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ENSXXI Nº 5
ENERO - FEBRERO 2006

ANTONIO DOMÍNGUEZ MENA
Notario de Madrid

El día 28 de Noviembre de 2.005 se firmó la convocatoria para la celebración de las próximas Oposiciones al Título de Notario. La firma de la convocatoria es una esperada noticia que, como siempre, se propaga como la pólvora, al igual que los primeros nervios entre los opositores, a quienes, de inmediato, les asaltan preocupaciones y dudas sobre cómo organizarse, qué ritmo seguir, composición del Tribunal, comienzo de los ejercicios, acudir al primer o segundo llamamiento … Y, casi con la misma rapidez que la noticia inicial, estas preocupaciones se trasladan al “preparador”, a quien se acude para buscar consuelo y serenidad ante el escalofrío y los nervios que producen la noticia. Rige aquí también un viejo aforismo que, con algún arreglo, sonará a los destinatarios de este artículo, que dice que “el que es opositor una vez, lo es siempre”, y, por eso, la sensación del opositor no es nueva para su preparador, quien intentará infundir tranquilidad y confianza con su experiencia.
Este artículo no tiene más pretensión que la de compartir en términos informales algo de esa experiencia, sin que lo que aquí se diga tenga valor de axioma, sino todo lo contrario. Cada opositor es un mundo, una isla en sí mismo, y debe atender a lo que oiga y juzgue conveniente para sí, siendo consciente de su propia capacidad y del tiempo de que dispone; por eso, aunque oirá muchos consejos, debe sopesar de dónde proviene el consejo y qué es lo que más le conviene. No hay que olvidar que ante la famosa pregunta “¿por quién doblan las campanas?”, la respuesta era muy clara: “Doblan por ti”; y traducido a términos colegiales, “por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero”.
Las oposiciones, todas, son difíciles. Entrañan una doble dificultad: Extrínseca e intrínseca. La primera, el programa que hay que estudiar, que es el mismo para todos; rige aquí un principio que también sonará, el “par conditio opositorum”, es decir, para el programa –temario-, todos los opositores son de igual condición. En cuanto a la dificultad intrínseca, a su vez, en ella influyen factores internos y externos; viene derivada de la “teoría de los talentos”, de la capacidad y dedicación de cada uno, de sus circunstancias personales y familiares, y de los imprevistos; recordemos que “cuando oposita uno, oposita toda la familia”.
Una vez descubierto lo que es un secreto a voces y ante el “pánico” inicial que produce la convocatoria en el opositor, ¿qué hacer? Conservando la calma –a veces, esto requiere un esfuerzo adicional-, hay que planificar algo tan importante como es la estrategia a seguir, porque, al fin y al cabo, empieza la batalla contra “el lado oscuro”, compuesto por los temas y el rápido paso del tiempo.

"Cada opositor es un mundo, una isla en sí mismo, y debe atender a lo que oiga y juzgue conveniente para sí, siendo consciente de su propia capacidad y del tiempo de que dispone"

Con un calendario en la mano, una visión realista de las posibilidades ante el primer ejercicio y una fecha aproximada de comienzo del mismo, suelen planificarse las “vueltas” al programa que gustaría dar y a qué llamamiento acudir; se trata de estar preparado para examinarse en la fecha prevista, pues aunque la del sorteo será la que nos “iluminará” sobre la fecha aproximada, será tarde para reaccionar si el número que nos corresponde en el sorteo es “muy bajo”, y si es “muy alto”, probablemente habrá que cambiar de estrategia. En esto del número hay mucho recelo, pero, como me decían a mí, “con cualquier número se aprueba”; no obstante, reconozcamos que unos son más “cómodos” que otros.
La misión, casi imposible, es llegar al examen habiendo dado la última vuelta en el menor tiempo posible, pero, para eso, la labor de “compresión” tiene que empezar meses antes. La primera de las vueltas planificadas, aunque ya “a paso ligero”, debe darse bien, para asentar definitivamente los temas, porque donde dudemos una vez, dudaremos siempre, y se trata de que cada vuelta sea más rápida y corta que la anterior. Suele darse una vuelta “lenta”, de un par de meses a lo sumo, recortándola sucesivamente hasta llegar a la que será la última.
Y en la duración de la última es donde entra de lleno la capacidad individual: Lo normal será que la última vuelta sea entre diez y quince días, aunque no falten quienes la darán en mucho menos (que no tema el opositor, a estas alturas del partido se aguantan temas de hasta quince días -si están bien estudiados, claro-).
Todo dependerá de si se sigue el “sistema de vueltas” o el de “acumulación”; el primero consiste en avanzar con los temas, algo así como llenar la mochila cada semana y vaciarla al final, de tal forma que cuando se termina el último tema se sigue por el primero (lo recomendable es avanzar en todas las partes a la vez, al igual que está dividido el programa; este es un sistema más rápido y requiere que los temas estén bien fijados); el sistema de “acumulación” consiste en no dejar los temas que uno tiene estudiados, sino que, a la vez que se repasan éstos se avanza con temas nuevos (el avance es más lento, la mochila se va llenando poco a poco, y el opositor puede tener más seguridad y confianza).

