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ENSXXI Nº 49
MAYO - JUNIO 2013

Durante siglos Robespierre y el Club de los Jacobinos que dirigió han estado asociados a  ideas de represión, muerte,  terror y guillotina. Tuvieron que pasar casi dos siglos para que,  después de cientos de biografías y estudios sobre la figura más simbólica de la Revolución de 1789, se empezara a poner en duda ese perfil de visionario psicópata sanguinario y fanático que desde el día de su ejecución se divulgaba acríticamente, y comenzara a entreverse un nuevo perfil de ciudadano recto, encarnador modélico del paradigma republicano y virtuoso implacable que consiguió mantener con firmeza los ideales revolucionarios frente a los enemigos internos de la patria, que los había y muy poderosos,  y los ejércitos extranjeros. Realmente su ejecución el 9 Termidor II,  28 de julio de 1797 en el calendario gregoriano, fue una fecha históricamente crucial. Ese día se interpreta como el primer golpe de Estado oficial  de nuestra civilización, y ese día sonó el toque a rebato para que, de manera envilecida y perversa, se cargaran sistemáticamente sobre él y los jacobinos todos los excesos y desvíos sangrientos de los Tribunales Revolucionarios y del Comité de Salud Pública, incluso los cometidos por los promotores de esa Reacción Termidoriana, centristas de la llanura que, con el pretexto aparente de acabar con los desmanes sangrientos, instauraron el  primer Gobierno organizado, el Directorio,  y frenaron el proceso revolucionario que de hecho quedó abortado el mismo día de la ejecución de Robespierre.

"Quizá su error, grave error desde luego,  fue asumir el protagonismo esencial del sueño de la república virtuosa.  Esto tuvo el efecto positivo de ser valorado como la personificación de la revolución extrema, y la contrapartida, como así ocurrió, de poder ser el chivo expiatorio perfecto del festival de muertes arbitrarias en que había degenerado el Tribunal Revolucionario"

Legitimistas, girondinos y contrarrevolucionarios, todos creyeron liberarse de sus vergüenzas cargando en exclusiva sobre los jacobinos la culpa de todos los excesos y  desmanes,  y un silencio culpable que duró décadas llevó a toda una sociedad abochornada al intento de relegar al olvido a cualquiera que quienes pretendiera hacer revisión, aunque fuera desde el plano indirecto de la ironía, de las conductas revolucionarias y de la actitud jacobina, caso de escritores tan ilustres como Anatole France y su novela –comentada recientemente en estas páginas en la edición del notario Xavier Roca-- Los dioses tienen sed.

"Defensor de la libertad de prensa, de la igualdad civil, de la responsabilidad y la soberanía popular, apoyó la concesión de ciudadanía plena a protestantes y judíos,  y en un proceso místico de sublimación revolucionaria bajo la influencia del divino Rousseau,   concibe la república como un centro de felicidad que solo una ciudadanía virtuosa  puede hacer posible"

Fue a partir del bicentenario de la Revolución, 1989, cuando la opinión generalizada fue inclinándose a abandonar el cliché prefabricado que pintaba a Robespierre de psicópata paranoico y depravado, sustituyéndolo por el que realmente lo representa, el arquetipo,  intransigente y visionario eso sí,  de la pureza revolucionaria. En  esta tendencia revisionista se alinean también las dos biografías de Maximiliane de Robespierre que casi simultáneamente aparecieron en nuestro país a fines del año pasado. Una es pura biografía histórica rigurosamente documentada, Robespierre, una vida revolucionaria, editada el pasado septiembre en Barcelona (Ediciones Península, septiembre 2012),  escrita por  un historiador profesional australiano especialista en la Historia de Francia, Peter McPhee, y fundamentada en una bibliografía apabullante. La otra es una novela histórica, pero tan documentada y rigurosa como cualquier compendio de historia, que añade a los datos reales una magnífica historiografía crítica, filosófica y literaria del personaje y de la época. Se publicó dos meses después, en Noviembre del año pasado, con el simple título Robespierre (Galaxia Gutenberg Círculo de Lectores, Barcelona 2012),   y se debe a  un acreditado y galardonado escritor y ensayista, Javier García Sánchez. Es el fruto de treinta años de trabajo e investigación, y en nada desdice, en cuanto a precisión  histórica, de las obras estrictamente biográficas, con la ventaja de hacer una espléndida recreación del Paris revolucionario, esa ciudad puta y santa (sic) que a su llegada a Paris en 1793 produjo en el protagonista de la novela, un joven de quince años que iba a trabajar como amanuense de un personaje carismático de la revolución, una ligera brisa en el cuello y un olor especial procedente sin duda del Artefacto, la Máquina reina de la ciudad, la guillotina. García Sánchez declara haberse acercado al personaje biografiado por pasión, por espíritu de cruzada, y haberlo hecho, según dice, con orgullo por contribuir a que la verdad no sea falseada, y con ira hacia quienes la ocultaron o falsearon.

