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ENSXXI Nº 36
MARZO - ABRIL 2011

JOSÉ IGNACIO WERT
Notario de Madrid

España está anímicamente muy baja. Los datos de confianza de los consumidores muestran un perfil desalentador, tanto en lo que se refiere a la percepción de la situación económica actual como en lo que atañe a las expectativas económicas. En ambas dimensiones, según la serie del CIS que arranca en enero de 1996, estamos muy cerca del punto más bajo que en expectativas se produjo en 2008 y en percepción de la situación actual en mayo de 2010. El Indicador de Confianza del Consumidor del ICO registró en diciembre el valor más bajo de todo el año, diez puntos por debajo del mismo mes del año anterior, aunque mejoró ligeramente en enero.

"El 59% de los entrevistados piensan que en España las cosas van por un camino equivocado, mientras que el 30% en 2009 y el 26% en 2010 consideran que van en la dirección correcta"

La debilidad de ese estado de ánimo se explica por varios factores. Sin duda, el más relevante es la situación del empleo. Una tasa de paro del 20% le da al desempleo una visibilidad social altísima, provoca una onda expansiva que no se limita a los directamente afectados y a su círculo más inmediato, sino que se extiende como una mancha de aceite sobre el estado de ánimo de toda la sociedad. No tanto por el efecto de la estadística cuanto por el storytelling que lleva consigo: todos conocemos casos concretos de gente que ha perdido su empleo y, a menudo, de los problemas económicos, sociales y familiares que esa pérdida apareja.
Pero, además, en la base de ese estado de ánimo pesa mucho la extendida sensación de que -parafraseando el libro de Ken Rogoff y Carmen Reinhart- "Esta vez es diferente". Diferente por la intensidad, diferente por la duración, diferente por la ausencia en el imaginario social de perspectivas de solución. Baste un dato de estremecedora contundencia: según el más reciente barómetro del CIS la mitad de los parados entrevistados consideraba poco o nada probable encontrar un empleo en los próximos doce meses; el 15% de los ocupados entrevistados consideraba muy o bastante probable perder el que actualmente ocupa.
Un interesante estudio de Víctor Pérez Díaz y Juan Carlos Rodríguez para FUNCAS  (Alerta y desconfiada: la sociedad española ante la crisis, FUNCAS, Madrid, 2011) pone en relación ese deprimido humor social con una serie de variables actitudinales y axiológicas que, en conjunto, nos sitúan ante una sociedad que entiende a medias el sentido de lo que pasa, pero entiende sobradamente que falta stamina política para resolverlo.
Los datos a este respecto son terminantes: el 59% de los entrevistados en las dos encuestas en que se basa el estudio, realizadas en el otoño de 2009 y 2010 piensan que en España las cosas van por un camino equivocado, mientras que el 30% en 2009 y el 26% en 2010 consideran que van en la dirección correcta. Esto tiene una doble implicación. La más obvia es que no se produce ninguna mejora en la percepción del rumbo. Pero la más digna de atención es que no hay ninguna sensibilidad positiva al cambio de rumbo en la política económica que tiene lugar en la primavera de 2010. Es decir, hay una descalificación social prácticamente equivalente de una política y de su contraria. Otro indicador recogido en las dos encuestas lo dice aun más claro: en 2009 el 20% estaba muy o bastante de acuerdo con el modo en que el Gobierno estaba afrontando la crisis económica, en tanto que el 76% estaba poco o nada de acuerdo con esa gestión de la crisis; en 2010, los conformes descienden al 16% y los disconformes ascienden al 78%. Pero, a su vez, apenas alcanzan el 25% las opiniones de que un gobierno del PP lo haría mejor, pocos más de quienes piensan que lo harían peor (24%). La mayoría cree que lo haría igual.

"De los 4,3 millones de jóvenes de 16 a 24 años que viven en España, el 44,9% son activos en términos de esa encuesta. De ellos, el 42,1% está en paro"

