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ENSXXI Nº 45
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2012

MANUEL GONZÁLEZ-MENESES
Notario de Madrid

(o lo que nos enseñó un campeonato de fútbol)

La reciente concesión del Premio Príncipe de Asturias del Deporte de este año 2012 a dos integrantes de la selección española de fútbol, Íker Casillas y Xavi Hernández, porque los mismos «simbolizan los valores de amistad y el compañerismo más allá de la máxima rivalidad de sus respectivos equipos» y porque «su comportamiento deportivo es un modelo para los jóvenes» me ha hecho rescatar de un rincón del disco duro de mi ordenador un texto que redacté en el calor del momento a finales del pasado mes de julio. Quizá su publicación no resulte todavía del todo inoportuna. Ahí va.
En estas páginas no voy a hablarles de la crisis, ni de la prima de riesgo, ni del Decreto-Ley como la forma de legislar propia de nuestro tiempo, sino de algo mucho más importante: …de fútbol.
Por supuesto que el fútbol, en sí mismo, sólo es un juego, un ejercicio de habilidad física, que incluso no deja de tener algo de involutivo. Si el proceso de hominización se nos dice que va ligado al desarrollo de la habilidad manual y dactilar, a la independencia y contraposición del pulgar al resto de los dedos, en este juego, veinte de lo veintidós participantes renuncian a hacer uso de sus extremidades anteriores; de manera que, en definitiva, un juego que se practica con los pies, a patadas, parece algo no solo trivial sino también primitivo, una especie de paradoja evolutiva.
Y la actividad consistente en ver cómo otros juegan a este juego –sobre todo si es a través de la pantalla de un televisor- aún es menos que eso. Ni siquiera es un deporte o ejercicio físico, sino un entretenimiento contemplativo, pasivo y muchas veces bastante tedioso.

"La sobreexposición mediática de todo lo relacionado con el fútbol hace que el mismo haya terminado adquiriendo un significado ejemplar para el conjunto de nuestra sociedad, se ha convertido en una escuela de costumbres, tanto de buenas como de malas costumbres"

Sin embargo, no hace falta que enfatice la trascendencia social que semejante actividad ha alcanzado en todo el mundo y en nuestro país en particular. Es algo difícil de explicar en términos racionales, porque quizá está relacionado con estratos muy profundos de nuestro subconsciente colectivo, con nuestro pasado tribal y de manada; pero es una realidad incontestable la intensidad de las emociones que podemos llegar a experimentar por las vicisitudes de un determinado equipo de fútbol, hasta qué punto puede hacernos felices o infelices –incluso en situaciones sociales tan extremas como las que ahora vivimos- el que ese equipo con el que nos identificamos supere o no una eliminatoria.
No pretendo justificarlo ni criticarlo, sino sólo constatar el hecho. Cómo este jueguecito trivial convertido en espectáculo de masas tiene el extraordinario poder de mantenernos a todos en vilo, de suspender durante unas semanas el curso normal de la vida de un país entero.
Y el caso es que la sobreexposición mediática de todo lo relacionado con el fútbol hace que el mismo -nos parezca bien o no- haya terminado adquiriendo un significado ejemplar para el conjunto de nuestra sociedad, se ha convertido en una escuela de costumbres, tanto de buenas como de malas costumbres. Por una parte, es un reflejo de los valores vigentes en una sociedad; pero por otra parte y al mismo tiempo contribuye, y no poco, a la formación y difusión de esos valores.

