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ENSXXI Nº 40
NOVIEMBRE - DICIEMBRE 2011

RODRIGO TENA ARREGUI
Notario de Madrid

En mayo de 2003, Mike Burry, un médico que poco antes había decidido abandonar su profesión y pasarse a la gestión de inversiones, mandó un email a un amigo comentándole que a su juicio la burbuja inmobiliaria en EEUU estaba adquiriendo proporciones gigantescas, motivada por el comportamiento irracional de los prestamistas hipotecarios, que se estaban excediendo en la concesión de crédito fácil a prestatarios sin apenas solvencia. Como pasaban los meses y la locura continuaba, decidió apostar en contra de las hipotecas subprime comprando credit-default swaps, (CDSs) una suerte de seguros para el caso de impago de los bonos apoyados en este tipo de créditos hipotecarios, bonos que Goldman Sachs, junto con otros bancos de inversión, estructuraban luego en collateralized debt obligations (CDOs). El vendedor de los swaps o CDSs, curiosamente a través del mismo Goldman Sachs, era el gigante asegurador AIG. En junio de 2005, Burry ya era titular de 750 millones de dólares en swaps. Su estrategia fue seguida por otros inversores, algunos casi aficionados, que, tras un corto análisis del asunto, alcanzaban rápidamente al convencimiento de que el mercado subprime era insostenible.1

"Lo más interesante de la crisis financiera es la ausencia de responsabilidad en la práctica totalidad de los gestores de las empresas implicadas, ya fuesen ganadoras o perdedoras. Los gestores, de unas y de otras, ganaron en todos los casos"

Las escasas advertencias de algunos empleados de AIG eran desoídas sin contemplaciones por Joe Cassano, el CEO de la empresa, un hombre de carácter tiránico poco dado a permitir disensiones en su equipo. Lo cual resultaba hasta cierto punto comprensible, dado que como consecuencia de las ventas de varios miles de millones de dólares en swaps, Cassano se había embolsado en este breve periodo de dos años 200 millones de dólares como retribución.
En septiembre de 2008, tras explotar la burbuja y reventar el mercado subprime, AIG fue destinataria del mayor rescate monetario en la historia de los EEUU: 180.000 millones de dólares en dinero del contribuyente. Para entonces Joe Cassano ya no era el CEO de AIG. Pero no había sido despedido ni se le obligó a devolver nada. Se retiró con un contrato que le reportaba un millón de dólares al mes durante nueve meses y que respetaba su derecho a percibir nuevas primas.
Este caso, sin duda notable por el monto del rescate, aunque en absoluto excepcional, en su trama central es de una simplicidad apabullante. Revela muchas cosas acerca del origen de la crisis pero, especialmente, acerca de los defectos de responsabilidad en el sistema. Las entidades prestamistas ganaban dinero prestando a potenciales insolventes y vendiendo los créditos a los bancos que los convertían en bonos. Goldman Sachs ganaba dinero estructurando en CDOs, de la manera más compleja posible, esos bonos apoyados en hipotecas basura, y también los derechos de los aseguradores que los garantizaban y vendiéndolos por medio mundo con el beneplácito de las agencias de rating, y, al mismo tiempo, ganaba dinero colocando seguros contra el riesgo de que esos bonos fuesen, efectivamente, basura. Las agencias de rating, clientes de Goldman Sachs y del resto de la banca de inversión, ganaban dinero calificando muchos de esos bonos como triple o doble A, pese a que su calidad real siempre fue muy inferior (Moody's ganó más de dos mil millones de dólares en 2006 y más de la mitad de ese beneficio le llegó por este sector de las finanzas). Los gestores de AIG ganaban sus buenas comisiones vendiendo seguros, y los que apostaban contra las subprime, como Burry, terminaron ganando millonadas, gracias a que el contribuyente asumió las perdidas de AIG. Los únicos que perdían eran los accionistas de algunos de los protagonistas (como mucho hasta el límite de su inversión, y no siempre), los adquirentes de CDOs y, especialmente, hasta una cuantía verdaderamente formidable, los contribuyentes, obligados a salvar lo que era demasiado grande o "sistémico" para asumir su responsabilidad.
Entre otras muchas cosas curiosas, es verdaderamente chocante comprobar como el sistema permitía a empresas y gestores manejar ingentes cantidades de hipotecas basura o de CDOs sin necesidad de asumir ningún riesgo en relación a esos productos tóxicos (aunque de hecho algunos imprudentemente los asumieron) o como la SEC no mostró el más mínimo interés en investigar lo que estaba pasando, pese a las denuncias que recibieron. La Reserva Federal y el Tesoro de los EEUU sabían menos del asunto que un médico metido a financiero en su tiempo libre, preocupándose sólo de seguir inyectando liquidez al sistema. Pero si nos fijamos, veremos que lo más interesante con mucho es la ausencia de responsabilidad en la práctica totalidad de los gestores de las empresas implicadas, ya fuesen ganadoras o perdedoras. Los gestores, de unas y de otras, ganaron en todos los casos. Joe Cassano ganó más dinero que los gestores de Goldman Sachs o que los de los fondos que apostaron contra las subprime. Incluso ganaron dinero los gestores de los fondos que compraban o especulaban con los CDOs. Howie Hubler, de Morgan Stanley, perdió nueve mil millones de dólares en una sola inversión, la pérdida más sonada de la historia de las finanzas, pero nadie le pidió que devolviese las decenas de millones de dólares ganadas como retribución personal hasta ese momento. Este fenómeno se ha repetido por doquier desde el inicio de la crisis. Incluso en España hemos sido testigos recientemente de ello con ocasión del culebrón de las cajas de ahorro. Acertasen o no, siempre terminaban millonarios.

