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ENSXXI Nº 45
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2012

LUIS MUÑOZ DE DIOS
Notario de Villarejo de Salvanés (Madrid)

Merece mayor reproche incumplir con el Fisco en tiempo de crisis que en bonanza

El último número de la revista “El notario del siglo XXI” publica un artículo de don Manuel Atienza, catedrático de Filosofía del Derecho, en que propone “una lectura moral de la crisis”, sugiriendo que hemos de tratar de buscar a quién o quiénes reprochar la situación económica en que nos encontramos. Por mi parte, recojo el guante dejando a un lado a los culpables de la crisis económica, que, a mi juicio, y muy sintéticamente, fueron no sólo políticos y banqueros que optaron por el insostenible modelo productivo del ladrillo sino también los ciudadanos que, pudiendo haber tomado en alquiler sus viviendas, se empecinaron en comprar e hipotecarse bajo la errónea suposición de que en los siguientes cuarenta años no les faltaría trabajo ni sus pisos bajarían de valor y bajo la intolerable sensación de “pardillo el que no compre”. El derecho a una vivienda digna y adecuada que proclama la Constitución se entendió –y todavía lo entienden los antisistema que se oponen a los deshaucios- como un derecho únicamente de propiedad. Prefiero centrarme, antes bien, en un aspecto muy concreto de la reprochabilidad no de la crisis económica en general sino de la crisis de deuda pública en particular, aspecto que no es otro que el tributario.
El PIB español ronda el billón de euros y la economía sumergida se estima en el 30% de aquél, es decir, en torno a 300.000 millones de euros. Siendo la presión fiscal en España de cerca del 35%, en la ingenua pero necesaria hipótesis de que todos cumpliéramos nuestros deberes fiscales, el erario público ingresaría cada año 105.000 millones de euros adicionales, que es más o menos la cifra del déficit de cada uno de los últimos cinco ejercicios fiscales, la que ha ido aumentando el volumen de nuestra deuda pública cada anualidad en otro tanto, pasando dicha deuda del 30 al 80% del PIB, es decir, de unos 300.000 a 800.000 millones de euros. Y cuanto más nos endeudamos, los prestamistas nos exigen, lógicamente, un tipo de interés superior, dado el mayor riesgo de impago de intereses y capital. ¿Somos conscientes de que, si este país fuese una arcadia en la que todos cumpliésemos con Hacienda, no habría déficit, ni deuda pública, ni prima de riesgo alguna?. Todos somos, pues, corresponsables del persistente déficit, de la galopante deuda pública y de la odiosa prima de riesgo. Podemos seguir indignándonos con los espectrales mercados y los malvados inversores que nos compran los bonos, podemos empeñarnos estérilmente en mirar  la paja en el ojo ajeno, dejando de ver la viga en el ojo propio: la generalizada elusión fiscal.

"La moral tributaria nunca ha gozado de buena salud. Con la crisis económica, dicha moral está más en crisis que nunca. Las apreturas han recrudecido la inveterada insolidaridad tributaria"

En este país ni siquiera los de izquierdas cumplen con el Fisco. He conocido a quienes se dicen progresistas, firmes partidarios de manifestarse en la calle en contra de los recortes en el gasto público, que admiten sin rubor haber reformado su cocina sin IVA. El gobierno, según ellos, ha de seguir destinando, pongamos que a la Universidad pública para la que trabajan, la misma partida presupuestaria que antaño –que no me toquen mi sector-, mas, inexplicablemente,  ellos no se sienten concernidos con el deber de contribuir a los ingresos públicos. Y si los izquierdistas, amigos de lo público -entendido sólo como lo estatal-, incurren en tamaña incoherencia ¿qué podemos esperar del resto de los ciudadanos?.  A fin de cuentas, los liberales no dejan de ser congruentes: también intentan eludir y eluden el pago de los impuestos, aunque, al menos, ellos sostienen que el gasto público ha de reducirse a la mínima expresión; se rebelan tanto contra los ingresos públicos como contra el gasto público. ¿Acaso no merecen un reproche algo superior, en punto al fraude a Hacienda, quienes se pronuncian en contra de la austeridad en las cuentas públicas, que quienes son partidarios del necesario adelgazamiento del elefantiásico aparato de las demasiadas Administraciones públicas que soportamos a cuestas?. Lo pregunto teniendo en cuenta cómo, en el actual contexto cultural de relativismo moral, la coherencia es vista como la única virtud y la incoherencia como el único “pecado”.
Habrá quienes incumplan con el Fisco sin escrúpulo alguno, pero normalmente nos buscamos alguna excusa con que tranquilizar la siempre incómoda conciencia. Unos aducen el uso, a su juicio, ilegítimo que los políticos harán de su dinero, si pagasen los tributos (que si comprando armas, que si pagando abortos, etc): siempre habrá políticas que no resulten de su agrado. Pero son legión quienes sencillamente no quieren ser unos pringaos: de nuevo nos topamos con el miedo a ser un “pardillo”. Esta vez, se trata de no ser el único tonto que, pudiendo no hacerlo, paga a Hacienda. Pagar es como sentarse a una mesa para jugar a las cartas con la certeza de que, si no todos, la mayoría de los demás jugadores están haciendo trampas. Y nadie está dispuesto a ser tomado por panoli. La moral tributaria nunca ha gozado de buena salud. Con la crisis económica, dicha moral está más en crisis que nunca. Las apreturas han recrudecido la inveterada insolidaridad tributaria: ahora que mis dineros menguan y ahora que no paga ni Blas, ahora sí que, si puedo, tampoco yo pago a Hacienda. Ya se sabe que en la guerra todo vale y en el naufragio sálvese quien pueda. Todo con tal de mantener yo mi nivel de vida, como sea, aun a costa de los demás. Eso sí, que éstos, los demás, sigan cumpliendo con el Fisco, que, de no ser así, peligra el gasto público en lo que a mí me beneficia. Es la pura caricatura que se hacía del comunismo: lo mío es mío (y sólo mío) y lo tuyo es de los  dos –mío y tuyo-. En el fondo, todos somos comunistas.

