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ENSXXI Nº 39
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2011

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

En lo que respecta de modo específico al periodismo europeo, las anomalías más visibles son tres: primera, la orfandad derivada de la inexistencia de medios informativos que merezcan llamarse europeos si se exceptúan algunos norteamericanos como el Internacional Herlad Tribune; segunda, el berlusconismo rampante, de gran poder contagioso  sobre las praxis y las legislaciones de otros países empezando por Hungría; tercera, la perversión política agravada de los medios amarillos, en la estela de William Randolph Hearst, emulada por Rupert Murdoch en Gran Bretaña. O sea, que podemos resumir las anomalías europeas en: orfandad mediática, berlusconismo degradante y encanallamiento murdochiano del amarillismo populista.
Porque del mismo modo que en la actual crisis económica se distinguen dos planos -el que compartimos con los socios de la UE y el que deriva de nuestra disparatada burbuja inmobiliaria-, también en las anomalías periodísticas conviene discernir entre las que inciden sólo sobre el ámbito europeo y las que lo desbordan; entre las específicas y las genéricas. Atendamos primero a la orfandad mediática de la Unión Europea para observar el desacoplamiento que supone y las consecuencias que desencadena. Coincidamos con Jünger Habermas en su libro ¡Ay Europa! donde describe la función de los medios para articular el debate en el espacio público democrático. Una función que requiere medios con índices de difusión o porcentajes de audiencias relevantes en todo el ámbito geográfico correspondiente a la comunidad política de que se trate. Aceptemos también las enseñanzas de Heisenberg, liberadoras de tantos espejismos, a tenor de las cuales "no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla".

"Podemos resumir las anomalías europeas en: orfandad mediática, berlusconismo degradante y encanallamiento murdochiano del amarillismo populista"

A partir de estas dos premisas, veamos cómo cada ocasión europea aporta una nueva prueba de la orfandad mediática de la UE. Por ejemplo, al terminar las reuniones del Consejo Europeo, cada uno de los presidentes o primeros ministros participantes celebra un encuentro con los periodistas de su país de origen, los cuales le preguntan desde una perspectiva estrictamente nacional y en términos de gana-pierde. De modo que toda la dialéctica gira alrededor del intento del dirigente político por presentar los resultados como una victoria de los intereses que abandera. Porque sin preguntas formuladas desde una weltanschauung, desde una cosmovisión europea, nos quedamos ayunos de saber cómo y en qué los resultados del Consejo han afectado a esa comunidad de destino que llamamos Europa. Todo este proceder favorece la tendencia hacia la desmembración.
Nos haríamos una idea más cabal de estos efectos negativos imaginando qué quedaría, por ejemplo, de España si en la rueda de prensa habitual, que sigue a las reuniones del Consejo de Ministros, sólo hubiera periodistas adscritos a medios locales, cuyas preguntas no rebasaran ese radio de intereses. Es decir, que nadie interrogara al portavoz del Gobierno desde una concepción global del conjunto del país. El resultado es que nos quedaríamos in albis. En ese mismo sentido salta a la vista la diferencia abismal existente, respecto a la  articulación política, entre las comunidades autónomas dotadas con medios de comunicación suficientemente implantados a lo largo y a lo ancho de toda su superficie geográfica -como puede ser el caso de Cataluña, País Vasco o Galicia-, y aquellas otras -como Castilla-León, Castilla-La Mancha o Andalucía- en situación de orfandad mediática a escala regional, por mucho que en sus distintas capitales provinciales proliferen diarios impresos, emisoras de radio y canales de televisión, sin que ninguno haya logrado la aceptación e influencia precisa en todo el radio autonómico.