"Un dato muy relevante es la constatación de que los gestores de estos grandes bancos de Wall Street no entendían de manera cabal su propio negocio, al margen de que tenían un mínimo control sobre sus subordinados"

Conviene precisar que no estamos hablando de fraude, al menos no de manera generalizada. Algunos gestores eran también accionistas de sus empresas y por esa vía perdieron mucho dinero. La mayoría de los bancos de inversión no se limitaron a mediar, sino que además invirtieron recursos propios en la misma basura (CDOs) que ellos creaban, probablemente porque lo que hacían algunos departamentos era completamente desconocido por el resto. Como dice gráficamente Michel Lewis, Goldman Sachs fue el primero de los grandes bancos en darse cuenta de la tostada en 2007 y salir rápidamente de la casa en llamas, cerrando la puerta tras sí... De paso endosó parte de sus pérdidas a la propia AIG, a su vez respaldada por el contribuyente (que tuvo que pagar a Goldman trece mil millones de dólares), como también el contribuyente tuvo que respaldar, tras la caída de Lehman, a muchos otros bancos de inversión. La cuantía del dinero público transferido como regalo a estos bancos corta la respiración, pero eso no ha impedido que después del rescate sus gestores hayan seguido pagándose a si mismos primas gigantescas.
Un dato muy relevante de toda esta crisis es la constatación de que los gestores de estos grandes bancos de Wall Street no entendían de manera cabal su propio negocio, al margen de que tenían un mínimo control sobre sus subordinados. Las pruebas disponibles lo demuestran sobradamente. No se trataba tanto de un fraude como de una ausencia total de responsabilidad sobre lo que estaban haciendo. No existía una mente perversa, un Moriarty que controlase todo el tinglado. Se trataba de otra cosa. De delegación de responsabilidad por una parte, como si el sistema por si sólo fuese capaz de proporcionar automáticamente la solución a cualquier problema, y, una vez comprobado que ese no era el caso, de huida de la responsabilidad, por otra, tras un generalizado sálvese quien pueda.

La delegación de responsabilidad.
Para analizar adecuadamente el fundamento que explica la delegación de responsabilidad, debemos comprender que todo nuestro sistema económico, pero especialmente el sector financiero, se entiende precisamente así, como sistema o mecanismo o, quizá mejor, como organismo. Este organismo está diseñado conforme a unas reglas que, en principio, deben garantizar su perfecto funcionamiento en beneficio de la sociedad en su conjunto. El sector financiero, concretamente, tiene como misión distribuir los recursos y asignar el riesgo de una manera eficiente, potenciando el crecimiento económico. Cada pieza o célula de ese complejo sistema cumple una función independiente, pero orientada a los fines básicos del conjunto. Ahora bien, ¿cuál es la brújula que permite a cada célula saber que está actuando correctamente con relación a esos fines? O dicho de otra manera, ¿cómo sabe cada célula que está actuando de forma moralmente responsable? No tiene sentido que yo responda cuando lo ha hecho de manera insuperable uno de los mejores analistas financieros del momento:

"Como el trabajador de una cadena de montaje, el corredor de bolsa que vende bonos emitidos para un proyecto de construcción de una central eléctrica no llega a ver la electricidad que se produce: tiene un escaso sentido de los resultados materiales de su trabajo. Es un simple engranaje de una máquina gigantesca. (...) la medida más directa de la contribución de un trabajador del sector financiero es el dinero -los beneficios o rentabilidad- que produce para la empresa. El dinero es la medida (...). No tengo ninguna duda de que continúan siendo decentes, seres humanos bondadosos. Pero como su trabajo normalmente ofrece pocos pilares en los que apuntalar su moralidad, su brújula básica es la cantidad de dinero que ganan (...). Normalmente, los mecanismos de un mercado competitivo mantienen la búsqueda de beneficios en una vía que también garantiza una mejora del valor para la sociedad."2

