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ENSXXI Nº 44

JULIO - AGOSTO 2012

MANUEL ATIENZA
Catedrático de filosofía del Derecho en la Universidad de Alicante

Supongo que muchos lectores de periódicos en España han de pensar, como yo, que en las viñetas de El Roto se encuentra la crítica más desgarrada y acertada de la situación de crisis en la que vivimos desde hace años. En una de esas viñetas, de hace unas semanas, sobre un fondo de escombros, aparece un rostro enfadado que exclama con indignación: ¡Es la moral, estúpido!  Y hace pocos días (en El País de 22 de junio), El Roto (o Andrés Rábago) se calificaba a sí mismo de “dibujante satírico” y reivindicaba la “función social” de la sátira, “sin avergonzarse –según precisaba el periodista autor de la crónica- del calificativo ‘moralista’, pues, afirmó [El Roto], ‘la pérdida de la moral pública es precisamente lo que nos ha llevado a la situación actual’ No creo que pueda afirmarse que la visión que El Roto transmite de la crisis (que la dimensión moral de la misma es aún más relevante que la económica) la suscriba una mayoría de la opinión pública de nuestro país. Pero, desde luego, tampoco constituye un punto de vista aislado. Hoy mismo, día 23 de junio, en una entrevista aparecida también en el diario El País, el futbolista Andrés Iniesta afirma encontrarse muy feliz con su reciente paternidad, pero inmediatamente después de declarar eso se siente obligado a “justificar” su estado de felicidad: “Digamos que no es el mejor momento socialmente hablando pero, a nivel personal, me siento muy bien”. Y a la siguiente pregunta que le hace el periodista: “¿Le afecta la crisis?”, su respuesta es como sigue: “Hombre, claro, no soy ajeno a los problemas que hay a mi alrededor…Ves que el de la panadería del barrio ha de cerrar, que han despedido a un amigo…La sociedad está perdiendo valores de una manera evidente. Tienes una hija y te da miedo imaginar el mundo que les estamos dejando a los niños…Ya no es solo el problema económico. Detrás de eso hay dramas personales que no puedes ignorar y que me preocupan, claro que me preocupan“.

"El discurso 'serio' sobre la crisis no está trenzado con conceptos morales; es un discurso que habla de cómo es el mundo y los hombres que lo habitan, no de cómo deberían ser uno y otros"

Sin embargo, como decía, la manera más usual de enfocar (al menos, entre “expertos”) la situación de crisis que estamos viviendo es, me parece, un tanto distinta, en el sentido de que no deja mucho espacio para la moral, para el “sentimentalismo moral”. Desde luego, han de ser pocos quienes guían su conducta estrictamente de acuerdo con el lema de que “el sufrimiento ajeno es ajeno”. Aunque esos pocos (o muy pocos) parecen formar parte precisamente del grupo de los más poderosos, de manera que su influencia en las medidas que se están tomando (en España y fuera de España) en relación con la crisis no puede desdeñarse. No lo hace tampoco El Roto, y recuerdo ahora otra viñeta suya en la que aparecía un paisaje urbano de mansiones opulentas, con un pie de página en el que se podía leer algo así como: ¡Austeridad!, gritaban desde las ventanas de sus palacios.
Pues bien, aunque un grado semejante de cinismo sólo está reservado para unos pocos privilegiados, una opinión que, me parece, es muy frecuente encontrar (entre políticos y no políticos) en los últimos tiempos podría resumirse así: el sufrimiento que está generando la crisis es muy de lamentar, pero la salida de la situación no la vamos a encontrar a base de apelar a nobles pero ingenuos sentimientos morales ligados      –pongamos por caso- a una organización social menos basada en los “valores” del individualismo que la del capitalismo contemporáneo, con mucha menos desigualdad en cuanto a la distribución de la riqueza, y en la que el poder económico y financiero esté efectivamente controlado por instituciones realmente democráticas. Como cualquier oyente de tertulias radiofónicas habrá escuchado en muchísimas ocasiones, introducir en la discusión invocaciones a la “solidaridad”, a la “igualdad”, a la “justicia”… vendría a ser una forma de contaminar el análisis objetivo de la realidad (llevado a cabo –pongamos- desde la economía, la política o el Derecho) con juicios subjetivos (opiniones morales) que no pasarían de ser la expresión de las preferencias, de los juicios de valor que (“muy legítimamente”, se suele subrayar), cada uno puede tener sobre cómo debería ser el mundo. En definitiva, el discurso serio sobre la crisis –esto es lo que, me parece, viene a decir el tipo de opinión al que me estoy refiriendo- no está trenzado con conceptos morales; es un discurso que habla de cómo es el mundo y los hombres que lo habitan, no de cómo deberían ser uno y otros. Precisamente por ese desprestigio que en muchos medios tiene la apelación a nociones morales es por lo que, como veíamos al comienzo, El Roto mostraba su disposición a asumir la carga de ser tildado de “moralista”: él, efectivamente, se refiere a cómo tendrían que ser las cosas, a la obscena diferencia existente entre cómo son y cómo deberían (y podrían) ser.
¿Debemos entonces introducir o no consideraciones morales en el discurso de la crisis? O, mejor dicho, ¿ayuda en algo traer a colación la moral (y los sentimientos y los valores morales) para explicarnos la situación en la que vivimos y para adoptar medidas conducentes a superarla? Mi opinión es que es imprescindible, a no ser que estemos dispuestos también a dejar de hablar de responsabilidad en relación con la crisis. Pero si no es así, entonces parece claro que tenemos que recurrir a nociones como la de “moral pública” o “valores sociales” para dar cuenta de los diversos sentidos –más o menos emparentados entre sí- que usualmente atribuimos a la expresión “responsabilidad”: como factor causal, como obligación derivada de un cierto cargo o papel social, como capacidad y estado mental, como merecimiento de un juicio de reproche. Así, el deterioro de la moral pública no sólo ha contribuido muy probablemente a generar la crisis económica (sería uno de los factores “responsables” de la misma), sino que al eliminar –o debilitar- entre la población los sentimientos morales de los que luego hablaré oscurece los conceptos de obligación y de juicio de reproche, con lo que está contribuyendo también a dificultar que pueda encontrarse una salida a la crisis.