"En la actual crisis económica se distinguen dos planos: el que compartimos con los socios de la UE y el que deriva de nuestra disparatada burbuja inmobiliaria"

El caso es que mientras el poder autonómico catalán se siente emplazado ante La Vanguardia o El Periódico, el vasco ante El Correo o Deia, y el gallego ante La Voz de Galicia o El Faro de Vigo; en otras comunidades -como Castilla-León, Castilla-La Mancha o Andalucía-, la carencia de medios de implantación regional deja al poder político de ese mismo ámbito exento de un escrutinio análogo al de los casos citados en primer lugar. Porque ni El Norte de Castilla de Valladolid tiene relevancia suficiente en León, Burgos, Segovia o Ávila; ni el Diario de Burgos la tiene fuera del límite de su provincia; ni periódico o emisora alguna de la región castellano-manchega, significa nada sólo unas leguas más allá de donde se encuentra su centro editor o emisor. Tampoco en Andalucía ninguno de los diarios -como Abc de Sevilla, Diario de Cádiz o Ideal de Granada- se ha afianzado como referencia fuera de su provincia originaria hasta cubrir el conjunto de las provincias de la Comunidad. Es más, ni siquiera la información de carácter autonómico tiene relieve destacado porque muchos medios cultivan con esmero la sección de local y ofrecen espacio amplio a la de nacional en tanto que ningunean la generada por la Junta y el Parlamento de Andalucía.
Reconozcamos que en Europa hay un plantel de medios de comunicación admirables, aunque no pueda hablarse con propiedad de medios europeos. Porque cada uno tiene como referente fundamental la bandera de su propio país y todos son propensos al cierre de filas conforme al dictado de sus intereses originarios, sobre todo cuando llegan momentos cruciales. Estos medios se hacen una idea de sus lectores o de sus audiencias centrada en los ciudadanos del país donde tienen su sede. O, por lo menos, enfocan la información atendiendo a lo que más pueda interesar a ese contingente. De forma que para encontrar un medio que se aproxime mejor a la práctica de una cierta neutralidad multidireccional, debemos acudir al norteamericano International Herald Tribune, el cual, favorecido por la distancia, se hace una cierta idea de Europa. Una idea que en Bruselas se pierde por el euroescepticismo ambiente y que el Herald atiende sin las afecciones nacionalistas, que cultivan los medios que se editan o emiten en las capitales de los países miembros. En breve, que los medios carentes de una cosmovisión europea se inhabilitan para emplazar como interlocutores naturales a los poderes institucionales inscritos en ese mismo radio de acción como el Parlamento, el Consejo y la Comisión, así como a sus titulares.          
La segunda anomalía mencionada es la del berlusconismo degradante, cuyo florecimiento en Italia, el país de la elegancia mental, la cuna del derecho, la patria de las bellas artes, el asiento de la civilización, la condensación de la finezza y de la inteligentsia, ofende sobremanera. Se trata de una enfermedad gravemente degenerativa y contagiosa por contigüidad. Un fenómeno de una zafiedad insufrible, que viene a confirmar de nuevo cuán ilusorio es pensar que las libertades puedan conquistarse de una vez para siempre. Que prueba cuán susceptibles son a los agentes de la intemperie. Que nos obliga a mantenernos en actitud de permanente vigilancia para que evitar que se oxiden y acaben herrumbrosas y corroídas. El daño que nos causa la degeneración de las libertades es mayor cuando afecta a las de países reconocidos como democracias consolidadas y más aún si se trata de aquellos que venían ejerciendo un cierto liderazgo cívico y moral. Veamos en Italia la escandalosa colusión de intereses empresariales y gubernamentales, las leyes ad hoc para blindar la impunidad de il Cavaliere, y por ahí adelante. Pero incluso en Estados Unidos desde hace diez años, tras la prueba del 11-S, hemos visto instalarse la barbarie de la tortura en Abu Graib o en Guantánamo, sin que parezca posible desenredar la madeja y dirimir las responsabilidades. En definitiva que, como tenemos aprendido, los abusos o se combaten o nos infectan; que Europa o exporta libertades o importará esclavitudes, o actúa como un polo difusor del derecho o será un territorio sin ley. Cuando apareció en Austria aquel Haider de amenazante populismo la Unión supo pararle los pies. Pero ahora con Berlusconi todo apunta a que se prefiere mirar para otro lado. Entonces, los países recién llegados se fijan, interpretan que hay barra libre y ya tenemos en Budapest una traducción al húngaro de toda esta dolencia del berlusconismo y otros nublados pronostican tormentas del mismo sobre otras democracias.  

