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ENSXXI Nº 5
ENERO - FEBRERO 2006

MANUEL CONTHE
Además de presidente de la CNMV es técnico comercial y economista del Estado y ha sido columnista en diversos diarios españoles

En 1922, concluida la Primera Guerra Mundial, el gran columnista americano Walter Lippman enunció en su Public Opinion el "problema básico de las democracias": la Opinión Pública influye de forma decisiva sobre el Gobierno y el Poder Legislativo; pero se alimenta de informaciones que, procedentes de los medios de comunicación, no siempre reflejan bien la realidad. El ciudadano, aunque lo ignore, no ve la realidad, sino tan sólo las sombras que, como en el mito de la caverna de Platón, los medios de comunicación proyectan. Carece de fuentes primarias que le muestren de forma directa lo que está ocurriendo dentro de la cueva. La calidad de la vida democrática quedará, pues, condicionada por la profesionalidad de los medios de comunicación. Ya Maquiavelo advirtió al Príncipe que lo importante en política no es lo que se es, sino lo que se parece: "Todos ven lo que pareces ser,  pocos lo que realmente eres".
El problema descrito se da también en el mundo del Derecho -los jueces y Tribunales rara vez conocen directamente lo acaecido, sino tan sólo las alegaciones, documentos o pruebas que las partes o el Fiscal aportan-, así como en los mercado de valores -los inversores descansan en los análisis y noticias que se difunden sobre sociedades cotizadas, y en la información financiera y hechos relevantes que éstas difunden-. Pero los juristas han desarrollado a lo largo de siglos un sofisticado sistema de fe pública que, respaldado por el estricto régimen disciplinario aplicable a quienes la ejercen -sean funcionarios de arancel, como los Notarios, u otros funcionarios públicos-, facilita la concordancia entre los hechos invocados y los acaecidos. En el mercado de valores esa concordancia se logra mediante el acceso directo de los inversores a las fuentes primarias de información (páginas web, acceso directo a presentaciones ...), así como mediante el severo régimen sancionador aplicable a las sociedades cotizadas que las nutren y los analistas que las interpretan.

"En los medios de comunicación se manifiesta el sesgo con el que a veces informan, o dejan de informar, sobre lo acaecido en la cueva. Entre sus posibles raíces están los intereses empresariales o políticos de los dueños del medio (parangón, el presidente Berlusconi)"

En el mundo de los medios de comunicación la situación es más compleja. Por un lado, la posibilidad de que los gobernantes abusen de sus eventuales facultades de control hace arriesgada la interposición de órganos administrativos o Comisiones que -como complemento de los Tribunales y como ocurre con  los fedatarios o los analistas financieros- disciplinen el ejercicio de la profesión de periodista. Por otro, la eficacia de los mecanismos asociativos o corporativos de autocontrol es limitada, cuando existen. Y, en fin, el control de calidad por los usuarios tampoco es fácil: si nunca llegan a saber lo que verdaderamente acaeció en la cueva, ¿cómo podrán juzgar la fidelidad  de las sombras que cada medio proyectó? Con "información asimétrica" los mercados funcionan mal.
Hay al menos tres motivos que pueden divorciar, de forma profunda y no ocasional, las sombras informativas de la realidad: el interés siniestro, las cascadas informativas y el poder de las historias.

Interés siniestro. En "Falacias Políticas" el filósofo británico Jeremy Bentham llamó "interés siniestro" al impulso egoísta, gremial o sectario que lleva a alguien a actuar en contra del interés general. En los medios de comunicación se manifiesta en el sesgo con el que a veces  informan, o dejan de informar, sobre lo acaecido en la cueva. Sus posibles raíces son varias: los intereses empresariales o políticos de los dueños del medio (pensemos, como parangón, en el presidente Berlusconi); las filias y fobias de su director o consejero delegado; las alianzas que mantiene con ciertos grupos sociales, políticos o empresariales; el temor a las empresas que insertan publicidad; la existencia de una oculta relación retribuida de algún columnista; o, en fin, la difusión por negligencia de alguna "intoxicación" difundida por alguien ajeno al medio (entre otros, por los propios Gobiernos, como se ha constatado en la guerra de Irak).
Paradójicamente, el Notariado, valedor de la fe pública, ha sucumbido a veces al "interés siniestro": cuando, como Director del Tesoro y Política Financiera, tutelaba a los Corredores de Comercio -que por entonces competían con los Notarios-, un favorable dictamen del Consejo de Estado sobre un Reglamento que endurecía el régimen disciplinario de los Corredores fue misteriosamente filtrado al diario "El País", que lo describió erróneamente como contrario al proyecto e hizo que el Ministerio de Justicia lo vetara.
El interés siniestro tiene relevancia limitada en el campo político: los ciudadanos conocen bien las afinidades de cada medio y los sesgos informativos que provocan. Pero es muy pernicioso cuando el público desconoce las influencias ocultas y, además, el medio o la fuente de información las callan.

