primero la brutal colonización del Congo Belga a fines del siglo XIX, y después, como comisionado oficial del Reino Unido, las atrocidades de similar crueldad que se cometían en la explotación del caucho con los nativos en la Amazonía peruana. La tercera parte de la historia se centra en la actividad del protagonista ya converso de un nacionalismo céltico integrista y exacerbado que termina por llevarle al patíbulo.
Pero no es una crónica ni un reportaje. Es una auténtica novela que fusiona historia y fantasía para profundizar en los entresijos de un personaje contradictorio que vive y reflexiona intensamente, y sobre el que Vargas Llosa pone unos focos penetrantes que le permiten diseccionar los tenues límites que separan el bien y el mal, la verdad y la mentira, lo correcto y lo perverso en las vivencias truculentas del protagonista cuando la verdad de sus intenciones quedaba siempre, por obra del azar o por torpeza, distorsionada o convertida en mentira.
Esa ambigüedad de un Casement tan vulnerable despierta en su cronista una corriente de piedad emocional que le lleva a suponer nacidos de una imaginación calenturienta y onírica fruto de frustraciones e impotencias, las pervertidas correrías sexuales de homófobo y pederasta que el propio Casement detalló minuciosamente en sus Black Diaries y que tanto coadyuvaron a su condena por aquella sociedad puritana. Y tal vez también es consecuencia de ese síndrome de piedad, tan frecuente en los biógrafos, la justificación emocional de la conducta del protagonista, y la explicación de la razón para pasar, de ser cónsul y comisionado del Reino Unido, ensalzado y condecorado con los más altos honores por el Imperio Británico, a convertirse en un celta integrista y doctrinario que, para liberar Irlanda, llega a conspirar con los alemanes contra Inglaterra en la Gran Guerra en un oscuro acto de traición que le condujo al patíbulo.
Con su ejecución termina la novela y prácticamente con su entrada en capilla comienza. Flotando queda en toda la novela, como un nubarrón persistente, esa inminencia del patíbulo que marca su análisis de los avatares, reveses y vaivenes de la fortuna que le han conducido a esa situación y le han acarreado esa condena. Una celda oscura sin más compañía que su Kempis, sin más palabras que los diálogos turbadores con su guardián y con sus escasos visitantes, pero atestada de reflexiones lúcidas y profundas que encubren remordimientos e ideales, frustraciones y resignación, comprensión, y sobre todo ambigüedad. Bajo la angustia de esa amenaza, se va tejiendo la trama de una vida confusa y ambigua que el cronista, bajo el síndrome de la piedad, va engarzando en una línea justificativa: la explotación de los nativos en el Congo Belga y en la Amazonia peruana genera y hace crecer en Casement un sentimiento de animadversión hacia el imperialismo que, a medida que va comprobando la inutilidad de sus denuncias y la inoperancia de los políticos, se va exacerbando hasta llevarle al convencimiento de que contra el colonialismo y la ocupación no hay más solución que la rebelión armada, lo que, una vez en su patria, le induce a abrazar un nacionalismo radical que justifica cualquier arma, incluso la violencia, para emancipar a los pueblos ocupados, lo que, en su extremismo, le empujó a intentar la liberación de Irlanda buscando la alianza con Alemania entonces en guerra, la Gran Guerra, con Inglaterra. Fue el nacionalismo extremista, esa ideología teñida de violencia que el romanticismo justificaba y que a principios del siglo XX adquirió tanto prestigio y provocó las peores matanzas y genocidios que ha conocido la humanidad, la que iba larvando en el Casement aventurero de Africa y Amazonía y justifica en el ánimo de Vargas Llosa los desmanes y desvaríos posteriores de un bajo muchos aspectos idealista Casement.
Durante décadas fue un villano, un traidor, promiscuo y disoluto. Hoy se le acepta como un héroe y un mártir, no un prototipo o un dechado de perfecciones, pero sí un ser humano lleno de contradicciones y contrastes, debilidades y grandezas, ya que un hombre, como escribió J. E. Rodó, es muchos hombres, lo que quiere decir que ángeles y demonios se mezclan en su personalidad de manera inextricable. Pero nunca se podrá negar que fue uno de los grandes luchadores anticolonialistas y defensores de los derechos humanos y de las culturas indígenas de su tiempo y un sacrificado combatiente por la emancipación de Irlanda. Y a esta redención del personaje ha contribuido brillantemente nuestro último Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, en cuyo homenaje bien merece la pena leer esta novela.
No podemos dejar de destacar la actividad literaria doméstica, de gran altura por cierto en ocasiones, que responde a la concepción humanista de la vida de que siempre han hecho gala algunas profesiones liberales, especialmente el notariado. Detengámonos en la nueva aportación literaria del notario de Barcelona Xavier Roca Ferrer. En su día nos sorprendió en el campo de la creación con sus novelas y relatos por los que mereció entre otros el Premio Joseph Plá de las letras catalanas (1993). También lo hizo en el campo de la traducción comentada al catalán y al castellano de obras de lenguas vivas y muertas, entre las que vamos a citar la obra cumbre de la narrativa japonesa La novela de Gengi (Ed. Destino, dos tomos, 2005/2006) de la que esta revista dio cuenta en su día, o el relato mas antiguo del mundo, mil años anterior a la Iliada y a la Biblia, una obra deliciosa y sorprendente por cierto, Los poemas de Gilgamesh, rey de Uruk (Ed. Bubak 2009). Y ahora lo hace con su contribución a sacudir el polvo de algunas obras notables amenazadas de caer en el olvido. Hace poco hicimos referencia en EL NOTARIO DEL SIGLO XXI a una espléndida novela de Alphonse Daudet, El viaje de Shakespeare, nunca editada en España y que Roca tradujo, anotó y sacó a la luz, y hoy debemos aplaudir su iniciativa de contribuir a la reedición de una novela olvidada, Los dioses tienen sed (1912), de un Premio Nobel francés proscrito durante décadas por la izquierda francesa, casi monopolista en el panorama literario galo, por haber tenido la osadía de bajar de su pedestal al Incorruptible San Maximilien de Robespierre -y en cierto modo a su maestro J.J. Rousseau-, y dejar al descubierto las vergüenzas de la etapa de la Revolución francesa más cerrilmente jacobina.

