Menú móvil

El Notario - Cerrar Movil

ENSXXI Nº 36
MARZO - ABRIL 2011

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR TREMOYA
Periodista

Este asunto de la ciudadanía, con sus progresiones y retrocesos, venía de muy atrás, de la polis de la Hélade –recordemos el zoon politikon de Aristóteles y La República de Platón-, pero fue en Roma donde cristalizó bajo formas jurídicas de extraordinario interés y perennidad. A la altura del siglo primero de nuestra era, se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 22 versículos 25-29, que “cuando le tenían estirado con las correas, dijo Pablo al centurión que estaba allí: ‘¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberle juzgado?’. Al oír esto el centurión fue donde el tribuno y le dijo: ‘¿Qué vas a hacer?. Este hombre es ciudadano romano’. Acudió el tribuno y le preguntó: ‘Dime, ¿eres ciudadano romano?’. –‘Si’, respondió. –‘Yo, dijo el tribuno, conseguí esta ciudadanía por una fuerte suma de dinero’. –‘Pues yo, contestó Pablo, la tengo por nacimiento’. Al momento se retiraron los que iban a darle tormento. El tribuno temió al darse cuenta que le había encadenado siendo ciudadano romano”.
O sea que había un status dual según se poseyera o no la ciudadanía romana. Por ejemplo, para que a un individuo le dieran o le dejaran de dar tormento. A los ciudadanos, sólo después y como consecuencia de un juicio, podía aplicárseles castigos o tormentos. Puede pensarse que además por el método de aproximaciones sucesivas acabaría configurándose así el habeas corpus. En el diálogo de Pablo con el tribuno hay unos códigos compartidos aunque la posición en términos de poder fuera muy diferente. Ajenos a ese ámbito aparecen los que ahora llamaríamos sin papeles, en definitiva, los no ciudadanos, cuya condición jurídica era de muy baja calidad, según todavía puede verse en las leyes de extranjería. En cuanto a las formas de conseguir la ciudadanía, en el relato de los Hechos (22, 25-29)  aparece la compra por dinero que confiesa haber utilizado el tribuno y el derecho derivado del nacimiento que cabría examinar bajo las modalidades del lugar geográfico, ius soli o de la genealogía familiar, ius sanguinis.

"En la antigua Roma había un status dual según se poseyera o no la ciudadanía romana. Por ejemplo, para que a un individuo le dieran o le dejaran de dar tormento"

Pero junto a los ciudadanos estaban también los esclavos no necesariamente reclutados entre los que ahora llamamos inmigrantes porque también cabía ser reducido a esclavitud por deudas. Debieron pasar siglos hasta que antesdeayer se aboliera una figura que había pasado a ser considerada vergüenza improrrogable. Tuvimos las revoluciones americana de 1776 y francesa de 1789, surgió el servicio militar obligatorio como un orgullo porque los nuevos “ciudadanos en uniforme” conjuraban las tentaciones pretorianas de los ejércitos mercenarios y vinculaban otra vez el acceso a la plena ciudadanía con la habilitación para el uso de las armas, a la que se ha referido Rafael Sánchez Ferlosio en su libro El Ejército Nacional. Luego se fueron erosionando esas referencias y fue cundiendo la aversión generalizada al cumplimiento de esos deberes, se instaló la objeción de conciencia a su cumplimiento como un progreso moral y por ahí acabaron aboliéndose. Entonces, la plena profesionalización de las Fuerzas Armadas fue acogida como un hallazgo sin contraindicaciones.
Otra cosa es que por ejemplo en Estados Unidos, donde los estudios de sociología militar están más avanzados, se haya podido comprobar que el alistamiento voluntario se convierte en refugio de los más desfavorecidos y de los peor dotados intelectualmente, a veces en el límite de la delincuencia. Un fenómeno que conocíamos por unidades como la Legión extranjera en Francia o en España, cuyo ardor guerrero nacía más de la desesperación que del amor a una patria que no era la suya originaria. También se advirtió que el recurso a los mercenarios desequilibraba la presencia en filas por lo que respecta al origen social y territorial de los soldados. Otro efecto colateral muy relevante es que los miembros de la Cámara de Representantes y los senadores, una vez que sus propios hijos quedan a salvo de ser movilizados, generan hacia la guerra una actitud mucho menos exigente. Porque cuando Vietnam, en tiempos de la conscripción, como también luchaban y morían los de la propia familia se pasó a buscar la forma de parar el conflicto.

"En  las revoluciones americana de 1776 y francesa de 1879, surgió el servicio militar obligatorio como un orgullo porque los nuevos 'ciudadanos en uniforme'"