"Aunque el opositor oirá muchos consejos, debe sopesar de dónde proviene el consejo y qué es lo que más le conviene"

Ambos sistemas han sido utilizados con éxito por muchos opositores, así que podemos estar tranquilos, no es uno de aquellos famosos “experimentos con gaseosa”.
Como siempre, habrá algunos temas que resultarán un poco más “espesos”, y para ellos se recomienda estudiarlos varias semanas seguidas; de esta forma conseguiremos un doble objetivo: Saber el tema bien y ganar confianza y seguridad. En estos temas –y en todos- es conveniente saber cuánto tiempo dura la exposición de la última pregunta, para tenerlo controlado y evitar disgustos innecesarios. Recordemos que el cronómetro es una diabólica máquina que avanza siempre en contra de nuestros deseos: “Vuela” unas veces y “no avanza” otras, en sentido contrario a lo que nos conviene. No es recomendable “hacer quinielas” con los temas, porque es bien conocida la vis atractiva de los que no se han estudiado.
Huelga decir que, en todo momento durante los meses previos al examen, el opositor debe cuidar su salud, porque cualquier contratiempo puede dar al traste con el trabajo realizado. Esto adquiere mayor importancia en los días previos al examen, donde el esfuerzo físico y síquico alcanza cotas sobrehumanas, con lo que no es infrecuente que, tras el examen, sobrevenga un derrumbe físico, independientemente del resultado.
Y llega el día en que somos convocados. Si la convocatoria es muy amplia y nuestro número es de los últimos no hay que confiarse; hay veces que se llama a muchos opositores que no acuden al llamamiento y nuestro número, que parecía imposible para actuar ese día, resulta “premiado”. Existe una “lista de apuntados” donde se reseña que tal opositor convocado está presente y listo para actuar; de esta forma, no sólo el Tribunal puede valorar la conveniencia de ampliar o no la convocatoria, sino que los propios opositores, convocados o no, pueden calcular cuándo se examinarán. Pero, desconfiemos; por experiencia se sabe que, a veces, se presenta quien no está previsto, y a la inversa.

"La misión, casi imposible, es llegar al examen habiendo dado la última vuelta en el menor tiempo posible, pero, para eso, la labor de 'compresión' tiene que empezar meses antes"

También resulta conveniente que el opositor haga un “reconocimiento previo” de la sala, para familiarizarse con ella, aprovechando algún descanso o, incluso, entrando a ver algún ejercicio (las sesiones son públicas al inicio de la actuación de cada opositor). De este reconocimiento pueden extraerse pequeños pero importantes detalles prácticos, incluso para estudiar la actitud de los miembros del Tribunal.
Y finalmente, llega el turno de los números más próximos al nuestro, un momento crucial, pues no sabemos si el ejercicio será completo, habrá retiradas o exclusiones. Resulta absolutamente fundamental estar concentrado desde que entren los dos o tres números anteriores, sentado o paseando, pero, por supuesto, intentando conservar la tranquilidad  –algo bastante difícil, por otra parte-, para lo cual es muy útil respirar profundamente.
En los momentos previos a que el Tribunal llame al opositor éste debe estar cerca de la puerta de la sala, para que no tengan que buscarlo apresuradamente –nadie lo hará, salvo sus acompañantes-, y para que el opositor no entre agotado y jadeando en la sala; además, al Tribunal no se le debe hacer esperar.  Cuando se entre en la sala, habrá una distancia entre la puerta y la mesa donde estaremos sentados; es conveniente no entrar “corriendo”, sino despacio, porque entre los nervios y las carreras, cuando el opositor se siente “estará como un flan”.
Sentado o en pie, el opositor extraerá los temas (insaculación), el Presidente del Tribunal los anotará en un papel y se lo dará al opositor, advirtiéndole de que dispone de cinco (¡Dios mío, sólo cinco!) minutos para tomar notas o reflexionar. Sobre la mesa habrá un programa, folios, bolígrafo, una jarra o botella de agua y un vaso; mucho cuidado con los malabarismos con la botella, jarra o vaso, porque los nervios pueden traicionar y dejar la mesa como ¡ojalá! estuvieran los embalses.

"El cronómetro es una diabólica máquina que avanza siempre en contra de nuestros deseos: 'Vuela' unas veces y “no avanza” otras, en sentido contrario a lo que nos conviene"

A los cinco minutos, si el opositor no ha iniciado su exposición, el Presidente del Tribunal le pedirá que comience, y aquí hay que destacar algo muy importante: El tiempo empieza a contar desde que el Presidente permite al opositor que comience, y no desde que lo hace el opositor. Por su parte, el opositor puede no agotar los cinco minutos, con lo cual pedirá y se le concederá permiso para iniciar su exposición. Al iniciar la exposición, los primeros minutos son difíciles, consecuencia de los nervios, casi balbuceantes, pero no hay que preocuparse, esto dura un par de minutos, hasta que “se templa, se estabiliza la nave y se marca el rumbo”; de esto es consciente el Tribunal.
A partir de aquí, hay que mantener la concentración, hay que “luchar”, contra la silla –que por su incomodidad quiere “echarnos”- y contra el tiempo -que galopa sin piedad a la velocidad de la luz-, porque es “el momento”, el de la verdad, el que estábamos esperando, en el que hay que darlo todo, con orgullo y dignidad. En términos militares, hay que “luchar hasta morir”, porque, como decían los romanos, “fortuna iuvat audaces”. ¡Mucha suerte a todos!