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ENSXXI Nº 53
ENERO - FEBRERO 2014

JOAQUÍN ESTEFANÍA
Economista y periodista. Fue director de “El País” entre 1988 y 1993

La desigualdad había desaparecido en las últimas tres décadas de los principales manuales de Economía. O no figuraba en los mismos o aparecía tan sólo tan sólo en las páginas “marías”, aquellas que se saltan los estudiantes cuando han de examinarse porque saben que no se las van a preguntar. Muchos economistas entendían que no pertenecía al núcleo duro de su ciencia social. Ello ha cambiado por su crecimiento exponencial en el periodo citado, y por su multiplicación, si cabe aún, durante la Gran Recesión que comenzó en el verano del año 2007.
Todos los sondeos y los numerosos estudios sobre la materia que han aparecido subrayan que la desigualdad (y sus manifestaciones de extrema riqueza y extrema pobreza) importa cada vez más a los ciudadanos, en contra de lo que hace unos años declaraba, por ejemplo, la subdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Anne Kruger: “Las personas pobres están desesperadas por mejorar sus condiciones materiales en términos absolutos, en lugar de avanzar en el ámbito de la distribución de los ingresos. Por lo tanto, parece mucho mejor centrarse en el empobrecimiento, que en la desigualdad”.

"Sondeos y estudios sobre la materia subrayan que la desigualdad (y sus manifestaciones de extrema riqueza y extrema pobreza) importa cada vez más a los ciudadanos"

El debate macroeconómico ha estado monopolizado por otras cuestiones instrumentales tales como la inflación, la primera de riesgo, el déficit o la deuda pública. Por lo tanto, lo primero que deberían exigir los economistas a los políticos sería que el índice de Gini o cualquier otro instrumento que mida la desigualdad en los países se eleve al cuadro macroeconómico de los Gobiernos, junto a las demás macromagnitudes, de modo que se pueda hacer un seguimiento continuo de lo que las políticas económicas obtienen, o deterioran, en las relaciones entre ciudadanos. Y que cuando se tome una decisión, al lado de la memoria económica de la misma, se incorporase algo así como un análisis de si la misma mejora o empeora la distribución de la renta. Para que hubiese más elementos a la hora de que el ciudadano, a través de sus representantes, pudiera elegir una cosa o su alternativa.
En el análisis contemporáneo sobre la desigualdad económica ha habido tres etapas. En la primera se la vinculaba con la ética y lo social (una sociedad no puede ser justa y cohesionada con tales grados de desigualdad). En la segunda, con la economía (una política económica no puede ser eficaz con una alta desigualdad; mucha desigualdad desestimula el crecimiento). Y ahora se la relaciona con la política: el que la riqueza mundial se divida en dos porciones, la mitad de ella en manos del 1% más rico de la población y la otra mitad, entre el 99% restante, conlleva democracias de muy baja calidad, tal vez no sostenibles, y a que los ciudadanos dispongan de cada vez menos poder sobre sus vidas y no puedan ejercer sus derechos. Por lo tanto, una alta desigualdad como la existente conduce a ciudadanos y sociedades vulnerables. El que fue juez del Tribunal Supremo de EEUU, Louis Brandeis, dijo: “Podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas cosas”.

"El papel de la filosofía y los filósofos lo ocupan ahora la economía y los economistas"

¿Por qué tantos economistas despreciaron el estudio de la desigualdad y devinieron para la gente en una especie de hechiceros que sólo hablaban de cosas que no interesaban o no se entendían? En su último libro (La estrategia del malestar, editorial Tusquets) el escritor José María Ridao hace una analogía muy oportuna para lo que nos concita. Recuerda que Paul Nizan dejó los estudios de filosofía porque entendió que los mismos se extraviaban en una logomaquia de categorías que, en el último extremo, servía de justificación para mantener fuera de su campo de preocupaciones los múltiples problemas de la vida real. Bien estaba hablar de “anaké”, “cogito”, noúmeno” y otras construcciones, pero la filosofía también debe abordar el paro, la desigualdad, la pobreza y la riqueza, la política, etcétera, en definitiva  los asuntos que preocupan verdaderamente al mundo.
El papel de la filosofía y los filósofos lo ocupan ahora la economía y los economistas. Y a ellos hay que requerirles sobre el paro, la desigualdad, la pobreza y la riqueza, la política, etcétera. El Nobel de Economía Joseph Stiglitz, que sí estudió estos temas cuando la ortodoxia económica los orillaba, resume lo que acontece ahora a nuestro alrededor en tres puntos: primero, se multiplican los fallos del mercado, de los cuales el más significativo es el del mercado de trabajo, con incrementos exponenciales de desempleo en algunos países; segundo, el sistema político, que logra su legitimidad en la corrección de esos fallos del mercado, no lo hace; y tercero, como consecuencia de ello aumenta la desafección ciudadana sobre el sistema económico (la economía de mercado) y sobre el sistema político (la democracia). Malos tiempos para la lírica.