"En un mundo en que honestidad y utilidad social son conceptos casi sinónimos, el dinero -siempre que admitamos la idea de que el mercado asigna eficientemente los recursos- se convierte en la única medida de la moralidad"

En resumen, la brújula es el dinero. Si el gestor gana dinero es porque su empresa gana dinero, y si la empresa gana dinero es porque está desarrollando su función de manera eficiente en beneficio de la sociedad en su conjunto. En un mundo en que honestidad y utilidad social son conceptos casi sinónimos, el dinero -siempre que admitamos la idea de que el mercado asigna eficientemente los recursos- se convierte en la única medida de la moralidad.
Esta última frase no pretende ser sarcástica o cínica, ni tampoco moralizante, ni muchísimo menos, sólo rigurosamente descriptiva. Se acusa de avaricia y de irresponsabilidad a los gestores y lo cierto es que, en cierto sentido, se está siendo muy injusto con ellos. Nosotros les hemos dicho que jueguen con arreglo a unas reglas, y ellos han jugado. La ofendida indignación con la que los gestores de Wall Street han respondido a esas duras acusaciones no ha sido una pose, sino, al menos en la mayoría de los casos, algo profundamente sentido. Por supuesto que reconocen una cierta responsabilidad en el desaguisado, pero en absoluto toda la responsabilidad. En realidad, ni siquiera la principal.
Hay que reconocer que su razonamiento es sólido. Si las reglas no han llevado al resultado apetecido, hay que culpar a las reglas (o a sus autores, en su caso) pero no a los operadores que funcionaban con arreglo a ellas. El problema está en el diseño del sistema u organismo. Ese diseño parte de un principio básico: el mutuo control de los operadores (y reguladores) que participan en el mercado financiero lo disciplina de tal manera que nadie puede obtener rentas no justificadas socialmente. En este caso nadie ha engañado intencionalmente a nadie. Es cierto que se ha acusado a los bancos de inversión de ocultar información a los inversores y de prácticas fraudulentas. Pero la verdad es que en la mayor parte de los casos la acusación no se justifica. La información estaba disponible para cualquiera que estuviera interesado. Lo que ocurre es que, con la única excepción de un médico metido a financiero que se molestaba en leer la letra pequeña de los CDOs, nadie lo estaba especialmente. Por eso, si esa función de control no se ejerció de manera adecuada, hay que culpar al sistema, que no proporcionaba a los operadores y reguladores los incentivos adecuados para hacerlo. Como vuelve a explicar con total crudeza Raghuram Rajan, "lo que resulta un tanto alarmante es que cada uno de nosotros hizo lo más sensato de acuerdo con los incentivos que teníamos".
En definitiva, todos hemos tenido la culpa de esta crisis, al menos en alguna medida, lo que equivale a decir que ninguno la ha tenido. La responsabilidad descansa exclusivamente en el sistema. Por eso es comprensible que los mejores libros sobre la crisis se hayan volcado en examinar las grietas del sistema con la intención de rediseñarlo. El problema, en conclusión, es que ese sistema presenta fallas o grietas, difícilmente predecibles con antelación y cuya combinación casi aleatoria ha desatado la crisis. Lo que procede, por tanto, es llamar al albañil para que proceda a sellarlas.
Pero, sería lícito preguntar ¿cuáles son esas fallas que hay que sellar? En este punto cada especialista destaca las que considera más importantes, y lo cierto es que el catálogo es verdaderamente impresionante o, al menos, no apto para cualquier manitas que pretenda resolver fácilmente el problema. Así, podemos destacar: una mala conciencia política que incentiva conceder crédito fácil a los que menos tienen; los bajos tipos y el exceso de liquidez mantenidos artificialmente por la Reserva Federal; medidas intervencionistas con la finalidad de evitar la apreciación de la propia moneda para facilitar las exportaciones y la excesiva financiación a los países consumidores (como EEUU, Reino Unido y España); una regulación defectuosa que limita las posibilidades de control de los gestores por sus accionistas (al margen que la responsabilidad limitada de estos puede incentivarles a asumir riesgos ilimitados en determinados casos); una escasa capitalización de los bancos que les llevó a asumir riesgos excesivos; un defectuoso diseño de los gatekeepers encargados de controlar el mercado (como las agencias de rating), que contamina la relación de agencia a la que deberían ser fieles (los inversores y no los bancos que les pagan); un defectuoso sistema de retribución de los gestores que prima los beneficios obtenidos a corto plazo y minimiza los riesgos asumidos a medio y largo; una política regulatoria que permitía anticipar que el contribuyente iba a respaldar a las entidades "sistémicas" (hay que tener en cuenta que la lección de la Gran Depresión -dejar que los bancos quiebren no es una buena idea- estaba tan arraigada en el ideario de la Reserva Federal que los bancos se aprovecharon de ello); el defecto de información por parte de los reguladores de las implicaciones sistémicas de las insolvencias particulares, etc., etc., etc.

