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ENSXXI Nº 35
ENERO - FEBRERO 2011

FRANCISCO SOSA WAGNER
Catedrático de Derecho Administrativo y Diputado, por UpyD, en el Parlamento Europeo

Hace gracia oír la opinión despectiva acerca de “la burocracia” de Bruselas y de la lejanía de los asuntos europeos respecto a las preocupaciones de los ciudadanos para descalificar lo que se hace en las instituciones bruselenses. Es una cantinela constante que la entonan, sin que se adviertan signos de desfallecimiento, muchas de las personas que acuden a los foros de debate en los que participo. A mí -como digo- me hace gracia porque creo que para burocracia la de las Comunidades autónomas españolas o la de muchos de nuestros Ayuntamientos. Burocracia donde conviven profesionales que han ingresado según los métodos canónicos que impone el respeto al principio del mérito y la capacidad con advenedizos extraídos de las agrupaciones locales de los partidos o del entusiasmo sindical o -suprema ternura- del entrañable círculo de parientes, agnados o cognados.
Se olvida que en la Unión Europea, que acoge hoy a veintisiete Estados, hay una Administración muy poco desarrollada porque el aparato administrativo es el prestado por el propio de los Estados miembros.
No quiero defender la condición idílica de las instituciones europeas, que sufren por supuesto los mordiscos de muchas perversiones. Pretendo únicamente atemperar algunos estereotipos que circulan como suelen circular todos los estereotipos: con la mala fe de los menos y la complicidad de los más. A estos, a los estereotipos -o lugares comunes-, recomiendo aplicarles las meditaciones que hace Tocqueville en ese libro impar que contiene sus Recuerdos de la Revolución de 1848: “no es que los desprecie -dice el ensayista francés- pero los frecuento poco, los respeto porque rigen el mundo pero me aburren profundamente”.
Pues bien, otro de esos estereotipos es la observación -de enteradillos a la violeta- que subrayan la lejanía, respecto del ciudadano de la calle, que proyectan las preocupaciones europeas. Quien así discurre -y permítaseme emplear este verbo como figura de dicción- ignora con bastante desparpajo que buena parte de la vida buena de ese sujeto se beneficia de decisiones tomadas en la “lejana” Bruselas.

"Se ignora que con los fondos europeos se ha peatonalizado la calle por la que pasea en la ciudad donde vive o se ha restaurado aquel caserón derruido convertido hoy en casa de cultura o en un museo local"

Ignora por ejemplo que con los fondos europeos se ha peatonalizado la calle por la que pasea en la ciudad donde vive o se ha restaurado aquel caserón derruido convertido hoy en casa de cultura o en un museo local. Ignora que, si puede pasar un fin de semana en Londres gracias a un vuelo económico, ello se debe a que, desde la Unión europea, se ha propiciado la liberalización del transporte aéreo y ello ha favorecido a millones de ciudadanos, antes encadenados a las fronteras provinciales o a los encantos de la playa turística castiza, aquella donde se amontonan los cuerpos y se dispersan los espíritus.
O que si ha podido mandar a su hijo, que está matriculado en Ciencias Económicas, a estudiar a la London School se debe a las becas Erasmus que ideó aquél gran presidente de la Comisión europea que fue Jacques Delors. Estoy hablando de la mítica London School, coto cerrado hasta ahora para extranjeros con medios económicos e influencias sociales.
Y así podríamos seguir ... con las ventajas de la protección de los consumidores que se ha ido reforzando gracias a las Directivas y los Reglamentos, con el espacio Schengen que nos permite viajar sin más acreditación que la de nuestro carnet de identidad, o con el euro, supremo invento que ha arrebatado la política monetaria de las manos de los gobernantes nacionales. A la vista de la alegría irresponsable con la que algunos de ellos se endeuda o toman otras decisiones económicas, inspirados en una encuesta o en los votos que van a conseguir en su pueblo, se trata de una limitación de la soberanía nacional que solo tranquilidad puede llevar a las personas comedidas y de buen tino.
Nuestros problemas como españoles son de una magnitud extraordinaria. No es este el momento para amargar la vida a mis amables lectores exponiéndoselos. Los conocen sobradamente unos profesionales como los notarios que tan apegados están a la realidad de la sociedad a la que sirven desde sus despachos.
Buena parte de esos problemas o se afrontan desde Europa o seguirán sepultados entre capas superpuestas de indiferencia, de soberbia o de ignorancia.

"Nuestros problemas como españoles son de una magnitud extraordinaria. Buena parte de esos problemas o se afrontan desde Europa o seguirán sepultados entre capas superpuestas de indiferencia, de soberbia o de ignorancia"

Más Europa, pues, nunca menos Europa.
Una Europa que ha de seguir caminando firme por la senda de la federalización soñada por los padres fundadores, por Monnet, por Schuman, por Adenauer ... Lo que supone fortalecerla reformando -en el futuro- la Comisión, avanzando en el gobierno económico europeo, y sobre todo animándola como gran espacio cultural. Soy en este sentido un poco heredero de Salvador de Madariaga (también quisiera serlo de Ortega, aunque ambos personajes se odiaban). En su libro “Bosquejo de Europa” anota: “Europa tendrá que volver a pensar, sentir y escribir su propia historia; no por cierto para blanquear de cal hipócrita lo que en su historia hay de negro (que no es poco) sino para colocar cada hecho en su sitio y darle su significación no ya nacional sino europea de conjunto”. Es verdad que en Europa se han vivido enfrentamientos aniquiladores pero no es menos cierto que somos hijos de una cultura grecocristiana cuyas grandes creaciones a todos nos abraza.
¿Quién en Europa no se reconoce en Velázquez, en Cervantes, en Goya, en Molière, en Bach, en Mozart o en Vivaldi? Europa necesita un relato urdido entre sus grandes nombres. ¿No está en lo mejor de nuestra tradición literaria un autor como Schiller, autor por cierto del himno que se oye en las ocasiones solemnes (“A la alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven), que utilizó a Alemania para su Wallenstein, Francia para La doncella de Orléans, Suiza para Guillermo Tell e incluso España para su Don Carlos. Goethe -véanse sus Conversaciones con Eckermann- leía los periódicos ingleses, franceses e italianos en la minúscula Weimar de los años veinte y treinta del siglo XIX.
¿Por qué no una historia básica que se explique a los jóvenes en toda Europa donde se ponga de manifiesto que existe una historia común de muchos siglos, de búsqueda de unidad, y que comparte tradiciones, culturas, músicas, religión, arquitectura, arte ...?  Es decir, la explicación de lo que, como europeos, nos une. Así se iría formando el “pueblo europeo” como se formaron los pueblos italiano, francés o alemán, una tarea que no es de un fin de semana pero que es imprescindible para neutralizar a quienes se complacen en presentar el pasado como un mosaico de historias divergentes y contradictorias.
Por ahí circula, a mi modesto entender, el futuro. Un futuro que yo sueño libre de los nacionalismos que han sido el alfa y el omega de la siniestra patología europea.  

Abstract

Contempt for the “bureaucracy” of Brussels is as widespread as is the idea that European issues differ broadly from the matters citizens really worry about. As a result every decision taken by Brusselian institutions can be disqualified.
We tend to forget that nowadays twenty-seven states are part of the European Union, and that if its administration is underdeveloped, it might be due to the fact that the only administrative apparatus the Union relies on is the one lend by the member states.
The author is not maintaining that European institutions are idyllic. He is obviously aware that they are stricken with perversions, but tries to temper some of the stereotypes going round.