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ENSXXI Nº 4
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2005

JOAQUÍN ESTEFANÍA
Escritor y periodista. Durante los años 1988 a 1993 fue director del diario EL PAÍS. Hoy dirige la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid/EL PAÍS

Cuando a finales del pasado mes de noviembre nos acordamos de que hacía 30 años del final del franquismo y de la llegada de la Monarquía, en realidad nos recordábamos cada uno de nosotros cuando éramos jóvenes. Por ello, las piezas que se publicaron fueron básicamente optimistas y, en general, hagiográficas. Descontado un cierto tono acrítico, pleno de pensamiento débil, todos los analistas coincidieron en que España es un país irreconocible para aquellos que lo visitaron y no regresaron a él desde principios de la transición. Ya le había sucedido unos años antes a Max Aub, cuando volvió y escribió La gallina ciega, una crónica del desencuentro.
Cuando uno fija una frontera temporal y se compara, hay dos maneras de hacerlo: en relación con los demás y en relación con nosotros mismos. Si lo hacemos de este último modo, seguramente el más adecuado y el más homogéneo, conviene destacar los factores del cambio, para entenderlo: estructurales y coyunturales. Una transformación que, en el caso de España, ha afectado tanto a la política como a la economía, a la moral y a las costumbres, a la cultura y a la sociedad. Los sociólogos aportan tres ejes de cambio estructural desde la España de finales de los años setenta a la España de principios del siglo XXI: de una dictadura nacional-católica donde los intérpretes eran la cruz y la espada, a una democracia liberal protagonizada por ciudadanos; de una economía protegida y poco competitiva a otra plenamente inserta en la globalización como marco de referencia de nuestra época; de una sociedad ruralizada y antigua a otra metropolitana y cosmopolita.
Los sociólogos Juan Jesús González y Miguel Requena, editores de un reciente y muy oportuno libro titulado Tres décadas de cambio social en España (Alianza Editorial) citan un grupo de características de esas tres décadas: una transición demográfica, que nos ha hecho pasar de un régimen demográfico basado en altas tasas de mortalidad y fecundidad a otro distinto que se significa en lo contrario; industrialización y expansión de los servicios; creciente cualificación de la fuerza de trabajo; incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo, con lo que la vida familiar sufre una revolución espectacular; llegada de trabajadores inmigrantes en cantidades muy significativas; democratización política; desarrollo de las instituciones del bienestar; secularización; etcétera.

"Tres ejes de cambio estructural de España: de una dictadura nacional-católica a una democracia liberal de ciudadanos; de una economía poco competitiva a otra inserta en la globalización; de una sociedad ruralizada y antigua a otra metropolitana y cosmopolita"

A los factores estructurales se le añaden los coyunturales, no menos significativos. Veamos: España se encuentra en un ciclo largo de crecimiento económico, que va a cumplir una decena de años, y que se caracteriza por incrementos mensuales del Producto Interior Bruto (PIB), superiores a los de los países de nuestro entorno. En buena parte por lo anterior, y en parte también por el efecto estadístico de pertenecer a una Europa de 25 miembros y no de 15, como hace apenas un ejercicio, la convergencia real de nuestro país con Europa está casi conseguida: el PIB per cápita de un ciudadano español es el 98% de la media europea (o del 92%, si se considera la Europa de 15). El paro español, del 8,4% de su población activa, está por debajo de la media europea (8,7%) y por debajo, aunque parezca increíble, de países como Alemania o Francia; por primera vez en el último cuarto de siglo, el porcentaje de parados desciende del 9% de la población activa. Y más sorprendente aun, un país con un déficit estructural permanente en sus cuentas públicas como España, tiene en estos momentos superávit.
Ello no significa que no haya problemas ni que el círculo virtuoso esté completado. Hace falta consolidar los logros en el largo plazo. Pero si se unen los factores estructurales de cambio con los coyunturales, los ciudadanos pueden decir con cierto orgullo lo mismo que el místico español: si me contemplo soy un pecador, pero si me comparo soy un santo.
¿En qué consiste el milagro español? ¿Cuál es la idea fuerza que ha recorrido transversalmente gobiernos e ideologías en las tres últimas décadas y también parte de las tres anteriores?: la idea de Europa. Europa como anclaje de la modernidad española. Casi un siglo después se ha hecho realidad lo de Ortega y Gasset en 1910: España como problema, Europa como solución. Se puede encontrar una línea de continuidad en la política económica aplicada en España desde el año 1959 con el Plan de Estabilización: hay que devolver a nuestro país a la normalidad europea, como síntoma de normalidad interior. Todos los grandes documentos de esa política económica cruzan la prioridad Europa: el citado Plan de Estabilización (los tecnócratas), los Pactos de la Moncloa de 1977 (en tiempo de UCD), el Programa a Medio Plazo de la Economía Española de 1983 (PSOE) y las medidas adoptadas por el Partido Popular para que España ingresase en el primer momento, año 1998, en la zona de la moneda única.
No todos tenían idéntico concepto de Europa. Seguramente para muchos de los tecnócratas que pusieron en marcha el Plan de Estabilización y acabaron con la autarquía falangista, la Unión Europea era un efecto indeseado que les proporcionaría la supervivencia como régimen político de partido único. Otros buscaron en Europa su sistema político de libertades, aunque consideraban que el modelo económico y social sería una rémora para el crecimiento. Por último, hubo varias generaciones de ciudadanos españoles que entendieron Europa como un conjunto de democracia y Estado de Bienestar, y que la una sin el otro no tenía sentido. Sea por lo que fuera, hubo una convergencia de esfuerzos e intereses que explican, mejor que ninguna otra fórmula mágica la transformación de un país, irreconocible para bien, en el corto periodo de una generación.
No ha habido "milagro español", sino Europa como ancla.