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ENSXXI Nº 38
JULIO - AGOSTO 2011

FRANÇOIS ZUMBIEHL
Escritor y antropólogo, vicepresidente del Observatorio francés de culturas taurinas

Por los avances tecnológicos del momento y por las dinámicas económicas vivimos en un mundo cada vez más globalizado. Pero -¡ojo!- globalización no significa neutralidad. Por el contrario una guerra ideológica, más o menos subterránea, infiltra todos los campos de la cultura. Y no cabe duda de que las referencias y los modelos de vida de los países del norte, especialmente anglosajones, están en vía de imponerse a los demás pueblos a través de sus numerosísimas producciones audiovisuales y sus potentes medios de comunicación. La corrida no tiene cabida en estas sensibilidades norteñas, sobre todo por el espectáculo de la muerte, y muchos quieren acabar con ella. Es la razón por la cual los aficionados hoy en día no pueden mantenerse en una actitud pasiva. Frente a sus adversarios empedernidos tienen la obligación de defender y justificar, pacíficamente pero con firmes argumentos, su amor por la Fiesta (es lo que hemos hecho en Francia, logrando la inscripción de la corrida, tal como se vive y se practica en las regiones taurinas de nuestro país, en la lista oficial del patrimonio establecida por el Ministerio de Cultura).  Para ello nos hemos apoyado sobre dos textos fundamentales, firmados por el conjunto de los países miembros de la UNESCO, entre ellos España: la Convención sobre la protección de la diversidad de las expresiones culturales (2005), que marca como única condición el respeto a la declaración universal de los derechos humanos (En ningún momento alude a supuestos «derechos del animal», hipótesis jurídica que no está reconocida ni por la UNESCO ni por la comunidad internacional. Como ha señalado el filósofo Francis Wolff, es el hombre quien tiene deberes con respecto al animal, deberes relativos a su condición, y yo subrayo que el primer deber hacia él es el de respetar su animalidad, cosa que hace de sobra la tauromaquia), y la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de 2003 de la Unesco.

"Los cinco criterios enunciados en la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de 2003 de la Unesco se aplican a la Fiesta de los toros"

Cuando uno lee este último texto queda impresionado, pues los cinco criterios enunciados en su artículo 2 para definir el patrimonio cultural inmaterial se aplican a la Fiesta de los toros. Evidentemente ésta forma parte de las artes del espectáculo. Incluso la corrida es el espectáculo vivo por esencia, ya que dentro de unas reglas y un marco definidos -los tercios, los espacios del ruedo y los minutos contados…- todo es efímero y casi todo imprevisible. Por eso la tauromaquia es un arte sublime, según reza la convocatoria para una cena de homenaje al joven Juan Belmonte, redactada por Valle Inclán, Pérez de Ayala y Sebastián Miranda en 1913. También entra dentro de los usos sociales, rituales y actos festivos. ¿Quién no percibe que el toreo encierra una liturgia abundante de gestos inspirados por la coreografía o las exigencias de un ritual: los brindis, el beso del matador a la taza de plata antes de iniciar la faena, los desplantes de cara al público al final de una serie de muletazos o a la muerte del toro…? Pero de manera más fundamental la tauromaquia recoge y hace revivir, adaptándolo a otros entornos y a nuevas sensibilidades, el antiguo fondo de la cultura mediterránea. Como la tragedia griega, la ópera italiana y las semanas santas son una puesta en escena de la muerte, o, mejor dicho, una sublimación de la muerte por el arte, una exaltación de la vida y del espíritu que han sabido triunfar, aunque sea durante unos minutos, de la fatalidad y del reino de las sombras. Representa y reinterpreta a su manera el eterno combate de Teseo con el Minotauro, la victoria de la humanidad sobre la animalidad, siempre cuando aquella haya aceptado previamente correr el riesgo de fundirse con ésta y de bajar con ella a los infiernos, del mismo modo que el toreo más bello y más emocionante es con las manos bajas y una quietud que casi parece abandono. Todo en el toreo, desde su desarrollo hasta su coreografía, está marcado por la fragilidad y el intento de superarla. Todo es una lucha desgarradora entre el ansia de eternidad y lo efímero. Esta lucha tan humana entre los extremos explica la belleza y la carga emocional que conllevan el temple, la ligazón y el arte de los remates. Sí, la muerte es el punto medular de la Fiesta, la cual sin ella se convertiría en un mero show, como el que se quiso organizar hace un año en Las Vegas. Pero no se trata solamente de la muerte del toro. El toreo mismo nos comunica, en sus más bellas luces y sombras, la evidencia de su mortalidad. Y para intentar inmortalizarlo cuando en realidad ha desaparecido nos queda la fuerza           –mortal también- de lo que hemos vivido y sentido. Con el recuerdo y con las palabras procuramos superar la finitud de ese arte tan humano y entrañable, inventando para él, dentro de nuestros límites, un más allá espiritual.
Fuera del ruedo el mundo de los toros alimenta un abanico muy amplio de técnicas artesanales tradicionales cuya permanencia está subordinada a la vigencia de la Fiesta: la confección de los trajes, de los capotes de paseo y de todas las herramientas del toreo, el manejo de los caballos y de los bueyes en las dehesas, la técnica de los tentaderos. Asimismo el toreo alimenta un sinfín de tradiciones y expresiones orales, con su cortejo de términos técnicos, de dichos, de anécdotas que forman parte de la memoria colectiva de los aficionados. Tan es verdad que, como muy bien lo declaró el maestro Ángel Luis Bienvenida, “la torería son las conversaciones”.