"Reconozcamos que en Europa hay un plantel de medios de comunicación admirables, aunque no pueda hablarse con propiedad de medios europeos"

La tercera anomalía por orden de intervención, como en los carteles taurinos, es la que representa el poder amarillo de Rupert Murdoch, cuya manifestación más escandalosa entró en erupción en Gran Bretaña. El estallido tuvo como fulminante las escuchas telefónicas delictivas, que alcanzaron el cenit de la indignación popular cuando trascendió su práctica sobre víctimas como la niña secuestrada. Que se manipulara el contestador de su teléfono móvil para que el dominical  News of the World (NoW) siguiera la explotación sensacionalista del  caso, a sabiendas de que estaba muerta, subió la cota hasta lo imperdonable. El caso de NoW, exponente de la prensa basura británica, ilustra bien las necesidades crecientes, la insaciabilidad característica, de los medios sensacionalistas. Desde luego, los tabloides son un caso extremo del proceder que afecta al conjunto de los medios informativos, especializados en exigir transparencia y en ofrecer oscuridad. Que todo este affaire de las escuchas y del comportamiento repugnante de los periodistas de Murdoch saliera a la luz para nada fue resultado de la espontaneidad y las casualidades sino la conclusión de las investigaciones periodísticas llevadas a cabo por los redactores del diario The Guardian sin atender a la desproporción de fuerzas. Se trata de un trabajo diligente y tenaz, iniciado hace más de dos años, que era obstaculizado por el sector de Scotland Yard infiltrado y puesto al servicio del encubrimiento para complacer a los responsables editoriales de News International. Además, la sucesión de los relevos en Downing Street, desde Margaret Thatcher hasta David Cameron, sólo servía para que rivalizaran en multiplicar las facilidades concedidas al media mogol Murdoch. Buena prueba es que uno sus hombres tuvo máxima preeminencia al frente de los asuntos de comunicación junto al actual primer ministro, después de haber sido editor de NoW.
Las maneras de Rupert Murdoch generaban allí pánico y sumisión, mientras el sistema del revolving doors entre el poder político y algunas redacciones de medios de comunicación funcionaba a pleno funcionamiento. Pero esas connivencias además de en Londres se dan en Madrid porque los émulos de Murdoch habitan entre nosotros y llevan lustros merodeando por Moncloa y este año han tomado los baños en la piscina probática de Mallorca. Murdoch y compañía la tenían emprendida contra la BBC, con el decidido empeño de que fuera suprimida porque en tanto que existiera y fuera gratuita haría más difícil a las televisiones comerciales que fueran de pago. Así que James, el vástago de Rupert, consideraba que la BBC hacía dumping y que con el patrocinio del Estado alteraba el mercado de los medios. Menos mal que el  escándalo de NoW nos ha salvado por los pelos de que Rupert se hiciera con la totalidad del capital de la cadena Sky y de que viera cumplido el designio de suprimir la BBC. Porque estos liberal-nihilistas, integrados en el totalitarismo liberal que describe Tzvetan Todorov, agarrados a las faldas de doña Margarita suprimieron el servicio público de los ferrocarriles británicos. Su resultado, al cabo de unos años, es que se encuentran a un nivel inferior al de los de Tanzania. La maravilla de los ferrocarriles estatales británicos era un mal ejemplo a destruir y a la BBC le pasa lo mismo. Aquí también alguien podría estar intentando avanzar por la vía del recorte hacia el desprestigio del servicio público para plantear después la privatización. Veremos.