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ENSXXI Nº 44

JULIO - AGOSTO 2012

JOAQUÍN ESTEFANÍA
Periodista y economista. Fue director de EL PAÍS y es autor del libro La economía del miedo (Galaxia Gutenberg)

Aunque está cambiando esta realidad, en los medios de comunicación las historias sobre los opulentos (sus éxitos, irregularidades, abusos, caídas,…) superan por mucho en espacio y énfasis a las de los necesitados. Estas últimas sólo son dominantes cuando son catastróficas. Apaguemos por un rato los focos sobre los rescates multimillonarios, los sueldos opulentos y las pensiones privadas que generan alarma social, los relatos de quienes tenían mucho y ahora tienen un poco menos,… Las dificultades cotidianas relacionadas con la crisis –en forma de paro, reducción de la renta disponible que entra en las familias, mortandad de decenas de miles de empresas, …- han dejado de ser protagonizadas solo por las capas más bajas de la sociedad y han llegado con mucha fuerza a las clases medias. Para éstas, una crisis económica de tanta profundidad y duración como la actual ha dejado de ser un problema intelectual y les afecta en su ser y en sus comportamientos de manera central.

La cara más lacerante y mayoritaria de la crisis se presenta en forma de paro de larga duración (todos los meses decenas de miles de personas abandonan la protección del seguro de desempleo), que afecta sobre todo al colectivo de ciudadanos mayores de 45 años, y en forma de paro juvenil (aquellos que, terminando su fase de formación, no encuentran ningún modo de incorporarse al mercado de trabajo o lo hacen, en porcentajes muy minoritarios, en empleos muy por debajo de su cualificación, lo que hace improductiva la educación recibida). Por ejemplo, de los 11 millones de clientes de Bankia, muchos de ellos estarán sin duda en paro, así como algunos de los cientos de miles de ciudadanos que a partir de julio de 2011 compraron acciones de la cuarta entidad financiera española.

"La cara más lacerante y mayoritaria de la crisis se presenta en forma de paro de larga duración, que afecta sobre todo al colectivo de ciudadanos mayores de 45 años, y en forma de paro juvenil"

Existen cada vez más indicadores que demuestran que la sociedad española se ha instalado en nuevas condiciones de existencia, cambios muy notorios en los hábitos y costumbres como consecuencia de la merma de su renta disponible, de las escasas expectativas de mejora (movilidad social) y del pesimismo sobre su futuro. La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) posee nuevas herramientas estadísticas de medición del bienestar (better life index) que apuntan claramente a las principales debilidades que afronta la sociedad española en relación a otras que pertenecen a la misma institución: la peor posición en lo que respecta a dimensiones tan importantes para el bienestar (y no menos para la economía y la competitividad) como los ingresos medios y el empleo; la calidad de la educación, el medio ambiente o las posibilidades de conciliación de la vida laboral y familiar. Otros indicadores, sin embargo, traslucen algunas fortalezas importantes en España: un buen nivel de salud, un elevado sentido de la comunidad expresado sobre todo a través de la intensa solidaridad intrafamiliar, una calidad adecuada de la vivienda así como una buena posición relativa en el ámbito de la participación cívica.
La Memoria correspondiente al año 2011 del Consejo Económico Social, adelanta otras tendencias muy significativas y algunas variaciones en las formas de vida instaladas en España después de cinco años de penosas dificultades económicas para la mayoría de la población:
- Cada vez más personas mayores están adquiriendo un protagonismo inesperado por su decisiva aportación social: no sólo por su frecuente papel de abuelos cuidadores sino porque sus pensiones se convierten en fuente principal de ingresos en un grupo cada vez mayor de hogares, en los que conviven con sus hijos y/o nietos desempleados. En el primer trimestre de 2012 había 422.600 hogares (un 21,7% más que en el mismo periodo del año anterior) en los que la persona de referencia era jubilada o pensionista y convivía al menos con una persona en paro.

"Existen cada vez más indicadores que demuestran que la sociedad española se ha instalado en nuevas condiciones de existencia, cambios muy notorios en los hábitos y costumbres como consecuencia de la merma de su renta disponible, de las escasas expectativas de mejora y del pesimismo sobre su futuro"

- Los flujos migratorios han cambiado definitivamente de signo: más de medio millón de personas (un 26% más que en 2010) emigró desde España al extranjero en 2011, siendo de nacionalidad española el 12,3%. Así, el pasado año registró por primera vez en mucho tiempo un saldo migratorio negativo: fueron más los emigrantes que salieron de España que los inmigrantes que se establecieron en nuestro país.
- El aumento de la pobreza y de la desigualdad social constituyen las consecuencias más extremas de la crisis en las condiciones de vida de la población. Se incrementan los problemas de hacinamiento y de exclusión severa especialmente entre la población por debajo del umbral de la pobreza, los jóvenes y los que viven en alquiler. Los niveles de pobreza monetaria afectaban en 2010 al 20,7% de la población, pero un nuevo indicador más sofisticado eleva ese porcentaje hasta el 23,5% del total. En un solo año la población en riesgo de pobreza y exclusión social ha aumentado en más de un millón de personas, hasta alcanzar los 11, 6 millones.
- La mitad de los hogares han visto empeorar su situación económica desde antes de la crisis. En el último periodo, sólo ha mejorado para el 8,4% de los hogares, para el 42,9% había empeorado, mientras que para el 48,7% permanecía igual.
- Cambio de tendencia en el consumo. En 2010 las familias gastaron en consumo un 3% menos que un año antes. Las familias han optado por aplazar los grandes gastos (vehículos, muebles y grandes electrodomésticos), así como reducir los más superfluos (hoteles, cafés y restaurantes).
La gran pregunta que uno puede hacerse es cómo va a resistir este deterioro la sociedad española a partir del mes de septiembre, cuando se manifiesten las dificultades en toda su extensión y la coyuntura se halle en el fondo del pozo (escaso crecimiento del Producto Interior Bruto y récord de las cifras de paro, según la mayoría de los analistas) si hay consenso en que el ajuste y la austeridad durarán al menos una década, un plazo que ninguna sociedad democrática puede permitirse. Máxime cuando el Gobierno sólo confía en el largo plazo para corregir las peores tendencias.