Menú móvil

El Notario - Cerrar Movil

ENSXXI Nº 35
ENERO - FEBRERO 2011

VIII-La prueba ante Notario

Es frecuente que el anuncio de determinados productos requiera la presencia notarial para acreditar fehacientemente las excelencias de la oferta que se pone a disposición de los consumidores. Estimamos que a nadie podía extrañar y menos a los reducidos pero selectos habituales destinatarios de nuestras bromas, un requerimiento solicitando a tal fin la correspondiente actuación de un notario. Una antigua victima nos proporciono varios folios de una entidad comercial -cuyo nombre y otros datos modificamos- pulcramente impresos en atractivos colores y decidimos aprovecharlos.
El texto, cuya literalidad no recordamos, era algo así:
"Sr. D .... Notario, ...Madrid.- Muy Sr. nuestro: — Por la presente requerimos su actuación para acreditar que las cortinas, alfombras, moquetas, tapicerías y otros enseres similares convenientemente tratados con nuestro producto "Newtextil" resultan rejuvenecidos, limpios y con ingredientes que actúan sobre su conservación, recobrando la viveza de sus originales colores. Para ello y para evitar suspicacias, podrá Vd. adquirir en cualquier tienda o supermercado un aerosol de nuestra marca, que Vd. traiga o que le proporcionemos y aplicarlo a cualquier elemento decorativo que Vd. desee.— Por unos honorarios extraarancelarios, y si Vd. no tiene inconveniente, aparecerá en pantalla de TV, adecuada y discretamente maquillado (por exigencias de los asesores artísticos de las emisoras) acompañado por una de nuestras azafatas que hará de su eventual secretaria y Vd., con una de nuestras mercancías en la mano y mirando alternativamente a esta y a la azafata, sólo tendrá que decir "yo también la uso". Tiempo de su aparición en pantalla, unos cinco segundos. — Le agradeceremos que se ponga en contacto con nosotros a fin de suscribir el acta correspondiente y fijar fecha y hora para la realización del anuncio.- En espera de sus noticias, atentamente le saludan. . ."
Los resultados fueron diversos, según el círculo en el que se produjeron.
En el ámbito notarial, los colegas que comentaron la cuestión en reuniones y tertulias estimaron sesudamente que, desde el punto de vista profesional, nihil obstat a aceptar sin reservas el requerimiento, ya que era habitual y encajaba en los conceptos reglamentarios y deontológicos, pero había ciertas discrepancias respecto a la aparición en pantalla y así, un sector que pudiéramos llamar clásico opinaba que había que rechazarla, mientras la facción progresista, a su vez con matices, por una parte consideraba que era frecuente que los notarios lucieran su busto en los televisores, como en el sorteo de la ONCE y en otros similares, pero había cierta unanimidad en no admitir que el fedatario pronunciara palabra alguna. Un querido amigo de brillante estela profesional y excelente persona nos dijo en una cena que habitualmente celebrábamos el mismo día 28, que él transigía con el discreto maquillaje, pero que había decidido inexorablemente no consentir la propuesta frase, "yo también la uso" que consideraba confusa, ambivalente, polisémica y contraria a "la verdad en el concepto y la propiedad en el lenguaje" del art. 148 del Reglamento Notarial, nada menos, si bien toleraría, quizá, alguna otra de modo que, así como así, tercio en la polémica como a veces lo hacia el amigo Windscheid en las discusiones (v. g. la naturaleza jurídica de la posesión ¿os acordáis?) entre sus compadres Ihering y Savigny.
En el seno familiar ya fue otra cosa. Se acogía jubilosamente el debut televisivo del paterfamilias sin reservas ni condicionamientos. Tal cual. Esposa, hijos y hasta alguna suegra estaban encantados con el evento cuya fecha se comunicaría debida y puntualmente a los amigos, aunque el spot saldría varias veces. Un prestigioso compañero de nuestro antiguo afecto nos aseguro, tras el desencanto, que hubo un animado debate doméstico sobre la corbata ya que la ocasión demandaba que fuera de vivos tonos puesto que la televisión era en color y había que dar la impresión de juventud y de modernidad, aunque hubo acuerdo pleno sobre el terno, oscuro, desde luego. Otro querido colega decidió anticipar su visita al peluquero al que advertiría la recomendación familiar de que no le apuraran tanto el corte capilar y hasta hubo alguna sugerencia para ver si podía atezarle un poco las incipientes canas. Parece ser que un eficiente, veterano y leal empleado insinuó discretamente la posibilidad de lucir él también en el televisor, si bien en segundo plano y sin pronunciar palabra alguna. Y, en fin, la moderadamente celosa esposa de otro de los inefables crédulos conmino a este -según su propio testimonio- a que "a ver donde ponía la otra mano", la que no asía el prodigioso detergente, temerosa de que con ella ciñera la grácil y bien torneada cintura de la faldibreve azafata que, tal vez, jugaría con ardid su luminosa sonrisa.
Hubo, naturalmente, varios acaecimientos de venturoso recuerdo y sospechamos que también padeció nuestra inocentada el anónimo titular del teléfono al que había que llamar aceptando el requerimiento, pero pensamos que las ilusiones son como el sol, que nos ilumina y pone las sombras detrás de nosotros.