"Al final, no han ganado sólo por ser mejores futbolistas que los demás, sino por ser mejores personas, o mejor dicho, por haberse comportado como mejores personas. Porque la virtud no es tanto una cualidad o atributo personal, como una forma continuada de comportamiento, un hábito"

Así, durante los últimos años lo que ha venido sucediendo en el mundo del fútbol español no ha sido más que una imagen exacerbada del espíritu de toda una época: generación de grandes plusvalías inmobiliarias gracias a recalificaciones urbanísticas de suelo; directivos de clubes que confunden sus responsabilidades como tales con sus intereses empresariales o políticos particulares, o aun peor, que se convierten en comisionistas en un incesante tráfico de jugadores carente de cualquier justificación deportiva; extrañas componendas sobre los derechos de retransmisión con los grandes grupos político-empresariales que controlan los medios de comunicación; sobreendeudamiento generalizado, evasión fiscal y fraude a la Seguridad Social; la rivalidad deportiva degenerada en odio entre las aficiones e incluso en ofensa masiva a las instituciones y símbolos que se supone nos representan a todos, hasta el punto de que un factor de socialización y pacificación como ha sido siempre el deporte desde los tiempos de la Grecia clásica se convierte en el argumento clave de la fractura nacional. En fin, toda una turbia mezcla de deporte, política y dinero a cuenta de las idas y venidas de un balón. Y este panorama aun resulta ensombrecido últimamente por la aparición en escena de algún técnico ególatra y demagogo cuyo ejemplo de agitación envilecedora de las masas haría palidecer a un Clodio o a un Catilina.
Y lo peor de todo es la propuesta a nuestra infancia y juventud de un modelo de éxito personal basado en el enriquecimiento rápido, la fama, el lujo ostentoso, la arrogancia, el  físico atlético y el emparejamiento con una top model. No sé si somos conscientes de hasta qué punto este modelo ha calado ya en nuestros hijos. Nosotros de niños queríamos ser policías, maestros, médicos, abogados; los niños de ahora quieren ser ricos y famosos, pero no simplemente ricos, sino muy ricos y enseguida.
En un contexto tan poco estimulante (que a mí, al menos, que siempre fui futbolero, me había hecho perder ya todo interés por el fútbol como espectáculo) ha acontecido algo completamente inesperado y sorprendente: nuestra selección nacional de fútbol no sólo consigue encadenar una serie inaudita de triunfos a nivel tanto europeo como mundial, sino que lo hace con un estilo deportivo muy atractivo (el ingenio, la sutileza y la chispa, frente al empellón y el topetazo, frente a ese combate de gladiadores musculados en que se ha venido convirtiendo el fútbol profesional), y sobre todo, con un estilo moral admirable. Al final, no han ganado sólo por ser mejores futbolistas que los demás, sino por ser mejores personas, o mejor dicho, por haberse comportado como mejores personas. Porque la virtud no es tanto una cualidad o atributo personal, como –según nos enseña Aristóteles- una forma continuada de comportamiento, un hábito. Pero de esto me ocuparé después.

"He aquí el origen de la humildad más auténtica: el conocimiento y aceptación de la contingencia, de la fragilidad, inseguridad e incertidumbre de todos los asuntos humanos. Una pizca de azar es lo que puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Por muchos méritos que uno crea acumular, el éxito nunca es necesario"