"La moral tributaria nunca ha sido tan apremiante como en estos dias en que la penura atenaza a quienes no poueden contribuir, como los demás, al sostenimiento de los gastos públicos"

Volviendo a las reprochabilidades, se me antoja digno de mayor reproche incumplir con el Fisco en tiempo de crisis económica que en bonanza. Si veo a mi cuñado o a mi vecino del quinto sufriendo en el paro y percibiendo el subsidio público, dejar yo, que puedo, de contribuir al erario tiene sin duda más delito que de estar todos mis prójimos y conciudadanos  nadando en la abundancia y con mis impuestos se trata tan sólo de construir un aeropuerto o una línea de AVE más.  La moral tributaria nunca ha sido tan importante y apremiante como en estos días en que la penuria atenaza a quienes no pueden contribuir, como los demás, al sostenimiento de los gastos públicos. Se trata de tomar conciencia de lo que somos cada uno: parte de un cuerpo social superior: municipio, región, nación, Europa. Que no nos extrañe que los finlandeses se opongan a que los países del Sur de Europa sean rescatados de sus desastrosas economías con el dinero de los cumplidores, de los que cumplen no sólo con sus Haciendas sino con la consolidación fiscal –no gastar más de lo que ingresan-. ¿Por qué razón han de ser ellos solidarios con nosotros si los españoles no lo somos entre nuestras Comunidades Autónomas y yo no pago mis impuestos?.
Y me parece de mayor reproche incumplir con Hacienda en democracia, como la nuestra actual, que hacerlo bajo una dictadura, como las de antaño. Siendo todo lo ficticia que se quiera la representatividad de los parlamentos en las democracias actuales, lo cierto es que la soberanía reside en  el pueblo, que es tanto como decir en cada uno de nosotros, que cada cuatro años ponemos y quitamos a diputados y senadores y, con éstos, a los gobiernos. De alguna manera, por alambicada que sea, nos damos a nosotros mismos las leyes tributarias y los presupuestos anuales que fijan nuestros deberes para con el Fisco. No nos las da un tirano ajeno a nuestras sensibilidades y sentido de la justicia distributiva.

"En tanto no se incorpore socialmente el ámbito tributario al moral, el cambio ha de ser potenciar precisamente la penalidad de dichas leyes, sancionando mucho más severamente al infractor"