"No vamos a tener más remedio que reconocer una realidad a la que nos resistimos desde hace décadas: sin un apoyo moral, sin creencias, costumbres y opiniones compartidas, es difícil mantener un sistema de libertad"

La consecuencia de estas quiebras o defectos del sistema es que las relaciones de responsabilidad quedaron completamente distorsionadas. La mayoría de los operadores generadores de riesgo no asumían responsabilidades proporcionales a los mismos. Los incentivos, por tanto, iban encaminados a multiplicar los riesgos "de cola", como se dice en la jerga del sector, riesgos de poca probabilidad pero enormemente destructivos, puesto que la escasa responsabilidad que asumían por ello carecía de cualquier virtualidad disciplinaria.
Las propuestas para salir al paso de estas fallas son de todo tipo3, pero, en cualquier caso, a nadie se le escapa que son grietas de muy difícil sellado, por no decir imposible. Máxime cuando suele ocurrir que por intentar taponar algunas terminamos abriendo otras. Quizá podamos minimizar algunos riesgos, pero confiar en rediseñar el sistema para lograr un funcionamiento perfecto es ciertamente ilusorio. No hay sistema perfecto, por lo que mientras la única brújula a nuestra disposición sea el dinero estamos condenados a errar. Y cuando tal cosa ocurra de nuevo, asistiremos al mismo espectáculo de huida de la responsabilidad.

La huida de la responsabilidad
El problema no es sólo que no haya un mecanismo que asigne de manera eficiente responsabilidades -que no lo hay y difícilmente lo habrá. La verdadera cuestión estriba en nuestra generalizada tendencia a huir de la responsabilidad, a minusvalorarla, a apartarla de nuestra consideración. La razón que lo explica es que sólo consideramos la responsabilidad desde el punto de vista de las consecuencias -la responsabilidad a posteriori-, pero no desde el punto de vista del deber -la responsabilidad a priori-. La diferencia estriba entre cargar simplemente con la responsabilidad cuando te alcanza, o ser verdaderamente responsables. Un ejemplo nos aclarará rápidamente la cuestión.

