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ENSXXI Nº 42
MARZO - ABRIL 2012

Aprieta la crisis, la Unión Europea impone un límite máximo al déficit de nuestras cuentas públicas. Queda cifrado en el 5,3%, es decir, un 0,5% inferior al 5,8% que el presidente Rajoy había intentado convalidar por el Eurogrupo. Pero hemos vuelto del Consejo Europeo de Bruselas muy contentos. Nos sentimos plenamente soberanos. Nada que ver con aquella España intervenida del presidente Zapatero. Las explicaciones de Rajoy en el Pleno del Congreso de los Diputados del miércoles 14 de marzo, solo recibieron objeciones de la oposición. Una vez más incapaz de asimilar su derrota en las urnas y empeñada hasta la obcecación en reclamar del Gobierno aclaraciones sobre de dónde, de qué impuestos nuevos o reforzados, saldrán los ingresos fiscales necesarios para contener el déficit en el límite porcentual que, por nuestro bien y de modo tan amable, nos ha sido señalado por los grandullones de la UE. Otra cosa es que, como cantábamos en las excursiones de nuestros años escolares, siga siendo lamentable que por nuestra pueril inteligencia continuemos sin apreciar el bien que se nos hace en esa santa casa.

"Parece que, como en la aporía de Zenón de Elea, el Aquiles del recorte nunca dará alcance a la tortuga del déficit"

El ministro de Economía, Luis de Guindos, encargado de asomarse al exterior por su fluidez como anglohablante, hizo las primeras estimaciones. Así supimos que ese medio punto de restricción obligada del déficit implicará la necesidad de un recorte adicional del gasto de más de 5.000 millones de euros, nuevo sumando que se añade a los anunciados o pendientes de desvelarse. También aclaró de Guindos que los recortes tendrán consecuencias sobre el incremento de la cifra de parados, es decir de las cantidades que deberán asignarse al subsidio de desempleo y sobre la caída del consumo, es decir de la demanda, es decir de la cifra de negocio de las empresas, es decir de los beneficios y de la recaudación fiscal. Lo cual, nos llevará a un incremento del déficit, cuya nueva corrección deberá atenderse generando otra vuelta de la espiral degenerativa. Parece que, como en la aporía de Zenón de Elea, el Aquiles del recorte nunca dará alcance a la tortuga del déficit.

"Las frases estereotipadas, que se insertan en las alocuciones ministeriales con ocasión de visitas sobre el terreno a las tropas, son insuficientes"

A partir de esas realidades numéricas, empieza la tarea de asignar de la manera más eficiente unos recursos siempre escasos, cualquiera que sea el ángulo desde el que se consideren. En el Pleno del Congreso de los Diputados del 14 de marzo el líder del Partido Socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, sostuvo la necesidad de preservar las prestaciones sanitarias, educativas y sociales y señaló como alternativa las reducciones del gasto en Defensa. Rajoy replicó aludiendo a los 30.000 millones de deuda en ese capítulo que había dejado en herencia la gestión gubernamental socialista. Y Rubalcaba aclaró que al menos 22.000 millones de ese total procedían de compromisos arrastrados de los años de Aznar. Este toma y daca permite hacernos una idea de cómo ha cambiado la pauta del enfrentamiento dialéctico en ese área. Porque hace unos años la pugna habría sido la inversa y el intento de cada uno habría sido demostrar que apoyaba mejor unas mayores dotaciones para la Defensa y las Fuerzas Armadas. Ahora, por el contrario, los contendientes trataban de escaquearse y de endosar la responsabilidad de ese capítulo de gasto indeseado al adversario.
La precariedad de estos momentos estaría llevando a una reordenación de las prioridades, de manera que los gastos de Defensa empezarían a verse como excesivos y recortables. Y las Fuerzas Armadas podrían dejar de percibirse como un prestigio a exhibir para ser consideradas como un lastre económico injustificable. Así las cosas, se impone sin demora un ejercicio de análisis y reflexión, que defina con nitidez los intereses nacionales y la adecuación de los medios y contingentes asignados para preservarlos, tanto en el territorio nacional, aguas de soberanía y espacio aéreo, como en los despliegues llevados a cabo en misiones militares internacionales, siempre bajo la cobertura de resoluciones de Naciones Unidas. Las frases estereotipadas, que se insertan en las alocuciones ministeriales con ocasión de visitas sobre el terreno a las tropas, son insuficientes. Su repetición inerte empieza a constituir un sinsentido que busca activar automatismos mecánicos. Por ejemplo, en Afganistán el estribillo de los visitantes se cifra en "vinimos juntos y nos iremos juntos". Una invocación inservible, después de haber observado cómo canadienses y holandeses se han retirado tras hacer sus propias evaluaciones, sin merecer por ello reproche alguno de Washington ni de la Alianza Atlántica de la que son miembros.

