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ENSXXI Nº 38
JULIO - AGOSTO 2011

SEBASTIÁN FERNÁNDEZ RABAL
Notario de Lorca (Murcia)

Acta de notario

Los compañeros me piden que redacte un artículo sobre el terremoto de Lorca.
Se me ocurre, que al no ser escritor, lo que menos mal haré será levantar un acta de lo que allí ocurrió la tarde del día 11 de mayo del año 2011. Y para ser más exacto, lo que viví en primera persona.
En Lorca, por mi y ante mí, Sebastián Fernández Rabal, Notario de esta ciudad, del Ilustre Colegio de Murcia. Doy fe.
“Que siendo las cinco horas y diez minutos de la tarde del día 11 de mayo de 2011, en un día primaveral, aunque ya se siente la cercanía del verano, luce un sol espléndido en la “Ciudad del Sol”. La tarde es apacible y tranquila, casi soñolienta, hasta que de pronto un fuerte estruendo nos espabila a todos.
Estoy en casa, a punto de salir hacia el despacho, donde he quedado en pocos minutos con unos clientes para autorizar unos poderes, para votar por correo en las próximas elecciones autonómicas y municipales del día 22. Isabel, mi esposa, que está conmigo exclama “¡es un terremoto!, ¡es un terremoto!”, su sensibilidad para estos fenómenos es mucho más certera y afinada que la mía.
Aunque es relativamente frecuente que haya pequeños temblores en la zona, éste ha sido bastante más fuerte.
Hacemos rápidamente una comprobación de daños y, afortunadamente, nada grave, apenas unos pocos libros caídos en la estantería, y un par de portarretratos por los suelos.
Pero la tranquilidad ha quedado rota de inmediato; oímos el murmullo de la gente que ha salido de sus casas asustada, y ahora están en la calle. Salimos al balcón, y comprobamos que parte de los vecinos andan en la plaza que está frente a nuestro edificio. En unos instantes nos encontramos nosotros también junto a ellos. Comentamos lo acaecido. Hay bastante nerviosismo, pero felizmente, sólo ha sido un susto.
Más tranquilos todos, me despido, y marcho hacia la notaría, apenas tres minutos a pie, voy apresurado. En la puerta me espera Fernando, el oficial que me va a acompañar, y están llegando los clientes citados. Nos introducimos en su coche, y nos dirigimos a la Torrecilla, una pedanía de la ciudad, recorremos la calle Jerónimo Santa Fe, y al pasar por el barrio de La Viña vemos que algunos inmuebles han sufrido daños, y que hay grupos de gente alrededor.
Somos cuatro en el coche; comentamos lo sucedido, pero sin darle mayor importancia. Los carteles de los candidatos a las elecciones van jalonando el trayecto. Salimos de la ciudad, y en seguida llegamos a la casa de unos amigos de nuestros acompañantes, donde autorizo sendos poderes al matrimonio enfermo que allí habita; comentamos también el terremoto, va a ser la “comidilla” del día. Tras despedirnos nos dirigimos al hospital Rafael Méndez, que está en la misma zona, junto al flamante estadio de futbol de la ciudad. Allí recojo la firma de un señor que ha ingresado esta misma mañana, al parecer por una arritmia. Es de mediana edad, se encuentra levantado, aparentemente está bien, y rodeado de su familia. Charlamos un poco, y le deseamos una pronta recuperación.
Salimos del hospital, faltan unos minutos para las siete, estamos llegando a la carretera que une Lorca con Puerto Lumbreras, la antigua nacional 340. A penas faltan unas centenas de metros. Es una bajada. El coche comienza a moverse, hemos pinchado; se mueve más, a lo mejor ha reventado alguna rueda, o tal vez sea la dirección. La realidad es mucho peor. El autobús que nos precede también se balancea, y mucho.
Son tan solo unos segundos. No hemos sentido más que el bamboleo dentro del coche, pero presentimos que éste temblor ha sido aún más fuerte que el anterior. Y me pregunto “¿No son las réplicas más pequeñas?”
Miro, enseguida, hacia Lorca. Estamos todavía un poco elevados, y se visualiza una parte importante de la ciudad. Aparece una gran nube de polvo blanco que la va envolviendo.
El corazón se me acelera. Recuerdo que llevo el teléfono móvil y llamo inmediatamente a Isabel; las comunicaciones fallan, pero tras varios intentos logro ponerme en contacto con ella. Muy alterada, me explica que había vuelto a casa justo unos minutos antes del terremoto, que éste ha sido brutal, que la luz eléctrica había dejado de funcionar durante unos instantes, y que ha bajado las escaleras del edificio con los zapatos en las manos y cayéndole trozos de pared; que creyó morir pero que, salvo el susto, está bien. Eso es lo importante.
Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad, tomamos la circunvalación sur, dejando a la izquierda el barrio de La Viña, que ahora se ve muchísimo más afectado, y entramos en la ciudad por la carretera de Águilas. El rostro de las personas que nos cruzamos es un poema, las caras desencajadas, los ojos tristes y asustados. Algunas se hayan quietas, y como adormecidas; otras marchan veloces y casi enloquecidas; trozos de cornisas y fachadas reposan sobre las aceras; grandes grietas adornan ahora los edificios; todo es polvo y susto.
