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ENSXXI Nº 56
JULIO - AGOSTO 2014

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR
Periodista

Pronosticaron el fin de la historia a partir de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 que señalaba el colapso del sistema soviético, según había pronosticado en exclusiva HeleneCarrèred’Encausse en L’empireéclaté. Allí caducó la idea de la provisionalidad del sistema capitalista conforme a la concepción irreductible del socialismo científico. Era el fin de la alternativa comunista y de la trascendencia y el comienzo del “enriqueceos” sin tasa. El estímulo que incitaba a los  socialdemócratas y democratacristianos a redistribuir la riqueza y a diseñar el Estado del bienestar en las áreas de la educación, la sanidad y las pensiones, trataba de calmar el vértigo de la extinción y negociar una prórroga a base de concesiones que compensaran los atractivos sobre los más desfavorecidos del horizonte de la revolución marxista.
Pero,contra el pronóstico Francis Fukuyama, sucedió que la competición entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética yel equilibrio nuclear de la Mutua Destrucción Asegurada (MAD en sus siglas inglesas) dio paso a la multiplicación de los conflictos convencionales a otra escala. Además, después de vivir bajo la amenaza de los poderosos descubrimos perplejos otra amenaza más grave y desconcertante: la de los más débiles, quienessin estar condicionados por cualquier mecanismo de interacción mediática, ni estar emplazados ante ninguna instancia política,para nada se ven condicionados por la opinión pública del entorno, que es incapaz de alentar o bloquear la intervención en los conflictos o los medios con que se lleva a cabo.

Dieux: modesd'emploise titulaba una exposición anticipatoria de proyectado “Museo de Europa”, celebrada en Bruselas a la altura de marzo de 2007. A esa pretensión de averiguar el modo de empleo de los dioses se añadió desde el principio otra, la de cómo emplear la propaganda y la opinión, que es siempre un plano de máxima relevancia para inaugurar, sostener o clausurar un conflicto. En su libro,ya citado en estas páginas,Por qué ganaron los aliados, Richard Overyal analizar la segunda guerra mundial, trata de la conciencia moral como factor de la victoria y resalta que "en la guerra los dioses deben estar siempre de tu lado”. También por supuesto los dioses de la opinión pública invocados de manera fervorosa como preparación imprescindible antes de desencadenar un conflicto bélico en el que se requerirá que acompañen nuestra causa. La lectura de Forgingthewarenfocada al caso de las guerras balcánicas puede proporcionar una aproximación al respecto.

"La competición entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética y el equilibrio nuclear de la Mutua Destrucción Asegurada (MAD en sus siglas inglesas) dio paso a la multiplicación de los conflictos convencionales a otra escala"

Basta una elemental incursión en la mecánica cuántica para permitirnos el establecimiento de una analogía en el plano mediático según la cual nada, ningún hecho extraído de la realidad, ningún acontecimiento tomado de la actualidad, permanece inalterado después de haber sido difundido como noticia. De la vigencia de este principio de interacción entre el fenómeno observado y el instrumento de observación, en nuestro caso entre los hechos y  su difusión noticiosa, se derivan efectos relevantes respecto a la administración de los conflictos abiertos y la decisión de intervenir o de inhibirnos de ellos.
En definitiva, la adopción de las decisiones en el área de las intervenciones bélicas ha dejado de ser, si alguna vez lo fue, una variable independiente. Porque ese proceso de toma de policymaikingno se verifica en el vacío del laboratorio sino a la intemperie, sometido a las condiciones atmosféricas de presión  temperatura y dentro de un campo de fuerzas donde tiene relevancia clave la opinión pública, que en unas ocasiones alienta esas intervenciones y en otras las bloquea. Nada acontece en las democracias, que por definición han de rendir cuentas y están emplazadas de modo permanente ante los medios de comunicación, ajeno a la influencia de la opinión pública, muchas veces erigida en el Centro de Gravedad y objetivo decisivo.   
Fue don Carlos Clausewitz quien en su libro De la guerra introdujo el concepto de Centro de Gravedad del Enemigo (CdGE) de enorme importancia política y estratégica. Allí explica que para fijar dónde yace el CGE es necesario entender su guerra, es decir tener la capacidad de verla desde la perspectiva del enemigo. Sólo así se puede determinar cuál es el área de intereses fundamental para el adversario y proyectar la dislocación que aseguraría su derrota. Esa determinación del CdGE requiere  averiguar con exactitud qué guerra está luchando el oponente. Hecha esta averiguación es ahí donde interesa incidir.
Para nuestro autor el Centro de Gravedad (CdG) de Alejandro el Grande, el de Gustavo Adolfo, el de Carlos XII o el de Federico de Prusia era la destrucción de su fuerza armada. En estados sacudidos por divisiones internas, el CdG yace en la capital. En pequeños estados, dependientes de otros más poderosos, el CdG yace generalmente en los ejércitos de esos aliados. En una confederación, en el punto de unidad de sus diversos intereses. En una insurrección nacional, en la persona del líder principal y en la opinión pública.
En conclusión, el CdG puede ser militar, político, económico-social o psicológico, es calculable y constituye “el objetivo único del ataque y último resorte de la defensa”. Es en cada caso sobre el respectivo CdG sobre el que debe ser dirigido el golpe. De ahí, por ejemplo, que los insurgentes se esfuercen por prorrogar su resistencia para dar oportunidad a que la crisis interna del país o países a cuyas fuerzas se enfrentan eclosione. Se trata, como explica Aníbal Romero en su libro Estrategia y política en la era nuclear, de infligir pérdidas que hagan insostenibles los costos políticos de la intervención, evaluados en términos de pérdida de apoyo de la opinión pública.