"Fue una decisión determinante, un paso sangriento al que estaban fatalmente abocados para salir de la encrucijada a la que se enfrentaron los jacobinos y que nadie como Camus en El hombre rebelde ha descrito mejor:  alzados contra la muerte, quisieron edificar sobre la especie una feroz inmortalidad viéndose obligados a matar a su vez. No obstante, si retrocedían tenían que aceptar la muerte y si avanzaban tenían que matar"

Una y otra coinciden en mostrarnos al primer Robespierre como un niño pausado, razonable y laborioso, educado en las disciplinas y rigores escolásticos, un joven inteligente, ambicioso y resuelto, y un hombre moderado, recto y virtuoso, de férreas convicciones e implacable; un ciudadano recto y virtuoso, decididamente contrario a la pena de muerte, a los privilegios de casta (eliminó el prefijo distintivo “de” de su apellido), a los odiosos perjuicios de clase contra los bastardos o de género contra las mujeres, y a los castigos degradantes, y luchador por la elección directa de los representantes del tercer estado, zahiriendo mordazmente los privilegios de la clase aristocrática y los lujos del segundo estado, el clerical. Defensor de la libertad de prensa, de la igualdad civil, de la responsabilidad y la soberanía popular, apoyó la concesión de ciudadanía plena a protestantes y judíos, y en un proceso místico de sublimación revolucionaria bajo la influencia del divino Rousseau, concibe la república como un centro de felicidad que solo una ciudadanía virtuosa  puede hacer posible. En su madurez, desde el  Club Jacobino que presidía, desde los Estados Generales, desde la Asamblea Nacional y Legislativa y desde la Convención, pues en todas ellas intervino, olvidándose de la política, de las guerras y de los enemigos poderosos que iba cosechando, se entregó como un poseso a implantar sus programas de reforma política y social, a la búsqueda enloquecida del republicanismo ideal y virtuoso que su mente iluminada imaginaba. Pronto sin embargo empezó a desesperar. La falta de integridad de algunos de sus correligionarios, la desidia y algún desmán de los propios republicanos, y sus nervios no siempre temperados le llevaban con frecuencia al borde mismo del colapso. Y pese a espantarle la violencia y más aún el derramamiento de sangre, se fue convenciendo en su interior de que sin la fuerza no se podría imponer el bien supremo de una republica virtuosa y feliz. Su aceptación de la virtud extrema como principio supremo, indica Hegel, abrió paradójicamente en la mente de los jacobinos la puerta del terror. La moral, cuando es formal, devora, dijo Saint-Just, el jacobino más ilustrado junto a Robespierre, que ya lo proclamó abiertamente: o las virtudes o el terror, porque la virtud misma se une al crimen en las épocas de anarquía. Fue una decisión determinante, un paso sangriento al que estaban fatalmente abocados para salir de la encrucijada a la que se enfrentaron los jacobinos y que nadie como Camus en El hombre rebelde ha descrito mejor: alzados contra la muerte, quisieron edificar sobre la especie una feroz inmortalidad viéndose obligados a matar a su vez. No obstante, si retrocedían tenían que aceptar la muerte y si avanzaban tenían que matar.

"Su ejecución el 9 Termidor II,  28 de julio de 1797 en el calendario gregoriano, fue una fecha históricamente crucial. Ese día se interpreta como  el primer golpe de Estado oficial  de nuestra civilización, y ese día sonó el  toque a rebato para que, de manera envilecida y perversa, se cargaran sistemáticamente sobre él y los jacobinos todos los excesos y desvíos sangrientos de los Tribunales Revolucionarios"

