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PORTADA N51-portada

ENSXXI Nº 51
SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2013

Dr. F. Orengo
Psiquiatra y Presidente de la Sociedad Española de Psicotraumatologia
franciscoorengo@gmail.com

¿Qué le pasa a España?, nos preguntamos preocupados. ¿Está enferma? Y, si lo está, ¿que tiene?
Como español, se hace uno estas preguntas de nuevo en estos días ante la reaparición de fracturas o fisuras del territorio, agrietamientos sobre la llamada piel de toro y la percepción ambiental de una mezcla de dolor retenido, ira contenida y hemorragia económica.
¿Es esta enfermedad de ahora?, se pregunta el ciudadano de a pié que le ha tocado nacer, criarse y vivir aquí. ¿Será una recaída?, interrogan otros.
Todas estas preguntas nos las hacemos cuando nos preguntamos qué está pasando en la España actual.
Como psiquiatra y ciudadano, no he podido resistir la tentación de aplicarle al paciente llamado España un análisis exploratorio minucioso. Este ha sido el resultado.
Las consecuencias de los repetidos traumas severos acumulados durante siglos y culminados en una guerra civil que ha sufrido el colectivo que se agrupa históricamente bajo la denominación de “España”, han dado lugar a graves secuelas psicotraumáticas. Estas son visibles en la población tanto a nivel individual como en su conjunto, expresándose de la siguiente manera:
por un lado, nos encontramos con un pequeño pero activadísimo colectivo de personas con conductas de gran recelo hacia los demás fruto de una hiperactivación y una hiperalerta psíquicas. Con ello me refiero a un estado mental asociado a una actitud bronca, pendenciera y dispuesta a saltar inmediatamente ante cualquier disputa. Es la posición del que está permanentemente en guardia, de aquel que intuye en los demás un deseo de engañarle, de ofenderle.

"Las consecuencias de los repetidos traumas severos acumulados durante siglos y culminados en una guerra civil que ha sufrido el colectivo que se agrupa históricamente bajo la denominación de “España”, han dado lugar a graves secuelas psicotraumáticas"

Tanto la hiperalerta como la hiperactivación fueron exageradas al máximo antes, durante y tras la brutal Guerra Civil y el largo periodo que la siguió. Por ello, aquellos que han padecido durante décadas el miedo y el peligro, en si mismos y en sus familias durante las últimas generaciones, han generado al mismo tiempo un grupo de descendientes que mantienen la realidad española crispada. Este es un síntoma inequívoco de reactivación de lo traumático, una reagudización de la enfermedad por así decir.
Las personas que padecen esta condición, son los que se encuentran en la más delicada condición psíquica y son de difícil abordaje terapéutico dada la beligerancia y el tono provocador que necesitan demostrar debido a su problemática. Este tono provocador del que está en constante hiperalerta, “a la que salta” decimos, suscita en los demás respuestas agresivas que, a su vez, le hacen confirmar que tienen “algo” contra él. Así se mantiene el circulo vicioso de la provocación – agresión.
Junto con esta condición recién descrita se añade otra de mayor complejidad y trascendencia, si cabe, que no es otra que un déficit de identidad personal y colectivo crónico al haber tenido que descubrir e introyectar el español en su infancia que España es guerra, miedo y muerte. Muchos, al no poder construirse una identidad nacional basada en la tranquilidad, la seguridad, la falta de miedo y la confianza, se tuvieron que identificar y, finalmente, se identificaron con la intolerancia, las actitudes despiadadas y el fanatismo propio de los agresores. Estos quedaron así atrapados desde la niñez en un inescapable síndrome de Estocolmo y, con el tiempo, contribuyeron a hacer perdurar la amenaza de la agresión como forma de cohesión nacional.
Estas personas forman el colectivo de la España paranoidizada, radicalizada. Mientras se identifican con el agresor y con la agresión, muchos otros que huyen de esto se encuentran a la búsqueda de otras señas identitarias no agresivas que confieran sensación de pertenencia, de seguridad, probablemente de un calor de hogar genuino, de patria chica, llamémosle así. Aquí se encuentra probablemente en su origen, la razón del resurgir una y otra vez de los nacionalismos, tanto en España como en otros países, pues lo que se viene vertiendo aquí hasta ahora es aplicable a otras naciones.
Finalmente, otro grupo, el más numeroso sin duda alguna, lo constituye un grupo del colectivo español con una indiferencia y embotamiento emocionales crónicos.
Con ello me refiero a la condición de aquel que “ni siente, ni padece”, como se dice coloquialmente. Estas personas son inmunes, por sus secuelas, a cualquier reactivación creativa y dormitan entumecidos por los traumas históricos españoles en una falta de interés crónica y en la desidia y apatía del que perdió la ilusión y se tornó un cínico. Esta mezcla de cinismo histórico hacia todo, característica del hidalgo viejo, mezclado con una atonia del deseo secular, se encuentra ya bien reflejada en la generación del 98 y en la España actual esparcida en el ambiente. Desde luego, ha habido momentos en que esta dinámica quedó -afortunadamente - interrumpida. El fin de la etapa post bélica y la llamada “Transición” procuraron un alivio que permitió disfrutar la identidad española a casi todo el colectivo. Fue una liberación emocional.

"Muchos, al no poder construirse una identidad nacional basada en la tranquilidad, la seguridad, la falta de miedo y la confianza, se tuvieron que identificar y, finalmente, se identificaron con la intolerancia, las actitudes despiadadas y el fanatismo propio de los agresores"

Sin embargo, la crisis actual reactiva el retorno de esta España depresiva y deprimida arcaica, de esa España que vuelve a tener el mismo tipo de mal genio e irritabilidad del que hablaba más arriba. En el fondo, el retorno de lo agresivo expresa la ausencia de cualquier expectativa de un futuro que no sea aquel basado en la violencia, pues desea en alguna manera la muerte, quizá el suicidio de una España triste. De hecho, en este sentido, la Guerra Civil puede ser considerada como un gran intento de suicidio del colectivo español.
Sin embargo, es necesario introducir aquí un matiz al hilo de lo que son las respuestas postraumáticas típicas: dicho intento de suicidio iba dirigido desde dentro, hacia una de las identidades que componen el trastorno de identidad disociativo de España. Su trastorno de personalidad múltiple postraumática, sus “dos Españas” - como eran dos Dr. Jekyll y Mr. Hyde - , se puso una vez más de manifiesto y de todas, solo una única versión de una España más violenta y brutal fue ejecutada e impuesta al resto sin contemplaciones. Esa “unificación forzada” por las malas no fue ni es una solución duradera y nuevas grietas se reabren en lo que se juntó con violencia.
Y es por eso y por ahí por donde se está rompiendo de nuevo España, por sus distintas identidades nacionales o “patrias chicas”. No podía ser de otra manera, piensa el que conoce el eterno retorno de lo reprimido o disociado sin elaboración ni entendimiento. Esta tarea es la que es perentoria de realizar en la España actual.
Finalmente, para la realización de esta tarea harto compleja, ha quedado un contingente del colectivo español que, tal vez por ser más jóvenes, no padece tanto el lastre oneroso del pasado y ha conseguido a través de un esfuerzo educativo y terapéutico sostenido de sus padres, seguir manteniendo un haz de luz de lucidez que atraviesa esta oscuridad irritada.
Entre los que se encuentran hoy encuadrados en esta versión de España, están los que la sacarán adelante, cuidarán e impedirán su nuevo enloquecimiento.