"Aceptemos que vivimos además un cambio radical en el planteamiento de las intervenciones militares, cuyos objetivos se han hecho mucho más difusos e incluyen la democratización de los países a las que son enviados"

A partir de estos conceptos se entienden mejor las decisiones que se adoptan para decidir sobre las Intervenciones e inhibiciones en los conflictos que surgen en diferentes países. Al hilo de todas esas cuestiones la función desempeñada por la opinión pública fue analizada en el Seminario Internacional de Seguridad y Defensa celebrado el año pasado en Toledo, con  ponencias y debatesa cargo de los sospechosos habituales. Su convocatoria fue iniciativa de la Asociación de Periodistas Europeos,responsable de esa serie de veinticinco ediciones iniciadas en 1983. Desde entonces, su intento a sido el de configurar un espacio para la reflexión inteligente que pudieran compartir profesionales de las Fuerzas Armadas, expertos de los institutos de estudios estratégicos, profesores universitarios, diplomáticos y periodistas.
En todo caso fue una buena oportunidad de ponderar los efectos que los recortes presupuestarios en materia de defensa han tenido en la mayoría de los países democráticos, mientras se mantienen abiertos muchos frentes internacionales, aumenta la complejidad de los conflictos y crecen las dificultades de la retirada para cada una de las misiones. Porque brotan los cuestionamientos a escala nacional en las opiniones públicas de los diferentes aliados comprometidos, se multiplica la exigencia de explicaciones y se reclama de modo acuciante la fijación de plazos temporales para las misiones. Plazos que, en cuanto son conocidos, benefician la estrategia de los adversarios.Ya que, como dijeron los talibanes a los negociadores norteamericanos, “ustedes tienen los relojes pero nosotros tenemos el tiempo”.
Aceptemos que vivimos además un cambio radical en el planteamiento de las intervenciones militares, cuyos objetivos se han hecho mucho más difusos e incluyen la democratización de los países a las que son enviados. Una misión añadida de cuya dificultad advierte el profesor Luciano Canfora en su libro Exportar la libertad: el mito que ha fracasado. Se hace imposible alcanzar una victoria que no está bien definida, además de que los intervinientes se convierten en juez y parte al arrogarse la decisión de establecer cuándo se ha conseguido y puede darse por concluida la misión.
Recordemos, por ejemplo, que el presidente americano George W. Bush montó el trío de las Azores el 16 de marzo de 2003 para dar un ultimátum de cuarenta  ocho horas a Sadam Hussein y lanzar la guerra de Irak con el nombre de “Libertad Duradera”. Nos acechaban al parecer unas armas de destrucción masiva de las que nunca más se supo. Mes y  medio después, el 1 de mayo de 2003, vestido de piloto de combate el mismo Bush descendía de un avión aterrizado en la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln para declarar cumplida la misión (missionacomplisshed). Once años después,amanecemos con la noticia de que Irak está en manos de Al Qaeda, esa organización desorganizada que nunca había tenido base alguna en ese país, donde había de todo menos terrorismo. Guerra civil y fragmentación de Irak con generalización de los conflictos religiosos, étnicos y territoriales expandidos por Siria, Líbano y Kurdistán, donde puede resultar, quien lo hubiera dicho, que Irán terminara siendo el aliado fundamental, cuando estuvimos a punto de aniquilarlo.
Toda esta sinrazón acelerada convierte en un imposible la tarea de poner la opinión de nuestra parte porque ya no sabemos si somos de los nuestros.