Por referirme sólo a lo más próximo en el tiempo, a la reciente Eurocopa, valores éticos de que nos ha dado ejemplo nuestro combinado nacional han sido los siguientes.
En primer lugar, la solidaridad, el espíritu de equipo, el compañerismo o como lo queramos llamar. En suma, la subordinación del interés egoísta o individual a la causa o el interés colectivo. Podría referirme a infinidad de detalles y gestos (los relevos continuos en la presión, la cobertura al compañero que sube, el entendimiento entre los dos centrales, que supuestamente representaban el máximo antagonismo personal, deportivo y hasta político), pero creo que lo que mejor ejemplificó este valor fue la actitud de los suplentes. Todos ellos rutilantes estrellas en sus respectivos clubes, con sobrada proyección internacional, algunos recién venidos de ganar la Champions, y ni un solo mal gesto al ser sustituidos o al no figurar en la alineación inicial, ni un desfallecimiento en el apoyo continuo a los compañeros que estaban en cada momento en el campo, o en la ilusión por el triunfo colectivo aunque no hubieran jugado ni un solo minuto. Y esto, no lo olvidemos, en el país por excelencia del fulanismo y de la envidia. Por supuesto que todo es más fácil cuando se gana, pero qué diferencia con otras actitudes, con las broncas dentro de otros equipos, los desplantes al seleccionador, la preocupación de algún que otro astro por su éxito individual, por si me consideran mejor o peor que aquel otro. Frente a eso, “yo no juego para ganar balones de oro, sino para que mi equipo gane” (Iniesta dixit).
En segundo lugar, el valor, en el sentido de valentía, de arrojo. Es decir, el penalti de Sergio Ramos. Atreverse a intentar semejante alarde técnico, en el momento crucial, con medio planeta mirándote, después de la mofa generalizada que motivó su proyectil a las nubes en la semifinal de la Champions, puede juzgarse como una locura o temeridad, pero también como muestra de una extraordinaria presencia de ánimo, de confianza en uno mismo, y sobre todo de amor propio, en el mejor de los sentidos, de aquello que nos impulsa a superarnos, a intentar cosas grandes, a no contentarnos con lo pequeño, con lo mediocre, es decir, de magnanimidad. Por supuesto que podía haber fallado y, según cómo hubiera ido la cosa, nadie se lo habría perdonado, pero el gesto de atrevimiento -lo para mí moralmente valioso en este caso- ya estaba hecho.
Y lo mejor es que el balón acabó en la red, y ello no por una simple ética del resultado, sino porque con ello quedó demostrado que él sabía hacerlo. Es decir, no sólo tenía la fuerza moral para intentarlo, sino también y sobre todo, la competencia técnica para ejecutarlo correctamente. De manera que su gestión del riesgo fue razonable. En realidad, no era una cuestión técnica lo que estaba en juego (si se sabe hacer, no es más arriesgado ejecutar un penalti a lo Panenka que en una forma más convencional, aunque lo primero, por supuesto, es mucho más espectacular), sino una cuestión psicológica y moral: la lucha de Ramos con su inmediato pasado. Se enfrentó a su miedo, poniendo toda su personalidad en el envite (porque si hubiera fallado, habría sido el hazmerreír del mundo), y lo venció. Y con ello no consiguió simplemente un punto más para su equipo en la ronda de penaltis, sino que elevó y potenció la moral de todo el grupo. A partir de ese momento ya nada podía salir mal. Después de los titubeos iniciales, ya estábamos otra vez instalados en la dimensión de la excelencia. 

"La construcción de un estilo moral colectivo es una labor de equipo: en nuestro equipo se ha generado una dinámica de excelencia moral, una corriente de mejoramiento que irradia desde la personalidad del técnico que dirige la selección, pero en la que todos participan reforzándose mutuamente"