Pero volvamos a la figura del ciudadano que estaba destinada a terminar con la pervivencia de los privilegios estamentales tan discriminatorios para los integrantes del estado llano. La onda expansiva llevó del voto censitario al sufragio universal, extendido a las mujeres mucho después. En España las mujeres les deben su incorporación al censo electoral al liderazgo de Clara Campoamor en 1931. Nos adelantamos así en el plano de los derechos civiles a otros países con mayor desarrollo social como Francia donde si no recuerdo mal el sufragio femenino se implantó en 1944, Italia que lo hizo en el 45, Bélgica en el 48, Estados Unidos en el 65 o Suiza en el 90. Al fin  pasábamos a ser  ciudadanas y ciudadanos igualados en el derecho al voto que contaba lo mismo en papeletas sin sexo. Otra cosa sería el análisis de sus primeros efectos. Porque esa ampliación del derecho de voto tomaría venganza de sus promotores progresistas debido al peso que entonces tenía la clerecía sobre las féminas, cuyas papeletas se consideraron decisivas para propiciar la victoria de las derechas en las elecciones generales de 1933.  
Era una gloria llegar a ser ciudadanos de pleno derecho, o volver a serlo después de cuarenta años de minoría de edad, como nos sucedió a nosotros con la recuperación de la democracia en 1978. El día de las elecciones, cuando supimos que nuestros votos sumados eran capaces de erigir y derribar gobiernos, pasó a llamarse la fiesta mayor de la democracia. Un sistema que, sometido a erosiones y desafíos, agitado por intereses de grupo, en aparente desventaja para según qué empresas respecto a los expeditivos sistemas autoritarios, se averiguaba como el peor siempre que se excluyeran todos los demás. La democracia de Montesquieu con su división de poderes -Ejecutivo, Legislativo y Judicial- que se vigilan y controlan entre sí, a los cuales algunos politólogos enseguida añadieron el llamado cuarto poder, el de la opinión pública, que los sobrevuela a todos. Su primera articulación se encarnó en la prensa y más adelante en el entramado de los medios de comunicación social a base de la radio y la televisión al que ahora acaban de sumarse las nuevas redes sociales.
Un buen amigo periodista partía en estas mismas páginas de considerar imposible la existencia de prensa que mereciera tal nombre allí donde faltara el reconocimiento de las libertades de expresión. Después se interrogaba sobre si, a la inversa, podrían prevalecer las libertades allí donde la función fiscalizadora que ha venido cumpliendo la prensa dejara de mantenerse activa. Porque, mientras se discute inútilmente sobre la continuidad de los soportes –papel impreso o digital-, se olvida la función capital del periodismo informativo que es siempre vivificadora de la democracia. Da la impresión de que hemos perdido el oremus. Si las redacciones formadas por periodistas competentes entregados a esas tareas que evitan la oxidación de las libertades y garantizan la vigencia de las proclamaciones de derechos, pasan a considerarse meras generadoras de ruina para los medios informativos donde se encuadran; si la rentabilidad que los hace sostenibles solo anidara en el futuro en la piratería del corta, pega y difunde, nos deslizaríamos por la pendiente del abandono asilvestrado en manos de ese llamado periodismo ciudadano de aficionados fijos discontinuos, activados sólo por los reflejos mecánicos de sus intereses personales.
De ahí la conveniencia de reflexionar con Luigi Ferrajoli siguiendo las páginas de su último libro Poderes salvajes, que acaba de publicar la editorial Trotta. Es evidente que el caso de la Italia de Berlusconi proyecta con fuerza su sombra sobre el texto. Pero es un dato de experiencia que las anomalías con las que coexistimos nos acaban contagiando de manera más o menos insidiosa, en especial a partir del momento en que desertamos de combatirlas. En cuanto a la realidad italiana queda claro que es inseparable de su peculiar sistema de medios de comunicación, dirigido con tanto éxito al envilecimiento y anestesia de la opinión. Reconozcamos de paso que nuestra televisión está mayoritariamente en las mismas manos y advirtamos que los efectos degradantes de esa dieta mediática a la que estamos sometidos se dejan ver con claridad en cualquier  analítica a la que se someta a nuestro civismo. En cuanto a la prensa tributaria del soporte de papel, la situación parecería agónica si juzgáramos por los fundados pronósticos que tantos suscriben en todas partes. Otra cosa es que en defensa propia debiera la ciudadanía en pleno alzarse contra la licuefacción de los documentos estampados sobre papel porque aceptar su desaparición a favor de una mímesis digital nos entregaría a la incertidumbre de los fluidos, al vértigo de la extinción, como si estuviéramos ante el advenimiento de la hora de la verdad.

"En España las mujeres les deben su incorporación al censo electoral al liderazgo de Clara Campoamor en 1931. Nos adelantamos así en el plano de los derechos civiles a otros países con mayor desarrollo social como Francia"

A propósito de ella escribe Simon Leys en La felicidad de los pececillos (Editorial Acantilado. Barcelona 2011), para señalar que la circunstancia  que confiere a las palabras su peso más memorable es la inminencia de la muerte. Pudiera ser que ese fuera ahora el turno de la prensa escrita, que estaría ofreciendo su canto del cisne. A ese momento se refieren las Analectas de Confucio al decir que “cuando un pájaro va a morir su canto es sobrecogedor”. De ahí también que en plena concordancia el derecho anglosajón considere la declaración de un agonizante dotada de una fuerza probatoria especial, pues “se supone que un moribundo no miente”. Claro que escribir para los lectores de “El Notario” a propósito de verdades últimas y de últimas voluntades equivaldría a la osadía del intento de vender miel al colmenero. La cuestión inexcusable es la de que quedaría de las democracias tal como las hemos experimentado si siguiera acusándose el declive del hombre público. Porque las democracias se hacen y se sostienen vigentes con ciudadanos comprometidos, de la misma manera que el Japón sólo se explica sobre la base de los japoneses.