A fin de cuentas, las leyes fiscales ¿son leyes meramente penales?. Los hay que así lo creen: no hay moral tributaria que valga. Si defraudo a Hacienda, todo lo más que puede caerme es una sanción estatal –la prevista en las leyes tributarias y criminales- pero no he de llevarme un remordimiento de conciencia adicional (culpa) y, si me descubren, no ha de suponerme un baldón ante mis conciudadanos (vergüenza). Si cumplo con el Fisco, realizo una bonita acción, que no una acción moral, de manera que, si no lo hago, mi omisión no presenta tacha alguna de inmoralidad. El ámbito tributario, según los que así piensan, se muestra ajeno a la moral, como acontece, para otros, con el ámbito de la vida humana intrauterina: así, el propio Manuel Atienza, en su memorable debate con Manuel González-Meneses sobre el aborto, sostiene que, si una joven decide tener a su hijo, su acción cabe calificarla de respetable y hasta bella, pero si escoge abortarlo, su acción no adolece de déficit moral alguno. Como se ve, algunos moralistas lo son sólo en los ámbitos que ellos mismos eligen.
Urge un doble cambio: el más importante el cultural, superar el rampante individualismo, concienciarnos de que somos un todo,  potenciar el sentido de responsabilidad colectiva, tener por virtuosos –que no pardillos- a los que pagan a Hacienda –hoy por hoy son casi héroes- y por viciosos, dañinos y censurables –villanos- a quienes la defrauden –o a quienes cobran subsidio de desempleo y a la vez trabajan en negro sin pagar IRPF ni cotizar a la Seguridad Social-. Mas, mientras dicha metanoia no se produzca, en tanto no se incorpore socialmente el ámbito tributario a la moral,  mientras las leyes tributarias sigan reputándose meramente penales, el cambio –el segundo cambio- ha de ser de potenciar precisamente la penalidad de dichas leyes, sancionando mucho más severamente al infractor, disuadir la elusión fiscal con la amenaza de un castigo altamente drástico, incluso con pena de cárcel.

"El descuadre de las cuentas públicas –en gran parte motivado por el fraude fiscal- nos está conduciendo a tomar conciencia del enorme lastre de subsidiados que cenismo arrastrando durante las tres últimas décadas"

En un programa de televisión de preguntas y respuestas, se interrogaba al concursante sobre si el séptimo mandamiento del decálogo era no robarás, no matarás o bien no defraudarás a Hacienda. El presentador, cuando se supo la respuesta correcta, comentó cómo no había que defraudar a Hacienda pero, de ahí a considerarlo mandato divino….El precepto de la Constitución española del art. 31.1: “todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”, puede perfectamente elevarse a la categoría de norma moral objetiva. Su fundamento último se halla en el imperativo categórico kantiano: “obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal”; y en el elemental principio moral de  “haz a los demás, lo que deseas hagan contigo” o “no hagas a los demás, lo que no deseas hagan contigo”. Y, remontándonos en la historia, llegamos al mismo Jesucristo con su mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.  
Sólo hay un efecto colateral positivo de la insolidaridad tributaria actual de los españoles: si todos pagásemos a Hacienda, hemos visto que se acabaría con el déficit, la deuda pública y la prima de riesgo, si bien mantendríamos un sistema, un establishment de gasto público gigante, desproporcionado para las dimensiones de la sociedad y la economía españolas. Precisamente el descuadre de las cuentas públicas –en gran parte motivado por el fraude fiscal- nos está conduciendo a tomar conciencia del enorme lastre de subsidiados que venimos arrastrando durante las tres últimas décadas. Así de 1977 a esta parte, el número de empleados públicos ha pasado de 700.000 a 3.200.000, por poner sólo un ejemplo (se ha multiplicado casi por cinco, en tanto que la población tan sólo ha pasado de 36 a 45 millones). Durante la bonanza, los ciudadanos hemos mirado para otra parte. Mas, con la crisis y los recortes, con el desequilibrio entre ingresos y gastos, ya no podemos dejar de darnos cuenta de la necesidad imperiosa de ajustar nuestro aparato administrativo público a un tamaño más acorde con nuestra estatura económica.

Resumen

¿Somos conscientes de que, si este país fuese una arcadia en la que todos cumpliésemos con Hacienda, no habría déficit, ni deuda pública, ni prima de riesgo alguna?. Todos somos, pues, corresponsables dada la generalizada elusión fiscal. La moral tributaria nunca ha gozado de buena salud. Con la crisis económica, dicha moral está más en crisis que nunca. Las apreturas han recrudecido la inveterada insolidaridad tributaria. Pero el descuadre de las cuentas públicas –en gran parte motivado por el fraude fiscal- nos está conduciendo a tomar conciencia del enorme lastre de subsidiados que venimos arrastrando durante las tres últimas décadas.

Abstract

Are we aware that if this country was an Arcadia where everyone met his tax obligations, there would be no deficit, no national debt and no risk premium at all? Given the widespread tax avoidance, we are all responsible. Tax morality has never been in good health. In this time of economic crisis, it is in jeopardy more than ever. The economic strain has intensified the deeply entrenched lack of solidarity in tax matters. However, the imbalance of public accounts (caused to a significant degree by tax evasion) is raising our awareness about the heavy burden of welfare recipients we have had hanging over us for the last three decades.