¿Cómo interpretar esto? Al margen de las interesantes hipótesis que plantean en su trabajo Pérez Díaz y Rodríguez, creo que se impone alguna reflexión sobre las interrelaciones entre estas opiniones y el generalizado desánimo que prevalece en la sociedad. Me refiero a lo que creo que es un exceso de focalización política en el relato social que prevalece sobre la crisis y que actúa al tiempo como válvula de escape y como tapón. Y en esta contradicción se neutraliza y paraliza la reacción social indispensable para salir del pantano depresivo.
 Ha habido en nuestro país dos iniciativas sociales en los últimos tiempos que han intentado enfrentarse a esta cuestión. La primera, la de la Fundación Confianza, auspiciada por el Consejo Superior de Cámaras ("Esto sólo lo arreglamos entre todos"), intentaba poner en valor los activos tangibles e intangibles de nuestro tejido empresarial, cultural y social para traer al primer plano historias de éxito que marcan el camino de emulación y anclan en bases atractivas la confianza en nuestro futuro.
La más reciente, coordinada por la Fundación Éveris con la participación de destacados empresarios y especialistas ("Proyecto TransformaEspaña") se orientaba más bien a promover una convergencia de la sociedad en torno a un diagnóstico compartido de los problemas y la hoja de ruta de sus posibles soluciones.
Tanto la una como la otra fueron acogidas con más recelo que calor por el establishment político, que buscaba claves ocultas en ellas, una invasión del territorio político por parte de entidades ajenas a él que era preciso -antes que nada- desactivar.
Y es una pena. Porque lo cierto es que con un calendario electoral como el que tenemos por delante sería necio esperar de los partidos la grandeur d'esprit precisa para abordar el ejercicio de reflexión, diagnóstico, y las propuestas de acción que son precisas para salir del pozo. Pero esta parálisis política no debería contagiarse al resto de la formación social.

"Es evidente que de los problemas no se sale si uno está convencido de que no tienen salida"