Otro valor que hemos visto en acción ha sido la generosidad, que es algo más que el simple compañerismo al que antes he aludido. La generosidad, en el sentido a que ahora me refiero, tiene que ver con el factor de la escasez. Es privarse uno de algo valioso para que otro lo tenga. Es lo que ejemplificó el pase de Torres a Mata en el último gol de la final. El primero venía de una temporada en la que había sido muy cuestionado y de un campeonato en el que había ejercido casi siempre de suplente, y éste era el momento justo para reivindicarse. Un segundo gol en la final, aparte de la repercusión que hubiera tenido, le habría aupado a lo más alto del palmarés del torneo (pues nadie había marcado más de tres goles). Y todo el mundo habría entendido que, con el partido ya resuelto, hubiera querido apurar la jugada en busca de ese reconocimiento personal. Sin embargo, vio que su compañero que venía desde atrás tenía una posición más franca de cara a la portería (un compañero que sólo había dispuesto de estos últimos cinco minutos en todo el campeonato), y le pasó el balón. Y el gol fue de Mata y no de Torres. Pero éste demostró mucho más que si hubiera marcado.
Como ejemplar fue también el comportamiento inmediato de Mata. Él, el gran postergado del equipo, una estrella en la Premier League inglesa que no había hecho otra cosa hasta ese momento que calentar banquillo, no se engolfó ni un instante en su particular momento de gloria, ni hizo el más mínimo gesto de autoafirmación. Su celebración del gol fue solo un gesto de gratitud y de reconocimiento de que todo el mérito de la jugada había sido de su compañero.
Otros valores sobre los que hemos sido debidamente ilustrados han sido el respeto al rival, la consideración hacia el vencido y el reconocimiento del mérito ajeno. Así, el pasillo a los jugadores italianos cuando éstos fueron a recoger su medalla, y muy especialmente un velazqueño gesto de Casillas que no se vio en la retransmisión en directo pero que ha sido twitteado en agradecimiento por toda Italia: en los minutos añadidos al final del partido, cuando la azurra estaba completamente a merced de los nuestros y cada ataque podía acabar en un nuevo gol, nuestro portero se dirigió al árbitro asistente para pedirle que se pitase ya, “por respeto a Italia”, es decir, para que no fuera a más la humillación.   
Y por último llegamos a las virtudes o valores más difíciles de todos: la humildad, la sencillez, la naturalidad. Los valores morales que ejemplifica por excelencia el mejor del equipo: el seleccionador nacional, el señor Del Bosque.
Aun habiendo hecho ya lo que nadie hizo en este país, ganar el campeonato del mundo, se le había seguido negando el pan y la sal. No había sido más que un afortunado administrador de la brillante herencia recibida de Luis Aragonés –que ése sí que sabía-. Con su serenidad y pachorra –tan poco mediáticas- lleva bien la dinámica de grupo, pero, técnicamente, un verdadero incompetente. Qué idea tan peregrina la de jugar sin un delantero nato como referencia en punta, la de acumular un montón de centrocampistas, y sobre todo, qué forma de jugar tan aburrida y tan poco directa y profunda.   

"Llegamos a las virtudes o valores más difíciles de todos: la humildad, la sencillez, la naturalidad. Los valores morales que ejemplifica por excelencia el mejor del equipo: el seleccionador nacional, el señor Del Bosque"

Y en la final, ante la temidísima Italia del sublime Pirlo y el intimidante Balotelli, no se le ocurre otra cosa que insistir en el mismo planteamiento. Pero entonces resulta que, nada más empezar, el falso nueve es el que profundiza hasta la misma línea de fondo para centrar a uno de esos centrocampistas bajitos que de un testarazo la clava en toda la escuadra. Y luego siguieron los bajitos apareciendo por todas partes para asombrar al mundo con la mejor final en muchos años.
Y justo cuando acabó el partido, después de tanta tensión acumulada y en el éxtasis de la victoria, ¿no era el momento para que Del Bosque sacase pecho, se reivindicase como técnico, para que se acordase de algunas de las críticas recibidas, para que lanzase algún pequeño dardo? Pues bien, cuando el primer reportero se abalanzó sobre él micrófono en mano y –tan humano- no pudo resistirse a decirle: “Bueno, don Vicente, al final tenía usted razón, con lo del falso nueve, etc.”, lo que respondió Del Bosque fue algo así como: “¡Qué va!, yo no tenía razón en nada…”. Y sin el más mínimo aspaviento ni afán de protagonismo, se quitó enseguida de en medio.
Y ya después, en declaraciones posteriores más reposadas, la idea recurrente que ha ido transmitiendo ha sido la siguiente: si en los penaltis de la semifinal el central portugués no hubiera mandado el balón justo a la cruceta, y si el balón que Fábregas lanzó tan ajustado, después de dar en el poste, hubiera ido hacia fuera y no hacia dentro, la historia podría haber sido completamente diferente...
He aquí el origen de la humildad más auténtica: el conocimiento y aceptación de la contingencia, de la fragilidad, inseguridad e incertidumbre de todos los asuntos humanos. Una pizca de azar es lo que puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Por muchos méritos que uno crea acumular, el éxito nunca es necesario. Así que nada de vanagloria; naturalidad y a seguir trabajando.
Todos estos ejemplos están ahí, todos –por fortuna también nuestros hijos- los hemos visto. Que cada uno extraiga las conclusiones que quiera, y que las aplique al ámbito que le parezca: al conjunto de una sociedad material y espiritualmente postrada, a la clase política de un país, a una concreta corporación profesional afectada por una grave crisis de identidad y resquebrajada por todo tipo de disensiones internas…
Por mi parte, la lección con que me quedo se condensa en dos ideas.
La primera es que la construcción de un estilo moral colectivo es una labor de equipo.
Volviendo a lo que decía antes: ¿los futbolistas españoles se comportaron así porque son mejores personas que sus homólogos de otros equipos?, ¿porque por naturaleza son de mejor condición? Pues no lo creo. Lo que sucede es que en nuestro equipo se ha generado una dinámica de excelencia moral, una corriente de mejoramiento que irradia desde la personalidad del técnico que dirige la selección, pero en la que todos participan reforzándose mutuamente. El entusiasmo infatigable del eterno portero suplente contagia a sus compañeros de banquillo, y éstos a su vez refuerzan al primero. O lo que hizo Torres resulta mucho más fácil en un equipo en el que lo que prima siempre es el pase al compañero mejor situado, donde nadie busca el brillo individual ni se anda con aspavientos ni divismos.