"El deber del mando es trabajar no sólo sobre la hipótesis más favorable o más probable, sino también con la más adversa, y establecer, a partir de ahí, las previsiones requeridas"

De manera que sin necesidad de tener enano infiltrado alguno en el Pentágono, la mera lectura atenta de fuentes abiertas como la prensa española, complementada con la del Herald Tribune, Financial Times, Le Monde o The Economist permite seguir el curso zigzagueante de la guerra de Afganistán: la facilidad con la que los malignos talibanes pasan a ser parte de un diálogo necesario; el enroque del gobierno de Karzai cada vez más necesitado de planear nuevas exigencias radicales a su aliado americano; la perversión de las fuerzas armadas afganas, que nada más ser adiestradas pasan a enrolarse bajo las banderas del enemigo; la proliferación de espectáculos provocadores, a base de quemas del Corán o de micciones colectivas ya sea sobre sus páginas o sobre los cadáveres de los afganos abatidos; las con masacres de civiles ajenos al combate; la ausencia de recursos disciplinarios de inmediata aplicación, que reparen profanaciones y asesinatos, y castiguen a los uniformados culpables de disparar contra civiles inermes, a cuya protección deberían estar consagrados; la creciente incertidumbre en torno a los planes y plazos para la retirada del contingente militar americano según anuncian o rectifican, en cada momento, las autoridades del Pentágono, el departamento de Estado la Casa Blanca.
El caso es que acabamos de ver al presidente de Francia y candidato, Nicolás Sarkozy, reaccionando en caliente tras el último atentado que ha costado la vida a varios soldados franceses. Su decisión fulminante ha sido la de interrumpir las labores de adiestramiento de las fuerzas afganas, que tenían encomendadas los instructores galos. Permanezcamos atentos, porque este de Francia podría ser un mal ejemplo si, Dios no lo quiera, llegáramos a vernos en circunstancias análogas. Porque ni siquiera estaríamos en condiciones de seguir esa senda, dado que nuestro margen de decisión es mucho más reducido que el francés y a nosotros enseguida se nos ennegrecería la reputación.  Así que toquemos madera, evitemos comportarnos como cenizos o fungir de agoreros, y deseemos a todos los nuestros en Afganistán o en Líbano su ordenada vuelta a casa, sanos y salvos y sin novedad. Pero insistamos en que el deber del mando es trabajar no sólo sobre la hipótesis más favorable o más probable, sino también con la más adversa, y establecer, a partir de ahí, las previsiones requeridas. De manera que el Presidente del Gobierno, los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa y el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, en tanto que primer eslabón de la cadena de mando operativo, deben proceder a la definición de cuáles son nuestros intereses y a la evaluación de cuáles sean los riesgos que estamos asumiendo para llegar a conclusiones precisas sobre el calendario más conveniente para nuestra retirada. Una operación que, como nos tiene bien enseñado don Carlos Clausewitz, es siempre la más difícil en términos de estrategia militar.

"Nuestros soldados han mantenido un comportamiento irreprochable, fuera de la arrogancia o el abuso"

Cuidado con las precipitaciones desencadenadas por la precariedad en la que nos estamos instalando, porque en este ámbito de la Defensa y de las Fuerzas Armadas las improvisaciones además de multiplicar el coste resultan inútiles. Recordemos al paso que quienes sirven en las filas de los Ejércitos tienen una característica diferencial respecto a los meros funcionarios del Estado. Porque los militares con las armas en la mano son los únicos que sólo están sujetos por el empeño de su palabra, de ahí la relevancia que tiene para ellos y para nosotros que cultiven el sentido del honor. Algún buen ejemplo han dado al asumir las reformas que suprimieron los ministerios del Ejército, Marina y Aire para dar paso al departamento de Defensa y al ordenar la carrera militar conforme a los principios de mérito y capacidad. Los suboficiales, oficiales, jefes y generales saben que nada se les da por añadidura, que deben superar de modo permanente cursos, obtener diplomas y acreditar destinos en unidades operativas, si quieren reunir las condiciones para el ascenso. Entre ellos, la inercia burocrática o la antigüedad han dejado de ser un grado. Deben estar en condiciones de probar su idoneidad porque en caso contrario se ven obligados a pasar a la reserva.
En medio de tantos comportamientos escandalosos, que han manchado la imagen de tantos ejércitos, por ahora nuestros soldados han mantenido un comportamiento irreprochable, fuera de la arrogancia o el abuso. Han sido un factor de prestigio y carecería de sentido que pasáramos a considerarlos como un lastre. Atentos.