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ENSXXI Nº 43
MAYO - JUNIO 2012

JOAQUÍN ESTEFANÍA
Periodista y economista, fue director de EL PAÍS. Su último libro es La economía del miedo (editorial Galaxia Gutenberg)

Este tiempo es pródigo en aniversarios económicos. Se acaban de cumplir dos años de la primera intervención de un país europeo, Grecia, por la troika de poderes externos a la soberanía de los países de la zona: la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Un poco más adelante controlaron a otros dos países, Irlanda y Portugal. Y en medio del mes de mayo de 2010 (día 9) tuvo lugar aquella reunión de ministros de Economía y Hacienda de la Eurozona, en la que la Unión Europea (UE) tomó algunas de las decisiones más importantes en mucho tiempo y que marcarán el futuro de su política económica.

"Desde hace estos dos años, la UE ha abandonado la política común de estímulos que se había aprobado en las reuniones del G-20 en Washington, Londres y Pittsburg, y ha intentado desarrollar una vía propia de salida de la crisis basada en planes de reducción del déficit público a fecha fija y austeridad a ultranza"

Alguien tituló el resultado de aquella cumbre “Europa se reinventa en una sola noche”. En el último momento, como Europa suele tomar los asuntos más trascendentales, la UE aprobó en términos genéricos -algunos de los cuales todavía no se han concretado del todo- nuevos mecanismos de gobierno y esbozó el paso de una Unión Monetaria a una Unión Económica. De paso, los representantes de la zona euro hicieron morder el polvo a la política económica del entonces presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, y la cambiaron de sentido en un santiamén (de los planes de estímulo a la consolidación fiscal), causando la ruina electoral de los socialistas españoles y esbozando la estructura de un fondo de rescate que todavía hoy anda ajustando su fórmula y el monto definitivo.
Desde hace estos dos años, la UE ha abandonado la política común de estímulos que se había aprobado en las reuniones del G-20 en Washington, Londres y Pittsburg, y ha intentado desarrollar una vía propia de salida de la crisis basada en planes de reducción del déficit público a fecha fija y austeridad a ultranza. Mientras prácticamente el resto de las zonas del mundo considera que el problema principal de la economía es su falta de crecimiento (EEUU, Asia, América Latina…), Europa asumió que lo prioritario era volver a los equilibrios macroeconómicos para, más adelante, comenzar a crecer. La desavenencia se ha manifestado en el dilema de ajustar para crecer o crecer para ajustar.

Un balance de lo sucedido en Europa desde entonces parece dar la razón a los partidarios del crecimiento como prioridad para solucionar los problemas más urgentes, pues mientras el resto del mundo crece a porcentaje más o menos modestos Europa permanece en recesión en el peor de los casos, y en estancamiento en el mejor. En una situación que Keynes ya describió a principios de los años treinta: “Un estado crónico de actividad inferior a la normal, durante un periodo de tiempo considerable, sin tendencia marcada ni hacia la recuperación ni hacia el hundimiento completo”. La descripción de lo sucedido en el Viejo Continente es demoledora: la crisis de la deuda soberana y el crecimiento de las primas de riesgo (cuya solución era para lo que se adoptó la política económica de austeridad extrema, aplicada a países con problemas muy diferentes) no ha mejorado; los problemas de liquidez o solvencia de muchos bancos de matriz europea y funcionamiento multinacional siguen encima de la mesa y todos ellos han de acudir sistemáticamente a las subastas de liquidez del BCE para sobrevivir y poder pagar sus obligaciones y sus deudas; multiplicación del paro, empobrecimiento de las clases medias, mortandad de centenares de miles de empresas, reducción de la movilidad social,…

"Un balance de lo sucedido en Europa desde entonces parece dar la razón a los partidarios del crecimiento como prioridad para solucionar los problemas más urgentes"

Como consecuencia de todo ello, cada vez que hay elecciones en un país europeo caen sus dirigentes, sean del signo ideológico que sean, a los que ha tocado ocuparse de la gestión de la crisis con esas políticas de austeridad que los ciudadanos rechazan mayoritariamente, y emergen fuerzas populistas significadas por la simplicidad y la demagogia de las soluciones que proponen. Todas estas secuelas dejan una idea profunda en la calidad de la democracia: una parte creciente de la ciudadanía duda de si la idea Europa (cuya construcción estaba planteada precisamente para evitar los populismos y los enfrentamientos del pasado) y también es creciente el número de ciudadanos que sospecha de la impotencia de sus representantes políticos a la hora de solucionar los problemas públicos y comunes, dado que éstos se dirimen en lugares cada vez más alejados de los parlamentos y de los sitios propios de la democracia representativa.
Mientras Europa deglute elecciones tan disímiles como las presidenciales francesas, las legislativas griegas o las locales británicas, y espera la llegada de las holandesas, italianas y, sobre todo, las alemanas en el tercer trimestre del año que viene, se instala –todavía más a nivel retórico que real- la tesis de la “trampa de austeridad”. En su último libro (¡Acabad ya con esta crisis!, editorial Crítica), Krugman describe cómo “demasiada gente seria” (políticos, funcionarios de primer orden, economistas y publicistas que definen el saber convencional) ha optado en nuestro continente por prejuicios ideológica y políticamente convenientes para sus intereses, no ha utilizado el conocimiento acumulado que se tiene, las lecciones de la historia y las conclusiones de varias generaciones de grandes analistas económicos, y nos han metido a todos en el camino equivocado, a costa de enormes sufrimientos para nuestras economías y nuestras sociedades.
Resulta imprescindible un equilibrio –que hasta ahora no se ha dado- entre la austeridad (que comprende una relajación en los plazos de reducción de los déficit y la deuda pública) y el crecimiento (con planes de inversión público-privados en infraestructuras, I+D y energía verde susceptibles de ser intensivos en mano de obra). La generación de empleo es la condición necesaria para recuperar a la población de esa creciente desafección sobre la capacidad de la democracia para resolver sus problemas, que da presencia a los populismos. Este es el dilema central de la política económica europea actual y la dificultad máxima para crear más y mejor Europa.