Pedimos a nuestros acompañantes que nos dejen allí. Estamos cerca de la plaza del Óvalo, emblemático centro de la ciudad. El panorama es desolador.
Nos dirigimos Fernando y yo al despacho, para dejar las escrituras y cogemos los objetos personales. Llegando a la plaza de Colón la encontramos abarrotada de gente. Mi compañero Vicente, que encuentro junto a su casa, con la cara demudada, me comenta que ha cerrado la Notaria, y que todos se han marchado, pero que no tiene muchos daños. De reojo miro hacia la Cuesta de San Francisco, y el espectáculo es dantesco. La torre de la iglesia se ha agrietado, y sólo un milagro la mantiene en pie. El pensamiento es inmediato, que será del interior de esta preciosa joya, de sus retablos barrocos, y sobre todo de la imagen de la Virgen de los Dolores, madre de los “azules”.
Me despido de Fernando, preocupado, como todos, por su familia, también de Vicente, y me dirijo a encontrarme con Isabel.
Por el camino voy tropezando con conocidos y amigos, con los que con una mirada desolada y un saludo rápido, nos decimos todo sin detenernos. Tengo urgencia por llegar.
Isabel está cerca de casa, en la Alameda de la Constitución; allí están todos, vecinos, amigos, familias al completo, puesto que esta zona es amplia y no está rodeada de edificaciones que puedan caerse. Los hay que han traído incluso las sillas de casa para que puedan descansar los ancianos.
La preocupación principal y general es saber como están y contactar con los tuyos, los hijos, los padres, familiares y amigos.
Isabel ya ha hablado con nuestros dos hijos, están bien.
De repente, todas las alamedas, el pulmón verde de la ciudad, se llenan de familias, de amigos, de conocidos, de vecinos, y se comenta de todo, pero exclusivamente del mismo tema. Y van llegando noticias, y también rumores, y las mismas preguntas una y otra vez. Y entre tanto, la conversación se interrumpe por el sonido de una ambulancia o el resonar de la sirena de los bomberos y de los coches de policía.
El centro de la ciudad se ha cerrado a la circulación, el protocolo de emergencias se ha puesto en marcha, y las primeras ayudas van llegando con prontitud; pero al mismo tiempo todo se ve caótico en ese momento. Isabel se echa a llorar cuando le dicen que han salvado la imagen de la Virgen de los Dolores llevándola a la Casa del Paso Azul.
Comienzan a llegar noticias de fallecidos y de heridos. La gente va comentando los destrozos en los monumentos más emblemáticos de la ciudad: que si la Torre del Espolón en el castillo, que si la Iglesia de Santo Domingo, la sede del paso blanco, que si la Iglesia de Santiago, que si el Santuario de la Virgen de las Huertas, patrona de la ciudad, que si el Monasterio de las Clarisas, monjas de clausura, que si la iglesia de San Diego, que si…, todo el patrimonio de una maravillosa ciudad barroca por los suelos.
Y frente a tanta desgracia y tanto dolor emerge la parte más humana y magnífica, el abrazo de la solidaridad, el encuentro con la familia, el calor de los amigos.
Llega la noche. Muchos, los más afortunados marchan a su segunda residencia en Águilas o en el campo. Otros irán a Puerto Lumbreras, o a casa de algún amigo fuera de la ciudad. Los más humildes, casi todos inmigrantes, al campamento que se ha habilitado al efecto de manera acelerada y casi prodigiosa en el Huerto de la Rueda. Se calcula que cinco mil. Otros dormirán dentro de sus coches en la explanada del Centro Comercial Almenara, fuera de la ciudad, o en cualquier otro sitio, menos en sus casas.
Mañana será mejor.”
Hasta aquí el relato de unos hechos vividos en primera persona. Voluntariamente lo he reducido en el tiempo a la tarde de autos; y en el espacio para expresar lo que realmente viví. Existirán, calculo, sesenta o setenta mil relatos parecidos, de otras tantas personas que han compartido los mismos acontecimientos, probablemente muchos de ellos más dramáticos. Y los efectos durarán años. Para muchos, toda la vida.
Desgraciadamente hay nueve relatos que quedarán inéditos, y sin desvelar para siempre, jamás conoceremos lo que sintieron. Y un nasciturus que nunca podrá ver la luz maravillosa del cielo azul de esta ciudad.
Y a modo de epílogo, y fuera de los hechos propios de las Actas, permitidme unas reflexiones después de la tragedia, extremadamente simples.
• La fragilidad del ser humano que en poco más de 5 ó 6 segundos lo puede perder todo, incluso la vida.
• Lo relativo de nuestras prioridades en la vida, en circunstancias que denominamos normales.
• La importancia de conservar principios y valores de nuestra tradición cristiana, la familia, la solidaridad, la amistad, el amor, etc., que animan y alientan al hombre después de caer, a volver a levantarse, y hacerlo con ánimo. Algunos lo llaman espíritu.