Pensemos en el caso de Gadafi. Tirano durante más de cuarenta años, fue derrocado violentamente y asesinado a tiros por sus captores. Podemos afirmar que asumió su responsabilidad hasta el límite de lo que cabe exigir. Sin duda hubiera sido mejor que terminase procesado y encarcelado, pero más responsabilidad que la muerte creo que no es posible pedir. Sin embargo, ¿alguien piensa que este ejemplo puede disuadir a futuros golpistas? Es más, ¿hubiera disuadido al propio Gadafi de haberlo sabido?  Durante la crisis del siglo III los emperadores romanos no duraban un año en el cargo antes de ser asesinados, pero, pese a que el patrón era constante y confirmaba el precedente, candidatos no faltaban. ¿Por qué para un gestor de fondos que gana cien millones de dólares al año la cosa iba a ser distinta? ¿Por qué pensamos que disuadirle de asumir esos riesgos de cola será más fácil? Máxime cuando no parece probable que se les llegue a condenar a muerte. Es decir, en determinados casos en los que los premios son muy atractivos uno puede elevar hasta el límite la responsabilidad a posteriori sin pese a ello obtener resultados satisfactorios. Por eso, sin la conciencia de una responsabilidad a priori, sin la conciencia del deber, la tendencia siempre es a huir de la responsabilidad o a minusvalorarla, aunque esta sea tan inminente y perentoria como la que recaía sobre los emperadores romanos.
Es tentador imponer el deber -o una moralidad diferente a la del dinero- por la vía legal: limitar los bonus de los gestores, intervenir más activamente en los mercados, establecer regulaciones estrictas, etc. Así se viene exigiendo por cada vez más ciudadanos "indignados" en todos los lugares del mundo. Algo habrá que hacer en este sentido, sin duda alguna, pero al margen de que tales normas pueden crear externalidades preocupantes, sus posibilidades de éxito son escasas. En un mercado tan sofisticado como el que tenemos las vías para burlarlas son infinitas.
Al final, no vamos a tener más remedio que reconocer una realidad a la que nos resistimos desde hace décadas -obsesionados en buscar un sistema que nos garantice la moralidad por añadidura- pero que es insoslayable: sin un apoyo moral, sin creencias, costumbres y opiniones compartidas, es difícil mantener un sistema de libertad. Hace siglos, la responsabilidad de los gestores públicos o privados, hoy llamados operadores del sistema, se garantizaba por lo que entonces se denominaba Beruf o Vocatio. Era sin duda un concepto de fortísimas implicaciones religiosas. Presente también en el catolicismo, adquirió una significación especial tras la Reforma protestante y su dogma fundamental del sacerdocio de todos los creyentes. Desde el modesto carpintero hasta el príncipe, desde el ama de casa hasta el juez, todos, por su idéntica dignidad de sacerdotes, debían aceptar la responsabilidad cristiana de desarrollar sus cometidos bajo el dictado de su conciencia y al servicio de los demás.4 Es verdad que la vocatio no impedía por si sola el abuso y la irresponsabilidad, pero introducía en la motivación individual una brújula distinta del dinero.
La secularización de la sociedad acabó con el componente religioso de la vocatio. Hoy, incluso en muchas personas religiosas (por no decir en la gran mayoría) el ejercicio de la profesión parece algo completamente alejado y al margen de las creencias más íntimas. Se rigen exactamente por el mismo principio que el resto: el dinero. Como afirmaba Rajan, nadie duda de que esos gestores bancarios eran personas honestas y bondadosas. Es más, nadie duda de que eran competentes e inteligentes (seguro que no menos que Mike Burry). Y, sin embargo, no tenían ni idea de lo que ocurría en sus empresas o cocinaban sus subordinados. Menos aun de lo que, por su propia falta de responsabilidad, podía ocurrirle al sistema financiero y económico en su conjunto. Sencillamente, porque no localizaban en su conciencia un deber de averiguarlo distinto de su incentivo dinerario. Y éste, pese a esa ignorancia, se mantenía siempre constante. Por eso, es comprensible que ahora tampoco entiendan por qué tienen que devolver nada.
Pues bien, pienso que en la recuperación de un nuevo fundamento o sentido para la vocatio, nos jugamos ya no sólo el futuro, sino el mismo presente de nuestras sociedades. Es obvio que tal cosa no se recupera en un instante, y tampoco sabemos muy bien cómo hacerlo. Pero quizá el primer paso sea ser conscientes de esa necesidad, de esa carencia. Y proclamarla lo más alto y fuerte posible. Debemos demandar de manera activa un uso responsable de la libertad, condenar de manera firme el exceso y la picaresca, y exigir que cuando algo va mal, toda conducta que no asuma espontáneamente el deber de restituir, reparar o indemnizar, sea considerada moralmente reprobable y suponga una firme condena social. Al final, no se trata más que de asumir, como afirmaba Ihering, que "el sistema de la libertad sólo es viable cuando los usos son bastante fuertes para sustituir al principio legal. Las costumbres son el correctivo espontáneo de la libertad y dónde no estén desarrolladas y bien organizadas, donde la opinión pública no exige el uso digno de la libertad, la libertad no prospera".5

1 La historia de los que apostaron contra las subprime está contada por Michael Lewis en The Big Short, Nueva York, 2010.
2 R. G. Rajan, Grietas del sistema, Deusto 2011, traducción española de B. Ribera, pp. 160 y ss., (la cursiva es mía).
3 Quizá el mejor resumen de esas propuestas puede encontrarse en The Squam Lake Report, Princeton University Press, 2010.
4 H. Berman, Law and Revolution (II), The Impact of the Protestant Revolutions on the Western Legal Tradition, 2003, p.42.
5 El espíritu del Derecho Romano, Marcial Pons, 2005, p. 146.

Abstract

The most interesting aspect of the present financial crisis is the lack of accountability of almost every manager of the involved corporations, regardless of whether they profited or lost. Managers won in any case, although we know now that the directives of Wall Street´s big banks didn´t exactly understand their own business or know how to keep their subordinates under control. The reason is that in a world where honesty and utility have become almost synonyms, money (assuming the markets assign resources efficiently) becomes morality´s only measure. The great gaps of the financial system distort incentives allowing irresponsible agents to make money. What we are facing is delegation and unaccountability. Fixing the system to make incentives work seems a difficult task. In the end our only option is to admit a reality we have been denying for decades: without moral support, without beliefs or shared habits and opinions, we won´t be able to sustain a system of liberties.