Cascadas informativas. Las "cascadas informativas" se dan cuando fuentes informativas influyentes no se basan directamente en lo acaecido en la cueva -la fuente primaria por antonomasia-, sino en  versiones y sombras secundarias que no son plenamente fieles a lo acaecido. La difusión en progresión geométrica de esas inexactas versiones sepultará la verdad bajo una espesa capa de creencias equivocadas, que no desaparecerá aunque alguien, más adelante, denuncie el error.
Una  "cascada informativa" inocente y bien documentada distorsionó en Europa la imagen del rinoceronte durante siglos: desembarcado el primer espécimen en Lisboa en 1515,  murió pocos meses después en un naufragio camino de Roma; Albert Durero no vio directamente el animal, pero sí un dibujo de alguien que lo había contemplado durante el desembarco; y, basándose en él, elaboró el famoso grabado -hoy en el museo Albertina de Viena- en el que aparece un rinoceronte muy realista, pero con la piel dividida en pequeñas corazas y un segundo cuerno en lo alto del morro. Siglos después, incluso tras la llegada a Europa de otros rinocerontes, muchas reproducciones  seguirían reiterando las inexactitudes del grabado de Durero.

"Casi siempre creemos percibir lo que esperábamos, no lo que realmente hemos visto. Nos basta con ciertos puntos de anclaje o estímulos para que nuestra mente 'tire de archivo' y crea vislumbrar, en la realidad, tramas o hechos que ella misma invento"

En España, la leyenda de los Amantes de Teruel se apoya en una "cascada informativa" en la que tuvo participación destacada un Notario: acaecida supuestamente la muerte de los amantes en 1217, exhumados dos cadáveres en la catedral turolense en 1555, un canónigo zaragozano puso en duda en 1619 la veracidad de la historia. A los pocos días de ese alegato, un Notario de Teruel, Juan Yagüe, copió e incorporó a su Protocolo dos supuestos documentos antiguos -que nadie más vio y de los que nunca hubo rastro- que, coetáneos con los supuestos hechos, narraban la historia de los amantes y su posterior enterramiento en la Catedral.

El poder de las historias. También distorsiona la información nuestra forma de percibir la realidad, incluso aunque seamos testigos directos de lo que ocurre en la cueva: como descubrió a principios del siglo XX la escuela austriaca de la Gestalt, la mente humana no percibe detalles aislados e inconexos, sino formas integradas, que identificamos a partir de los detalles fragmentarios que nuestros sentidos perciben. Lippman expresó de forma memorable esa misma idea: "No vemos primero y luego definimos; sino que definimos primero y luego vemos".  Como consecuencia, casi siempre creemos percibir lo que esperábamos, no lo que realmente hemos visto. Nos basta con ciertos "puntos de anclaje" o estímulos -por ejemplo, una palabra aislada usada por un orador- para que nuestra mente "tire de archivo", y crea vislumbrar en la realidad los schemata, tramas o hechos que ella misma inventó.
Sobre ese "sesgo confirmatorio" ya avisó en el siglo XVIII el filósofo británico Francis Bacon:
"Cuando ha adoptado una opinión, el entendimiento humano se apoya en todo lo demás para corroborarlo. Y por grande que sea el número y peso de los casos que caen del otro lado, los pasa por alto o desprecia, o mediante alguna distinción los margina o rechaza, a fin de que la autoridad de su primitiva conclusión permanezca incólume".
Las creencias y prejuicios son especialmente duraderos cuando están formulados como "historias", mitos o narraciones. A veces nacen de un hecho real, pero desfigurado. García Márquez relate en "La mala hora" la desgracia de Adalberto Asís, del que se decía que había asesinado a un hombre al que encontró acostado con su esposa y lo había enterrado en el patio. Pero la verdad, cuenta García Márquez, era distinta: "Adalberto Asís había matado de un tiro de escopeta a un mico que sorprendió masturbándose en la viga del dormitorio, con los ojos fijos en su esposa, mientras ésta se cambiaba de ropa. Había muerto cuarenta años más tarde sin poder rectificar la leyenda". Un viejo chiste ilustra el insuperable apego a nuestras creencias: cuando un amigo, preso de alucinaciones, se cree ya muerto, el otro le intenta sacar del error pinchándole con un alfiler. Al ver la sangre, el primero exclama: "¡Nunca hubiera creído que los muertos sangraran!".

"La posibilidad de que los gobernantes abusen de sus eventuales facultades de control hace arriesgada la interposición de órganos administrativos o Comisiones que disciplinen el ejercicio de la profesión periodística. Con 'información asimétrica'  los mercados funcionan mal"

El  proceso de difusión de errores es especialmente insidioso cuando se combinan el interés siniestro, las cascadas informativas y el poder de las historias. Del poder letal de esa mezcla se hace eco el Refranero: "Calumnia, que algo queda". De ella proceden muchas  "mentiras históricas comúnmente aceptadas", "leyendas urbanas" y mitos históricos.  Varios libros recientes - entre ellos, « La légende du sexe surdimensionné des noirs » del francés Serge Bilé, "Mitos y leyendas de la Segunda Guerra Mundial", de James Hayward, o « La mentira que no ha querido morir », de la israelita Hadassa Ben-Itto sobre la  historia de los falsos "Protocolos de los Sabios de Sión"- ilustran la universalidad del fenómeno.
Los legos en Derecho desconocen con frecuencia la utilidad práctica de un sistema de fe pública extrajudicial que, basado en un régimen riguroso, garantice la veracidad de los hechos con trascendencia jurídica. Quienes conocemos ese sistema aspiramos a que quienes dan fe cotidianamente de lo acaecido en el mundo se ajusten a cánones de parecido rigor. Hasta tanto eso ocurra, la Opinión Pública no deberá olvidar que, como en el mito de Platón, tan sólo percibe sombras.