"Y no es de extrañar que la izquierda jacobina haya proscrito durante décadas al autore Anatole France. Su crítica de los métodos jacobinos, valiéndose de la ironía y de la vía del ridículo, no puede ser más corrosiva"

Nos referimos, como el lector habrá adivinado, a Anatole France que, por encargo de su editor, y tras documentarse minuciosamente en anticuarios, librerías de antiguo y museos, y repasando estampas, grabados y objetos de la época sobre las costumbres y la vida cotidiana de los hombres y mujeres vulgares y oscuros del barrio de París donde se asentó el Tribunal Revolucionario, diseñó un siglo después, en 1912, una novela que, bajo la apariencia de reproducir el ambiente popular parisino de los años 1793 a 1795, como es sabido la época del furor revolucionario más montaraz, desarrolla un mensaje universal y eterno: todos los dogmatismos deben ser erradicados de forma implacable.
Y no es de extrañar que la izquierda jacobina haya proscrito durante décadas al autor. Su crítica de los métodos jacobinos, valiéndose de la ironía y de la vía del ridículo, no puede ser más corrosiva.
La obra, que tiene un lúcido epílogo del notario Xavier Roca, no es una novela histórica ni el autor hace intervenir a las personalidades de la revolución. No le hace falta. Un pintor mediocre y doctrinario, un mercader poco escrupuloso como contraste, y una modistilla nada cándida le bastan al autor para destrozar irónicamente los métodos sangrientos, los dogmatismos y los sistemas fundados en el terror de la época jacobina de la Revolución. Y como lección inmortal, la condena despiadada de cualquier régimen que, aunque alegue actuar en aras de ideales o utopías, atropelle la individualidad humana base de nuestra civilización. Y lo hace valiéndose solo de la sorna y el humor, al poner en escena como protagonista un personaje ridículo, un botarate, un don nadie que se convierte en el más terrible doctrinario (y que muere luego ajusticiado victima de su sandez), en quien deben verse reflejados todos los funestos don nadie que con su necedad contribuyen al mantenimiento de los regímenes doctrinarios. Otra excelente e instructiva novela.
Y hora y lugar es de encomiar también la labor literaria de ese humanista del cuerpo hermano, Antonio Pau Padrón, que acaba de publicar una particular biografía del genio del Romanticismo, el poeta del idealismo mágico, frustrado a los 29 años y ya predestinado, según anunció el mismísimo Goethe, a ser el imperator de la vida espiritual de Alemania, Georg Friedrich Philipp von Hardenberg, Novalis, de quien llegó antes a España la fascinación que despertaba en toda Europa que sus escritos y sobre todo sus versos, que un siglo después de su muerte (murió en 1801), no habían sido aun traducidos, aunque los citaban con admiración poetas de la autoridad de Aleixandre o Juan Ramón Jiménez y a todos asombraba su misterioso magnetismo.
Hoy Antonio Pau ha venido a rellenar con su obra Novalis. La nostalgia de lo invisible (Editorial Trotta, 1910) un hueco sensible que había en la historiografía de un poeta que era capaz de romantizar el mundo dando a lo ordinario un sentido más elevado, a lo vulgar un aspecto misterioso, a lo conocido la dignidad de lo desconocido y a lo finito una apariencia de infinitud, como gustaba Novalis sintetizar la esencia del romanticismo. Pau nos deleita con una biografía distinta, una biografía sublimada, hagiográfica, una biografía poética que no utiliza la cronología como pauta biográfica sino como mero punto de referencia, una biografía que busca la intimidad del poeta en cada instante a través de su obra, de esos sublimes versos que intercala adecuadamente en alemán y en español en el punto exacto del texto que conviene. Una biografía, en fin, que por sí misma destila el numen poético del biografiado logrando tal simbiosis entre prosa y obra poética que no sabes si aquella sirve más de explicación de los poemas o son éstos los que sirven de justificación de los hechos que narra.

"Pau nos deleita con una biografía distinta, una biografía sublimada, una biografía que busca la intimidad del poeta en cada instante a través de su obra. Una biografía que por sí misma destila el numen poético del biografiado"

Elogios merece el autor, traductor creativo también de los versos que trascribe, y elogios merece la edición, cuidada en todos sus detalles con preciosas ilustraciones en color y con útiles apéndices, como las tablas cronológicas y bibliográficas, o los índices onomásticos, de obras, lugares e ilustraciones -preciosas-- que completan la obra.
Sigue en esta Antonio Pau el mismo método que en sus biografías anteriores sobre Rilke (Vida de Rainer María Rilke, La belleza y el espanto, Ed. Trotta, 2007) y sobre Hölderlin (Hölderlin, El rayo envuelto en canción, Ed. Trotta, 2008), concebidas con igual intensidad poética y editadas con igual primor. La trilogía, presentada por la Editorial Trotta en un atractivo estuche, constituye una de esas obras que apetece tener siempre cerca y que nunca quisieras perder.