En el fondo el drama de Robespierre es haber sustituido la política por la moral. Su obsesión por la virtud individual y colectiva le llevó a convertirse en un moralista implacable,  empecinado en imponer a cualquier precio, incluso por la violencia, su ideal utópico de una república democrática y virtuosa, un sueño de perfección ciudadana que devolviera al hombre al estado de felicidad que había descrito Rousseau, autor de cabecera que Robespierre recitaba de memoria. Hoy el juicio de la historia sobre este revolucionario ha cambiado. El Terror no fue obra suya, fue un régimen de intimidación dirigido por la Convención Nacional y por todos los patriotas que, puesto en marcha a través de Tribunales populares, nadie fue capaz de controlar. Hoy se sabe que apenas en cuatro o cinco ocasiones dio el visto bueno personalmente a la pena de muerte y, aunque no rechazó en principio la justice du peuple  con la  patrie en danger, nada tuvo que ver con las ejecuciones en masa, que repudiaba.   Incluso en 1793, en pleno auge del Terror, presentó una moción en el Comité y en la Convención rechazando que el pueblo pudiera imponer su voluntad al Gobierno, a quien deben corresponder en exclusiva las ejecuciones. Quizá su error, grave error desde luego, fue asumir el protagonismo esencial del sueño de la república virtuosa, de la pureza revolucionaria, de la regeneración moral obligatoria y de la tiranía de la virtud.  Esto tuvo el efecto positivo de ser valorado como la personificación de la revolución extrema, el prototipo implacable, inexorable e incorruptible –este era su apodo--, del rigor revolucionario que por esencia conduce fatídicamente al exceso y al horror, y la contrapartida, como así ocurrió, de poder ser el chivo expiatorio perfecto del festival de muertes arbitrarias en que había degenerado el Tribunal Revolucionario. La propia Convención Nacional donde habían tomado asiento girondinos no confesos, ultrarrevolucionarios herberistas, jacobinos ávidos de venganza, indulgentes dantonianos, contrarrevolucionarios de la llanura, incluso diputados temerosos que se estremecían cuando Robespierre en sus discursos aludía a los culpables de los excesos del terror por si los incluía, todos se conjuraron para calumniarle y pedir su muerte junto con la de otros jacobinos, entre ellos Saint-Just y Couthon. Todos en número de 21 y en juicio sumarísimo,  pues como advirtió un liberal inglés W. Miles presente en París, en proceso ordinario jamás acabarían con hombre tan extraordinario, fueron guillotinados en la Plaza de la Concordia el 28 de julio de 1792. Ese mismo día en forma taimada y vertiendo traidoramente sobre Robespierre los desmanes que ellos mismos habían ocasionado, empezó como se dijo al principio, el aluvión de críticas y acusaciones calumniosas contra El Incorruptible, que fue denostado de tirano, paranoico o déspota, y comparado alevemente con los grandes genocidas de la historia. Hoy se sabe también que, como ya se dijo, se produjo también el primer golpe de Estado de la burguesía liberal que truncó la revolución y condujo al Directorio y al Imperio. Ese día, cierto es, quedaron consolidadas indudables conquistas sociales, como la soberanía popular, el gobierno constitucional, la igualdad legal y religiosa, o el fin de los privilegios corporativos y del señorío. Pero otras medidas que Robespierre demandaba como algo intrínseco a una república virtuosa, la educación gratuita y laica, o el bienestar social de enfermos, desempleados y débiles, debieron esperar décadas para hacerse realidad.

"Ambos llegan a la misma conclusión: su obsesión  de imponer de forma implacable su visión de la república democrática y virtuosa le abocó a tolerar lo que detestaba, conforme a una máxima ciertamente discutible: el terror, sin virtud, es desastroso; la virtud sin terror es impotente"

Para García Sánchez, cuya historia novelada en 1.200 páginas asombrará al lector por su ambiciosa documentación y brillante desarrollo, Robespierre no fue la cabeza del terror, sino su víctima. Su fanatismo por la virtud, un faro en su pulso vital, dice McPhee en su obra de historiador profesional, fue la causa de la deformación sistemática de su figura por tibios y mediocres. Ambos llegan a la misma conclusión: su obsesión de imponer de forma implacable su visión de la república democrática y virtuosa le abocó a tolerar lo que detestaba, conforme a una máxima ciertamente discutible: el terror, sin virtud, es desastroso; la virtud sin terror es impotente. Su obstinación por sustituir la política por la moral estricta, como la de sustituir la equidad y la justicia por la legalidad rigurosa, puede engendrar aberraciones. Ya Terencio condenó el derecho extremado como una suprema perversión, ius summum saepe summa malitia est, y Cicerón en De offitiis acuñó lo que hoy es un apotegma universal:  summum jus, summa injuria.