"La tauromaquia recoge y hace revivir, adaptándolo a otros entornos y a nuevas sensibilidades, el antiguo fondo de la cultura mediterránea. Como la tragedia griega, la ópera italiana y las semanas santas son una puesta en escena de la muerte, o, mejor dicho, una sublimación de la muerte por el arte, una exaltación de la vida y del espíritu que han sabido triunfar de la fatalidad y del reino de las sombras"

Teniendo en cuenta todos estos elementos, y para contrarrestar los intentos de abolición de los que no comparten nuestra sensibilidad, es hora de pensar en el proceso de reconocimiento de la Fiesta de los toros como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, al amparo de la Convención de la UNESCO. Pero no debemos olvidar los pasos previos: es imprescindible que la tauromaquia esté reconocida como tal por las regiones, comunidades y países en los cuales queda vigente, y por lo tanto que esté inscrita en los inventarios correspondientes del patrimonio cultural inmaterial. De no ser así, el reconocimiento a nivel de la Unesco queda imposible. Para ello es necesaria una voluntad conjunta, en cada uno de los ocho países taurinos, por parte de las comunidades de aficionados y profesionales, por parte de los investigadores y expertos en el tema, y por parte de los políticos a los que tocará dar cabida a esta empresa ante las instituciones oficiales y competentes. El expediente que se elabore deberá en particular responder a estas preguntas principales: ¿qué significado cultural tiene este espectáculo con la muerte de un toro en un acto público, profundizando lo que he sugerido más arriba? ¿Qué valores éticos y estéticos encierra nuestra Fiesta? ¿De qué modo es un factor de identificación y de autovaloración para las comunidades aficionadas, respetando la diversidad de sus sensibilidades?

"Es hora de pensar en el proceso de reconocimiento de la Fiesta de los toros como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, al amparo de la Convención de la UNESCO"

Quisiera hacer hincapié en un punto clave a la luz de las preocupaciones de nuestro tiempo. Conviene mostrar en qué modo el mundo de los toros pone en práctica conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo, y contribuye de manera ejemplar al desarrollo sostenible. Existen unas evidencias de las cuales no parecen haberse percatado muchos ecologistas de las urbes: la Fiesta está basada sobre el respeto del toro, más propiamente de su animalidad cuyo conocimiento es indispensable para la lidia. ¿El malentendido con los animalistas, y con muchos ciudadanos, no radicará en que éstos quedan todavía fascinados por el mundo de Disney y quieren ver en cada gato, perro o vaca los rasgos de un niño bueno, un sustituto humano, ocultando su verdadera naturaleza de animal? Por otra parte el espectáculo taurino es la mejor oportunidad para la preservación de la cabaña brava, condenada inmediatamente al matadero el día en que se acaben las corridas. Al lado de los toros criados para la muerte en la plaza viven tranquilamente en las dehesas muchos más animales bravos, sacrificados igualmente en caso de abolición de la Fiesta: vacas de vientre y sementales. Sin olvidar que cada ganadería de bravo es un ecosistema excepcional en nuestra época, en donde conviven, en su paisaje protegido de la agricultura intensiva, innumerables especies de flora y fauna salvaje. Estoy convencido que para fomentar la afición de los jóvenes, tan sensibles al tema ecológico, lo primero y definitivo sería una visita al campo bravo. También conviene pensar en este acercamiento excepcional a un animal no adiestrado, que constituye la base del toreo: nada en efecto es posible sin esta compenetración con la cual los toreros, según ellos mismos dicen, «se meten dentro del toro», adivinan sus querencias –¡magnífica palabra!-, y aprovechan sus reacciones más íntimas para realizar con esta materia compleja y movediza una obra de arte.

"No hay duda sobre la legitimidad científica de la pertenencia de la Fiesta al patrimonio cultural inmaterial, como lo ha admitido una comisión independiente del Ministerio francés de Cultura, y como lo han reconocido mezza voce algunos responsables de la UNESCO"

Pregunto yo, ¿teniendo en cuenta todas estas razones, no merece la pena emprender esta tarea de reconocimiento de la Fiesta como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad? Que el proceso será largo, bien lo sé. Pero no hay duda sobre la legitimidad científica de la pertenencia de la Fiesta al patrimonio cultural inmaterial, como lo ha admitido una comisión independiente del Ministerio francés de Cultura, y como lo han reconocido mezza voce algunos responsables de la UNESCO. Tan es así que existen, para así decirlo, dos precedentes: la cetrería –caza ancestral en la cual un halcon es adiestrado para fijar sus garras o su pico en perdices o conejos– queda inscrita desde hace poco en el patrimonio de la humanidad. Su candidatura ha sido presentada por los países árabes, por Bélgica, Francia…y España. También ha sido declarado patrimonio de la humanidad el Sanké Mon, ritual de pezca colectiva practicado en Malí, en el cual, durante una ceremonia a la que acude mucha gente, gallos y cabras son degollados y arrojados al río para apaciguar a los dioses del agua
Para llegar al reconocimiento de la fiesta de los toros por la UNESCO debemos en primer lugar lograr la unidad de todo el mundo aficionado, y luego actuar con determinación y plena confianza en la legitimidad de nuestro amor a la Fiesta y de nuestra empresa, ya que, más allá del tema de los toros, se trata de luchar para exigir el respeto de nuestra libertad y de la diversidad de las culturas.

 

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