"La moral no está en absoluto reñida con el éxito y la eficiencia, sino más bien todo lo contrario. Tantos años de pesimismo moral, de contraposición entre la honra y los barcos, y al final va a resultar que cultivar la honra es la mejor forma de conservar los barcos"

De cara a la travesía del desierto que tenemos por delante como país, cuando la verdadera tarea en que hemos de emplearnos no es sólo la reconstrucción de una economía maltrecha, sino la regeneración o catarsis moral de toda una sociedad, desde lo más alto (donde la verdad es que no se nos han dado los mejores ejemplos últimamente) hasta lo más bajo (donde existe mucha inercia de mínimo esfuerzo, de vivir de la subvención), me parece importante que tomemos conciencia de que así es como funcionan las cosas en el ámbito moral. Que un ejemplo llama a otro ejemplo. Que la repetición de actos honestos individuales termina creando un hábito, una manera de ser, un estilo.
Para conseguir un cambio de paradigma moral no se trata tanto de reprimir o de castigar, como de proponer y acumular buenos ejemplos, de normalizar el comportamiento honesto. Si lo que en definitiva ha sucedido en nuestro país es que todos considerábamos natural que quien se encontraba en una posición que le daba la oportunidad de enriquecerse a costa del interés público o del empobrecimiento ajeno lo hiciera, de lo que se trata es de crear entre todos un clima moral en el que ciertos comportamientos no se realicen simplemente porque se vean como anormales, disonantes.
Y la para mí segunda gran enseñanza de las últimas aventuras de nuestra selección nacional de fútbol es que la moral no está en absoluto reñida con el éxito y la eficiencia, sino más bien todo lo contrario. Tantos años de pesimismo moral, de contraposición entre la honra y los barcos, y al final va a resultar que cultivar la honra es la mejor forma de conservar los barcos.
Cuando todos teníamos el miedo en el cuerpo por tener que volver a enfrentarnos a Italia, que había ido de menos a más y acababa de vapulear a la admirada Alemania, no faltaron los comentaristas que sin el más mínimo recato –y habiendo niños con seguridad en la audiencia (lo digo por lo de la ejemplaridad)- se permitieron afirmar que más nos habría valido la componenda con los croatas para con un empate haber dejado fuera del torneo a los italianos. Afortunadamente, semejante fechoría es completamente ajena al estilo moral de nuestra selección, y como por justicia poética no podía ser de otra forma, por supuesto que volvimos a encontrarnos con Italia en la final. Pero eso fue precisamente lo que nos permitió alcanzar la gloria más alta: una goleada nada menos que a la mismísima Italia, la tetracampeona del mundo, y en toda una final.
Y en cuanto al aludido dilema moral de Torres, resulta que el empate entre los trigoleadores del torneo se resolvió a favor del mismo, ganando éste la bota de oro de la Eurocopa, gracias precisamente a su asistencia de gol a Mata. O sea, que hacer lo mejor éticamente fue lo que le terminó reportando el éxito práctico.