"La pérdida de los valores sociales de carácter moral se debe a la creciente desigualdad de nuestras sociedades que ha tenido lugar durante las últimas décadas"

Parece, en efecto, bastante razonable pensar, como algunos autores vienen señalando desde hace ya tiempo, que la pérdida de los valores sociales de carácter moral se debe, sobre todo, a la creciente desigualdad de nuestras sociedades -empezando, por supuesto, por las desigualdades económicas- que ha tenido lugar durante las últimas décadas. Las desigualdades extremas y la ideología del individualismo -que parece haberse impuesto por todas partes y que algo tiene que ver con lo anterior- llevan de una manera casi diría “natural” a que deje de tener sentido hablar de valores compartidos, de solidaridad social, y a que en su lugar se imponga, como meta que la sociedad fija a quienes la integran, el éxito individual, el enriquecimiento personal, para cuyo logro han dejado de existir los límites que antaño fijaban ciertas reglas de moralidad pública. En su último libro, ¡Acabad ya con esta crisis! (Ed. Crítica, Barcelona, 2012, cap.5), Paul Krugman sugiere una “flecha de causalidad” que iría de la desigualdad de ingresos a la crisis financiera, pasando por la relajación de la norma social de “restricción por escándalo” (el principal límite hasta entonces –hasta los años 80- en la fijación del sueldo de los altos ejecutivos), la desregulación financiera y el fuerte incentivo que los dos factores anteriores suponen para realizar inversiones arriesgadas e incurrir en todo tipo de actuaciones fraudulentas.
¿Y qué sentido tendría emitir un juicio de reproche moral contra alguien (contra los causantes –responsables- de la crisis) si no tuviéramos clara cuál es la norma de moral pública infringida, el deber moral que ha incumplido? ¿O acaso no hay más responsabilidad que la de carácter jurídico y político? ¿No es incluso bastante razonable pensar que esos dos tipos de responsabilidad se debilitan bastante si no podemos encontrarles una firme base moral? Pues bien, yo creo que en las viñetas  de El Roto y en las declaraciones de Iniesta afloran dos tipos de sentimientos morales, la indignación y la compasión, que resulta urgente tomarse en serio. No son una expresión de “sentimentalismo moral”, sino ingredientes fundamentales para que pueda existir una moral pública y lo que podríamos llamar valores de la solidaridad. Y, por supuesto, no tienen nada de novedoso.
En el libro II de la Retórica de Aristóteles (Ed. Gredos –introducción, traducción y notas de Quintín Racionero, Madrid, 1990), puede encontrarse una caracterización de esos dos sentimientos que puede resultarnos de sorprendente actualidad. Aristóteles (que presenta aquí un estudio de las pasiones en términos más bien descriptivos: lo que le interesa es cómo el orador puede valerse de las pasiones del auditorio para lograr la persuasión) distingue la compasión y la indignación, propias de un talante honesto, de la envidia, que sería un sentimiento destructivo y característico de un “espíritu pequeño”. Por compasión entiende “un cierto pesar por la aparición de un mal destructivo y penoso en quien no lo merece, que también cabría esperar que lo padeciera uno mismo o alguno de nuestros allegados, y ello además cuando se muestra próximo”. Señala también que no sienten compasión los que se creen muy por encima de los demás, ni tampoco los que están muy atemorizados, pues estos últimos “andan absortos en la preocupación de sus propios daños”; mientras que compadecemos “a los que son semejantes a nosotros en edad, costumbres, modo de ser, categoría o linaje”. La indignación, por el contrario, es el “pesar… que se produce por los éxitos inmerecidos”, y a Aristóteles le parece un sentimiento tan adecuado que “incluso a los dioses atribuimos indignación”. Podría suponerse –nos dice- que la naturaleza de la indignación es muy próxima a la de la envidia, pero es justamente lo contrario: “porque la envidia es ciertamente un pesar turbador y que concierne al éxito, pero no del que no lo merece, sino del que es nuestro igual o semejante”. Y, en fin, el sentimiento de indignación sería propio de quien posee lo que hoy llamamos “autoestima”: “esta es la razón de que los serviles, los inmorales y los que no tienen ambiciones no sean propensos a la indignación, ya que nada hay que ellos crean merecer”.
Una conclusión provisional de todo lo anterior. La recuperación de la moral pública (cuya pérdida ha llevado a la situación actual de crisis) precisa del restablecimiento de sentimientos como la compasión y la indignación que, en cierto modo, hacen posible el discurso moral y los juicios de adscripción de responsabilidad. Pero todo ello presupone, al mismo tiempo, una sociedad de iguales o, al menos, en la que se hayan eliminado las desigualdades extremas. Y, lamentablemente, no parece que sea ese el camino que estamos tomando.

Abstract

To recover public morals, whose loss has taken us to the present crisis, we have to restore feelings like compassion and indignation that enable moral discourse and accountability in the first place. But to do so we need a society of equals or, at least, the suppression of extreme inequalities. Unfortunately it seems this is not the solution we are opting for.