Especial atención a este respecto merecen los jóvenes. Los datos recientes son sobrecogedores, tanto los que se refieren a la situación de hecho en que se encuentran como los que remiten a sus expectativas. No sé cuáles son peores, pero sí me parece claro que unos y otros se retroalimentan.
Veamos los hechos. La EPA del 4º trimestre de 2010 nos sitúa ante un paisaje desolador. De los 4,3 millones de jóvenes de 16 a 24 años que viven en España, el 44,9% son activos en términos de esa encuesta. De ellos, el 42,1% está en paro.
Si comparamos esa situación con la que teníamos 15 años atrás, en el primer trimestre de 1996, resulta que el número total de jóvenes (activos y no activos), pese al aporte de la inmigración, se ha reducido nada menos que en una cuarta parte, un millón y medio menos de jóvenes en esos tramos de edad que en 1996, como consecuencia de la intensa contracción demográfica que tiene lugar a partir de 1975 (el número de nacimientos en España en 1996 es poco más de la mitad de los de 1975; ningún otro país europeo ha experimentado un proceso de contracción tan intenso en tan poco tiempo). Nos encontramos así con que, pese a que ahora hay en total seis millones más de ocupados que hace 15 años (un 47% más), entre los menores de 25 años la cifra de ocupados es ahora inferior en más de 350.000 a la que había en 1996 (un 24% menos). Entonces, los menores de 25 años suponían el 11,7% del total de ocupados; hoy representan apenas el 6,1% de aquellos.
Podríamos pensar que una parte de esa realidad esconde un elemento en principio salutífero, el de la prolongación del ciclo educativo que comporta una incorporación más tardía a la vida laboral. Podríamos, pero no es verdad. Por un lado, porque, de hecho, ahora hay una proporción mayor de jóvenes en la población activa (tasa de actividad del 48,5%) que hace 15 años. Por otro lado, porque si bien es cierto que la tasa de jóvenes matriculados en centros superiores de enseñanza es ahora mayor que hace 15 años, ese fenómeno coexiste con otro de sentido contrario, como es el incremento del fracaso escolar en la etapa obligatoria y, consiguientemente, el abandono temprano de las aulas.
Esta situación de severo empeoramiento de las perspectivas de acceso al mercado laboral cuya aritmética acabo de presentar, encuentra una clara traducción al estado anímico de los propios jóvenes, como se acaba de poner de manifiesto en una interesante investigación sobre la juventud en el mundo (2011 La Jeunesse du Monde, www.fondapol.org) realizada por la Fondation pour l'innovation politique, un think-tank francés próximo a la UMP, basada en una encuesta a 25.000 jóvenes de 16 a 29 años en 25 países que incluyen tanto las principales economías desarrolladas como los principales países emergentes.
De las múltiples dimensiones que se consideran en este trabajo, me ha llamado sobre todo la atención lo que tiene que ver con la disposición anímica, la forma de ver el futuro propio y el del país. Sólo la mitad de los jóvenes españoles consideran que tienen ante sí un futuro prometedor. Apenas húngaros (49%), griegos y japoneses (43% estos dos últimos) son menos optimistas sobre su futuro. Por supuesto, los jóvenes de los países emergentes son los que en mayor proporción tienen esa sensación positiva (así, en India es un 90%, en Brasil un 87%, en Rusia un 81% o en China un 73%, por citar a los más destacados). Pero es que los jóvenes españoles comparan muy desfavorablemente en optimismo con los de economías muy desarrolladas como Estados Unidos (81%), Canadá (79%), Australia (78%) y, dentro de Europa, países como Finlandia, Polonia, Suecia o el propio Reino Unido, en los que la proporción de optimistas sobre el propio futuro ronda el 75%.
Ahora bien, aun es más aguda esa percepción peyorativa cuando el ámbito sobre el que se pregunta es el futuro del país. Aquí, apenas el 20% de los jóvenes españoles creen que su país tiene un futuro prometedor. Sólo los jóvenes franceses y los griegos presentan un valor más bajo (17%). Y si bien es cierto que, de nuevo, es en los países emergentes donde más alto es el optimismo de los jóvenes sobre el futuro del país (83% en India, 82% en China, 72% en Brasil o 59% en Rusia), el score español también se desvía muy significativamente de las percepciones que tienen los jóvenes en economías desarrolladas como Canadá (65%), Australia (63%), Estados Unidos (37%) o, en Europa, Finlandia y Suecia (más del 60%), Polonia y el Reino Unido (por encima del 40%). Hay una clara concentración geográfica del mayor pesimismo en el sur de Europa: Francia, Italia, Grecia y España.
La cuestión que todo esto plantea es realmente acuciante. Es cierto que las circunstancias objetivas -de las que hemos hablado anteriormente- pueden explicar una parte si se quiere más coyuntural de este deprimente paisaje anímico. No menos cierto resulta que otra parte razonable de ese estado de ánimo tiene que ver con la conciencia, probablemente más aguda entre los jóvenes, de que la vieja Europa es perdedora neta en el entorno de la globalización. Pero aun así, lo uno y lo otro no sirve para dar cuenta de todo el pesimismo que rezuman estos datos y que constituye un problema no menos grave que el de la grave situación de empleo a que nuestros jóvenes se enfrentan.
Porque es evidente que de los problemas no se sale si uno está convencido de que no tienen salida. Más aun, que el contagio viral de este espíritu atrabiliario es sumamente peligroso: jóvenes que se desaniman en los estudios, exacerbación del  presentismo y del escapismo, caída de cada vez más jóvenes en el fenómeno "ni-ni" como un lifestyle aceptable (si no hay futuro ¿para qué prepararse para él?). Por todo ello, Houston, tenemos un problema. Un problema al que hay que enfrentarse de inmediato si no queremos hacer realidad la sombría profecía de Dominique Strauss-Kahn que ha hablado ya del peligro de una "generación perdida". No se oculta la responsabilidad de los jóvenes, bastantes de los cuales se han dejado deslizar por una pendiente de conformismo y despreocupación. Cualquier generación perdida lo es porque se ha perdido a sí misma. Pero una gran responsabilidad nos incumbe a los maduros, que no les hemos alertado de que el futuro hay que ganarlo, de que las cosas no se consiguen sin esfuerzo, de que la prosperidad ni es eterna ni es segura, y que les hemos educado en una cultura de los derechos que dejaba en sombra los deberes. Ahora les y nos toca arreglarlo. Ojalá estemos a tiempo.

Abstract

Spain feels down. Consumer confidence data show a discouraging profile regarding the present economic situation as well as economic expectations. According to the CIS (Spanish Centre for Sociological Investigations) series, starting on January 1996, we are, in both spheres, very close to the lowest expectation point registered in 2008, and close to May 2010 in the perception of the present state of things. Spanish Consumer Confidence Index "established by the Official Credit Institute, ICO" registered in December the lowest value of the year: ten points below last year's level during the same month.
An interesting study supervised by Víctor Pérez Díaz and Juan Carlos Rodríguez for the FUNCAS (Spanish Saving Banks Foundation) entitled "Alert and distrustful: Spanish Society Before the Crisis" (FUNCAS, Madrid, 2011), relates Spanish depressed social mood to a series of attitudinal and axiological variables. According to it, Spanish society understands just part of what is going on but is perfectly aware of the need of political stamina to solve it.
The abovementioned study is based on two surveys displaying conclusive data: 59% of the people interviewed in autumn 2009 and autumn 2010, believe that Spain is following the wrong path, while 30% of the interviewed in 2009 and 26% of the interviewed in 2010 consider we are heading in the right direction.